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Wachuma: más plantas sagradas + Trip Report Ajeno.

Info4/14/2011



Wachuma: más plantas sagradas + Trip Report Ajeno.



Plantas Maestras

Las plantas que por poseer en su composición substancias denominadas desde hace unas décadas como ENTEÓGENOS (que permiten la experiencia o vivencia de lo Sagrado dentro nuestro), son denominadas por los pueblos originarios Americanos como "MAESTRAS" por su innata capacidad de "ENSEÑAR", "DEVELAR", "MOSTRAR" aquello que suele estar escondido u oculto a nosotros. El trabajo que realizamos con ellas tiene un marco ceremonial que nos abre la puerta a una experiencia, pero sobre todo a un tratamiento integral profundamente transformador, no solo por la experiencia en sí, sino por sus consecuencias y el trabajo metódico para que estas permanezcan con el paso del tiempo.

Actualmente el antiguo "Camino de las Mamaicunas" (Las Madrecitas) ha encontrado, sobre todo en América, un verdadero redescubrimiento. No es una moda, ya que las mismas pasan. Se trata de una tradición de miles de años que perdura.



De la mano de diferentes personas que se instruyen y dedican (muchas veces de forma tal que este camino se transforma en una filosofía de vida) las Mamaicunas se muestran a muchos llevando su ancestral mensaje.

En la Amazonía este conocimiento es conocido como "VEGETALISMO", esto es el lazo entre el hombre y las Plantas Maestras: aquellas capaces de acompañarnos a lo profundo de nuestro ser, llamémosle a éste “mente”, “inconsciente”, “alma”, etc.

Estas Plantas, y los espíritus que en ellas habitan, son interpretadas por los pueblos originarios como una MEDICINA, capaz de ayudarnos a restablecer nuestro vínculo con los aspectos corporales, mentales, emocionales y espirituales de nuestro ser. También son un "Poder": el poder de quitar los velos a los cuales estamos acostumbrados por nuestra forma de vida.

Cuando ello ocurre podemos experimentar una profunda comunión con la naturaleza, de la cual somos parte, con nuestros aspectos relegados, con nuestras dolencias y con todo aquello que nos rodea.

La Psicología es quizá una heredera natural de aquellos antiguos saberes, motivo por el cual los talleres se han convertido en una forma de tratamiento y psicoterapia revolucionaria, uniendo lo ancestral, lo presente, y lo por venir.

Las Plantas Sagradas forman parte de la profunda cosmovisión Americana, con una tradición que se hunde en las raíces mismas de lo que actualmente conocemos de forma popular como Chamanismo. Para nosotros la forma común en que nos referimos al trabajo con estos seres maravillosos es "PLANTERÍA", o el arte de fluir acompañando su fino trabajo. Tal como ha sido antes, durante miles de años, diferentes grupos de personas se reúnen realizando una práctica que si bien ha cambiado con los siglos, conserva muchos elementos y -sobre todo- la intención original: colarnos a la rueda del tiempo y desde allí recibir las enseñanzas y sensaciones para transformar nuestro presente. Es sin lugar a dudas una aventura: la de transformarnos y ayudar a transformar el tiempo que nos toca vivir y junto a nosotros aquellos que nos rodean.

Como Medicina son guías inestimables y amorosas que nos invitan a recorrer y re encontrarnos con la sabiduría de aquellos vegetales curativos propios de nuestra tierra, aquellos que nos ayudarán a cada paso de nuestro tratamiento, es regresar a la sabiduría de nuestras abuelas, a esa herboristería que parece haber quedado olvidada y que sin embargo es de vital importancia en nuestras vidas.








Acerca de la Wachuma

La Wachuma es una cactácea prima del Peyote y del San Pedro, y muchas veces se la confunde con éste último. Tiene, sin embargo numerosas diferencias, así como una personalidad bien distinta y particular.

Es una "Curandera", un espíritu ancestral que viaja con el tiempo impartiendo su enseñanza. Es una puerta a infinitas posibilidades, pero sus caminos nos hablan de como restablecer nuestra salud, de como caminar erguidos y felices en un estado de reciprocidad con la creación.

Planta Maestra o Visionaria, esta “Abuela” es utilizada desde hace milenios como remedio abarcativo o ‘medicina de la tierra’. Al igual que otras Plantas Maestras ha tenido y tiene múltiples funciones según el lugar y el tiempo. Hoy podemos decir que, ante todo, nos da referencia de una cultura lejana, antigua y sabia, nos permite conocer un poco más de nuestro interior y del universo, nos limpia y nos concientiza. Nos hace uno con la magia de la tierra, nos ayuda a emprender un camino, nos hace responsables y nos habla de poner el corazón en cada uno de nuestros actos.



Es poderosa y amable, nos da lo que necesitamos, no lo que queremos. Calma nuestras ansiedades, nos conoce y en virtud de ello sabe como tratar a cada uno de los que se acercan a ella. Es como el viento del desierto, cálido y misterioso, que nos habla con murmullos olvidados, es como el arroyo de la montaña, tenaz, vivificante y transparente esperando por nuestro cansancio para abrazarnos con sus aguas curativas. Es un espíritu vivo, gustoso del encuentro, de la ronda, pero sobre todo del trabajo, que a cada paso nos canta como acariciando nuestra alma.

Esta abuela Maestra crece en lo que hoy en día es el Noroeste Argentino, cuna de muchas de nuestras principales culturas originarias, posiblemente inspiradora de sus artes sublimes y de sus saberes escondidos.

El nombre "Wachuma" tiene raíz Aymará, haciendo referencia a un estado de conciencia particular, no traducible directamente al castellano, al que conocemos como "Mareación". Pero también es posible que en su nombre mismo se esconda una gran cantidad de conocimiento guardado de esa manera en que los ancestros sabían hacer durar las cosas, disimulado tras una capa de sencillez y obviedad, por eso es que su nombre bien pudiese ser un mensaje esperando a quien se anime a descubrirlo.








Trip Report (Ajeno, pero pronto leerán mi experiencia)

El cactus de la carne caliente


Asistí a una ceremonia de Wachuma en un centro holístico de Buenos Aires. La lideró Juan, un chamán argentino carismático, de verbo potente, que habló durante horas de la planta, su significado y su historia, y también de su búsqueda en el desierto y su proceso de “faenado”.

Juan explicó cómo solamente se debe cortar la planta que desea entregarse a la ceremonia. La prueba es mágica: se abraza al cactus con un movimiento de brazos deslizante de arriba hacia abajo y si las espinas permanecen rígidas, protegiendo la planta, se trata de un ejemplar que no está listo o no desea ser sacrificado. Entonces se pasa a la siguiente planta. Sólo se debe cortar aquel ejemplar cuyas espinas, ante el abrazo, se inclinen.

El chamán contó la impresión que causa para un principiante poner la palma de la mano sobre el cuerpo del cactus cortado al medio: la pulpa está caliente y palpita, como el cuerpo de un animal.

Juan trabajó con su mujer –Oriana- y sus colaboradores –Mayra, una joven angelical de 22 años, y Félix, un muchacho de mediana edad. En estos preliminares se cebaba mate, mientras terminaban de llegar los participantes.



Hacia medianoche sumábamos 10 personas, más el chamán y su equipo. La toma de Wachuma de aquella noche giró en torno a los antepasados. Juan nos explicó que cada uno de nosotros, desde el punto de vista de la descendencia, es un caso exitoso de una cadena. Una cadena que no se ha roto desde nuestros antepasados más remotos hasta hoy, y que marcan una línea perfecta de descendencia, ininterrumpida.

Montamos campamentos individuales al igual que en la toma de ayahuasca: una bolsa de dormir, una almohada, botellas de agua y mantas. Los chamanes se dispusieron en frente del grupo, rodeados de una constelación de botellas, instrumentos musicales y misteriosos enseres. Por turnos, cada uno fue anunciando en voz alta su nombre y su árbol genealógico familiar. “Soy Claudio”, me tocó decir, “hijo de Jorge y Alcira, y nieto de Juan, Elvira, Elisa y Horacio…”.

Luego vino la toma, que me resultó revulsiva: era un largo vaso de un té vibrante y viscoso que se me antojó la sangre de un animal bravío. Lo terminé a duras penas y me fui a sentar.



Un ambiente irreal

Me tocó estar al lado de Banfi, un artista que conocí esa noche y que me había contado una historia muy divertida en el vestíbulo. Era su segunda toma: la primera no le había hecho el menor efecto. Al otro lado estaba una morenita vestida de amarillo, divina, que se convirtió en la fantasía de varios presentes. El resto eran gente linda, jovial: Federico –que dijo haber participado de cerca de 30 tomas en los últimos seis años- con una novia de alcurnia que cuando empezó recitar su ascendencia de doble apellido no terminaba más; René, un psicólogo algo misterioso, y Oscar, un terapeuta de muy buen humor. También me acuerdo de un joven platense que a la mañana siguiente no se reponía de la descompostura. Igual le pasó a Banfi.

Mi trámite fue simple: a los 20 minutos comencé a sentir náuseas y me acosté descompuesto hasta la mañana siguiente. Creo que la mayor parte de los presentes tuvieron similar experiencia.

Yo me dediqué a seguir entre la vigilia y el sueño el espectáculo fantástico que brindaron el chamán y su equipo durante toda la noche: danzas, cánticos y ceremonias con ramas, humo e instrumentos musicales. Había un ambiente de irrealidad -que Banfi retrató magistralmente en un dibujo- creado por las velas, las sombras, el humo y la música.



Abriendo puertitas

Al despertar, un desayuno nos reunió para contarnos lo que vivimos. El chico platense y Banfi habían padecido una descompostura brutal toda la noche, y seguían mal. Los demás nos veíamos alegres y frescos. Pero nadie relató nada impactante de su experiencia.

No es inusual que una primera sesión con una planta sea decepcionante: su efecto depende de múltiples factores personales y ambientales. Bia Labate, una periodista y antropóloga brasileña que toma regularmente Wachuma desde hace 25 años, admite que la planta “a veces ´agarra´ bien y otras no”. Bia afirma que su principal meta al tomar San Pedro es “mantener una cierta salud física: cada sesión da una ´regulada general´, como si las espinas del cactus penetrasen en cada espacio de mi cuerpo, ajustándolo. Yo acredito que también limpia la cabeza. Consigo percibir mejor mis obsesiones amorosas, profesionales, etc. Hay ciertas puertitas en el fondo de nuestra mente que se ligan unas a otras, estableciendo conexiones, evocando memorias y pensamientos que normalmente no aparecen”.



Aquella mañana, Juan nos despedió a todos entre abrazos afectuosos, y yo llevé a Banfi, que seguía con un brutal mareo, hasta su casa de General Rodríguez. Daba pena, pobre. Creo que en su experiencia, la wachuma fue una descompostura sin gracia. Yo, en cambio, sentí que había valido la pena. No tuve revelaciones ni contacto con lo divino, pero me sentía de muy buen humor. Además, aquella mañana Banfi y yo nos hicimos amigos, y eso ya encierra un montón de magia.
















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