Crónica del tachero fumado
De principio, había algo raro. Era de noche y desde el otro lado de la avenida Caseros, que es una avenida chica, no la 9 de Julio, extendí mi mano para que pare y me lleve. Recién me vio cuando, mientras yo lo miraba doblar, le gritaba “paráaaa la p… que te p… “ y le hacía señas exageradas como esos tipos con la X fosforescente y dos palos que ayudan a aterrizar en la cubierta de los portaaviones. Apenas me subí al taxi, caí en la cuenta: el tipo estaba en Jamaica. El olor y esos ojitos chinos lo mandaban al frente.
Le digo: “Seguí derecho, doblá en Brasil y agarrá 24 de Noviembre”. Se pasó la avenida Brasil. “Uh, ¿era esa no?”, me dice después de pasarse. “Sí, bueno entonces tomá por Oruro hasta24 de Noviembre”. Pasó Oruro. Otra vez: “Disculpame flaco, es que venía…”. “Sí, venías re colgado”, pienso. Con mucha paciencia -que no es mi principal característica- opté por no indicar más por calle, sino dar una acción: “Doblá acá, seguí derecho”.
Todo eso no es nada si además tenemos en cuenta que en cada semáforo en rojo el taxista alucinaba, por lo menos tuve esa impresión, que todo él era una pieza del Tetris y se fijaba de qué manera podía hacer entrar su taxi en el huequito que quedaba vacío. Aunque ese huequito apenas si dejaba unos centímetros entre otros autos y colectivos. Lo confieso: logró ponerme algo nervioso. Bastante.
Ahora, hay tests de alcoholemia para conductores borrachos. Pero, ¿qué hacer con un tipo que maneja completamente fumado? Además, cuántos otros hay que manejan en igual o peor estado, con otras sustancias. ¿Qué les pueden hacer? ¿Un test de barandazo? ¿Una rinoscopía express? No lo digo de mala onda. Pero hay tantos accidentes de tránsito que creo que cualquier sustancia que altere la capacidad de percepción es mala para manejar un auto.
A esta altura, el hombre manejaba con su cuerpo apoyado en un ángulo de 60 grados, sobre la palanca de cambios. Ya ni esperaba los semáforos en rojo, metía primera tres segundos antes de que cambien. Mientras seguía indicandole el camino mediante acciones inmediatas del tipo “doblá, seguí, yo te aviso”, charlábamos las típicas intrascendencias de un viaje en taxi, y llegamos al tema: los que manejan bajo los efectos del alcohol u otras sustancias.
“No, yo cuando manejo no tomo ni fumo, nada”, me dijo con total desparpajo y remató el viaje con un comentario que terminó de mandarlo en cana: “¿Sabías que en Jamaica los accidentes de tránsito también son una de las principales causas de muerte? Y… porque manejan refumados”, me dijo como buscando una risa que no hubo. Volví a mirar sus ojitos chinos por el espejo retrovisor, pagué y me fui camino hacia la redacción. Él se bajó a comprar empanadas.
De principio, había algo raro. Era de noche y desde el otro lado de la avenida Caseros, que es una avenida chica, no la 9 de Julio, extendí mi mano para que pare y me lleve. Recién me vio cuando, mientras yo lo miraba doblar, le gritaba “paráaaa la p… que te p… “ y le hacía señas exageradas como esos tipos con la X fosforescente y dos palos que ayudan a aterrizar en la cubierta de los portaaviones. Apenas me subí al taxi, caí en la cuenta: el tipo estaba en Jamaica. El olor y esos ojitos chinos lo mandaban al frente.
Le digo: “Seguí derecho, doblá en Brasil y agarrá 24 de Noviembre”. Se pasó la avenida Brasil. “Uh, ¿era esa no?”, me dice después de pasarse. “Sí, bueno entonces tomá por Oruro hasta24 de Noviembre”. Pasó Oruro. Otra vez: “Disculpame flaco, es que venía…”. “Sí, venías re colgado”, pienso. Con mucha paciencia -que no es mi principal característica- opté por no indicar más por calle, sino dar una acción: “Doblá acá, seguí derecho”.
Todo eso no es nada si además tenemos en cuenta que en cada semáforo en rojo el taxista alucinaba, por lo menos tuve esa impresión, que todo él era una pieza del Tetris y se fijaba de qué manera podía hacer entrar su taxi en el huequito que quedaba vacío. Aunque ese huequito apenas si dejaba unos centímetros entre otros autos y colectivos. Lo confieso: logró ponerme algo nervioso. Bastante.
Ahora, hay tests de alcoholemia para conductores borrachos. Pero, ¿qué hacer con un tipo que maneja completamente fumado? Además, cuántos otros hay que manejan en igual o peor estado, con otras sustancias. ¿Qué les pueden hacer? ¿Un test de barandazo? ¿Una rinoscopía express? No lo digo de mala onda. Pero hay tantos accidentes de tránsito que creo que cualquier sustancia que altere la capacidad de percepción es mala para manejar un auto.
A esta altura, el hombre manejaba con su cuerpo apoyado en un ángulo de 60 grados, sobre la palanca de cambios. Ya ni esperaba los semáforos en rojo, metía primera tres segundos antes de que cambien. Mientras seguía indicandole el camino mediante acciones inmediatas del tipo “doblá, seguí, yo te aviso”, charlábamos las típicas intrascendencias de un viaje en taxi, y llegamos al tema: los que manejan bajo los efectos del alcohol u otras sustancias.
“No, yo cuando manejo no tomo ni fumo, nada”, me dijo con total desparpajo y remató el viaje con un comentario que terminó de mandarlo en cana: “¿Sabías que en Jamaica los accidentes de tránsito también son una de las principales causas de muerte? Y… porque manejan refumados”, me dijo como buscando una risa que no hubo. Volví a mirar sus ojitos chinos por el espejo retrovisor, pagué y me fui camino hacia la redacción. Él se bajó a comprar empanadas.