Mini historias para reflexionar un poco
El cachorro y el tigre
Un cachorro perdido en la selva vio un tigre corriendo en su dirección. Comenzó entonces a pensar rápido a ver si se le ocurría aguna idea que le salvase del tigre. Entonces vio unos huesos en el suelo y comenzó a morderlos. Cuando el tigre estaba casi para atacarle, el cachorro dijo en alto:
- ¡Ah, este tigre que acabo de comer estaba delicioso!
El tigre, entonces, paró bruscamente y, muerto de miedo, dio media vuelta y huyó apavorado mientras pensaba para sí:
- ¡Menudo cachorro feroz! ¡Por poco me come a mí también!
Un mono que había visto todo, fue detrás del tigre y le contó cómo había sido engañado por el cachorro. El tigre se puso furioso y dijo:
- ¡Maldito cachorro! ¡Ahora me la vas a pagar!
El cachorro, entonces, vio que el tigre se aproximaba rápidamente a por él con el mono sentado encima y pensó:
- ¡Ah, mono traidor! ¿Y qué hago ahora?
Comenzó a pensar y de repente se le ocurrió una idea: se puso de espaldas al tigre y cuando este llegó y estaba preparado para darle el primer zarpazo, el cachorro dijo en voz alta:
- ¡Será perezoso el mono! ¡Hace una hora que le mandé que me trajese otro tigre y todavía no ha vuelto!
En momentos de crisis, solo la imaginación es más importante que el conocimiento (Albert Einstein)
El Invitado de Nochebuena
Cierto día de diciembre, en casa de un matrimonio muy adinerado, llamaron a la puerta. Cuál fue la sorpresa de la mujer de la casa cuando se encontró frente a un ángel.
- Esta Navidad, Jesús va a venir a cenar a vuestra casa -dijo, y desapareció.
Nada le dio tiempo a decir a la mujer que, emocionada ante la idea de ver sentado a su mesa a Nuestro Señor, se puso enseguida a hacer los preparativos. Compró manjares sabrosos y bebidas espumosas; salmón, carnes, frutas exóticas, champán, tartas, turrones y mazapanes; exquisitas viandas de lujo.
La esperada Nochebuena llegó, y la mujer se puso a cocinar toda la tarde para que todo quedase perfecto y tan especial invitado viese lo bien que lo esperaban. Se encontraba haciendo una deliciosa salsa para la carne, cuando llamaron al timbre de la casa. Dejó la cocina y fue a abrir. Se encontró con una mujer indigente, embarazada y envuelta en harapos.
-Déme algo de dinero... Por favor, no tengo medios, no tengo nada, por favor, por favor...- suplicó con un hilo de voz.
- Ahora mismo estoy ocupada, vaya a pedirle a otro- contestó molesta, con tono rudo.
Cuando volvió a la cocina, pensando en lo inoportuno de aquella interrupción, ya se había enfriado la salsa. Enfadada, continuó el trabajo hasta terminar con la carne. ¡Qué plato tan suculento! Se puso entonces a hacer la tarta de chocolate. Estaba amasando harina, huevos y azúcar cuando llamaron de nuevo a la puerta. De mala gana, se acercó de nuevo y se encontró con un grupo de niños que, con un cancionero en la mano, se disponían a entonar un villancico si ella no les hubiese cortado:
- Niños, no tengo tiempo para villancicos, ¡estoy muy ocupada!
Los niños, algo amedrentados, aún le pidieron el aguinaldo navideño. La señora, pensando en lo descarados que eran semejantes mocosos, les cerró la puerta, airada. ¿Es que iba a tener que perder más tiempo?
Habían llegado las ocho, y ya sólo faltaba cortar el turrón. Estaba poniendo sumo cuidado en cortarlos del mismo tamaño cuando volvió a sonar el timbre; sobresaltada, partió mal el trozo de turrón. La mujer estaba que echaba humo. Fue a zancadas a la puerta y abrió de sopetón, encontrándose a un anciano demacrado vestido con una camisa raída y unos pantalones rotos acurrucado en el suelo. Parecía un saco de huesos de lo delgado que estaba, y sus ojos, hundidos en las cuencas, estaban rodeados de unas gruesas ojeras y nublados.
- ¿Tiene... algo... de comida...?- consiguió articular.
- ¡Estaba intentando hacerla cuando viniste a incordiar! -repuso, fuera de sus casillas, y cerró.
¡Ya apenas le iba a dar tiempo! Terminó con el turrón, sacó la vajilla nueva y colocó todo en su sitio. Estaba perfecto.
Entonces cayó en la cuenta de que no sabía cuándo iba a venir Jesucristo a su casa. Se sentó y esperó.
Pero llegaron las diez, las once, las doce... y nadie apareció en casa. "¿Acaso el ángel me habrá mentido?", se le ocurrió. En ese momento apareció, y ella aprovechó para preguntarle:
- ¿Dónde está Jesús? ¿No me habías dicho que vendría esta noche?
- Tres veces ha intentado entrar en tu casa y tu no se lo has permitido: como la mujer indigente, como los niños y como el anciano pobre. Has perdido la oportunidad de que nazca en tu casa esta Navidad.
El mundo en miniatura
Si pudiésemos reducir la población de la Tierra a una pequeña aldea de exactamente 100 habitantes, manteniendo las proporciones existentes en la actualidad, sería algo como esto:
-Habría: 57 asiáticos, 21 europeos, 4 personas del hemisferio oeste (tanto norte como sur) y 8 africanos.
52 serían mujeres, 48 hombres, 70 no serían blancos, 30 serían blancos, 70 no cristianos, 30 cristianos, 89 heterosexuales, 11 homosexuales.
-6 personas poseerían el 59% de la riqueza de toda la aldea y los 6 (¡sí, 6 de 6!) serían norteamericanos. De las 100 personas, 80 vivirían en condiciones infrahumanas.
-70 serían incapaces de leer, 50 sufrirían de malnutrición. 1 persona estaría a punto de morir, 1 bebé estaría a punto de nacer. Sólo 1 (¡sí, sólo 1!) tendría educación universitaria.
-En esta aldea habría 1 persona con ordenador.
Al analizar nuestro mundo desde esta perspectiva tan comprimida es cuando se hace más apremiante la necesidad de aceptación, entendimiento y educación.
Ahora reflexiona… Si te has levantado esta mañana con más salud que enfermedad, entonces eres más afortunado que los millones de personas que no sobrevivirán esta semana.
Si nunca has experimentado los peligros de la guerra, la soledad de estar encarcelado, la agonía de ser torturado o las punzadas de la inanición, entonces estás por delante de 500 millones de personas.
Si puedes acudir a la iglesia sin temor a ser humillado, arrestado, torturado o muerto… entonces eres más afortunado que 3.000 millones (3.000.000.000) de personas en el mundo.
Si tienes comida en la nevera, ropa en el armario, un techo sobre tu cabeza y un lugar donde dormir, eres más rico que el 75% de la población mundial.
Si guardas dinero en el banco, en tu cartera y tienes algunas monedas en la mesita… ya estás entre el 8% más rico de este mundo.
Si tus padres aún viven… eres una persona MUY rara.
Si puedes leer esta entrada, eres mucho más afortunado que los más de 2.000.000.000 de personas en este mundo que no pueden leer.
La lección de la mariposa
Un día, una pequeña abertura apareció en un capullo. Un hombre se sentó junto a él y observó durante varias horas cómo la mariposa se esforzaba tratando de que su cuerpo pasase a través de aquel pequeño agujero. Le pareció que ella solaya no lograría ningún progreso. Parecía que había hecho todo lo que podía, pero no conseguí agrandarlo. Entonces el hombre decidió ayudar a la mariposa: tomó unas tijeras y cortó el resto del capullo.
La marposa entonces, salió facilmente. Pero su cuerpo estaba atrofiado, era pequeño y tenía las alas aplastadas. El hombre continuó observándola porque él esperaba que, en cualquier momento, las alas se abrirían, y se agitarían, y serían capaces de soportar el cuerpo, que a su vez se iría fortaleciendo.
Pero nada de eso ocurrió. La realidad es que la mariposa pasó el resto de su vida arrastrándose con un cuerpo deforme y unas alas atrofiadas. Nunca fue capaz de volar. Lo que aquel hombre no comprendió, a pesar de su gentileza y su voluntad de ayudar, era que aquel capullo apretado que observaba aquel día, y el esfuerzo necesario para que la mariposa pasara a través de esa pequeña abertura, era el modo por el cual la naturaleza hacía que la salida de fluidos desde el cuerpo de la mariposa llegara a las alas, de manera que fuera capaz de volar una vez libre del capullo.
En su afán de ayudar, de evitar un esfuerzo, o un sufrimiento, la había dejado lisiada para toda la vida.
Pedí fuerzas y Dios me dio dificultades para hacerme fuerte. Pedí sabiduría y Dios me dio problemas para resolver. Pedí coraje y Dios me dio obstáculos que superar. Pedí amor y Dios me dio personas para ayudar. Pedí favores y Dios me dio oportunidades. Quizá incluso no recibí nada de lo que pedí, pero recibí todo lo que precisaba.
La oración correcta
Cuentan que un día, entró un hombre en la iglesia de un pueblo y se puso a orar. Al poco rato y sin que él se diese cuenta, se acercó el sacerdote y escuchó su plegaria. Al parecer el hombre decía así:
- Señor, déjame acercarme a ti. Nadie te cuida, yo te cuidaré. Si estás sucio, te limpiaré. Puedo coserte ropa también. Si tienes sed, iré a la fuente y cogeré agua para ti. Si tienes piojos, puedo quitártelos. Cuando enfermes, estaré a tu lado y te procuraré el remedio.
Llegados a este punto, el sacerdote no lo soportó más y le gritó:
- ¡Basta ya de tonterías! ¿Que Dios está sucio? ¿Que está enfermo? ¿Que tiene piojos? ¿Quién te enseñó esa plegaria tan absurda?
- Yo mismo la inventé - contestó el hombre, intimidado-. Reconozco que soy muy pobre y sin educación, y nadie me enseñó jamás cómo orar correctamente. Tengo problemas con los piojos y creí que también molestarían a Dios. Supuse que Él estaría enfermo, como yo muchas veces, y que le gustaría que alguien le hiciese compañía. Ha sido mi experiencia la que se convirtió en mi oración, pero si tú sabes la plegaria correcta, por favor, enséñamela.
Entonces el sacerdote le enseñó la oración correcta. El hombre se lo agradeció con lágrimas de profunda gratitud. Cuando se marchó, el sacerdote se quedó muy contento por la buena acción que había hecho y dirigió sus ojos al cielo para ver qué pensaba Dios.
Pero el Señor le dijo:
- Te he enviado para que acerques a la gente a mí, pero con esta oración correcta, uno de los que más me amaban está ahora apartado. Esta oración no será oración en absoluto, porque la oración no tiene que ver con la ley, la oración es amor.
El halcón que no volaba
Cierto día, un rey recibió dos pequeños halcones como regalo y los entregó al maestro de cetrería para que los entrenase para la caza. Pasados unos meses, el maestro informó al rey de que uno de los halcones no se movía de la rama del árbol en que lo habían dejado, a pesar de que el otro ya volaba perfectamente.
El rey mandó llamar a sanadores, cazadores, cetreros y curanderos para que observasen al halcón, pero ninguno de ellos pudo hacer volar al ave, que, tras muchos intentos por parte de sabios y expertos, continuaba inmóvil en la rama.
Casi desesperado, el rey prometió una recompensa a la persona que hiciera volar al ave. A la mañana siguiente vio con sorpresa a los dos halcones volando por los jardines velozmente. El rey ordenó que llevasen ante él de inmediato al responsable de tal prodigio y, asombrado, comprobó que no era sino un campesino. El rey le preguntó:
- ¿Cómo lograste hacer que mi halcón volase?
El campesino, algo intimidado, respondió:
- Fue fácil, mi señor. Corté la rama del árbol, el halcón se dio cuenta de que tenía alas y voló.
El hombre de la Iglesia [/b
Una vez un sacerdote estaba dando un recorrido por la Iglesia al mediodía... Al pasar por el altar decidió quedarse para ver quién había venido a rezar. En ese momento se abrió la puerta, y el sacerdote frunció el entrcejo al ver a un hombre acercándose por el pasillo; el hombre estaba sin afeitarse desde hacía varios días, vestía una camisa rasgada, tenía un abrigo gastado cuyos bordes bordes habían comenzado a deshilacharse. El hombre se arrodilló, inclinó la cabeza y se fue.
Durante los días siguientes, el mismo hombre, siempre a mediodía, entraba en la Iglesia cargando una maleta, se arrodillaba brevemente y luego volvía a salir. El sacerdote, un poco temeroso, comenzó a sospechar que se tratase de algún ladrón, por lo que un día se puso en la puerta de la Iglesia y cuando el hombre se disponía a salir, le preguntó:
- ¿Qué hace aquí?
El hombre dijo que trabajaba cerca y que sólo tenía media hora libre para comer y aprovechaba ese momento para rezar:
- Sólo me quedo unos instantes, ¿sabe? Aún debo regresar a la fábrica, así que me arrodillo y digo: "Señor, sólo vine nuevamente para contarte cuán feliz me haces cuando me liberas de mis pecados... No sé muy bien rezar, pero pienso en Ti todos los días..."
El sacerdote, sintiéndose un tonto, le dijo que estaba bien y que era bienenido a la Iglesia cuando quisiera. Cuando el hombre se marchó, él se arrodilló ante el altar, y, con el corazón derretido de amor a Cristo y con lágrimas en los ojos, repitió la plegaria de aquel hombre: "Señor, sólo vine para decirte cuán feliz fui desde que te encontré y me liberaste de mis pecados... No sé muy bien cómo rezar, pero pienso en Ti todos los días..."
Pasó un mes, y el sacerdote notó que el hombre no había veindo durante varios dias. Fue a preguntar por él a la fábrica, y le dijeron que estaba enfermo en el hospital. Durante la semana que estuvo en el hospital, sonreía todo el tiempo y su alegría era contagiosa. La jefa de las enfermeras no lo podía entender, porque el paciente nunca había recibido ni visitas, ni flores, ni tarjetas. El sacerdote se acercó a la habitación donde estaba, y la enfermera le confió:
- Ningún amigo ha venido a visitarlo, él no tiene a quién recurrir.
- La enfermera está equivocada- replicó el con una sonrisa. Ella no sabe que desde que llegué, todos los días, a mediodía, un querido amigo mío viene, me toma de las manos, se inclina hacia mí y me dice:
- Sólo vine para decirte cuán feliz fui desde que encontré tu amistad y tre liberé de tus pecados. Siempre me gustó oír tus plegarias, pienso en ti cada día...
RECUERDA
El arca de Noe fue construida por amateurs. El Titanic por profesionales.
No dejes nunca al que te ama por aquel que te gusta,
porque ese que te gusta te dejara por ese que ama.
No dejes nunca al que te ama por aquel que te gusta,
porque ese que te gusta te dejara por ese que ama.