
¿Quién no ha sentido celos alguna vez en su vida? En diferentes grados de intensidad, y de manera más o menos conciente, todos hemos experimentado esa emoción.
Los celos sobrevienen cuando sentimos que algo amenaza el afecto y la atención que recibimos de una persona importante para nosotros.
Los hermanos suelen resentirse cuando perciben que los padres favorecen más a unos que a otros. Lo mismo ocurre a veces entre los nietos en relación a sus abuelos. Y en la escuela, sobre todo en los primeros años, la idea de que la maestra tenga sus "preferidos" puede producir angustia y malestar en los chicos.
También entre los amigos se generan estos sentimientos posesivos, principalmente en la adolescencia, cuando la aprobación de los pares es tan importante para la afirmación de la autoestima.
Pero es en la relación de pareja, por la particular exclusividad que implica, donde los celos suelen expresarse con mayor vehemencia y generar más conflictos.
Celame que me gusta
En un grado moderado -el cual no es tan fácil de definir y varía de acuerdo a los contextos- los celos son aceptados y considerados una respuesta normal, y hasta esperada. Por eso a algunos les molesta que sus parejas no se inquieten por nada en este sentido. Y es que, como es sabido, en una relación debe existir cierta dosis de inseguridad y alerta, ya que supone considerar al otro un ser valioso y en consecuencia deseable por un tercero.
Pero cuando esto ocurre con demasiada frecuencia e intensidad, ocasionando peleas y discusiones permanentes, es señal de que algo no marcha bien.
Temor y control
Los celos exagerados revelan temor, por eso son propios de las personas inseguras. Pretenden algo imposible: poseer a alguien, y con exclusividad. Además, implican una visión pequeña del amor, como si se tratara de una torta que va reduciéndose al compartir las porciones. Cuando en realidad ocurre justo a la inversa: su efecto es multiplicador.
Cuanto más baja sea la autoestima de una persona, es más probable que sienta celos con más regularidad y por una diversidad más amplia de situaciones. De ahí que el blanco no sean sólo los posibles competidores a nivel pareja: los amigos, los hermanos, los padres del otro son capaces de generar estos sentimientos. Modelos publicitarios, actores y actrices, cantantes, personas que caminan por la calle. Incluso un trabajo, deporte o hobby que consuman algo de tiempo, energía y pasión de aquel que es celado pueden convertirse en una amenaza ("yo sé que tienes celos de mi guitarra", decía una canción).
Enfermos de celos
En su manifestación más extrema y patológica encontramos la llamada "celotipia", trastorno caracterizado por la presencia de ideas delirantes acerca de que la pareja es infiel o pretende serlo. Esta creencia aparece sin ningún motivo y se basa en inferencias erróneas que se apoyan en pequeñas "pruebas": situaciones cotidianas que son percibidas de manera distorsionada, haciéndolas coincidir con la idea delirante. Es frecuente que el celotípico pase mucho tiempo vigilando e investigando a su pareja: llamadas telefónicas, mensajes de texto, correo electrónico, cuenta de Facebook, ropa y objetos personales. Y que intente intervenir en la infidelidad imaginada: coartando la libertad del otro, siguiéndolo en secreto, averiguando sobre el supuesto amante, etc.
Los que padecen este trastorno muy pocas veces llegan a la consulta profesional, ya que no tienen conciencia de la enfermedad, y por lo general el resto de sus áreas vitales no se ven deterioradas significativamente ni se advierten comportamientos extraños a los ojos de amigos o compañeros de trabajo.
La persona que recibe los reproches y a quien el celotípico intenta controlar suele acumular enojo y resentimiento. Sobre todo porque es probable que en muchas ocasiones, perdiendo perspectiva, se haya enredado en interminables explicaciones y disculpas, llegando incluso a sentirse culpable por conductas y actitudes normales y desprovistas de malas intenciones.
Este trastorno -a menudo causante de la ruptura de la pareja y de episodios de violencia- requiere tratamiento psicológico y psiquiátrico.
Confiar
De nada hay garantías absolutas, ni pactos firmados con sangre. Tampoco de la fidelidad -como lo demuestra la experiencia- aunque se la prometa ante Dios o un juez. Y si alguien se dedicara a seguir día y noche a su pareja para estar al tanto de todos sus movimientos, no podría a fin de cuentas meterse adentro de su cabeza.
De manera que la confianza es en gran medida un acto de fe, porque implica creer sin ver. Y en este sentido, resulta importante ser concientes de que confiar es también una decisión. Además, como se ha dicho tantas veces: "si amas algo..."

