Para que no falte dinero en casa, para tener más posibilidades en algún sorteo, para que a uno le devuelvan algo que prestó hace mucho y que ahora hace falta, y para mil “suertes” más.
Hace unos cuantos años, apenas pasada la hora de la siesta de un verano, andaba yo por las sierras de Carlos Paz, a pocos kilómetros de la Aerosilla, sorteando espinas y espinillos, haciendo equilibrio sobre las piedras, (no crean que es fácil cuando uno no es alpinista y además, mi caso, traslada su alma en un cuerpo de 100 kg.), motivado sobremanera por lograr un objetivo: localizar a una viejita que vivía por allí… así me lo contaron, con total seguridad e imprecisión del sitio exacto: “vive sola en un ranchito petiso”. Con esos datos salí a buscarla.
Según mi informante, esta anciana cosechaba unas calabazas materas de un generoso grosor y calidad extraordinaria, justo lo que siempre ando buscando para tallar mates importantes.
Caminé, subí y bajé por lugares sin indicios de caminos, comencé a dudar de su existencia, hasta que al fin, sin que nada lo anunciara, estuve a pocos metros de una vivienda con las características buscadas; un detalle muy extraño, no había perros, pero igual tomé los recaudos del caso, o sea, me apronté a salir derrapando si salía a recibirme una jauría.
Palmas mediante llamé y apareció alguien, que era indudablemente la persona buscada. Saludé a la curcuncha viejecita y pregunté si tenía calabazas materas para la venta; un “ajhá” y “venga” fueron toda la respuesta. Comenzó a caminar y yo a seguirla hasta la parte posterior del ranchito, quinchado, monoambiente. A pocos pasos una montaña de los mates buscados, ¿cuanto?, tanto…
Compré hasta donde podía gastar y cuando iba a saludar para despedirme, me pregunta “y usted, ¿qué hace con estas calabazas?”. Le comenté de mi actividad como artesano, escritor y tallista, “¿así que sabe mucho del mate?”. Una luz amarilla se encendió en mi cabeza, así que con cautela dije que si; me preguntó si sabía de la magia de la pava y de los mates viejos; dije que no, ya descolocado en mi posición de sabelotodo. Dejé las calabazas materas en el suelo y me apronté a beberme las palabras de la anciana.
Entonces me dijo: “mire muchacho, cuando no hay plata en una casa, a la noche, cuando ya no hay más nada que hacer, cuando ya se fue el último a dormir, antes de acostarse ponga agua nueva en la pava, hasta la mitad. Es muy importante que el pico esté en dirección de la puerta principal, la que más se usa en la casa, no importa que haya paredes de por medio, la magia lo puede todo. Haga hervir el agua a borbotones, y cuando está así, sin tocar la pava, apague el fuego; después sin hacer otra cosa, apague la luz y se va a dormir. Al día siguiente ocurrirá algo muy bueno para el que lo haga, pero no se olvide m’hijo, si tiene alguna platita escondida o de verdad no le hace falta, ¡la magia no funciona!”
Desde que me lo contó, lo he contado cientos de veces personalmente, por radio y demás medios periodísticos. Desde entonces, he recibido una impresionante cantidad de testimonios de todo el país (ver recuadro), de que sí, la magia de la pava funciona.
Quedamos un momento en silencio, allí en lo alto de esas maravillas que son las sierras cordobesas, con un solazo de aquellos que rajan las piedras sobre nuestras cabezas, y mi “maestra” continuó diciendo: “y cuando pierda las tijeras, las llaves o el lápiz, vaya y de vuelta a la tapa de la pava o ponga boca abajo un mate viejo y salga a buscar otra vez, ¡seguro encuentra!”
Todo el tiempo estuvimos parados cerca de la desvencijada pared de chorizo, vestía ropa oscura y un gran pañuelo que usaba extremadamente volado sobre su rostro, al que no pude ver en ningún momento, ya que fue lo único que estuvo a la sombra todo el tiempo. Me despedí y retomé la senda de regreso.
Había ya hecho unos cuantos metros cuando “sentí sus vistas” en mi espalda, me di vuelta y allá, desdibujándose su silueta oscura, inmóvil, estaba la anciana. No sé si fue una jugarreta del reverbero, pero la vi flotando en el aire, su largo vestido oscuro y su pañuelo semejando un rebozo, me hicieron dudar de su real existencia.
Volví a sentir su mirada, aunque en ningún momento vi sus ojos…
"El Mate, Vocabulario y Refranero. " – Francisco N. Scutellá
Hace unos cuantos años, apenas pasada la hora de la siesta de un verano, andaba yo por las sierras de Carlos Paz, a pocos kilómetros de la Aerosilla, sorteando espinas y espinillos, haciendo equilibrio sobre las piedras, (no crean que es fácil cuando uno no es alpinista y además, mi caso, traslada su alma en un cuerpo de 100 kg.), motivado sobremanera por lograr un objetivo: localizar a una viejita que vivía por allí… así me lo contaron, con total seguridad e imprecisión del sitio exacto: “vive sola en un ranchito petiso”. Con esos datos salí a buscarla.
Según mi informante, esta anciana cosechaba unas calabazas materas de un generoso grosor y calidad extraordinaria, justo lo que siempre ando buscando para tallar mates importantes.
Caminé, subí y bajé por lugares sin indicios de caminos, comencé a dudar de su existencia, hasta que al fin, sin que nada lo anunciara, estuve a pocos metros de una vivienda con las características buscadas; un detalle muy extraño, no había perros, pero igual tomé los recaudos del caso, o sea, me apronté a salir derrapando si salía a recibirme una jauría.
Palmas mediante llamé y apareció alguien, que era indudablemente la persona buscada. Saludé a la curcuncha viejecita y pregunté si tenía calabazas materas para la venta; un “ajhá” y “venga” fueron toda la respuesta. Comenzó a caminar y yo a seguirla hasta la parte posterior del ranchito, quinchado, monoambiente. A pocos pasos una montaña de los mates buscados, ¿cuanto?, tanto…
Compré hasta donde podía gastar y cuando iba a saludar para despedirme, me pregunta “y usted, ¿qué hace con estas calabazas?”. Le comenté de mi actividad como artesano, escritor y tallista, “¿así que sabe mucho del mate?”. Una luz amarilla se encendió en mi cabeza, así que con cautela dije que si; me preguntó si sabía de la magia de la pava y de los mates viejos; dije que no, ya descolocado en mi posición de sabelotodo. Dejé las calabazas materas en el suelo y me apronté a beberme las palabras de la anciana.
Entonces me dijo: “mire muchacho, cuando no hay plata en una casa, a la noche, cuando ya no hay más nada que hacer, cuando ya se fue el último a dormir, antes de acostarse ponga agua nueva en la pava, hasta la mitad. Es muy importante que el pico esté en dirección de la puerta principal, la que más se usa en la casa, no importa que haya paredes de por medio, la magia lo puede todo. Haga hervir el agua a borbotones, y cuando está así, sin tocar la pava, apague el fuego; después sin hacer otra cosa, apague la luz y se va a dormir. Al día siguiente ocurrirá algo muy bueno para el que lo haga, pero no se olvide m’hijo, si tiene alguna platita escondida o de verdad no le hace falta, ¡la magia no funciona!”
Desde que me lo contó, lo he contado cientos de veces personalmente, por radio y demás medios periodísticos. Desde entonces, he recibido una impresionante cantidad de testimonios de todo el país (ver recuadro), de que sí, la magia de la pava funciona.
Quedamos un momento en silencio, allí en lo alto de esas maravillas que son las sierras cordobesas, con un solazo de aquellos que rajan las piedras sobre nuestras cabezas, y mi “maestra” continuó diciendo: “y cuando pierda las tijeras, las llaves o el lápiz, vaya y de vuelta a la tapa de la pava o ponga boca abajo un mate viejo y salga a buscar otra vez, ¡seguro encuentra!”
Todo el tiempo estuvimos parados cerca de la desvencijada pared de chorizo, vestía ropa oscura y un gran pañuelo que usaba extremadamente volado sobre su rostro, al que no pude ver en ningún momento, ya que fue lo único que estuvo a la sombra todo el tiempo. Me despedí y retomé la senda de regreso.
Había ya hecho unos cuantos metros cuando “sentí sus vistas” en mi espalda, me di vuelta y allá, desdibujándose su silueta oscura, inmóvil, estaba la anciana. No sé si fue una jugarreta del reverbero, pero la vi flotando en el aire, su largo vestido oscuro y su pañuelo semejando un rebozo, me hicieron dudar de su real existencia.
Volví a sentir su mirada, aunque en ningún momento vi sus ojos…
"El Mate, Vocabulario y Refranero. " – Francisco N. Scutellá