
EL POST ES LARGO, PERO VALE LA PENA LEERLO.

La primera ocasión en que escuché hablar de "La posada del sol" no presté demasiada atención. Me encontraba en una cantina del centro del D.F. y el comensal de la mesa de junto —un señor gordo con aspecto un tanto decadente y cerveza escurriendo a chorros sobre la barba— mareaba a sus compañeros de juerga con una perorata sobre un hotel abandonado en la colonia Doctores. "Es un lugar avasallador", clamaba el hombre levantando su tarro, "tan maravilloso como maldito; glorioso y colosal, pero igualmente siniestro". Después de una pausa enfática, o debida al alcohol que corría por sus venas, aseguró que sin duda alguna se trataba de la ruina moderna más notable de la ciudad y posiblemente de la nación. Ante la mirada taciturna y desconfiada de sus secuaces de intoxicación nocturna, el orador se puso en píe y los retó a que si no eran una bola de maricones lo siguieran y lo comprobaran con sus propios ojos. Tras intercambiar algunas exclamaciones impertinentes, eructos e hipos el pequeño contingente salió dando tumbos a la calle y se enfiló eufórico hacia su improbable misión. Por un momento consideré perseguirlos, sin embrago, supuse que en su estado no llegarían ni a la esquina; así que mejor me concentré en mi trago y olvidé completamente el asunto.


Meses más tarde el nombre volvió a cruzarse en mi camino. Estaba en casa de unos amigos terminando de cenar cuando la discusión de la sobremesa tornó a si los fantasmas existían o no. Dado que siempre me he considerado un defensor —podría decirse que casi radical— del pensamiento racional, no tenía mucho que aportar al debate más que mi rotunda negativa. Y como suele suceder en tales instancias, mis interlocutores pasaron de las anécdotas a las pruebas; o bueno, las pruebas según ellos.
—¿No mames que nunca has visto los videos de Los lugares más embrujados de México?—me preguntaron.
—Pues la neta, no —contesté, no sin cierta güeva.
—Entonces no sabes nada...
—Güey, ponle el de la Posada, pa que se de un tueste —opinó alguien.
Y así fue como observé las imágenes de ese emblemático paraje de la avenida Niños Héroes por primera vez.
—¿No mames que nunca has visto los videos de Los lugares más embrujados de México?—me preguntaron.
—Pues la neta, no —contesté, no sin cierta güeva.
—Entonces no sabes nada...
—Güey, ponle el de la Posada, pa que se de un tueste —opinó alguien.
Y así fue como observé las imágenes de ese emblemático paraje de la avenida Niños Héroes por primera vez.

De los supuestos fantasmas no me convencí en lo absoluto, pero una cosa me quedaba totalmente clara: el sitio merecía una expedición inminente.
Al cabo de unos días de inmersión en el tema descubrí que la información publicada en internet resultaba confusa y que se prestaba a una cantidad considerable de mitos. En algunos reportajes se aseveraba, por ejemplo, que debido a las dificultades enfrentadas durante la construcción, Fernando Saldaña Galván, el dueño y arquitecto, se había suicidado en el recinto colgándose de un palo en el jardín. Otros textos, en cambio, mencionaban que en realidad el señor había muerto de viejo, al parecer debido a una neumonía, en su casa de las Lomas. Ni siquiera la nacionalidad del mencionado quedaba clara; las versiones alternaban entre que era de origen español o mexicano. Había autores que se inclinaban por dotar a la construcción de un aura masónica, leyendo en sus relieves simbología escondida, y los que de plano decretaban que todo era una fachada para realizar ritos satánicos. Todo esto entre múltiples historias sobre fantasmas, sacrificios humanos y niñas desaparecidas.
Al cabo de unos días de inmersión en el tema descubrí que la información publicada en internet resultaba confusa y que se prestaba a una cantidad considerable de mitos. En algunos reportajes se aseveraba, por ejemplo, que debido a las dificultades enfrentadas durante la construcción, Fernando Saldaña Galván, el dueño y arquitecto, se había suicidado en el recinto colgándose de un palo en el jardín. Otros textos, en cambio, mencionaban que en realidad el señor había muerto de viejo, al parecer debido a una neumonía, en su casa de las Lomas. Ni siquiera la nacionalidad del mencionado quedaba clara; las versiones alternaban entre que era de origen español o mexicano. Había autores que se inclinaban por dotar a la construcción de un aura masónica, leyendo en sus relieves simbología escondida, y los que de plano decretaban que todo era una fachada para realizar ritos satánicos. Todo esto entre múltiples historias sobre fantasmas, sacrificios humanos y niñas desaparecidas.


En fin, todo parecía indicar que la única manera de averiguar algo con sustancia sobre ese cuadrante enigmático de la Ciudad de México sería visitándolo en persona y la suerte quiso que, no mucho tiempo después, se me presentara la oportunidad de recorrer sus largos pasillos no una, sino varias veces.
Desde la calle el edificio no parecía ser mucho más que una carcasa deteriorada dejada a su suerte como tantas otras que abundan en la capital: vidrios rotos, graffiti, pasto creciendo en los balcones, meadas sobre la pared y uno que otro teporocho resguardándose del sol bajo su sombra. Lo primero que me llamó la atención fue el ajetreo que rodeaba al domicilio, cientos de personas en su quehacer urbano cotidiano bordeando el perímetro sin prestarle la más mínima atención. Tortas, tacos, tostadas, mariscos, puestos de ropa, relojes, revistas y hasta un changarro de sushi callejero justo en la entrada. Esto, más el factor de que la manzana está franqueada por una estación de metro, juzgados, centros de justicia y múltiples otros edificios gubernamentales, le quitaban al cuadro el aire semi-mitológico que se había formado en mi mente.
Desde la calle el edificio no parecía ser mucho más que una carcasa deteriorada dejada a su suerte como tantas otras que abundan en la capital: vidrios rotos, graffiti, pasto creciendo en los balcones, meadas sobre la pared y uno que otro teporocho resguardándose del sol bajo su sombra. Lo primero que me llamó la atención fue el ajetreo que rodeaba al domicilio, cientos de personas en su quehacer urbano cotidiano bordeando el perímetro sin prestarle la más mínima atención. Tortas, tacos, tostadas, mariscos, puestos de ropa, relojes, revistas y hasta un changarro de sushi callejero justo en la entrada. Esto, más el factor de que la manzana está franqueada por una estación de metro, juzgados, centros de justicia y múltiples otros edificios gubernamentales, le quitaban al cuadro el aire semi-mitológico que se había formado en mi mente.


Este sueño febril, convertido en arquitectura ambiciosa durante la década de los cuarentas del siglo pasado, emanó de la imaginación de Fernando Saldaña Galván, ingeniero, pasante de arquitecto y regente de la ciudad que durante años se abocó a plasmar sus fantasías sobre el concreto y transformarlas en realidad. Su idea: construir un hotel y centro artístico e intelectual como ninguno antes visto. Una maquinación más propia de las Vegas —aunque con buen gusto y mucha cultura— que del México postrevolucionario, con cerca de seiscientas habitaciones y residencias repartidas a lo largo de seis edificios dispuestos en torno a jardines, patios, fuentes, terrazas y miradores elevados con casino, teatro, cine, cantina, capilla, cenote de los deseos, baño turco, tiendas, restaurantes, galerías, salones de té, baile y música. Aclaremos que en aquel momento de nuestra historia este tipo de proyectos no eran comunes en la nación; aunque a decir verdad, este proyecto en particular tampoco es común en ninguna otra latitud del mundo.



Una de las leyendas cuenta que durante los años setentas, momento en que el domicilio albergaba las oficinas del Instituto Nacional para el Desarrollo de la Comunidad y la Vivienda Rural (IDECO), una niña se perdió de la guardería donde cuidaban a los hijos de los trabajadores y que, tras varias horas de búsqueda frenética, habían hallado su cadáver dentro de un sótano oculto en uno de los túneles. Desde entonces el fantasma de la niña sorprende a los incautos y los insta a mantener vivo su recuerdo cuidando del altar que se erigió en el sitio donde murió (al parecer hoy en día algunos miembros del rodaje de una película filmada recientemente en la Posada, son los que mantienen activo el altar después de que supuestamente la niña se les apareciera en un pasillo).

El umbral de la habitación es pequeño, obliga a bajar un poco la cabeza y entrar agazapado. Sobre la pared del cuarto hay dibujos bizarros, personajes infantiles como Snoopy o una catarina antropomorfa con inscripciones carentes de ortografía cuyos mensajes son difíciles de descifrar. Al fondo está el altar: un vestido de niña antiguo que cuelga sobre una mesa repleta de dulces y juguetes con algunas fotografías desgastadas, flores y veladoras. La sensación general es un tanto opresiva, más cuando recuerdas que te encuentras dentro de un túnel perdido bajo el subsuelo de una morada demente en la colonia Doctores. Honestamente no es el tipo de entornos en los que te gustaría que fallaran las pilas de tu linterna.


Contemplamos el altar en silencio por un rato hasta que surge una pequeña discusión sobre su autenticidad: ¿Quién lo habrá erigido y cuándo? ¿Habrá muerto realmente una niña aquí? Nos preguntamos conforme continuamos con la exploración subterránea. Al salir al túnel principal nos percatamos que la puerta de la habitación conjunta está bloqueada. La forzamos un poco pero sin éxito. Bordeamos el perímetro para comprobar que se trata de un espacio bastante grande, la decisión en ese momento es clara: tenemos que ver que hay dentro. Después de investigar los alrededores durante unos minutos, alguien grita: "güeyes por acá, por acá hay un hueco". Nos desplazamos entre las sombras hasta alcanzar el sitio de donde provienen las exclamaciones y constatamos que, en efecto, hay un hoyo sobre la pared; una especie de ventana con barrotes oxidados por la que, con algunos esfuerzos, será posible penetrar en la habitación. Tomamos turnos para escurrirnos hasta que todos conseguimos colarnos. Lo primero que salta a mi conciencia es que la puerta está bloqueada desde el interior por un gran montículo de rocas apiladas con esmero; lo que implica que se trató de una acción deliberada. Otro grito me hace sobresaltarme: "No mamen, aquí hay otro altar"... Camino en esa dirección y me encuentro con que hay una serie de paredes dobles reveladas por huecos entre ellas y en medio de estas un pequeño altar compuesto por cabezas de muñeca. Pero no tengo mucho tiempo de reflexionar sobre los muros que esconden otros muros porque, desde el extremo opuesto del cuarto, se escucha otro grito: "Esto sí está cabrón"

Es entonces que descubrimos que al fondo de un pasillo estrecho, justo por detrás de la pared que nos separa del altar de la niña, hay un pequeño nicho que asemeja una tumba. Se trata de un pequeño sarcófago de roca que se levanta unos treinta centímetros sobre el suelo, en la tapa tiene una cruz dibujada con polvo blanco y otra cruz elaborada con troncos viejos, con la inscripción IMRI, remata el basamento. Aproximadamente a un metro de distancia hay una estructura de tabiques que parece servir para realizar hogueras y una serie de objetos que probablemente fueron utilizados en rituales. Confieso que hora sí me siento un tanto agitado, la escena del entierro le da cierta relevancia a la historia de la niña, parece corroborar que la defunción fue real o que, si es que se trata de un montaje, alguien le echó muchas ganas y dedicó tremendo esfuerzo.


De vuelta en el patio nos encaminamos a la capilla, quizás el único sitio de la Posada que es tan solo un poco más inquietante que los túneles y el único que parece no estar abandonado. El templo de dos pisos de alto es redondo, cuenta con una bóveda decorada por frescos con numerosas ventanas ovaladas de mármol traslucido y un balcón circular tallado en maderas preciosas que bordea toda la pared del segundo nivel. Los materiales empleados son de una finura que causa azoro, las puertas y confesionario ejemplos del mejor trabajo barroco de su época. Sobre el piso de la basílica se dibuja un gran pentagrama: una estrella de cinco picos que se extiende sobre toda la superficie, elaborada con el mismo tipo de mármol que las ventanas. El altar también está constituido por este tipo de piedra, conformado por una enorme laja de una sola pieza de la que se recorta una cruz. Por debajo de la estrella y por detrás del altar hay un sistema de tuberías que sugieren que en sus buenos tiempos el piso podría haber sido iluminado desde abajo y salido flamas a través de la cruz (también es posible, si es que se realizaban ceremonias que involucraran sangre, que los tubos llevaran agua para lavar el piso del recinto). Doce estatuas de búhos con piedras preciosas en lugar de ojos vigilan desde las alturas, el espacio está coronado por los símbolos del horóscopo esculpidos en piedra y en el segundo nivel hay una puerta, ahora tapiada, que conduce directo a los aposentos principales del hotel, que se piensa eran los que habitaba el señor Saldaña. Imposible no preguntarse que tipo de rituales se realizaban entre estos muros. ¿Habrán sido ceremonias puramente masónicas o una versión propia del culto? ¿En cualquier caso, qué tanto empujaban los límites? A juzgar por las características del lugar estas personas contaban con el poder de realizar sus más osadas fantasías.


Una fuente que pidió a este medio no ser revelada, afirma que existen reportes de cráneos y otros restos óseos —podría ser que de 40 personas distintas— encontrados dentro de los túneles o emparedados entre dobles muros. Hay quienes opinan que dichas exequias confirman la hipótesis de que en la Posada se practicaban rituales de sacrificio humano, por otro lado, también podrían ser evidencia de eventos un tanto más perversos: ejecuciones acontecidas durante la época de la represión estudiantil de los años setentas. Claro que no consta en actas, pero es sumamente probable que la gente del Negro Durazo utilizara estos túneles, de la misma manera que sucedió con otras instalaciones similares, para encerrar y torturar a algunos de los muchos jóvenes que desaparecieron durante aquel capitulo cruento de nuestra historia. La cercanía con instalaciones judiciales, su ubicación céntrica en la geografía de la ciudad y el factor de que, una vez dentro, no hay manera de ser rastreado o detectado desde el exterior, convierten al sitio en prisión ideal para tales menesteres. Un estudio científico-forense de las osamentas en cuestión sería la única forma de esclarecer su origen, revelaría de que época datan y así las distintas teorías podrían encontrar sustento o ser cabalmente rechazadas. Sin embargo, el misterio consiste ahora en localizarlas, pues desde que el INA recolectó las pruebas para su supuesto análisis quedaron fuera del alcance de la información pública.


El futuro de la Posada es incierto. El abandono comienza a cobrar su cuota, uno de los edificios tuvo que ser apuntalado en su totalidad para que no se viniera abajo y en la época de lluvias los muros se transforman en cascadas. Actualmente hay un proyecto, auspiciado por el gobierno de Mancera, para convertir el recinto en el quinto Faro de artes y oficios de la ciudad. La secretaria de cultura del D.F., Lucía García Noriega, así lo anunció con bombo y platillo durante el 2013, sin embargo, desde entonces no parece haber avances sustanciales o seguimiento del asunto. Los rumores también dicen que se coteja la posibilidad de derrumbar el sitio para construir más juzgados u otras dependencias del departamento de justicia, lo cual definitivamente constituiría una estupidez tremenda pero no sería del todo sorprendente con relación a lo que acontece en la capital en tiempos recientes. Esperemos que las autoridades recapaciten y tengan la inteligencia de valorar esta joya arquitectónica como se merece, se necesitaría de una inversión considerable de recursos para rescatarla pero con toda certidumbre valdría la pena.

