InicioTaringaMitos, Leyendas urbanas y Relatos de Terror

Mitos, Leyendas urbanas y Relatos de Terror

Taringa10/5/2010
Bueno... hace rato que no posteo nada y se me ocurrio postear algo sobre mitos y leyendas urbanas o como le quieran decir. Camino a Novallas Marcos Pillado era un policía harto de los trabajos de oficina, harto de que su trabajo no fuera reconocido, harto de, harto de, harto de...Un día que parecía iba a ser como cualquier otro, recibe una información, según él, de vital importancia para resolver un caso que desde hacía meses tenía la comisaría patas arriba. Y en esta ocasión ya no pudo más...¿cómo era posible que sus superiores estuvieran tan ciegos? ¿ es que nunca iban a tener en cuenta sus fuentes?.Así, como él sí creía en si mismo, había llegado la hora de demostrar su valia...pero no lo podía hacer desde dentro pues necesitaba trasladarse hasta Novallas, provincia de Zaragoza a unos 500 km y pensó en cogerse unos días de vacaciones que todavía le quedaban, sería una buena forma de aprovecharlos, pensó. Aquella noche Marcos llegó a casa y mientras cenaban le explicó a su mujer sus intenciones. Al principio ella intentó disuadirlo pero atendiendo a que sólo se trataba de un par o tres de días y que no corría ningún peligro, se le agotaron los argumentos. Se trataba de la vida profesional de él y la felicidad de toda la familia. Una hora más tarde, Marcos ya había metido cuatro trapos en la maleta, se despidió de su mujer y sus hijas con un beso... Conducía tranquilo, a una velocidad media y facilmente constante...para Marcos el viaje parecía de lo más normal. Sin embargo, el tiempo estaba empezando a ponerse feo y ya eran las dos de la madrugada. Tenía pensado llegar a Novallas al amanecer por lo que no había hecho reserva en ningún hotel...Viendo que amenazaba una fuerte tormenta, decidió pisar un poco el acelerador para encontrar rapidamente un alojamiento. Desgraciadamente, su coche tuvo una avería en una zona aislada y lo único qe alcanzaba a otear eran unas luces a pocos kms de allí. Marcos se dirigió a las luces andando bajo una fuerte lluvia y un viento que no le permitía avanzar. Casi dos horas después consiguió llegar a la puerta de un viejo edificio que resultó ser un manicomio. Le abrió la puerta un viejo celador al que le explicó todo lo ocurrido y le preguntó si sería posible utilizar el teléfono para avisar a una grua. El celador le contó que las instalaciones era muy antiguas y el teléfono ya hacía rato que no funcionaba, algo habitual con el ma tiempo...Hasta el día siguiente no estaría arreglado y eso si cesaba la tormenta. El anciano celador le explicó que aquel era un hospital donde ingresaban enfermos mentales desahuciados por su famila o que estaban solos en el mundo por lo que no era usual recibir visitas y le ofreció pasar allí la noche, en una de las habitaciones vacias. Visto que no le quedaba otra opción dormiría allí y por la mañana avisaría a la grua. Mientras le acompañaba a la habitacion le preguntó si trabajaba alguién más con él y al parecer había otras cuatro personas pero con los que él no mantenía ninguna relación. La mayoría de los trabajadores de allí iban y venían, a nadie le gustaba trabajar en ese lugar, excepto a él. Marcos se acostó y se quedó dormido rapidamente, estaba agotado debido a la tensión acumulada durante todo el día. Lo que ocurrió desde ese momento no se sbe con certeza, ni creo que nunca se llegará a saber con exactitud. La cuestión es que aquel viejo celador murió aquella misma noche por causas naturales. El problema es que por la mañana cuando Marcos salió de la habitación y pidió que le dejasen llamar a la grua, notó que los enfermeros que había allí, le trataban de forma rara, parecia que ignoraban sus peticiones, le decían que se marchara a la habitación y no molestara. ¿Qué era lo que estaba ocurriendo?. Parece ser, que el celador no había dejado costancia que la persona que estaba allí, en aquella habitación, era alguien de paso que había tenido un problema con el coche. Marcos trató de explicar lo que había pasado pero le siguieron la corriente como a un loco más. El Sr. Pillado (ahora ya le llamaré Sr., al menos...), llegado cierto momento, llego a ponerse violento incluso, lo que fue peor, ya que le redujeron y le sedaron...fueron dos semanas terribles. Hasta que por fin, su familia y sus compañeros de la comisaría consiguieron dar con él. No obstante, el golpe psicológico fue tan grande, que Sr. Pillado nunca pudo recuperarse y lo último que se sabe es que hoy día se encuentra ingresado en una institución mentar de su ciudad natal y que todos los días repite a los médicos y enfermers sin cesar, que él no debería estar allí, que necesita llegar a Novallas y que le dejen llamar a una grua. Leyenda Urbana de un Videojuego: Madden NFL Ojeando wikipedia y siguiendo rumoresque había escuchado vi una información sobre el videojuego más gafe de la historia, el Madden NFL , que es un equivalente en futbol americano al FIFA que saca EA sport cada año. Sus portadas son totalmente gafes, jugador que sale en portada, jugador que tiene problemas y en el último que hicieron también tipo Manager ( entrenador) gafó hasta al entrenador. Historia de las Portadas - "La Maldición del Madden"Hablar del Madden NFL, también es hablar de las portadas, mucha gente, cada vez más, la denomina la "maldición del Madden". Esta es la historia cronológica de esta famosa leyenda: Hasta el 99 - John Madden ocupó la portad siempre. (recordemos, que on jugó nunca debido a una lesión en pretemporada con su primer y único equipo, los Eagles, que le hizo retirarse; auqnue luego ganara una Superbowl como entrenador) 1999 - Hubo ese año dos versiones, en la primera, una foto de Barry Sanders, mítico corredor de los Detroit Lions, grande entre los grandes de este deporte. Presentaron esta primera portada con un jugador, era Barry Sanders, no podía fallar, aumento de ventas impresionante. Pero, al cabo de unos días de la fecha de salida del juego, Barry Sanders anuncia que se retira. Primer golpe. Sacaron una segunda edición, esta vez, con Dorsey Levens, otro magnífico corredor, que después de haber corrido más de 1000 yardas en 1999, al siguiente año, en el 2000, solamente consiguió 224. Por si fuera poco, la bajada notable de rendimientos, al año siguiente fue cortado por los Green Bay Packers, y empezó su declive, que culminó en el 2004, año en el que se retiró, tras haber pasado decepcionantemente por Philadelphia Eagles y Nueva York Giants. 2001 - Otro corredor, Eddie George, ésta vez de los Tennessee Titans, apareció en la portada del Madden NFL 2001. La temporada se las pormetía felices, pero lamentablemente, durante un partido de playoffs contra Baltimore Ravens, Eddie George sufrió un "fumble" (balón que se le cae a uno al suelo y es "libre", del primero que lo coja), con tan mala suerte, que el balón suelto, fue interceptado por los Ravens, retornandolo para Touchdown, y su equipo fue eliminado. Tras este varapalo, al año siguiente sufrió una lesión y a partir de entonces su producción como corredor no volvió a ser la misma. Otro golpe más para el Madden, que alimentaba cada año su leyenda. 2002 - Ya estaba bien de corredores frustados, esta vez le tocó el turno a un Quaterback, no fue otro que Daunte Culpepper, que a principio de temporada, hizo un mal gesto con su rodilla izquierda, que le provocó una lesión en esa rodilla que lo dejaría fuera de actividad por el resto de la temporada. De hecho, desde entonces, no ha vuelto a ser el mismo Culpepper, estando actualmente en Miami, y discutiéndose mucho su puesto. 2003 - Volvemos a utilizar Running Backs (corredores) para esta edición, el "afortunado" fue Marshall Faulk, otro grande de los grandes, corredor de los St. Louis Rams. En esa temporada del 2003, Faulk se torció un tobillo, quedando fuera de juego el resto de la temporada, y desde entonces, su carrera no ha vuelto a tener una temporada de 1000 yardas. Es más, en abril de 2007 anunció su retirada. 2004 - Cansados de estrellas consagradas, los de Ea Sports, pusieron la mirada en un rookie, que la anterior campaña, había sorprendido a propios y extraños, era Michael Vick. Este quarterback de los Atlanta Falcons, que sorprendió con un juego muy versátil, saliedo mucho del pocket, corriendo también mucho, y con un potentísimo brazo, fue nombrado rookie del año del 2003; las cosas no podían fallar, EA sports, había elegido a un chico joven, y de gran talento. Pues bien, sufrió una fractura en el peroné durante un partido de pretemporada, esa brillantez, se apagó. 2005 - Cansados ya de jugadores ofensivos, se intentaron cambiar las tornas con un jugador defensivo. Ray Lewis, linebacker de los Baltimore Ravens, y uno de los mejores, si no el mejor de los Linebackers que ha tenido este deporte, tuvo una temporada bastante buena. Hasta que, como no se podía esperar otra cosa, se fracturó una muñeca y no pudo jugar el último partido del año. Pero la "maldición" no se acabó ahí, en el 2006, Lewis sufrió una lesión en la week 6, que lo marginó en la enfermería el resto de la temporada. 2006 - Donovan McNabb, quarterback de Philadelphia, sería la portada de este juego, que ya alcanzaba fama de leyenda. En el primer partido de la temporada, McNabb recibió un golpe en el pecho que le provocó una hernia deportiva. McNabb, fuerte y duro donde los haya, rehusó a operarse durante la temporada, jugando dolorido, con infiltraciones y con muchas molestias hasta el décimo partido, cuando otra lesión, ahora en la ingle, lo obligó a retirarse por el resto de la temporada. Pero igual que pasó con Lewis, la maldición no acabó allí, la temporada pasada, la del 2007, estaba realizando unos número impresionantes, liderando el ranking de los mejroes quaterbacks, cuando a mitad de la temporada pasada, se rompió la rodilla, y perdió el resto de la temporada. Ya ha sido operado pero hay rumores que apuntan a que se ha quedado cojo, (ya se verá en la siguiente). 2007 - Este año, el Madden sacó dos versiones, una clásica, la del juego de NFL, y una nueva versión dedicada a los entrenadores, hacer de Manager de un equipo. En la primera, la portada fue para Shaun Alexander, corredor de los Seattle Seahawks y hasta entonces MVP (Jugador Más Valioso) de la liga en la temporada pasada, que realmente fue extraordinario. Durante el primer partido de la temporada, Alexander se rompió el pie izquierdo, mermando de forma muy considerable su producción de yardas, y estando de baja 6 semanas, tras las que apareció, pero no ha vuelto a tener esos números que le encumbraron a jugador MVP, es más, actualmente sigue teneindo molestias, y no se ha recuperado totalmente de la rotura de su pie. En la otra, la de Manager, aparecía en la Head Coach edition, Bill Cowher, ex head coach de los Steelers, que tras ganar el anillo la anterior campaña, en esta del 2007 cayeron estrepitósamente, produciendo una decisión que él tenia algo meditada: Ha dejado el equipo y el Football, se ha retirado. 2008 - Este año, muchso discutían si el afortunado iba a ser Tomlinson o Manning, pero EA Sports, apuesta de nuevo por un Quaterback Rooki, el "afortunado" de la presente edición en Vince Young. El año pasado fue elegido Rookie del Año, y sus números, a pesar de empezar a mitad de temprada fueron muy buenos. Su juego, que se asemeja algo al de Vick o McNabb, es muy vesátil y dinámico. Cabe la duda de lo que pasará esta temporada con él, ¿segurirá la "maldición" del Madden?, o puede que la rompa, en cualquier caso, esta leyenda es parte del atractivo que tiene este juego, que ayuda a emocionarse cada temporada más y aprender y disfrutar un poco más de este maravilloso deporte. Por septimo año consecutivo, Vince Young sufrió una lesión que podría dejarlo al menos por una semana. El novato ofensivo de la NFL de 2006 dejo el juego ante los Bucaneros en el tercer cuarto con u marcador de 3-3, tras sufrir un tirón en el cuadriceps derecho en una carrera hacia la banda izquierda para dos yardas. La Pata de Mono I La noche era fría y húmeda, pero en la pequeña sala de Laburnum Villa los postigos estaban cerrados y el fuego ardía vivamente. Padre e hijo jugaban al ajedrez. El primero tenía ideas personales sobre el juego y ponía al rey en tan desesperados e inútiles peligros que provocaba el comentario de la vieja señora que tejía plácidamente junto a la chimenea. -Oigan el viento -dijo el señor White; había cometido un error fatal y trataba de que su hijo no lo advirtiera. -Lo oigo -dijo éste moviendo implacablemente la reina-. Jaque. -No creo que venga esta noche -dijo el padre con la mano sobre el tablero. -Mate -contestó el hijo. -Esto es lo malo de vivir tan lejos -vociferó el señor White con imprevista y repentina violencia-. De todos los suburbios, este es el peor. El camino es un pantano. No se qué piensa la gente. Como hay sólo dos casas alquiladas, no les importa. -No te aflijas, querido -dijo suavemente su mujer-, ganarás la próxima vez. El señor White alzó la vista y sorprendió una mirada de complicidad entre madre e hijo. Las palabras murieron en sus labios y disimuló un gesto de fastidio. -Ahí viene -dijo Herbert White al oír el golpe del portón y unos pasos que se acercaban. Su padre se levantó con apresurada hospitalidad y abrió la puerta; le oyeron condolerse con el recién venido. Luego, entraron. El forastero era un hombre fornido, con los ojos salientes y la cara rojiza. -El sargento mayor Morris -dijo el señor White, presentándolo. El sargento les dio la mano, aceptó la silla que le ofrecieron y observó con satisfacción que el dueño de casa traía whisky y unos vasos y ponía una pequeña pava de cobre sobre el fuego. Al tercer vaso, le brillaron los ojos y empezó a hablar. La familia miraba con interés a ese forastero que hablaba de guerras, de epidemias y de pueblos extraños. -Hace veintiún años -dijo el señor White sonriendo a su mujer y a su hijo-. Cuando se fue era apenas un muchacho. Mírenlo ahora. -No parece haberle sentado tan mal -dijo la señora White amablemente. -Me gustaría ir a la India -dijo el señor White-. Sólo para dar un vistazo. -Mejor quedarse aquí -replicó el sargento moviendo la cabeza. Dejó el vaso y, suspirando levemente, volvió a sacudir la cabeza. -Me gustaría ver los viejos templos y faquires y malabaristas -dijo el señor White-. ¿Qué fue, Morris, lo que usted empezó a contarme los otros días, de una pata de mono o algo por el estilo? -Nada -contestó el soldado apresuradamente-. Nada que valga la pena oír. -¿Una pata de mono? -preguntó la señora White. -Bueno, es lo que se llama magia, tal vez -dijo con desgana el militar. Sus tres interlocutores lo miraron con avidez. Distraídamente, el forastero llevó la copa vacía a los labios: volvió a dejarla. El dueño de casa la llenó. -A primera vista, es una patita momificada que no tiene nada de particular -dijo el sargento mostrando algo que sacó del bolsillo. La señora retrocedió, con una mueca. El hijo tomó la pata de mono y la examinó atentamente. -¿Y qué tiene de extraordinario? -preguntó el señor White quitándosela a su hijo, para mirarla. -Un viejo faquir le dio poderes mágicos -dijo el sargento mayor-. Un hombre muy santo... Quería demostrar que el destino gobierna la vida de los hombres y que nadie puede oponérsele impunemente. Le dio este poder: Tres hombres pueden pedirle tres deseos. Habló tan seriamente que los otros sintieron que sus risas desentonaban. -Y usted, ¿por qué no pide las tres cosas? -preguntó Herbert White. El sargento lo miró con tolerancia. -Las he pedido -dijo, y su rostro curtido palideció. -¿Realmente se cumplieron los tres deseos? -preguntó la señora White. -Se cumplieron -dijo el sargento. -¿Y nadie más pidió? -insistió la señora. -Sí, un hombre. No sé cuáles fueron las dos primeras cosas que pidió; la tercera fue la muerte. Por eso entré en posesión de la pata de mono. Habló con tanta gravedad que produjo silencio. -Morris, si obtuvo sus tres deseos, ya no le sirve el talismán -dijo, finalmente, el señor White-. ¿Para qué lo guarda? El sargento sacudió la cabeza: -Probablemente he tenido, alguna vez, la idea de venderlo; pero creo que no lo haré. Ya ha causado bastantes desgracias. Además, la gente no quiere comprarlo. Algunos sospechan que es un cuento de hadas; otros quieren probarlo primero y pagarme después. -Y si a usted le concedieran tres deseos más -dijo el señor White-, ¿los pediría? -No sé -contestó el otro-. No sé. Tomó la pata de mono, la agitó entre el pulgar y el índice y la tiró al fuego. White la recogió. -Mejor que se queme -dijo con solemnidad el sargento. -Si usted no la quiere, Morris, démela. -No quiero -respondió terminantemente-. La tiré al fuego; si la guarda, no me eche la culpa de lo que pueda suceder. Sea razonable, tírela. El otro sacudió la cabeza y examinó su nueva adquisición. Preguntó: -¿Cómo se hace? -Hay que tenerla en la mano derecha y pedir los deseos en voz alta. Pero le prevengo que debe temer las consecuencias. -Parece de Las mil y una noches -dijo la señora White. Se levantó a preparar la mesa-. ¿No le parece que podrían pedir para mí otro par de manos? El señor White sacó del bolsillo el talismán; los tres se rieron al ver la expresión de alarma del sargento. -Si está resuelto a pedir algo -dijo agarrando el brazo de White- pida algo razonable. El señor White guardó en el bolsillo la pata de mono. Invitó a Morris a sentarse a la mesa. Durante la comida el talismán fue, en cierto modo, olvidado. Atraídos, escucharon nuevos relatos de la vida del sargento en la India. -Si en el cuento de la pata de mono hay tanta verdad como en los otros -dijo Herbert cuando el forastero cerró la puerta y se alejó con prisa, para alcanzar el último tren-, no conseguiremos gran cosa. -¿Le diste algo? -preguntó la señora mirando atentamente a su marido. -Una bagatela -contestó el señor White, ruborizándose levemente-. No quería aceptarlo, pero lo obligué. Insistió en que tirara el talismán. -Sin duda -dijo Herbert, con fingido horror-, seremos felices, ricos y famosos. Para empezar tienes que pedir un imperio, así no estarás dominado por tu mujer. El señor White sacó del bolsillo el talismán y lo examinó con perplejidad. -No se me ocurre nada para pedirle -dijo con lentitud-. Me parece que tengo todo lo que deseo. -Si pagaras la hipoteca de la casa serías feliz, ¿no es cierto? -dijo Herbert poniéndole la mano sobre el hombro-. Bastará con que pidas doscientas libras. El padre sonrió avergonzado de su propia credulidad y levantó el talismán; Herbert puso una cara solemne, hizo un guiño a su madre y tocó en el piano unos acordes graves. -Quiero doscientas libras -pronunció el señor White. Un gran estrépito del piano contestó a sus palabras. El señor White dio un grito. Su mujer y su hijo corrieron hacia él. -Se movió -dijo, mirando con desagrado el objeto, y lo dejó caer-. Se retorció en mi mano como una víbora. -Pero yo no veo el dinero -observó el hijo, recogiendo el talismán y poniéndolo sobre la mesa-. Apostaría que nunca lo veré. -Habrá sido tu imaginación, querido -dijo la mujer, mirándolo ansiosamente. Sacudió la cabeza. -No importa. No ha sido nada. Pero me dio un susto. Se sentaron junto al fuego y los dos hombres acabaron de fumar sus pipas. El viento era más fuerte que nunca. El señor White se sobresaltó cuando golpeó una puerta en los pisos altos. Un silencio inusitado y deprimente los envolvió hasta que se levantaron para ir a acostarse. -Se me ocurre que encontrarás el dinero en una gran bolsa, en medio de la cama -dijo Herbert al darles las buenas noches-. Una aparición horrible, agazapada encima del ropero, te acechará cuando estés guardando tus bienes ilegítimos. Ya solo, el señor White se sentó en la oscuridad y miró las brasas, y vio caras en ellas. La última era tan simiesca, tan horrible, que la miró con asombro; se rió, molesto, y buscó en la mesa su vaso de agua para echárselo encima y apagar la brasa; sin querer, tocó la pata de mono; se estremeció, limpió la mano en el abrigo y subió a su cuarto. II A la mañana siguiente, mientras tomaba el desayuno en la claridad del sol invernal, se rió de sus temores. En el cuarto había un ambiente de prosaica salud que faltaba la noche anterior; y esa pata de mono; arrugada y sucia, tirada sobre el aparador, no parecía terrible. -Todos los viejos militares son iguales -dijo la señora White-. ¡Qué idea, la nuestra, escuchar esas tonterías! ¿Cómo puede creerse en talismanes en esta época? Y si consiguieras las doscientas libras, ¿qué mal podrían hacerte? -Pueden caer de arriba y lastimarte la cabeza -dijo Herbert. -Según Morris, las cosas ocurrían con tanta naturalidad que parecían coincidencias -dijo el padre. -Bueno, no vayas a encontrarte con el dinero antes de mi vuelta -dijo Herbert, levantándose de la mesa-. No sea que te conviertas en un avaro y tengamos que repudiarte. La madre se rió, lo acompañó hasta afuera y lo vio alejarse por el camino; de vuelta a la mesa del comedor, se burló de la credulidad del marido. Sin embargo, cuando el cartero llamó a la puerta corrió a abrirla, y cuando vio que sólo traía la cuenta del sastre se refirió con cierto malhumor a los militares de costumbres intemperantes. -Me parece que Herbert tendrá tema para sus bromas -dijo al sentarse. -Sin duda -dijo el señor White-. Pero, a pesar de todo, la pata se movió en mi mano. Puedo jurarlo. -Habrá sido en tu imaginación -dijo la señora suavemente. -Afirmo que se movió. Yo no estaba sugestionado. Era... ¿Qué sucede? Su mujer no le contestó. Observaba los misteriosos movimientos de un hombre que rondaba la casa y no se decidía a entrar. Notó que el hombre estaba bien vestido y que tenía una galera nueva y reluciente; pensó en las doscientas libras. El hombre se detuvo tres veces en el portón; por fin se decidió a llamar. Apresuradamente, la señora White se quitó el delantal y lo escondió debajo del almohadón de la silla. Hizo pasar al desconocido. Éste parecía incómodo. La miraba furtivamente, mientras ella le pedía disculpas por el desorden que había en el cuarto y por el guardapolvo del marido. La señora esperó cortésmente que les dijera el motivo de la visita; el desconocido estuvo un rato en silencio. -Vengo de parte de Maw & Meggins -dijo por fin. La señora White tuvo un sobresalto. -¿Qué pasa? ¿Qué pasa? ¿Le ha sucedido algo a Herbert? Su marido se interpuso. -Espera, querida. No te adelantes a los acontecimientos. Supongo que usted no trae malas noticias, señor. Y lo miró patéticamente. -Lo siento... -empezó el otro. -¿Está herido? -preguntó, enloquecida, la madre. El hombre asintió. -Mal herido -dijo pausadamente-. Pero no sufre. -Gracias a Dios -dijo la señora White, juntando las manos-. Gracias a Dios. Bruscamente comprendió el sentido siniestro que había en la seguridad que le daban y vio la confirmación de sus temores en la cara significativa del hombre. Retuvo la respiración, miró a su marido que parecía tardar en comprender, y le tomó la mano temblorosamente. Hubo un largo silencio. -Lo agarraron las máquinas -dijo en voz baja el visitante. -Lo agarraron las máquinas -repitió el señor White, aturdido. Se sentó, mirando fijamente por la ventana; tomó la mano de su mujer, la apretó en la suya, como en sus tiempos de enamorados. -Era el único que nos quedaba -le dijo al visitante-. Es duro. El otro se levantó y se acercó a la ventana. -La compañía me ha encargado que le exprese sus condolencias por esta gran pérdida -dijo sin darse la vuelta-. Le ruego que comprenda que soy tan sólo un empleado y que obedezco las órdenes que me dieron. No hubo respuesta. La cara de la señora White estaba lívida. -Se me ha comisionado para declararles que Maw & Meggins niegan toda responsabilidad en el accidente -prosiguió el otro-. Pero en consideración a los servicios prestados por su hijo, le remiten una suma determinada. El señor White soltó la mano de su mujer y, levantándose, miró con terror al visitante. Sus labios secos pronunciaron la palabra: ¿cuánto? -Doscientas libras -fue la respuesta. Sin oír el grito de su mujer, el señor White sonrió levemente, extendió los brazos, como un ciego, y se desplomó, desmayado. III En el cementerio nuevo, a unas dos millas de distancia, marido y mujer dieron sepultura a su muerto y volvieron a la casa transidos de sombra y de silencio. Todo pasó tan pronto que al principio casi no lo entendieron y quedaron esperando alguna otra cosa que les aliviara el dolor. Pero los días pasaron y la expectativa se transformó en resignación, esa desesperada resignación de los viejos, que algunos llaman apatía. Pocas veces hablaban, porque no tenían nada que decirse; sus días eran interminables hasta el cansancio. Una semana después, el señor White, despertándose bruscamente en la noche, estiró la mano y se encontró solo. El cuarto estaba a oscuras; oyó cerca de la ventana, un llanto contenido. Se incorporó en la cama para escuchar. -Vuelve a acostarte -dijo tiernamente-. Vas a coger frío. -Mi hijo tiene más frío -dijo la señora White y volvió a llorar. Los sollozos se desvanecieron en los oídos del señor White. La cama estaba tibia, y sus ojos pesados de sueño. Un despavorido grito de su mujer lo despertó. -La pata de mono -gritaba desatinadamente-, la pata de mono. El señor White se incorporó alarmado. -¿Dónde? ¿Dónde está? ¿Qué sucede? Ella se acercó: -La quiero. ¿No la has destruido? -Está en la sala, sobre la repisa -contestó asombrado-. ¿Por qué la quieres? Llorando y riendo se inclinó para besarlo, y le dijo histéricamente: -Sólo ahora he pensado... ¿Por qué no he pensado antes? ¿Por qué tú no pensaste? -¿Pensaste en qué? -preguntó. -En los otros dos deseos -respondió en seguida-. Sólo hemos pedido uno. -¿No fue bastante? -No -gritó ella triunfalmente-. Le pediremos otro más. Búscala pronto y pide que nuestro hijo vuelva a la vida. El hombre se sentó en la cama, temblando. -Dios mío, estás loca. -Búscala pronto y pide -le balbuceó-; ¡mi hijo, mi hijo! El hombre encendió la vela. -Vuelve a acostarte. No sabes lo que estás diciendo. -Nuestro primer deseo se cumplió. ¿Por qué no hemos de pedir el segundo? -Fue una coincidencia. -Búscala y desea -gritó con exaltación la mujer. El marido se volvió y la miró: -Hace diez días que está muerto y además, no quiero decirte otra cosa, lo reconocí por el traje. Si ya entonces era demasiado horrible para que lo vieras... -¡Tráemelo! -gritó la mujer arrastrándolo hacia la puerta-. ¿Crees que temo al niño que he criado? El señor White bajó en la oscuridad, entró en la sala y se acercó a la repisa. El talismán estaba en su lugar. Tuvo miedo de que el deseo todavía no formulado trajera a su hijo hecho pedazos, antes de que él pudiera escaparse del cuarto. Perdió la orientación. No encontraba la puerta. Tanteó alrededor de la mesa y a lo largo de la pared y de pronto se encontró en el zaguán, con el maligno objeto en la mano. Cuando entró en el dormitorio, hasta la cara de su mujer le pareció cambiada. Estaba ansiosa y blanca y tenía algo sobrenatural. Le tuvo miedo. -¡Pídelo! -gritó con violencia. -Es absurdo y perverso -balbuceó. -Pídelo -repitió la mujer. El hombre levantó la mano: -Deseo que mi hijo viva de nuevo. El talismán cayó al suelo. El señor White siguió mirándolo con terror. Luego, temblando, se dejó caer en una silla mientras la mujer se acercó a la ventana y levantó la cortina. El hombre no se movió de allí, hasta que el frío del alba lo traspasó. A veces miraba a su mujer que estaba en la ventana. La vela se había consumido; hasta casi apagarse. Proyectaba en las paredes y el techo sombras vacilantes. Con un inexplicable alivio ante el fracaso del talismán, el hombre volvió a la cama; un minuto después, la mujer, apática y silenciosa, se acostó a su lado. No hablaron; escuchaban el latido del reloj. Crujió un escalón. La oscuridad era opresiva; el señor White juntó coraje, encendió un fósforo y bajó a buscar una vela. Al pie de la escalera el fósforo se apagó. El señor White se detuvo para encender otro; simultáneamente resonó un golpe furtivo, casi imperceptible, en la puerta de entrada. Los fósforos cayeron. Permaneció inmóvil, sin respirar, hasta que se repitió el golpe. Huyó a su cuarto y cerró la puerta. Se oyó un tercer golpe. -¿Qué es eso? -gritó la mujer. -Un ratón -dijo el hombre-. Un ratón. Se me cruzó en la escalera. La mujer se incorporó. Un fuerte golpe retumbó en toda la casa. -¡Es Herbert! ¡Es Herbert! -La señora White corrió hacia la puerta, pero su marido la alcanzó. -¿Qué vas a hacer? -le dijo ahogadamente. -¡Es mi hijo; es Herbert! -gritó la mujer, luchando para que la soltara-. Me había olvidado de que el cementerio está a dos millas. Suéltame; tengo que abrir la puerta. -Por amor de Dios, no lo dejes entrar -dijo el hombre, temblando. -¿Tienes miedo de tu propio hijo? -gritó-. Suéltame. Ya voy, Herbert; ya voy. Hubo dos golpes más. La mujer se libró y huyó del cuarto. El hombre la siguió y la llamó, mientras bajaba la escalera. Oyó el ruido de la tranca de abajo; oyó el cerrojo; y luego, la voz de la mujer, anhelante: -La tranca -dijo-. No puedo alcanzarla. Pero el marido, arrodillado, tanteaba el piso, en busca de la pata de mono. -Si pudiera encontrarla antes de que eso entrara... Los golpes volvieron a resonar en toda la casa. El señor White oyó que su mujer acercaba una silla; oyó el ruido de la tranca al abrirse; en el mismo instante encontró la pata de mono y, frenéticamente, balbuceó el tercer y último deseo. Los golpes cesaron de pronto; aunque los ecos resonaban aún en la casa. Oyó retirar la silla y abrir la puerta. Un viento helado entro por la escalera, y un largo y desconsolado alarido de su mujer le dio valor para correr hacia ella y luego hasta el portón. El camino estaba desierto y tranquilo... Luna de Miel Era una noche de verano. Le gustaba caminar por las noches a la luz de la luna, bajo el manto de las estrellas. Llevaba tres días en aquella isla, en compañía de su esposa. Una luna de miel que no estaba siendo como cuentan en los cuentos de hadas. En el tiempo que llevaban juntos, habían discutido más que en toda la vida de novios. John se preguntaba por qué su mujer no mostró su verdadera cara hasta el día después a su boda. Era como si ya no tuviera que contentarle. Como si ya no importara que él fuera feliz porque ya lo tenía pegado a su vera toda la vida. Ella quería ir a la playa de la película de Di Caprio. Allí cumpliría sus sueños, la luna de miel más bonita que podía imaginar. La primera noche fue, ciertamente, maravillosa. Pero al día siguiente, después de caminar durante dos horas, viendo el increíble paisaje de aquella isla, se dieron cuenta de que se había terminado su ruta turística y tan solo llevaban un día allí. Uno de la semana planeada. Eso en principio lo tomaron para hacer bromas entre ellos. Que si ahora damos otra vuelta, que si todavía no conocían a ese cangrejo. Pero a la hora de comer ella estaba aburrida y él, posiblemente estaba agotado de la noche anterior por lo que no tenía muchas ganas de hablar. En apenas media hora de comida el matrimonio maravilloso que habían creado se había convertido en volcán a punto de explotar. Las preguntas que siempre se cuentan en chistes y que normalmente hacen reír, a John le llovieron sin previo aviso. Cariño, ¿En qué piensas? ¿Por qué estás tan callado? ¿Por qué no quieres decírmelo? ¿Es que te arrepientes de la boda? ¿No te gusta este sitio? Y John negaba todo, al principio sin darle importancia, después preocupado porque ella parecía estar acelerándose con sus propias dudas. Y encima era terriblemente desquiciante que contestara lo que contestara, ella entendía solo lo contrario. "Cariño, solo estoy cansado por lo de anoche." John miró a la Luna, recordando las consecuencias de aquella sencilla respuesta. Una inocente y sincera respuesta que solo dejaba claro que había dormido poco por una de las noches más bonitas de su vida y estaba cansado. La respuesta de Jessica a su respuesta fue tan sorprendente como incontestable: ¿Es que te cansa estar conmigo? No pudo contestar porque no sabía ya lo que era juicioso o lo que era sincero. Además su agotamiento y sueño eran tan grandes que apenas tuvo tiempo de reaccionar a la reacción de su mujer. Desde ese momento no podía hablar con ella. Cada vez que se dirigían la palabra, discutían. Ella sacaba punta a todo. No sabía si lo que no soportaba era el no tener a dónde ir, o si simplemente la horrorizaba la idea de pasar la vida a su lado. A lo mejor imaginó, en su fantasía de adolescente, que en la playa de Di Caprio no tendría tiempo de aburrirse porque podían hacer mil cosas. Aunque una vez allí, era difícil imaginar algo que no fuera voley playa o fútbol playa, bañarse, tomar el sol, ir al chiringuito, ir al hotel... Disfrutar de la compañía... Pero ni a ella le gustaba el voleibol, ni el fútbol, ni podía tomar el sol porque se quemaba en seguida ni le gustaba estar todo el día en el chiringuito (y más si ya había estado antes). Oyó pasos, eran de un muchacho, vestido con un bañador de media pierna que parecía dirigirse con prisa a la playa, como si hubiera quedado con alguien. Pasó a su lado como una centella ya que su paso era sereno y el del muchacho era puro nervio. Harto del descubrimiento de que no soportaba a su mujer en ese estado de histeria, y que ella tampoco le soportaba a él, se había ido de la habitación y salió a dar un paseo entre las palmeras. Decidió estar lejos de ella hasta el amanecer. A ver si le echaba de menos o decidía liarse con otro y le martirizaba a él con sus preguntas. Creyó que su vida estaba acabada, que se había casado con alguien que no conocía de nada. Pensó que sería muy triste volver y decirles a todos que no soportaba la mera presencia de su esposa. Mientras pensaba en eso, oyó cómo un peso muerto caía a pocos metros de él. Vio, por la luz plateada de la Luna que era una persona. Algo estaba sobre el muchacho que acababa de adelantarle, algo negro, salvaje, desgarraba su cuerpo muerto. Pero no tan muerto como para no emitir un gemido de indescriptible dolor, en un sonido encharcado en su propia sangre. John se quedó paralizado por el pánico. No podía ni respirar. Hacía un momento le había adelantado un muchacho... Y ahora estaba a diez metros de él... muerto. Y la cosa que lo había atacado estaba allí. Posiblemente saltaría sobre él en cuanto respirara. Solo separaban a John de la criatura unos escasos diez metros. Por mucho que corriera, ese animal tendría clavadas sus fauces en su cuello antes de que nadie oyera sus gritos, igual que aquel pobre muchacho. El animal levantó la cabeza y olisqueó. John creyó que se asfixiaría por no respirar cualquier ruido que hiciera podía suponer la muerte. El animal se movió hacia delante y de un salto se perdió entre la vegetación, en dirección a la playa. Su velocidad y movimientos lo hacían tan escurridizo como un fantasma, y su color negro impedía que se pudiera saber qué animal era. Podía ser un perro o un puma. Podía ser cualquier cosa que se moviera a cuatro patas. Libre de su parálisis, John encendió su linterna y alumbró hacia el cadáver del chico. Como temía, estaba destrozado. No pudo distinguir su cabeza entre tanta sangre. Sintió ganas de vomitar. Quiso huir, correr hacia el hotel, pero las sombras eran tan terriblemente acechantes que necesitaba asegurarse de que ya no estaba allí ese animal. Enfocó su linterna a las sombras cercanas y no vio nada. Entonces dio media vuelta y corrió. Sus piernas se movían como si nunca antes hubiera corrido. Sintió que en cualquier momento se torcería el tobillo, que no corría lo suficiente, corrió y corrió, sintiendo que su corazón amenazaba con estallar en su pecho. Una isla pequeña, sí. Pero llegar a las puertas del hotel le llevaría al menos cinco minutos, cinco eternos minutos corriendo entre aquellas sombras. Unas sombras que podían esconder su inminente muerte. Sus pies sufrían cada piedrecita que pisaban y más de una vez estuvo a punto de caer de cara contra el suelo. Decidió hacer footing a diario si sobrevivía a aquella noche. Sus pulmones ardían, su corazón parecía latir en el límite, su cabeza solo veía cabezas oscuras con dientes enormes entre las sombras de los helechos y plantas. Enfocaba con la linterna donde creía ver una cabeza. Entonces pisó una piedra más grande y su tobillo cedió. Sus rodillas se incrustaron en aquel suelo pedregoso sintió que su piel se cortaba. Cayó de bruces y no fue capaz de moverse durante unos segundos. Estaba muerto de cansancio. Había corrido demasiado. Se dio cuenta de que no podía recorrer cuatro kilómetros como si corriera los cien metros libres. Se preguntó si estaba lo suficientemente lejos del animal como para estar a salvo. Se obligó a levantarse y continuar corriendo con las pocas fuerzas que le quedaban. No deseaba seguir envuelto en aquella oscuridad. Además su linterna se había roto en su caída, no podría alumbrar el suelo para evitar las piedras. Tendría que continuar mucho más despacio. Entonces escuchó un rápido y letal trote tras él. Era sin duda la criatura, que corría como una exhalación hacia su dirección. Se levantó, le escocían las rodillas, que las tenía completamente cubiertas de sangre. El pánico volvió a poseerle, pero esta vez en forma de fuerzas inhumanas. Corrió de nuevo con más fuerzas que antes, voló sobre sus pies, corrió cuanto pudo a pesar de creer que en el mismo momento en que dejara de hacerlo, moriría por los dientes de aquel animal o por que su corazón no resistiría tal esfuerzo. Al correr, dejó de escuchar el trote, pero eso no le tranquilizaba ya que solo era porque sus monedas de los bolsillos, su cadena del cuello, el tejido de su camisa y pantalones y sus pies aplastando el suelo eran demasiado ruidosos como para permitir seguir escuchando la procedencia de la amenaza. Sus piernas empezaron a flaquear, sus fuerzas se agotaban. No podía correr mucho más. Los pulmones le ardían tanto que creyó que estaba a punto de escupir sangre. Entonces, al detenerse, se dio cuenta de que nadie le seguía. Miró hacia atrás lo que vio le dejó paralizado. Una enorme sombra de poco más de un metro de alto y tan robusto como un puma estaba plantado frente a él, mirándole fijamente. No se atrevió a moverse ya que su repentina parálisis parecía haberse contagiado a la temible criatura. En el momento en que dejó de respirar, el animal se había detenido. No podía ver más que su contorno ya que era negro como la noche y su pelaje no reflejaba la luz de la luna. Sus ojos brillaban pero no podía verlos. Eran como los ojos de los gatos, que parecen reflejar luces tan lejanas que ni siquiera sabía de dónde venían. Su cuerpo estaba agotado hasta el límite, no pudo resistir mucho tiempo sin respirar. Estaba a punto de desmayarse. Sus pulmones se llenaron de aire y sus ojos no se separaron de aquellas terribles pupilas reflectantes. El animal pareció recobrar vida al sentir su agitada respiración. Caminó hacia él, acechante, olisqueando. John supo que nunca lo despistaría porque las heridas de las rodillas lo atraerían como un enorme bistec a un hambriento turista en pleno restaurante. John rezó en silencio. Lanzó una plegaria, suplicando que se le permitiera volver a ver a su mujer y pedirle perdón por su comportamiento esos días. Lo único que pensó en aquel momento fue en lo mucho que sufriría ella cuando le comunicaran al día siguiente que su marido había sido devorado por una fiera salvaje. El animal rugió. Sus ojos se acostumbraron a la oscuridad y pudo distinguir poco a poco la silueta de un enorme tigre. Un tigre negro. Jamás había oído hablar de tigres negros. Pero aquel evidenciaba que debían existir. Aunque poco a poco se fue percatando de que no era realmente negro, sino que su pelaje a la escasa luz de la luna se veía así. Pero debía ser marrón oscuro con motas blancas y por esa razón costaba trabajo distinguir su silueta en la noche. El tigre seguía olisqueándole. Parecía preguntarse por qué su presa no seguía corriendo. Parecía que intentaba asustarle para atacarle en plena carrera. Era como si no le divirtiera matar a un hombre que le estaba viendo. - Los animales no cazan por diversión - susurró apenas sin voz -. ¿Por qué cazas tú? Ya comiste antes. No necesitas más comida. No esperaba que el tigre le entendiera, le temblaba la voz. De hecho solo logró que se le acercara más. Le olisqueaba. Debía estar degustando el olor a miedo ya que si ese sentimiento realmente podía ser olido por los animales, él estaría soltando cascadas de ese olor. Un disparo rompió el silencio y el tigre se asustó. Durante un instante hubo un fogonazo a poca distancia y pudo ver el verdadero color y tamaño del animal. Era un tigre normal, enorme. Tenía la piel con manchas marrones, amarillas y blancas. Aquel disparo asustó al animal y se perdió entre las sombras negras de los helechos. - ¡Oh cielos! - dijo alguien a su espalda -. ¿Estás bien? John se volvió y vio a un hombre de unos cuarenta años con un rifle de caza en las manos. - ¡Qué demonios hace fuera del hotel por la noche! - le espetó el individuo -. Lárguese, corra todo lo que pueda. - ¿Puede dejarme un arma? - ¿Quiere cazar un tigre con un machete? - se burló el cazador. - ¿Cómo es que hay un tigre? - Amigo, esto no es un parque de diversiones, es una isla en medio del caribe y lo que tiene a su alrededor es la jungla. Deberían haberle prohibido salir, pero supongo que a la gente del hotel le interesa demasiado que la gente se muera ahí fuera. Así pueden quedarse todo su dinero. No me entretenga más, ese tigre ronda el hotel demasiado cerca, hay que matarlo o asegurarse que se aleja. El hombre se alejó pero de pronto el tigre salió de un arbusto cercano y le cayó encima clavándose las garras en el pecho y destrozándole el cuello con violentos mordiscos. Los gritos desgarradores avivaron las piernas de John, que corrió cuanto pudo alejándose de aquella terrible escena. Su paso fue ligero, hacía deporte una vez a la semana, en sus partidos con los ex-compañeros de universidad, pero no tenía fondo para correr tanta distancia. Y además sus heridas de las rodillas empezaban a secarse y le escocían desagradablemente. Recordó lo poco que tardó la bestia en terminar con el otro y supo que no podía dejar de correr si quería llegar de una pieza. En apenas diez minutos llegaría a la puerta del hotel. Unos minutos en la vida rutinaria que ahora eran una agonía interminable. En el primero comenzó a escuchar las pisadas sordas de la bestia siguiéndolo en la lejanía. En el segundo se acercaba a él tan deprisa que no creyó que llegaría al tercero. Apretó el paso y finalmente sus piernas dijeron basta. Cayó rodando, exhausto. Su respiración era agitada y los pulmones le ardían, iba a morir y no tendría fuerzas ni para ahuyentar una mosca. - Jennifer, siento no haberme quedado contigo... El tigre llegó a su lado y le rodeo lentamente con pasos medidos, sin perderle el ojo de encima. John cerró los ojos a pesar de que la oscuridad era impenetrable. No quería que Jen le viera destrozado y con los ojos abiertos. En ese momento solo podía pensar en ella y lo mucho que lamentaba haber discutido tan fuerte en su luna de miel. El animal le olisqueó y levantó las orejas. Algo más le había distraído... una voz lejana... ¿estaba salvado? El tigre caminó hacia el hotel a medida que la voz se acercaba. Era la voz de una mujer. De pronto entendió lo que gritaba. - ¡John! - era Jennifer -. ¿Dónde estás? Su tono de voz era inconfundible, estaba preocupada, debió preguntar por él en recepción y le tuvieron que decir que era peligroso salir de noche como él lo había hecho. Seguramente la aconsejaron que no saliera o puede que ella misma enviara al cazador... Había salido a buscarle al ver que éste no regresaba... El animal corrió hacia ella y John soltó un gemido de impotencia. - No, no, bestia, vuelve aquí, no has acabado conmigo - exclamó lo más fuerte que pudo. Lo siguiente que escuchó fue el desgarrador grito de Jennifer y el sonido de la bestia destrozándola... Despertó sudando y miró a su alrededor. Estaba tumbado en la cama y un ventilador de techo se movía lentamente ante sus ojos. A su lado estaba Jennifer y dio gracias al cielo porque todo había sido una horrible pesadilla. No, todo no, habían discutido la noche anterior aunque llevaban un año casados y la luna de miel no la pasaron en el caribe. Recordaba vividamente lo bien que lo pasaron en Las Vegas, en el hotel París, y que apenas habían discutido en todo ese tiempo, salvo la noche anterior. Se arrimó a ella silenciosamente y la vio más hermosa que nunca tumbada boca arriba y respirando acompasadamente. - Jen - susurró. - Mnnn - ella frunció el ceño y se volvió para darle la espalda. Seguramente seguía enfadada. - Lo siento mucho - siseó a su oído -. Te amo. Ella suspiró y lentamente se volvió hacia él. - Yo también te amo. Amigas para siempre Año 1982. Alicia y Sara eran dos chicas, ambas de 15 años, e íntimas amigas desde la más tierna infancia. Vivían en el mismo barrio, estudiaban en el mismo instituto, iban a la misma clase... en fin, eran inseparables. Sin embargo, tenían caracteres muy diferentes. Alicia era alegre y extrovertida, mientras que Sara era muy tímida y callada. Cierto día, Sara le propuso a Alicia: - ¿Por qué no hacemos un juramento de sangre? - ¿Qué? - Mira, por si algún día perdemos el contacto, juramos que la que muera antes de nosotras dos, irá a avisar a la otra. - Qué tontería, Sara, nosotras siempre estaremos juntas. Ante la insistencia de Sara, y entre asombrada y divertida, Alicia al final aceptó la propuesta. Ambas se practicaron un corte con una navaja en el dedo índice de la mano derecha, y sellaron el pacto a la luz de unas velas. Pasaron los años. Alicia había terminado sus estudios de derecho, tenía un buen trabajo, una casa preciosa y un marido y un hijo maravillosos. Hacía mucho que no veía a Sara, la amiga de su juventud, aunque a veces se acordaba de ella cuando se veía la cicatriz de su dedo índice. Al final, la vida les había llevado por caminos distintos y no habían vuelto a verse desde que acabaron el instituto. Una noche, Alicia tuvo una horrible pesadilla: iba conduciendo, cuando de repente un camión invadía su carril y chocaba con su coche. Se despertó empapada en sudor, y justo en ese momento, oyó llamar al timbre de la casa. Eran las 3 de la madrugada. Miró a su marido, que dormía profundamente a su lado, en ese momento, el timbre volvió a sonar con insistencia. Maldiciendo por lo bajo y preguntándose quién podría ser a esas horas, Alicia se levantó y fue a abrir la puerta. Cuando abrió la puerta y vio a la mujer que estaba en el porche, abrió la boca, totalmente anonadada. Aunque había cambiado bastante, la reconoció enseguida. Allí, terriblemente pálida, ojerosa y con una enorme herida sangrante en la cabeza, estaba su antigua amiga Sara. - ¡Por Dios, Sara! ¿Qué ta ha ocurrido? Entra, te curaré esa herida. - ¡Cuánto tiempo sin vernos! Sara no se movió de donde estaba. - He venido a cumplir mi promesa, Alicia. He muerto y vengo a decírtelo. Alicia se quedó sin habla. - Ya que la vida nos ha separado, estaremos juntas en la muerte. Te estaré esperando...- dijo Sara levantando el dedo índice. Acto seguido, desapareció. Alicia empezó a notar un dolor persistente en su propio dedo índice, al mirárselo descubrió que lo tenía empapado en sangre, como si se le hubiera vuelto a abrir el corte que se hiciera años atrás... Lanzó un alarido estremecedor y cayó desvanecida al suelo. Al día siguiente, despertó en su cama y pensó que todo había sido un mal sueño. Encendió el televisor para desayunar, y lo que vio la dejó helada: la noche anterior, a las 3 de la madrugada, había habido un accidente de tráfico: un camión había chocado con un coche, y la conductora del mismo había fallecido en el acto. A partir de aquél día, su vida se convirtió en un auténtico infierno. No comía, se olvidaba de recoger a su hijo en el colegio, no rendía en el trabajo... Y todas las noches tenía el mismo sueño, en el cual oía llamar a la puerta, y al abrir veía a Sara levantando el dedo índice y diciendo "te estaré esperando", tras lo cual siempre se despertaba con un dolor insoportable en su dedo lleno de sangre. Su marido no entendía lo que le estaba pasando, los médicos no encontraban ninguna explicación, y finalmente internaron a Alicia en un psiquiátrico. Allí no hizo sino empeorar, ahora en sus pesadillas veía a Sara junto a su cama. Una noche, un celador del psiquiátrico oyó un espantoso ruido de cristales rotos que provenía de la habitación de Alicia. Al entrar en la habitación vio que la ventana estaba rota, se asomó y vio a Alicia tirada sobre la acera en medio de un charco de sangre. Tenía una gran herida en la cabeza y a su lado, en el pavimento, alguien había escrito con su sangre: "AMIGAS PARA SIEMPRE". Aparecidos APARECIDOS Por allí iba aquel auto, una camioneta negra, desbaratada pero extrañamente no hacia ningún ruido. Su conductor era muy callado y en realidad no le daba miedo transitar por aquella carretera tan sola y que dicen que estaba tan llena de fantasmas y aparecidos. Todo aparentemente estaba bien, hasta que en medio de la carretera aparece una muchacha, muy sucia, con la ropa medio desgarrada y que a juzgar no se movería de donde estaba; el conductor tuvo que pisar el freno hasta el fondo para no atropellarla, ésta inmediatamente corrió para entrar dentro del auto, estaba llorando, se veía muy asustada, estaba pálida y con las ropas desgarradas, la muchacha le contó al conductor que ella y su pareja iban en su auto por estas carreteras, hace unas tres horas hasta que de repente algo apareció en el medio del camino, su novio piso el freno, pero fue inevitable que atropellaran a aquel individuo que había aparecido de repente, cuando su novio y ella misma bajaron del auto para ver lo que había sucedido se dieron cuenta que no había nadie allí, se quedaron pasmados del susto y suponiendo que era uno de esos casos de aparecidos corrieron hacia el auto para largarse de allí, pero en eso preciso momento algo toma por el cuello al novio de la muchacha y lo eleva hasta llevarlo hacia afueras del camino donde sólo quedaba un espeso monte, en ese preciso momento no se sabia lo que estaba pasando, entre los gritos de la muchacha y los gritos de ayuda de su novio no se supo que era lo que lo estaba tomando por el cuello, mas bien, parecía una sombra maligna o algo; la muchacha angustiada al máximo corrió detrás de su novio que era llevado hacia la espesura del monte mientras era ahorcado gradualmente. La muchacha estaba llorando, ya el miedo se transformaba en algo desconocido, hasta que de tanto correr se encontraron misteriosamente en un cementerio, allí el novio de la muchacha desapareció en la oscuridad, la muchacha sufría un colapso nervioso y se dejó caer, en ese preciso momento se le apareció en frente algo parecido a aquel extraño individuo que vieron en el camino y le dijo que la mataría porque así debían sufrir todos, en la cara del aparecido se podía reflejar el dolor y el sufrimiento e incluso unas lágrimas vueltas piedra, entonces en ese preciso momento la aparición fantasmal comenzó a hacer daño a la muchacha, ésta desistió de buscar a su novio y corrió de regreso mientras era golpeada por aquel aparecido hasta que quedo en shock en medio del camino y en ese justo instante, llegó la camioneta. El conductor al oír la historia ni se inmutó, ni si quiera expresó un "valgame" y eso fue todo, él le preguntó que donde quería que la llevara y ella le contestó llorando que hacia un hospital o algo. En todo el trayecto ella lloró y él se le quedaba viendo, extrañamente pasaba su mano derecha cerca de ella pero la retiraba porque ella levantaba su cabeza de sus brazos donde lloraba desconsoladamente, llegaron a una comisaría, en esta ella de tanto desespero sufrió un colapso nervioso al llegar con los policías y se desmayo, la dejaron dormir en un cuarto por la noche mientras le preguntaban al sujeto que la había traído lo que había pasado. Al amanecer toda la comisaría estaba en alboroto, ya que la chica trastornada no estaba, no se había podido haber escapado, ya que era vigilada desde afuera y no existía ninguna ventana en su cuarto lo suficientemente grande para salir, además ¿por que querría escaparse?, pero más sorprendente fue que al analizar los archivos encontraron que la descripción de esa muchacha señalaba que ella ya había muerto dos meses antes y sus restos fueron encontrados en la carretera. El sujeto que la había traído no encajaba con ningún sistema de rastreo, su matrícula no constaba en los archivos policiales, sencillamente no existía. También ese sujeto desapareció en condiciones imposibles, misteriosamente los dos desaparecieron, sin saber porque, aun se siguen haciendo investigaciones en la comisaria. bueno amig@s Taringuer@s! creo que eso es todo cuando quiera le pongo otra leyenda y si encuentran alguna otra buena ponganme el link en los comentarios asi la agrego Fuente:http://www.escalofrio.com Fuente 2: http://www.halloween.com.es
Datos archivados del Taringa! original
0puntos
1,122visitas
0comentarios
Actividad nueva en Posteamelo
0puntos
2visitas
0comentarios
Dar puntos:

Dejá tu comentario

0/2000

Autor del Post

e
elvis23🇦🇷
Usuario
Puntos0
Posts9
Ver perfil →
PosteameloArchivo Histórico de Taringa! (2004-2017). Preservando la inteligencia colectiva de la internet hispanohablante.

CONTACTO

18 de Septiembre 455, Casilla 52

Chillán, Región de Ñuble, Chile

Solo correo postal

© 2026 Posteamelo.com. No afiliado con Taringa! ni sus sucesores.

Contenido preservado con fines históricos y culturales.