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George RR Martin Danza de Dragones cap 35

Info9/2/2011

JON



El sol había vuelto a salir hacia el medio día, después de siete días de cielos oscuros y neviscas. Algunos montones de nieve eran más altos que un hombre, pero los mayordomos habían estado paleando todo el día y los senderos estaban tan limpios como podían estarlo. El muro reflejaba una luz tenue, y cada grieta y hendidura relucía con un color azul pálido.

Doscientos metros más arriba, Jon Nieve estaba de pie mirando hacia el bosque encantado. Un viento del norte remolineaba a través de los árboles de abajo, haciendo volar finos penachos blancos de cristales de nieve desde las ramas más altas, como estandartes helados. A parte de eso nada se movía. «Ni un signo de vida». Aquello no era del todo tranquilizador. No era a los vivos a los que temía. Aún así…

«Ha salido el sol. La nieve ha cesado. Puede que pase otro mes antes de que volvamos a tener una ocasión tan buena. Podría pasar una estación».

–¿Ha reunido Emmet a sus reclutas?– preguntó a Edd el Penas – Vamos a necesitar una escolta. Diez exploradores, armados con vidriagón. Los quiero preparados para partir antes de una hora.

–Sí, mi señor. ¿Y al mando?

–Ese seré yo.

La boca de Edd objetó incluso más de lo habitual.

–Algunos podrían pensar que sería mejor si el lord comandante se quedara a salvo y calentito al sur del muro. No es que diga yo tal cosa, pero algunos podrían.

Jon Sonrió.

–Algunos no deberían decir eso en mi presencia.

Una repentina ráfaga de aire hizo que la capa de Edd ondeara ruidosamente.

–Mejor que bajemos, mi señor. Este viento nos va a tirar del muro, y yo nunca aprendí el arte de volar.

Bajaron en el montacargas. El viento era racheado, frío como el aliento del dragón de hielo en las historias que la vieja Tata le había contado cuando Jon era un niño. La pesada jaula se cimbreaba. De vez en cuando rozaba contra el Muro, arrancando pequeñas y cristalinas lluvias de hielo que destellaban a la luz mientras caían, como fragmentos de cristales rotos.

«Cristal», meditó Jon, «podría ser útil aquí. El Castillo Negro necesita sus propios invernaderos, como los de Invernalia. Podríamos cultivar verduras inclusos en pleno invierno». El mejor cristal provenía de Myr, pero un buen panel transparente valía su peso en especia, y el cristal verde y amarillo no funcionaría tan bien. «Lo que necesitamos es oro. Con dinero suficiente, podríamos comprar aprendices de soplador y cristalero en Myr, traerlos al norte, y ofrecerles la libertad a cambio de que enseñaran su oficio a algunos de nuestros reclutas». Esa sería la forma de hacerlo. «Si tuviéramos el oro. Pero no lo tenemos».

En la base del Muro encontró a Fantasma rodando sobre un banco de nieve. Al gran huargo blanco parecía encantarle la nieve recién caída. Cuando vio a Jon se volvió a poner de pie y se sacudió.

–¿Va a ir contigo?, – preguntó Edd el Penas

–Sí.

–Un lobo listo. ¿Y yo?

–Tú no.

–Un jefe listo. Fantasma es la mejor elección. Yo ya no tengo los dientes como para morder a los salvajes.

–Si los dioses son generosos, no nos encontraremos con ningún salvaje. Me llevaré el caballo gris.

La noticia se extendió rápidamente por el Castillo Negro. Edd todavía estaba ensillando al gris cuando Bowen Marsh cruzó dando pisotones el patio para encararse con Jon en los establos.

–Mi señor, me gustaría que lo reconsiderarais. Los nuevos reclutas pueden hacer sus votos en el sept igualmente.

–El sept es el hogar de los nuevos dioses. Los antiguos dioses viven en el bosque, y aquellos que los honran pronuncian sus votos entre los arcianos. Lo sabes tan bien como yo.

–Satén viene de Antigua, y Arron y Emrick de las tierras del oeste. Los antiguos dioses no son sus dioses.

–Yo no les digo a los hombres a que dioses deben venerar. Fueron libres para escoger a los Siete o al Señor de la Luz de la mujer roja. En cambio escogieron los árboles, con todo el peligro que conlleva.

–Puede que el Plañidero aún este allí fuera, observando.

–La arboleda no está a más de dos horas a caballo, incluso con la nieve. Deberíamos estar de vuelta para medianoche.

–Demasiado tiempo. No es prudente.

– Imprudente – dijo Jon – pero necesario. Estos hombres están a punto de comprometer sus vidas con la Guardia de la Noche, uniéndose a una hermandad que se remonta de forma ininterrumpida a miles de años atrás. Los votos importan, y también estas tradiciones. Nos mantienen unidos, altas cunas y bajas, jóvenes y viejos, plebeyos y nobles. Nos convierten en hermanos.

Dio una palmada a Marsh en el hombro. –Te prometo que regresaremos.

–Sí, mi señor – dijo el Lord Mayordomo, –¿pero será como hombres vivos o como cabezas en lanzas y con los ojos sacados? Regresareis en la oscuridad de la noche. Los bancos de nieve llegan hasta la cintura en algunos lugares. Veo que vais a llevar con vos hombres experimentados, eso es bueno, pero Jack Bulwer el Negro también conocía estos bosques. Incluso Benjen Stark, vuestro propio tío, él

–Yo tengo algo que ellos no tenían – Jon giró su cabeza y silbó –Fantasma, conmigo. – El huargo se sacudió la nieve del lomo y trotó al lado de Jon. Los exploradores se apartaron para dejarle pasar, aunque una yegua relinchó y se encabritó hasta que Rory dio un fuerte tirón de sus riendas. –El Muro es vuestro, Lord Bowen. – Cogió a su caballo por la brida y lo condujo hasta la puerta y el túnel de hielo que serpenteaba bajo el Muro.

Más allá del hielo, los árboles eran altos y silenciosos, acurrucados en sus gruesas capas blancas. Fantasma caminaba junto al caballo de Jon mientras los exploradores y los reclutas se ponían en formación, entonces se detuvo y olisqueó, su aliento se congelaba en el aire.

–¿Qué ocurre? – preguntó Jon. –¿Hay alguien ahí?

Los bosques estaban desiertos hasta donde alcanzaba a ver, pero eso no era muy lejos.

Fantasma se lanzó de un salto hacia los árboles, se deslizó entre dos pinos cubiertos de nieve, y desapareció entre una nube blanca.

–Quiere cazar, ¿pero el qué? – Jon no temía por el huargo más de lo que temía por cualquier salvaje que pudiera encontrar.

–Un lobo blanco en un bosque blanco, silencioso como una sombra. Nunca le verán llegar.

Sabía que no debía ir tras él. Fantasma regresaría cuando él quisiera y no antes. Jon espoleó a su caballo. Sus hombres le rodearon, las pezuñas de sus caballos rompían la costra helada y se hundían en la nieve mas blanda de abajo. Se dirigieron hacia los bosques, a un paso constante, mientras el Muro menguaba tras ellos.

Los pinos centinela llevaban gruesos abrigos blancos, y los carámbanos cubrían las desnudas ramas marrones de los árboles de hoja ancha. Jon envió a Tom Barleycorn por delante para explorar, aunque el camino hasta la arboleda blanca era transitado a menudo. Liddle el mayor y Luke de Longtown se metieron entre la maleza al este y al oeste. Escoltarían por los flancos a la columna para dar aviso de cualquiera que se les aproximara. Todos eran exploradores experimentados, armados con obsidiana y acero, y cuernos de guerra colgados de sus sillas de montar por si necesitaban pedir ayuda.

Los otros también eran buenos hombres. «Buenos hombres en la lucha, al menos, y leales a sus hermanos».

Jon no podía hablar por lo que podían haber sido antes de llegar al Muro, pero no dudaba de que la mayoría tenían pasados tan negros como sus capas. Aquí arriba, era la clase de hombres que quería guardándole las espaldas. Tenían las capuchas levantadas para protegerse de las dentelladas del viento, y algunos llevaban pañuelos para abrigarse el rostro, que ocultaban sus facciones. Aunque Jon los conocía. Cada nombre estaba grabado en su corazón. Aquellos eran sus hombres, sus hermanos.

Seis más cabalgaban con ellos—una mezcla de jóvenes y viejos, grandes y pequeños, curtidos y novatos. «Seis para pronunciar los votos». Caballo había nacido y se había criado en Villa Topo, Arron y Emrick venían de Isla Bella, Satén de los lupanares de Antigua al otro extremo de Poniente. Todos eran unos muchachos. Cueros y Jax eran hombres mayores, bien pasados los cuarenta, hijos del Bosque Encantado, con hijos y nietos propios. Eran dos de los sesenta y tres salvajes que habían seguido a Jon Nieve de vuelta al Muro el día en que hizo su petición, y hasta el momento los dos únicos en decidir que querían una capa negra. Hierro Emmett dijo que todos estaban preparados, o tan preparados como lo iban a llegar a estar nunca. Él, Jon y Bowen Marsh los habían evaluado a cada uno por turnos y asignado un puesto: Cueros, Jax y Emrick a los exploradores, Arron y Satén a los mayordomos. Había llegado el momento de que pronunciaran sus votos.

Hierro Emmett cabalgó hasta la cabeza de la columna, montado sobre el caballo más feo que Jon había visto nunca, una bestia peluda que parecía ser todo pelo y pezuñas.

–Se dice que hubo algún problema anoche en la Torre de la Ramera, – dijo el maestro de armas.

–La Torre de Hardin. – De los sesenta y tres que habían regresado con él de Villa Topo, diecinueve eran mujeres y chicas. Jon las había alojado en la misma torre abandonada en la que él había dormido una vez cuando era un recién llegado al Muro. Doce eran esposas guerreras, más que capaces de defenderse ellas y a las chicas más jóvenes de atenciones indeseadas por parte de los hermanos negros. Eran algunos de los hombres que habían rechazado los que habían dado a la Torre de Hardin su nuevo e incendiario nombre. Jon no iba a tolerar los escándalos.

–Tres borrachos estúpidos confundieron la torre con un burdel, eso es todo. Ahora están en las celdas de hielo, recapacitando sobre su error.

Hierro Emmett hizo una mueca.

–Los hombres son hombres, los votos son palabras y las palabras son vanas. Deberíais poner guardias para custodiar a las mujeres.

–¿Y quien custodiará a los guardias?

«No sabes nada, Jon Nieve». Aunque si había aprendido, y Ygritte había sido su profesora. Si él no pudo respetar sus propios votos, ¿Cómo podía esperar más de sus hermanos? Pero flirtear con mujeres salvajes entrañaba peligros. «Un hombre puede poseer a una mujer, y un hombre puede poseer un cuchillo» le había dicho Ygritte en cierta ocasión, «pero ningún hombre puede poseer ambos a la vez». Bowen Marsh no estaba equivocado del todo. La Torre de Hardin era yesca esperando una chispa.

–Tengo la intención de abrir tres castillos más, – dijo Jon. – Lago Hondo, Fortaleza de Azabache y Túmulo Largo. Todos defendidos por el pueblo libre, bajo las órdenes de nuestros propios oficiales. En Túmulo Largo serán todo mujeres, a excepción del comandante y del mayordomo jefe. – Habría alguna confraternización, no le cabía duda, pero al menos las distancias eran lo suficientemente grandes como para ponerlo difícil.

–¿Y que pobre idiota conseguirá ese mando tan apetitoso?

–Estoy cabalgando a su lado.

La visión del horror y la satisfacción entremezclados que cruzaron el rostro de Hierro Emmett valió más que un saco de oro.

–¿Qué es lo que hecho para que me odiéis tanto, mi señor?

Jon se rió. –No tengas miedo, no estarás solo. Voy a asignar a Edd el Penas como tu segundo y mayordomo.

–Las esposas guerreras se pondrán muy contentas. También podríais otorgar un castillo a Magnar.

La sonrisa de Jon desapareció. – Podría si confiara en él. Sigorn me culpa por la muerte de su padre, me temo. Incluso peor, fue educado y entrenado para dar órdenes, no para aceptarlas. No confundas a los Thenns con el pueblo libre. Magnar significa señor en la lengua antigua, me han dicho, pero Styr era casi un dios para su pueblo, y su hijo es de su misma sangre. Yo no exijo a los hombres que se arrodillen, pero tienen que obedecer.

– Sí, mi señor, pero mejor sería que hicierais algo con Magnar. Tendréis problemas con los Thenns si los ignoráis.

«Los problemas son el destino del Lord comandante», Podría haber dicho Jon. Su visita a Villa Topo le estaba proporcionando muchos, y las mujeres eran el menor de ellos. Halleck estaba resultando ser tan cruel como había temido, y había algunos entre los hermanos negros cuyo odio por el pueblo libre estaba bien arraigado en los huesos. Uno de los seguidores de Halleck ya le había cortado la oreja a un constructor en el patio, y a lo mejor aquello era sólo una muestra del baño de sangre que estaba por llegar. Tenía que abrir pronto los viejos fuertes, para que pudiera enviar al hermano de Harma a la guarnición de Lago Hondo o de Fortaleza de Azabache. Aunque en aquel momento, ninguna de ellas estaba acondicionada para que pudieran residir personas, y Othell Yarwick y sus constructores aún estaban completamente ocupados tratando de restaurar el Fuerte de la Noche. Había noches en las que Jon se preguntaba si no habría cometido un gran error al evitar que Stannis masacrara a todos los salvajes. «No sé nada, Ygritte», pensó, «Y puede que jamás aprenda».

A media milla de la arboleda, los rojizos y alargados rayos de sol del otoño caían inclinados entre las ramas de los árboles sin hojas, tiñendo de rosa los montones de nieve. Los jinetes atravesaron un riachuelo helado, entre dos irregulares rocas con armadura de hielo, y luego siguieron un tortuoso sendero hacia el noroeste. Siempre que soplaba el viento, el aire se llenaba con nubes de nieve suelta que les picaban los ojos. Jon se tapó la boca y la nariz con su pañuelo y se levantó la capucha de la capa.

– Ya no estamos lejos, – les dijo a los hombres. Nadie respondió.

Jon olió a Tom Barleycorn incluso antes de verle. ¿O fue Fantasma el que le olió? Últimamente, Jon Nieve a veces sentía como si él y el lobo huargo fueran uno, incluso despierto. El gran lobo blanco apareció primero, sacudiéndose la nieve. Unos momentos después ahí estaba Tom.

– Salvajes, – le dijo a Jon, en voz baja. – En la arboleda.

Jon dio orden a los jinetes de detenerse. – ¿Cuántos?

–He contado nueve. Sin vigilantes. Algunos muertos, quizás, o durmiendo. La mayoría parecen mujeres. Un niño, pero también hay un gigante. El único que vi. Tienen un fuego encendido, el humo se eleva a través de los árboles. Estúpidos.

«Nueve, y yo tengo diecisiete». Aunque cuatro de los suyos eran novatos, y ninguno era un gigante.

Sin embargo Jon no tenía intención de retroceder hasta el Muro. «Si los salvajes siguen aún con vida, es posible que podamos traerlos con nosotros. Y si están muertos, bien… un cadáver o dos pueden ser de utilidad».

–Continuaremos a pie, – dijo, – dejándose caer ágilmente sobre el suelo helado. La nieve les llegaba a los tobillos. – Rory, Pate, quedaos junto a los caballos. – les habría asignado aquella tarea a los reclutas, pero pronto necesitarían mancharse las manos de sangre. Esta era una ocasión tan buena como cualquier otra.

–Dispersaos y formad una media luna. Quiero aproximarme a la arboleda desde tres flancos. Mantened a los hombres que están a vuestra derecha e izquierda a la vista, para que no se agranden los huecos. La nieve debería amortiguar nuestras pisadas. Habrá menos posibilidades de lucha si les pillamos por sorpresa.

Se estaba haciendo de noche rápidamente. Los rayos de sol ya se habían desvanecido cuando la última rodaja de sol se hundió bajo los bosques del oeste. Los montones de nieve rosa volvían a su color blanco, desapareciendo su color a medida que el mundo se oscurecía. El cielo del atardecer se había vuelto del gris desteñido de una vieja capa que hubiera sido lavada demasiadas veces, y las primeras tímidas estrellas estaban empezando a brillar.

Enfrente de él divisó un tronco blanco pálido que solo podía ser un arciano, coronado con una cabeza de hojas rojo oscuro. Jon alargó la mano y sacó a Garra de su vaina. Miró a derecha e izquierda, asintió a Satén y a Caballo, y los vio transmitir el mensaje a los demás hombres. Se apresuraron hacia la arboleda juntos, pateando a través de montones de nieve vieja sin más sonido que el de su respiración. Fantasma corría junto a ellos, una sombra blanca al lado de Jon.

Los arcianos se levantaban formando un círculo en los bordes del claro. Había nueve, todos más o menos de la misma edad y tamaño. Cada uno tenía una cara tallada, y no había dos caras iguales. Algunas sonreían, algunas chillaban, y algunas le gritaban a él. A la luz del anochecer sus ojos parecían negros, pero durante el día tenían un color rojo sangre, sabía Jon «Ojos como los de los fantasmas».

El fuego en el centro de la arboleda era una cosa lastimosa, cenizas y brasas medio apagadas ardiendo lentamente y humeantes. Incluso así, tenía más vida que los salvajes acurrucados cerca de él. Sólo uno de ellos reaccionó cuando Jon salió de entre los arbustos. Era el niño, que empezó a sollozar, aferrado a la andrajosa capa de su madre. La mujer levantó los ojos y se quedó boquiabierta. Para entonces la arboleda estaba rodeada de exploradores, que avanzaban más allá de los árboles blancos como el hueso, mientras sus aceros destellaban en sus manos cubiertas con guantes negros, preparados para la matanza.

El gigante fue el último en percatarse de su presencia. Había estado durmiendo, hecho un ovillo junto al fuego, pero algo le despertó—el llanto del niño, el sonido de la nieve crujiendo bajo botas negras, una repentina falta de aliento. Cuando se despertó fue como si una gran roca cobrara vida. Se incorporó a una posición sentada con un resoplido, frotándose los ojos con unas manos tan grandes como jamones para quitarse la somnolencia … hasta que vio a Hierro Emmett, con su espada brillando en la mano. Rugiendo, se puso de pie de un salto, y una de aquellas manos enormes se cerró en torno a una maza y la levantó.

Fantasma respondió enseñando los dientes. Jon sujetó al lobo por la parte posterior del cuello.

– No queremos luchar. – Sus hombres podrían derribar al gigante, lo sabía, pero no sin pagar un precio. Una vez que se derramara la primera sangre, los salvajes se unirían a la refriega. La mayoría o todos morirían allí, y también algunos de sus propios hermanos. – Este es un lugar sagrado. Rendíos, y nosotros

El gigante rugió de nuevo, un sonido que agitó las hojas de los árboles, y chocó su maza contra el suelo. Su mango era una viga de roble nudoso de dos metros de largo, la cabeza una piedra tan grande como un molde de pan. El impacto hizo temblar el suelo. Algunos de los otros salvajes fueron gateando a buscar sus propias armas.

Jon Nieve estaba a punto de sacar a Garra cuando Cueros habló, desde el lado más alejado de la arboleda. Sus palabras sonaron bruscas y guturales, pero Jon escuchó su música y reconoció la lengua Antigua. Cueros habló durante mucho tiempo. Cuando terminó, el gigante respondió. Parecían gruñidos, intercalados con refunfuños, y Jon no podía entender ni una sola palabra. Pero Cueros señaló hacia los árboles y dijo algo más, y el gigante señaló hacia los árboles, rechinó los dientes, y arrojó su maza.
–Ya está, – dijo Cueros. – No quieren pelea.

–Bien hecho. ¿Qué les has dicho?

–Que también eran nuestros dioses. Que vinimos a rezar.

–Lo haremos. Envainad vuestras espadas, todos. No se derramará sangre aquí esta noche.

Nueve, había dicho Tom Barleycorn, y nueve había allí, pero dos estaban muertos y uno tan débil que podría estar muerto para el amanecer. Los seis que quedaban incluían una madre y su hijo, dos ancianos, un Thenn herido ataviado con bronce destrozado, uno del pueblo Pie de Cuerno, con sus pies desnudos tan congelados que Jon supo con una mirada que nunca volvería a caminar de nuevo. La mayoría no se conocían antes de llegar a la arboleda, se enteró después; cuando Stannis dispersó la horda de Mance Ryder, huyeron a los bosques para escapar de la carnicería, vagaron durante un tiempo, perdieron amigos y parientes por el frío y el hambre, y al final acabaron allí, demasiado débiles y exhaustos como para continuar.

–Los dioses están aquí, – dijo uno de los ancianos. –Este era tan buen lugar para morir como cualquier otro.

–El Muro está sólo a unas pocas horas al sur de aquí, – dijo Jon. – ¿Por qué no buscasteis refugio allí? Otros se rindieron. Incluso Mance.

Los salvajes intercambiaron miradas. Finalmente uno dijo, – Oímos historias. Que los cuervos quemaron a todos los que se rindieron.

–Incluso al propio Mance, – añadió la mujer.

«Melisandre» pensó Jon, «tú y tu dios rojo tenéis mucho por lo que rendir cuentas».

–Todos los que lo deseen son bienvenidos a regresar con nosotros. Hay comida y refugio en el Castillo Negro, y está el Muro para manteneros a salvo de las cosas que merodean por estos bosques. Tenéis mi palabra, nadie arderá.

–La palabra de un cuervo, – dijo la mujer, abrazando a su hijo con más fuerza, – ¿pero quien dice que la vas a mantener? ¿Quién eres tú?

–El Lord Comandante de la Guardia de la Noche, e hijo de Eddard Stark de Invernalia. – Jon se giró hacia Tom Barleycorn. – Que Rory y Pate traigan los caballos. No quiero permanecer en este sitio ni un momento más de lo necesario.

–Como digáis, mi señor.

Quedaba un asunto más antes de que pudieran partir: aquello por lo que habían venido. Hierro Emmett llamó a sus pupilos, y mientras el resto de la compañía miraba desde una respetuosa distancia, se arrodillaron frente a los arcianos. Para entonces ya se había esfumado la última luz del día; la única luz llegaba de las estrellas en lo alto y del débil resplandor rojo del fuego que agonizaba en el centro de la arboleda.

Con sus capuchas y sus gruesas capas negras, los seis podrían haber sido tallados de una sombra. Sus voces se alzaron juntas, pequeñas en la inmensidad de la noche.

–La noche se avecina, ahora empieza mi guardia, – dijeron, como miles habían dicho antes que ellos. La voz de Satén era dulce como una canción, la de Caballo ronca y vacilante. La de Arron un chirrido nervioso. – No terminará hasta el día de mi muerte.

«Que esas muertes tarden mucho tiempo en llegar». Jon Nieve hincó una rodilla en la nieve. «Dioses de mis padres, proteged a estos hombres. Y también a Arya, mi hermana pequeña, dondequiera que esté. Os lo pido, permitid que Mance la encuentre y que me la traiga sana y salva.».

–No tomaré esposa, no poseeré tierras, no engendraré hijos, – prometieron los reclutas, con voces que resonaron atrás en el tiempo a través de años y siglos. – No llevaré corona, no alcanzaré la gloria. Viviré y moriré en mi puesto.

«Dioses del bosque, concededme la fuerza para hacer lo mismo», rezó Jon Nieve en silencio. «Dadme la sabiduría para saber lo que hay que hacer y el coraje para hacerlo».

–Soy la espada en la oscuridad, – dijeron los seis, y a Jon le pareció como si sus voces estuvieran cambiando, haciéndose más fuertes, más seguras. – Soy el vigilante del Muro. Soy el fuego que arde contra el frío, la luz que trae el amanecer, el cuerno que despierta a los durmientes, el escudo que defiende los reinos de los hombres.

«El escudo que defiende los reinos de los hombres». Fantasma restregó la nariz contra su hombro, y Jon le rodeo con un brazo. Podía oler los pantalones de montar sucios de Caballo, el dulce perfume con el que Satén se peinaba la barba, el rancio y penetrante olor del miedo, y el abrumador almizcle del gigante. Podía oír el latido de su propio corazón. Cuando miró a través de la arboleda a la mujer con su hijo, a los dos barbas grises, al hombre Pie de Cuerno con sus pies tullidos, todo lo que vio fueron hombres.

–Entrego mi vida y mi honor a la guardia de la noche, durante esta noche y todas las que estén por venir.

Jon fue el primero en ponerse de pie. – levantaos ahora como hombres de la Guardia de la Noche. – Le echó una mano a Caballo para ayudarle a levantarse.

Se estaba levantando viento. Era hora de irse.

El camino de vuelta llevó mucho más tiempo que el viaje hasta la arboleda. El ritmo del gigante era pesado, a pesar de la envergadura y el contorno de aquellas piernas, y se detenía durante una eternidad para derribar la nieve de las ramas bajas con su maza. La mujer montaba en el mismo caballo que Rory, su hijo con Tom Barleycorn, y los ancianos con Caballo y Satén. Sin embargo el Thenn tenía miedo a los caballos, y prefirió renquear a pesar de sus heridas. El hombre Pie de Cuerno no podía montar en una silla y tuvieron que atarlo a lomos de un caballo como un saco de grano; del mismo modo que a la vieja fea de cara pálida y con extremidades delgadas como un palo, a la que no fueron capaces de despertar.

Hicieron lo mismo con los dos cadáveres, para desconcierto de Hierro Emmett.

–Sólo nos retrasarán, mi señor, – le dijo a Jon. –Deberíamos despedazarlos y quemarlos.

– No. – dijo Jon. – Traedlos. Me serán de utilidad.

No tenían una luna que les guiara a casa, y sólo de vez en cuando un parche de estrellas. El mundo era blanco y negro e inmóvil. Era un largo, lento e interminable viaje. La nieve se adhería a sus botas y sus pantalones de montar, y el viento sacudía los pinos y hacía que sus capas chasquearan y se arremolinaran. Jon vislumbró al peregrino rojo en lo alto, vigilándolos a través de las ramas desnudas de grandes árboles mientras pasaban por debajo de ellos.

«El ladrón», lo llamaba el pueblo libre. La mejor época para robar una mujer era cuando el Ladrón estaba en la Doncella de la Luna, había afirmado siempre Ygritte. Nunca mencionó la mejor época para robar un gigante. «O dos hombres muertos».

Casi había amanecido antes de que volvieran a ver el Muro.

El cuerno de un centinela les dio la bienvenida mientras se aproximaban, sonando desde lo alto como el lamento de un enorme pájaro de garganta profunda, un solo toque largo que significaba exploradores regresando. Liddle el mayor descolgó su propio cuerno y respondió. En la puerta, tuvieron que esperar durante un rato hasta que Edd el Penas apareció para descorrer los cerrojos y quitar las barras de hierro. Cuando Edd vio al harapiento grupo de salvajes, frunció los labios y echó un largo vistazo al gigante.

–Puede que necesitemos algo de mantequilla para deslizar a ese a través del túnel, mi señor. ¿Mando a alguien a la despensa?

–Oh, creo que cabrá. Sin mantequilla.

Y cupo … a cuatro patas, gateando. «Un chico grande, este. Cuatro metros, por lo menos. Incluso más grande que Mag el Poderoso». Mag había muerto bajo ese mismo hielo, trabado en combate mortal con Donal Noye. «Un buen hombre. La Guardia ha perdido a demasiados buenos hombres». Jon llevó a Cueros aparte.

–Encárgate de él. Tú hablas su lengua. Asegúrate de que le den de comer y que le encuentran un lugar cálido junto al fuego. Quédate con él. Vigila que nadie le provoque.

–Sí. – Cueros vaciló. – Mi señor.

Jon envió a los salvajes supervivientes a que atendieran sus heridas y sus quemaduras por el frío. Algo de comida caliente y ropa cálida restablecería a la mayoría, esperaba, aunque era probable que el hombre Pie de Cuerno perdiera ambos pies. Hizo que encerraran los cadáveres en las celdas de hielo.

Clydas había ido y venido, notó Jon mientras colgaba su capa en el gancho junto a la puerta. Habían dejado una carta en la mesa de sus aposentos. «Guardaoriente o Torre Sombría», supuso en un primer vistazo. Pero la cera era dorada, no negra. El sello mostraba la cabeza de un venado dentro de un corazón en llamas. «Stannis». Jon rompió el sello de cera, desenrolló el trozo de pergamino y lo leyó. «La mano de un maestre, pero las palabras del rey».

Stannis había tomado Bosquespeso, y los clanes de la montaña se le habían unido. Flint, Norrey, Wull, Liddle, todos.

Y tuvimos otra ayuda, inesperada pero más que bienvenida, por parte de una hija de Isla del Oso. Alysane Mormont, a la que sus hombres llamaban La Osa, escondió combatientes en un grupo de balandras de pesca y cogió a los hombres de hierro desprevenidos cuando abandonaron la costa. Los barcos de Greyjoy han sido
quemados o capturados, y sus tripulaciones han muerto o se han rendido. Por los capitanes, caballeros, guerreros notables, y otros de alta cuna pediremos un rescate o haremos otro uso de ellos, al resto pretendo ahorcarlos …

La Guardia de la Noche había jurado no tomar parte en las disputas y conflictos del reino. Sin embargo, Jon Nieve no pudo evitar sentir una cierta satisfacción. Siguió leyendo.

… más norteños llegan a medida que se extiende la noticia de nuestra victoria. Pueblos de pescadores, jinetes libres, hombres de las colinas, arrendatarios de las
profundidades del Bosque de los Lobos y aldeanos que abandonaron sus hogares a lo largo de la costa pedregosa para escapar de los hombres de hierro, supervivientes de la batalla frente a las puertas de Invernalia, hombres que una vez juraron lealtad a los Hornwoods, los Cerwyns, y los Tallharts. Somos cinco mil mientras escribo, y nuestro número aumenta día a día. Y nos ha llegado la noticia de que Roose Bolton avanza hacia Invernalia con todo su poder, para casar allí a su bastardo con tu medio hermana. No debemos permitir que restaure el castillo hasta su anterior estado. Marchamos contra él. Arnold Karstark y Mors Umber se unirán a nosotros. Rescataré a tu hermana si puedo, y encontraré un partido mejor para ella que Ramsay Nieve. Tú y tus hermanos debéis defender el Muro hasta que yo regrese.

Estaba firmada, por una mano diferente,

Escrita a la Luz del Señor, bajo el signo y sello de Stannis de la Casa Baratheon, el Primero de su nombre, rey de los Ándalos, el Rhoynar, y los Primeros Hombres, Señor de los Siete Reinos, y Protector del Reino.

En el momento en que soltó la carta, el pergamino volvió a enrollarse, como deseoso de proteger sus secretos. No estaba muy seguro en absoluto de cómo se sentía sobre lo que acababa de leer. Ya se habían librado batallas en Invernalia con anterioridad, pero nunca una sin un Stark en un bando o en el otro.

–El castillo es una cáscara, – dijo, – no es Invernalia, sino el fantasma de Invernalia. – Era doloroso sólo pensar en ello, y más aún decir las palabras en voz alta.
Y aún así…

Se preguntó a cuantos hombres traería el viejo Crowfood para la batalla, y cuantas espadas sería capaz de conjurar Arnolf Karstark. La mitad de los Umber estarían con Mataputas en el campo de batalla, luchando bajo el hombre desollado de Fuerte Terror, y la mayor parte de las fuerzas de ambas casas había ido hacia el sur con Robb, para no regresar jamás. Incluso en ruinas, Invernalia conferiría una considerable ventaja a cualquiera que la poseyera. Robert Baratheon se habría dado cuenta de inmediato y se habría movido deprisa para asegurar el castillo, con las marchas forzadas y las cabalgadas a media noche por las que había sido famoso. ¿Sería su hermano tan audaz?

«Probablemente no». Stannis era un comandante reflexivo y su hueste estaba formada por un estofado a medio digerir de miembros de clan, caballeros sureños, hombres del rey y hombres de la reina, salteados con unos pocos señores norteños. «Debería avanzar rápidamente hacia Invernalia, o no hacerlo» pensó Jon. No era su cometido aconsejar al rey, pero…

Volvió a echar una mirada a la carta. «Rescataré a tu hermana si puedo». Un sentimiento sorpresivamente afectuoso de Stannis, aunque menoscabado por aquel final, el brutal «si puedo» y el adicional «y encontraré un partido mejor para ella que Ramsay Nieve». ¿Pero y si Arya no estaba allí para ser rescatada? ¿Y si las llamas de Melisandre habían dicho la verdad? ¿Pudo su hermana en verdad haber escapado de tales captores? ¿Cómo haría ella eso? «Arya fue siempre rápida y lista, pero al final es sólo un niña pequeña, y Roose Bolton no es de los que serían descuidados con un trofeo de tanto valor».

¿Y si Bolton nunca tuvo a su hermana? Aquella boda podía ser sólo un embuste para atraer a Stannis a una trampa. Eddard Stark nunca había tenido ninguna razón para quejarse del Señor de Fuerte Terror, hasta donde sabía Jon, pero aún así nunca había confiado en él, con su voz susurrante y sus pálidos, pálidos ojos.

«Una chica gris sobre un caballo moribundo, huyendo de su boda».

Por la fuerza de aquellas palabras había liberado a Mance Rayder y a seis esposas guerreras en el norte. – Jóvenes, y bonitas, – había dicho Mance. El rey que no arde proporcionó algunos nombres, y Edd el Penas había hecho el resto, trayéndolas clandestinamente desde Villa Topo. Ahora parecía una locura. Habría hecho mejor fulminando a Mance en el instante en que se dio a conocer. Jon tenía una cierta reticente admiración por el último Rey más Allá del Muro pero el hombre era un desertor y un cambiacapas. Confiaba aún menos en Melisandre. Y sin embargo de alguna manera allí estaba él, depositando sus esperanzas en ellos. «Todo para rescatar a mi hermana. Pero los hombres de la Guardia de la Noche no tienen hermanas».

Cuando Jon era un niño en Invernalia, su héroe había sido el Joven Dragón, el niño rey que había conquistado Dorne a la edad de catorce años. A pesar de su nacimiento bastardo, o quizás por él, Jon nieve había soñado con guiar a hombres hacia la gloria tal como había hecho el Rey Daeron, con hacerse mayor para convertirse en un conquistador. Ahora era un hombre adulto y el Muro era suyo, y sin embargo todo lo que tenia eran dudas. Parecía que ni siquiera podía conquistar estas.
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