Buen dia a todos,
Despues de haber leido un libro "el camino a la autodependencia" (esa es la verdadera fuente de este post) Del psicoterapeuta argentino Jorge Bucay, me tome la libertad de hacer un ensayo sobre este grandioso libro.
Eh de admitir que no se mucho sobre argentina.
el autor es argentino, y yo siendo mexicano me da gusto de saber que en latinoamerica hay mucho talento.
aparte del soccer, hay muchos profesionistas que saben lo que hacen.
Ojala y algun dia en mi pais se empieze a notar gente tan talentosa como este argentino.
Tal vez es mucho texto, pero les recomiendo leerlo, 10 minutos no les tomara, y veran que tiene un gran mensaje. les recomiendo que reproduzcan una cancion agradable y se pongan comodo.
Este libro, me ah dado muchas enseñanzas, tal vez algunas se me olviden con el paso del tiempo, y seria bueno guardar este ensayo para recordar cada uno de las moralejas que deja este grandioso libro.
Los imbéciles intelectuales, son aquellos que creen que no les da la cabeza y entonces le preguntan al otro: ¿Cómo soy? ¿Qué tengo que hacer? ¿Adónde tengo que ir? Y cuando tienen que tomar una decisión van por el mundo preguntando: “Vos ¿qué harías en mi lugar?”. Ante cada acción construyen un equipo de asesores para que piense por ellos. Como en verdad creen que no pueden pensar, depositan su capacidad de pensar en los otros, lo cual es bastante inquietante. El gran peligro es que a veces son confundidos con la gente genuinamente considerada y amable, y pueden terminar, por confluyentes, siendo muy populares.
Los imbéciles afectivos son aquellos que dependen todo el tiempo de que alguien les diga que los quiere, que los ama, que son lindos, que son buenos.
Un imbécil afectivo está permanentemente a la búsqueda de otro que le repita que nunca, nunca, nunca lo va a dejar de querer. Todos sentimos el deseo normal de ser queridos por la persona que amamos, pero otra cosa es vivir para confirmarlo.
Los varones tenemos más tendencia a la imbecilidad afectiva que las mujeres. Ellas, cuando son imbéciles, tienden a serlo en hechos prácticos, no afectivos.
Tomemos mil matrimonios separados hace tres meses y observemos su evolución. El 95% de los hombres está con otra mujer, conviviendo o casi. Si hablamos con ellos dirán:
—No podía soportar llegar a mi casa y encontrar las luces apagadas y nadie esperando. No aguantaba pasar los fines de semana solo.
El 99% de las mujeres sigue viviendo sola o con sus hijos. Hablamos con ellas y dicen:
—Una vez que acomodé el tema económico, para qué quiero tener un hombre en mi casa, ¿para que me diga “traéme las pantuflas, mi amor”? De ninguna manera.
Ellas encontrarán pareja o no la encontrarán, desearán, añorarán y querrán encontrar a alguien con quien compartir algunas cosas, pero muy difícilmente acepten a cualquiera para no sentir la desesperación de “la luz apagada”. Eso es patrimonio masculino.
Y por último...
Los imbéciles morales, son los que necesitan permanentemente aprobación del afuera para tomar sus decisiones.
El imbécil moral es alguien que necesita de otro para que le diga si lo que hace está bien o mal, alguien que todo el tiempo está pendiente de si lo que quiere hacer corresponde o no corresponde, si es o no lo que el otro o la mayoría harían. Son aquellos que se la pasan haciendo encuestas sobre si tienen o no tienen que cambiar el auto, si les conviene o no comprarse una nueva casa, si es o no el momento adecuado para tener un hijo.
Cuando alguno de estos modelos de dependencia se agudiza y se deposita en una sola persona del entorno, el individuo puede llegar a creer sinceramente que no podría subsistir sin el otro. Por lo tanto, empieza a condicionar cada conducta a ese vínculo patológico al que siente a la vez como su salvación y su calvario. Todo lo que hace está inspirado, dirigido, producido o dedicado a halagar, enojar, seducir, premiar o castigar a aquel de quien depende.
Sería bueno empezar a deshacernos de nuestras adicciones a las personas, abandonar estos espacios de dependencia y ayudar al otro a que supere los propios.
Me encantaría que la gente que yo quiero me quiera; pero si esa gente no me quiere, me encantaría que me lo diga y se vaya (o que no me lo diga pero que se vaya). Porque no quiero estar al lado de quien no quiere estar conmigo...
Es muy doloroso. Pero siempre será mejor que si te quedaras engañándome.
—Papi... papi... Estuve con Huguito, que viene de pelearse con su papá...
—¿Y por qué se peleó con su papá?
—Porque el papá de Huguito dice que él sabe más que Huguito...
—Sí... hijo. El papá de Huguito sabe más que Huguito.
—¿Y cómo sabés tu, si no conocés al papá de Huguito?
—Bueno, porque es el padre, hijo, y el padre sabe más que el hijo.
—¿Y por qué sabe más que el hijo?
—Y... ¡porque es el papá!
—¿Qué tiene que ver?
—Bueno, hijo, el papá ha vivido más años... ha leído más... ha estudiado más... Entonces sabe más que el hijo.
—Ah... ¿Y tu sabés más que yo?
—Sí.
—¿Y todos los padres saben más que los hijos?
—Sí.
—¿Y siempre es así?
—Sí.
—¿Y siempre va a ser así?
—Sí, hijo, ¡siempre va a ser así!
—¿Y la mamá de Martita sabe más que Martita?
—Sí, hijo. La mamá de Martita sabe más que Martita...
—Dime papá, ¿quién inventó el teléfono?
El padre lo mira con suficiencia y le dice:
—El teléfono, hijo, lo inventó Alexander Graham Bell.
—¿Y por qué no lo inventó el padre de él que sabía más?
¿Será cierto que sabemos más que nuestros hijos?
A veces sí y a veces no.
En el mejor de los casos, intentamos capacitar a nuestros hijos para entrenarlos a resolver problemas que nunca van a tener. Porque van a tener otros... ¡que nosotros ni siquiera pudimos imaginar!
Los padres no vamos a vivir en el mundo de nuestros hijos. Nosotros hemos vivido en el nuestro.
Nuestros hijos van a tener problemas
que nosotros nunca tuvimos.
TEORÍA DE LOS TRES TERCIOS
Imaginemos que cada uno recibe una parcela abandonada de tierra llena de maleza. Sólo tenemos agua, alimentos, herramientas, pero ningún libro disponible, ningún viejo que sepa cómo se hace. Nos dan semillas, elementos de labranza y nos dicen: Van a tener que comer de lo que saquen de la tierra.
¿Qué es lo que haríamos para poder alimentarnos y alimentar a nuestros seres queridos?
Lo primero que haríamos sería desmalezar, preparar la tierra, removerla, airearla... y hacer surcos para sembrar.
Luego sembramos y esperamos ... Poniendo un tutor, cuidando que las plantitas se vayan haciendo grandes, protegiéndolas para, un buen día, cosechar.
La vida del ser humano es igual.
La vida del ser humano está dividida en tres tercios:
1 / Tercio de preparar el terreno
2 / Tercio de crecimiento o expansión
3 / Tercio de cosecha
¿Qué es el primer tercio?
Preparar el terreno equivale a la infancia y la adolescencia.
Durante estos períodos, lo que uno tiene que hacer en su vida es preparar el terreno, desmalezar, abonar, airear, preparar todo para la siembra.
¡Qué error sería querer cosechar antes de desmalezar! Cosecharíamos basura, no serviría para nada.
¿Qué es el segundo tercio?
El crecimiento o expansión equivale a la juventud y la adultez.
Habrá entonces que plantar la semilla, regarla, cuidarla, hacerla crecer. Este es el tercio de la siembra, del desarrollo.
¡Qué error sería desmalezar y seguir preparando el terreno cuando es el tiempo de sembrar!
¡Qué error sería querer cosechar cuando uno está sembrando!
No cosecharía nada. Cada cosa hay que hacerla en su tiempo.
¿Qué es el tercer tercio?
La cosecha equivale a la madurez.
¡Qué error sería en tiempo de cosecha querer seguir sembrando! ¡Qué error sería, cuando uno tiene que cosechar, ocuparse de hacer crecer y de engrandecer!
Porque éste es el tiempo de la recolección, la hora de recoger los frutos.
Y si no se cosecha en este tiempo, no se cosecha nunca.
¿Cuánto dura cada tercio?
Lógicamente, esto depende del tiempo que va a durar nuestra vida.
Cuando nuestros ancestros vivían entre treinta y cinco y cuarenta años, como promedio y con toda la suerte, entonces un tercio era trece años5. La juventud y la adultez se desarrollaban entre los doce y los dieciocho años, y la madurez se alcanzaba a los veinticinco.
Cuando a principios de siglo nacieron nuestros padres, la expectativa de vida era de sesenta años. Así, la duración de los tercios se fue modificando.
Cuando uno deja de ser un adolescente, les dice (o sería bueno que les dijera) a sus padres:
“A partir de ahora dedíquense a ustedes, porque de mí me ocupo yo.”
Uno tiene que aprender a hacerse cargo de sí mismo, aprender a responsabilizarse de uno, aprender la autodependencia.
Aquellos hijos que no terminan de deshacerse, que se quedan prendidos de los padres sin animarse a subir al trampolín y saltar, en parte lo hacen por una responsabilidad de los padres, que no supieron enseñarles a hacerlo, y en parte por una responsabilidad de ellos.
Los padres tendrán que mostrar a estos hijos, aunque sea tardíamente, que deben soltarse, que uno no está para siempre.
Con mucho amor y mucha ternura, estos padres deberán entornar la puerta y... pegarles una patada en el culo.
¿Qué quiere decir autodependencia?
Supongamos que yo quiero que Fernando me escuche, que me abrace, que esté conmigo porque hoy no me basto conmigo.
Y Fernando no quiere. Fernando no me quiere.
Entonces, en lugar de quedarme llorando, en lugar de manipular la situación para obtener lo que él no quiere darme, en lugar de buscar algún sustituto (que me necesite, que me tenga lástima, que me odie, que me tema), en lugar de ese recorrido, quizás pueda preguntarle a María Inés si no quiere quedarse conmigo.
Yo no me basto pero tampoco dependo de Fernando, sino de mí. Yo sé qué necesito y si él no quiere, quizás María Inés...
Esto es la autodependencia. Saber que yo necesito de los otros, que no soy autosuficiente, pero que puedo llevar esta necesidad conmigo hasta encontrar lo que quiero, esa relación, esa contención, ese amor...
Y si Fernando no tiene para mí lo que necesito, y si María Inés tampoco, quizás yo pueda seguir buscando hasta encontrarlo.
¿Donde sea?
Sí, donde sea.
Autodepender significa establecer que no soy omnipotente, que me sé vulnerable y que estoy a cargo de mí.
Yo soy el director de esta orquesta, aunque no pueda tocar todos los instrumentos. Que no pueda tocar todos los instrumentos no quiere decir que ceda la batuta.
Yo soy el protagonista de mi propia vida. Pero atención:
No soy el único actor, porque si lo fuera, mi película sería demasiado aburrida.
Así que soy el protagonista, soy el director de la trama, soy aquel de quien dependen en última instan-cia todas mis cosas, pero no soy autosuficiente.
No puedo estructurarme una vida independiente porque no soy autosuficiente.
Autodependencia significa contestarse las tres preguntas existenciales básicas:
Quién soy, adónde voy y con quién.
Pero contestarlas en ese orden.
Cuidado con tratar de decidir adónde voy según con quién estoy. Cuidado con definir quién soy a partir de quién me acompaña.
Porque en ese camino nos vamos a encontrar con la historia de la pareja que está viajando por Europa en uno de esos tours “Ocho países en diez días” y cuando cruzan un puente sobre un río en medio de una hermosa ciudad, ella pregunta:
—¿Qué ciudad es ésta, viejo?
Y él contesta:
—¿Qué día es hoy?
Ella dice:
—Martes.
Él cuenta con los dedos y finalmente informa:
—Entonces es Bruselas.
No nos sirve este esquema.
No puedo definir mi camino desde ver el tuyo y no debo definirme a mí por el camino que estoy recorriendo.
Voy a tener que darme cuenta: soy yo el que debe definir primero quién soy.
1/ Me concedo a mí mismo el permiso de estar y de ser quien soy, en lugar de creer que debo esperar que otro determine dónde yo debería estar o cómo debería ser.
2/ Me concedo a mí mismo el permiso de sentir lo que siento, en vez de sentir lo que otros sentirían en mi lugar.
3/ Me concedo a mí mismo el permiso de pensar lo que pienso y también el derecho de decirlo, si quiero, o de callármelo, si es que así me conviene.
4/ Me concedo a mí mismo el permiso de correr los riesgos que yo decida correr, con la única condición de aceptar pagar yo mismo los precios de esos riesgos.
5/ Me concedo a mí mismo el permiso de buscar lo que yo creo que necesito del mundo, en lugar de esperar que alguien más me dé el permiso para obtenerlo.
Estos cinco permisos esenciales condicionan nuestro ser persona. Y ser persona es el único camino para volverse autodependiente.
Porque estos permisos me permiten finalmente ser auténticamente quien soy.
Las consecuencias de no ser una persona son infinitas. Por ejemplo, si soy una adolescente y necesito parecerme a las demás, para ser aceptada me harán creer que debo ser delgadita como las modelos, alta y espigada, y que debo usar determinada ropa. En este caso, al no darme cuenta que tengo la libertad de ser quien soy, probablemente deje de comer y me vuelva anoréxica. Porque aquí, volverme anoréxica es inten-tar parecerme a la que dicen que tengo que ser, no a quien yo soy. Es sentir que si peso 45 y la ropa no me entra, yo no soy una persona. Este es un ejemplo brutal y terrible de lo que les sucede a muchas adolescentes que vemos todos los días, a veces en la televisión, a veces en los diarios y a veces en las ne-crológicas. Porque las chicas de verdad se mueren en este intento de parecerse a un modelo prestado.
Menos crueles y brutales son todas las cosas que nosotros hacemos para parecernos a ciertos modelos. Terminamos forzándonos a ser lo que no somos, o a estar en donde no queremos estar. No nos damos la libertad de estar en el lugar que queremos, de ser quienes somos.
Ernestina vivía en una granja en el campo.
Un día, su padre le pide que lleve un barril lleno de maíz hasta el granero de una vecina. Ernestina agarra un barril de madera, lo llena de granos hasta el borde, le clava la tapa y se lo ata colgando de los hombros como si fuese una mochila. Una vez afirmadas las correas, Ernestina parte hacia la granja vecina.
En el camino se cruza con varios granjeros. Algunos notan que hay un agujero en su barril y que una hilera de granos cae del tonel sin que Ernestina lo note. Un amigo de su padre comienza a hacerle señas para explicarle el problema, pero ella entiende que es un saludo, así que le sonríe y agita su mano en señal de amistad. De inmediato, los otros granjeros le gritan a coro:
—¡Estás perdiendo el maíz!
Ernestina se da vuelta para ver el camino, pero como los pájaros han estado levantando cada grano perdido casi antes de que tocara el piso, al no ver nada, la niña cree que los vecinos bromean y sigue su camino.
Más adelante, otra vez un granjero le dice:
—¡Ernestina, Ernestina! ¡Estás perdiendo el maíz, los pájaros se lo están comiendo!...
Ernestina se da vuelta y ve los pájaros que revolotean sobre el camino, pero ni un grano de maíz. Entonces continúa su trayecto con el maíz perdiéndose por el agujero del barril.
Cuando Ernestina llega a su destino y abre el barril, ve que aún está lleno de granos de maíz hasta el mismo borde.
Uno puede pensar que es sólo una parábola para estimular a los mezquinos a dar, para conjurar su temor al vacío, y que el cuento es sólo una alegoría.
Ernestina es cada uno de nosotros.
Y este maíz es lo que cada uno de nosotros puede amar.
La inagotable provisión de amor.
Esto es:
No nos vamos a quedar sin maíz para los pájaros si queremos llegar con maíz al granero.
Ni nos vamos a quedar sin maíz para nosotros si les damos a los pájaros.
No nos vamos a quedar sin posibilidad de amar a los otros si nos amamos a nosotros mismos.
En verdad, nosotros tenemos para dar inagotablemente, y nuestro barril está siempre lleno, porque así funciona nuestro corazón, así funciona nuestro espíritu, así funciona la esencia de cada uno de nosotros.
Mi idea del autoconocimiento empieza por recordar que:
No es que uno tenga un cuerpo, sino que uno es un cuerpo.
No es que uno tenga emociones, sino que uno es las emociones que siente.
No es que uno tenga una manera de pensar, sino que uno es su manera de pensar.
En definitiva, que cada uno de nosotros es sus pensamientos, sus sentimientos, su propio cuerpo y es, al mismo tiempo, algo más: su esencia.
Nunca podré saberme si me busco desde la mirada crítica.
Es bastante común y, digo yo, bastante siniestro, analizar
nuestras acciones y pensamientos con frases del estilo:
“¡Qué tarado que soy!”
“Tendría que haberme dado cuenta...”
“¿Cómo puedo ser tan estúpido?”
“¡¡Me quiero matar!!”
Etc., etc.
Yo digo que si uno pudiera transformar eso en una actitud más aceptadora, más cuidadosa, si uno pudiera decir:
“Me equivoqué. La próxima vez puedo tratar de hacerlo mejor...”
“Quizá sea bueno tomar nota de esto...”
“Lo hice demasiado a la ligera, mi ansiedad a veces no me sirve...”
“De aquí en adelante voy a buscar otras alternativas...”
Entonces los cambios serían paradójicamente más posibles.
Nadie hace un cambio desde la exigencia.
Nadie se modifica de verdad por el miedo.
Nadie crece desde la represión.
Es mi responsabilidad apartarme de lo que me daña. Es mi responsabilidad defenderme de los que me hacen daño. Es mi responsabilidad hacerme cargo de lo que me pasa y saber mi cuota de participación en los hechos.
Tengo que darme cuenta de la influencia que tiene cada cosa que hago. Para que las cosas que me pasan me pasen, yo tengo que hacer lo que hago. Y no digo que puedo manejar todo lo que me pasa, sino que soy responsable de lo que me pasa, porque en algo, aunque sea pequeño, he colaborado para que suceda.
Yo no puedo controlar la actitud de todos a mi alrededor, pero puedo controlar la mía. Puedo actuar libremente con lo que hago.
Tendré que decidir qué hago. Con mis limitaciones, con mis miserias, con mis ignorancias, con todo lo que sé y aprendí, con todo eso, tendré que decidir cuál es la mejor manera de actuar. Y tendré que actuar de esa mejor manera.
Tendré que conocerme más para saber cuáles son mis recursos.
Tendré que quererme tanto como para privilegiarme y saber que ésta es mi decisión.
Y tendré, entonces, algo que viene con la autonomía y que es la otra cara de la libertad: el coraje. Tendré el coraje de actuar como mi conciencia me dicta y de pagar el precio.
Tendré que ser libre aunque a ti no te guste.
Y si no vas a quererme, así, como soy;
y si te vas a ir de mi lado, así como soy;
y si en la noche más larga y más fría del invierno
me vas a dejar solo y te vas a ir...
cierrá la puerta, porque entra viento.
Y ésta va a ser mi decisión.
Esto me transforma en una especie de ser inmanejable.
Porque los autodependientes son inmanejables y sabemos que no hay nadie que los pueda manejar.
Porque a un autodependiente lo manejás solamente si él quiere, con lo cual, no es manejable, no estás manejándolo; él está manejando la situación, el se está manejando a sí mismo.
Esto significa un paso muy adelante en tu historia y en tu desarrollo, una manera diferente de vivir en el mundo y probablemente signifique empezar a conocer un poco más a quien está a tu lado.
Si eres autodependiente, de verdad, si no vas a dejarte manejar ni siquiera un poquito, es probable que algunas de las personas que están a tu lado se vayan... Quizás alguno no quiera quedarse.
Bueno, habrá que pagar ese precio también.
Y prepararse para festejar la llegada de otros.
Y en todo caso, si ella no me quiere, no te angusties por mí, siempre habrá alguien capaz de quererme.
"El camino a la autodependencia"
Jorge Bucay

