La sociedad ha variado tanto en tan poco tiempo, que los conceptos asumidos en la antigüedad hoy son tomados casi en el mismo rigor y evidentemente, aplicados a casi todas las sociedades, lleva al inminente fracaso. Los sistemas democráticos modernos constituyen la gran mentira de la sociedad actual. El sistema por el cual los ciudadanos eligen a sus representantes para que éstos defiendan sus puntos de vista se ha demostrado fallido, a tenor de la baja implicación del ciudadano medio en la vida política y sus conocimientos de la misma. En la Atenas clásica, el paradigma de la democracia por excelencia, todos los ciudadanos eran partícipes de una actividad política (del griego, politikós, ciudadano) en la que la toma de decisiones se efectuaba en asamblea de forma directa. Las críticas que recibe este sistema ateniense, al considerarse que apenas correspondía la toma de decisiones al 10% de la población viene marcada precisamente por ese concepto de ciudadanía, del cual no formaban parte extranjeros, esclavos, mujeres y cierto tipo de trabajadores. De todas las democracias a lo largo de la historia, posiblemente es la que más se acerca al sentido que le da Platón a su “Gobierno de los filósofos”: Tomarán las decisiones los que están capacitados para ello. Las democracias fueron imponiéndose lentamente, especialmente en el Viejo Continente. A la caída de algunas monarquías y la disminución del poder eclesiástico acompañó el nacimiento de este sistema político, constituyéndose también las primeras monarquías parlamentarias. Rousseau da una vuelta de tuerca al concepto de ciudadano, incluyéndole como firmante de un contrato social, que él mismo dicta como el siguiente compromiso: “Cada uno de nosotros pone en común su persona y todo su poder bajo la suprema dirección de la voluntad general, y nosotros recibimos además a cada miembro como parte indivisible del todo”. La voluntad general es la que hace las leyes, y la minoría debe aceptar el gobierno de la mayoría, aunque ésta se equivoque. En la modernidad, la aparición de los medios de comunicación ha modificado sustancialmente la idea de democracia y sus consecuencias. La ciudadanía puede estar (en teoría) informada de cada debate parlamentario, y de las posturas de sus representantes (como el Mercurius Aulicus o el Diurnall Occurrences in Parliament, en Inglaterra). Desde entonces, la manipulación informativa y la demagogia han sido las grandes protagonistas del sistema democrático. Primero el sonido y más tarde la imagen pasaron a proliferar sobre el mensaje. Los debates políticos de más de siete horas entre Lincoln y Douglas dejan paso a debates televisados con turnos de tres minutos por político y una hora de duración. La retórica de las palabras, de los argumentos, deja paso al “Homo Videns” de Sartori, que no piensa, no analiza, y sólo mira. Neil Postman, en su recomendable obra Divertirse hasta morir, apunta: “es inverosímil imaginar que alguien como nuestro vigésimo séptimo presidente, William Howard Taft, con su papada y sus ciento cincuenta kilos de peso, pudiera ser presentado como candidato presidencial en nuestro mundo actual. La forma del cuerpo de un hombre es ciertamente irrelevante cuando se dirige a un público por escrito, o por radio […] pero es totalmente relevante en la televisión”. Hemos pasado de un “Gobierno de los filósofos”, de los sabios, a un “Gobierno de los guapos, de los demagogos”. Los sistemas de listas cerradas tampoco facilitan las cosas. Mientras que en Estados Unidos el senador de turno vela por sus votantes más que por su partido para asegurarse la reelección, en países como España la “doctrina de partido” se respeta a pies juntillas, con el mismo propósito. Así sólo consiguen alejarse del votante. Ya lo decía el escritor estadounidense Ambrose Bierce (1842-1914): “El elector goza del sagrado privilegio de votar por un candidato que eligieron otros”. Por otra parte, el sistema de representación igualitaria pasa a ser una farsa desde el momento en que un escaño parlamentario se consigue con cierto número de votantes en una circunscripción y con el triple en otra. Ejemplo práctico: En 2008, UPyD consiguió un escaño con 303.535 votos; Coalición Canaria consiguió dos escaños con 164.255 sufragios. El doble de poder con la mitad de apoyo popular. Sin embargo, debe tenerse en cuenta la máxima de Alfred Emanuel Smith (1873-1944), político estadounidense, que reza: “Todos los males de la democracia pueden curarse con más democracia.” Aún estamos a tiempo de corregir los errores. Veamos algunas posibles soluciones: Rousseau planteaba que una democracia sólo funcionaría en un país pequeño, por los problemas de logística en el sufragio. Hoy día, con la combinación del DNI electrónico, Internet y el proceso tradicional de voto en persona podría solucionarse. Estas facilidades posibilitarían llevar a cabo referendos sobre los temas realmente importantes: leyes orgánicas (sistema de autonomías, régimen electoral general, leyes que afectan al desarrollo de los derechos fundamentales y las libertades públicas), leyes sobre inmigración, educación, condenas del Código Penal sobre homicidios y otras aberraciones, la entrada en organismos internacionales (ONU, OTAN, UE) o la inmersión en conflictos bélicos. El pensador francés también solicitaba igualdad en categoría social y fortuna. La clase media es la mayor en las sociedades desarrolladas, y un sistema progresivo de impuestos mejor elaborado disminuiría la diferencia de clases. Por último, Rousseau veía necesaria una sencillez de costumbres para “evitar multitud de cuestiones y discusiones espinosas”, un tema más complicado de abordar que debería someterse simplemente a la voluntad de la mayoría real. Sólo de esta forma la democracia pasará a ser realmente el gobierno del pueblo (demos kratós), y no una oligarquía camuflada que contenta al ciudadano los meses antes de las elecciones para defraudarles durante cuatro años. ¿Que opinas?
Te explico por que la democracia es una mentira
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