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La muerte digna

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La sociedad contemporánea, sociedad econométrica que lleva a un canibalismo mercantil, "nos ha vaciado de sentido, es la gran neurosis colectiva de nuestro tiempo, El vacío existencial” que las fuerzas de un salvaje fundamentalismo del mercado intentan llenar con una suerte de "comucopia consumista" que no hace mas que vampirizarnos el sentido.

El sentido es una categoría social. Intrínseco o la pluralidad de seres humanos, no puede entenderse como yoismo sino que debe contextualizarse en la otredad. Un individualismo hipertrofiado, en consecuencia, terminará no encontrando sentido a la vida ("la vida es una herida absurda", trovaba Discépolo ante la angustia de la soledad) y si se vive sin sentido también se muere sin sentido.

Pero este individualismo alarmantemente hedonista la muerte es un obstáculo casi insalvable; entonces se la disfraza desimbolizándola, desritualizándola, incluso maquillándola. De alguna manera hay que ocultarla, "es la muerte interdicta". Este ocultamiento resulta casi esquizofrénico, cuando le impedimos a un niño que acompañe a su abuelo moribundo porque "le va a hacer mal” y para distraerlo le compramos un video game donde se le enseño a matar. No tenemos una pedagogía de la muerte, tenemos una pedagogía de la violencia.

La desigualdad de oportunidades en la vida tiene su correlato en la desigualdad frente a la muerte. La expectativa de vida, que se ha incrementado notoriamente en los últimos años, no lo ha hecho en forma equitativa, como lo demuestra la mortalidad infantil evitable, tanto en todo el mundo con un niño muerto cada 10 segundos como en nuestro país con uno cada 50 minutos (datos de la Sociedad Argentina de Pediatría); a éstos la sociedad les ofrece una “mistanasia", la muerte por abandono.
Esta desigualdad ante la muerte también se refleja al analizar expectativas de vida según posibilidades de educación y desarrollo: a los 35 años un profesional tiene 73% de posibilidades de llegar a los 70 años y un obrero común (no calificado) solamente el 50%.

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Razón tenía Camus cuando en La Peste afirmaba que la mejor manera de conocer a una sociedad es observar cómo en ella se ama y cómo en ella se muere.

La educación médica triunfalista que ve a la muerte como un fracaso de la profesión, encuentra en el desarrollo tecnológico una buena excusa de ocultamiento en el llamado "encarnizamiento terapéutico" o "distanacia". Esto es en palabras de la Ministro de Salud de Dinamarca: "algo debe andar mal, cuando gastamos el cincuenta por ciento del presupuesto de salud en los últimos noventa días de la vida humana para postergar durante algunas semanas una muerte inevitable".



No estamos en contra de la tecnología, que por cierto ha salvado y salvará con éxito muchos vidas, sino en contra de su endiosamiento al ocupar el lugar del acercamiento humano, de ese encuentro singular e irrepetible con el paciente muriente. Estamos en contra de la aparatología que nos aleja de él en el momento más trascendentalmente reflexivo de la vida, que es justamente la mismo muerte.

Esta experiencia reflexiva permitirá mensurar lo vivido y descifrar su significación escatológica, o lo que es lo mismo, desentrañar su destino a tecnología tanatocrática al oponerse a esta situación, medicaliza la muerte, se la roba al moribundo, por eso decía Rilke: "quiero morir de mi propia muerte, no de la muerte de los médicos".

La tecnología racionalmente empleada es la que posibilita la continuación de la vida en cantidad y calidad; su empleo irracional la convierte tanatocracia, imposibilitando una muerte digna, entendiendo como tal, aquella sin dolor, con lucidez para esa experiencia reflexiva y fundamentalmente con capacidad para recibir y transmitir efectos.
Cuando así ocurre, ese momento final, la decatexis de los griegos, "no es terrorífico, ni doloroso; la muerte tiene lugar en la calma, probable paso hacia un mundo de existencia que el muriente ya ha entrevisto". Cuando posibilitamos una muerte digna estamos honrando la vida, pues como decía Petrarca: morte digna, onora vita.

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¿Qué es una muerte digna?

La muerte tendría que tener tres condiciones:
1. Sin dolor insoportable, ya que no hoy dignidad en un sufrimiento evitable.
2. Con capacidad para recibir y transmitir efectos, ya que es el momento de la entrega total.
3.Con lucidez, si el paciente la pide, ya que es el momento, más trascendente de la vida, desde el punto de vista reflexivo. Es el instante en que mensurando lo vivido se puede desentrañar el destino y descifrar el verdadero sentido de lo vivido.





Cuentan los allegados a Beethoven que junto a su lecho de agonía, en un momento abrió los ojos y dijo: "ahora, recién ahora, sé quien es Ludwing van Beethoven", y se murió.
Similarmente, Borges, intuyendo su final, les dijo a los que estaban a su alrededor: "falta poco para saber quién soy," y a la semana se murió.
Si los pacientes en ese momento trascendental piden lucidez, debemos respetarlo porque además de lo antedicho, es el único e intransferible momento en que sabiendo que nos vamos a morir, llamaremos a "esa persona" y le diremos algo que nunca nos atrevimos en vida: "te quiero" o, a veces, "perdóname".

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"Ya no hay nada que hacer".

Típica frase con que nos dirigimos a los familiares de un enfermo cuya muerte es ineluctable. Deberíamos decir "Ya no hay nada que tratar", porque en realidad hay mucho por hacer, más aun, es cuando más podemos hacer. Tenemos recursos invalorables: el efecto sanador de nuestras palabras, de nuestras manos y de nuestra presencia.
Herederos del dualismo cartesiano mente y cuerpo, nos constituimos en "plomeros del cuerpo" antes que médicos de la persona. Ésta necesita algo más que remedios y aparatos, nos necesita a nosotros como persona médico y en esta relación la palabra es fundamental. Pero ¿qué decirle a un paciente en esas circunstancias? Siempre con un mensaje de esperanza, las palabras serán un bálsamo.
¿Esperanza frente a la muerte? Sí, justamente frente a la muerte, porque nunca el cielo está más oscuro, la noche más negra, que en el momento justo en que empieza a amanecer.
Los nenes en Auschwitz que habían visto pasar a sus papás y a sus abuelitos, en esa infancia de perversidad camino a los hornos crematorios, cuando tenían alguna tiza dibujaban mariposas en las paredes. ¡Qué mensaje de esperanza frente a la muerte!: el gusano que dejo de reptar y la esperanza que cobra vuelo en las alas de la mariposa.
Cuando las palabras son de esperanza son "abrigadoras", como dice el tango en su filosofía cotidiana: "tu palabra fue como un manto, un manto grato de amistad". Pero a veces las palabras no alcanzan, entonces están nuestras manos, esas manos "vencedoras del silencio", como las definía Evaristo Carriego.
Por último, el efecto sanador de nuestra propia presencia, que el paciente sienta que estamos a su lado, que vibramos en ese encuentro irrepetible de persona persona, que estamos en su mismo sintonía corporal. Entonces, ayudando así a bien morir nos estamos ayudando a bien vivir.



Como ejemplo elocuente de esta situación transcribo el "testamento vital" de una paciente.
"Si llegara el momento en que yo, la que suscribe, no pudiera tomar parte en las decisiones que conciernen a mi salud, pido y exijo que las siguientes directivas sean respetadas como clara y fiel expresión de mi voluntad, manifestada libremente. La muerte es algo tan natural como el nacimiento. Es lo único seguro de la vida. No temo o. la muerte en sí misma, pero sí temo a las miserias de la enfermedad, de la decrepitud, del dolor sin esperanza. Temo también abusar involuntariamente del amor, de la paciencia y la abnegación de mis familiares y amigos, del cuerpo médico y enfermeras. No quiero causar gastos innecesarios a mi familia, la sociedad o el país. Por esto, si se presentara una situación en que no subsista esperanza de curar mi enfermedad, pido no utilizar o interrumpir (si se hubiesen utilizado) métodos, aparatos, medicamentos o medidas que tengan por objeto prolongar sin razón o inútilmente mi vida o mantenerme por medios artificiales. Sí pido que se me suministren los cuidados para aliviar mis sufrimientos, incluso si comportasen el riesgo de acortar mi vida. Estas directivas expresan mi derecho legal a rechazar tratamientos que afecten mi dignidad profesional".

digna

Este texto lo dice todo. Suspender los medidos de sostén vital en pacientes terminales no es eutanasia, ni siquiera es dejar morir, es permitir morir.
Tan poco estamos acostumbrados a ver la muerte como parte del proceso de la vida que nuestros certificados de defunción no pasan generalmente del lacónico "paro cardio respiratorio no traumático".

aparatologia

Certificamos de qué se murió, pero ni una palabra de cómo murió. Seguimos (como en las historias clínicas) detallando lo biológico pero ignorando lo biográfico.
Como controposición a esto y como ejemplo de un certificado "biográfico" de defunción valga este texto hallado en los archivos de la Intendencia Municipal de San justo, Provincia de Bs. As. L2! ', F2L', año 1860: "El infrascripto Eusebio Rodríguez, alcalde, certificó que Don Manuel Chico, que muerto lo tengo de cuerpo presente tapcio con un poncho pampa al parecer reyuno, lo sorprendió la muerte al salir del baile de Don Rufino el catalán, de la quebrada de Doña Pepa, lugar muy conocido y de público voz y fama en el pago". Interrogado el cadáver por tercera vez y no habiendo el infrascripto obtenido respuesta categórica resuelve darle sepultura en el campo de los desaparecidos, conforme cuadro su circunstancia física, la que certifico.
Noto: hago notar que el "finado" era muy amante de la bebido y muy dado a las galanterías amorosas, por cuya circunstancia tenía en la quijada izquierda una cicatriz de quemadura producida por un cucharón de grasa caliente que le arrojó la hijo de lo. parda Nicolasa, no se sabe por qué zafaduría".


Mas allá de lo risueño que nos puede parecer, este texto demuestra a las claras los tiempos en que la muerte era parte de la vida del difunto y que como tal había que relatarlo.



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