Buenas noches!
He decidido compartir este breve relato con ustedes. Lo compuse hace unos días, en una de esas tardes en las cuales te sentís nostálgico y notas que necesitas cauterizarte de alguna forma.
Además necesito subir el karma, los forros no me dejan contestar los mensajes que me dejan en mi perfil (los forreo con "H"amor).
Sin más vueltas ni preámbulos, comparto esta pequeña pieza de mi, con ustedes
Jamás Floreciste
¿Podés creer que aún sigo eclipsado? Básicamente me dejaste tan obnubilado que fue imposible para mi pretender un nuevo curso, más allá de tu reacción. La pureza de tu ser fue consecuente conmigo. No siento haber aprendido. Tampoco cambié. La sensación que va acorde a nuestra actual situación es la perfección. Tan fantástica y finita en nuestro típico mundo, en aquel en el cual ya no habitas en tu forma. Y no es porque vos no quisiste, simplemente ya no pudiste.
Me gustabas mucho cuando te ponías ruidosa. Cuando fluía toda tu energía por tu benevolente boca y te volvías severa. Te olvidabas de la calma y arrojabas pesadas palabras contra todo. En la mayoría de las veces, después de adular tus expresiones en silencio, me gustaba abrazarte para poder tranquilizar tu desquebrajada paciencia, y solo para poder volver a apreciar la misma situación una y otra vez.
Me sentía seguro. El tenerte cerca, aunque desquiciada, me apaciguaba. Lo suficiente como para amoldarme a la vida sin pesar, siempre sabiendo que ibas a estar ahí.
Me equivoque. Una mañana no sentí tu risa ni tu llanto. En tu almohada ya no se encontraba tu espeso cabello. Aún así, a pesar de tu inesperada ausencia no me alteré. Simplemente me senté a esperar a que aparecieras, nuevamente como lo hacías todos los días, a los gritos.
Pasó una semana y me entristecí. Fue lo suficiente como para correr hacia tu lado de la cama y revolverla violentamente. Lo inesperado sucedió en aquel instante, cuando noté que siempre habías estado ahí. Solo que ahora poseías una nueva forma, te habías transformado en una semilla.
¿Cómo lo supe? Tu esencia me lo dijo. Siempre había dicho que eras como una nuez y me encontraba en lo correcto. Desesperado corrí al patio y te enterré. Pero no lo hice para que desaparecieras, no lo hice como si fuera a sepultarte, no estabas muerta para mí. Te recosté en la espesa y fértil tierra con la esperanza de que sobrevivieras. No sabía absolutamente nada del cuidado de las plantas pero ponía todo mi empeño en ese acto.
Día a día te cuidé. Te regué, removí tu tierra con nostalgia. Te podé con ternura. No sabia cual era tu especie, pero adoraba tu aroma. Eras dulce, un tanto ácida, cosa que me recordaba lo ruidosa que eras.
Después de tantos años, simplemente te escribo, estés en donde estés, porque aunque hayas crecido en el medio de mi patio y seas un gran árbol, ya no encuentro grata tu presencia. Ya no me sabe exquisita. El silencio me superó, dándome a entender de que ya no estabas acá, que hace rato te habías ido. Aún así me quedo, con tu recuerdo enterrado en el medio de mi pecho. Yo no puedo irme, tus raíces crecieron fuerte en mí y ya no puedo trasplantarte. Todavía me queda tu efímera presencia y no puedo deshacerme de ella. Empiezo a pensar que fue porque vos no quisiste.
Jamás floreciste para mi.
Me gustabas mucho cuando te ponías ruidosa. Cuando fluía toda tu energía por tu benevolente boca y te volvías severa. Te olvidabas de la calma y arrojabas pesadas palabras contra todo. En la mayoría de las veces, después de adular tus expresiones en silencio, me gustaba abrazarte para poder tranquilizar tu desquebrajada paciencia, y solo para poder volver a apreciar la misma situación una y otra vez.
Me sentía seguro. El tenerte cerca, aunque desquiciada, me apaciguaba. Lo suficiente como para amoldarme a la vida sin pesar, siempre sabiendo que ibas a estar ahí.
Me equivoque. Una mañana no sentí tu risa ni tu llanto. En tu almohada ya no se encontraba tu espeso cabello. Aún así, a pesar de tu inesperada ausencia no me alteré. Simplemente me senté a esperar a que aparecieras, nuevamente como lo hacías todos los días, a los gritos.
Pasó una semana y me entristecí. Fue lo suficiente como para correr hacia tu lado de la cama y revolverla violentamente. Lo inesperado sucedió en aquel instante, cuando noté que siempre habías estado ahí. Solo que ahora poseías una nueva forma, te habías transformado en una semilla.
¿Cómo lo supe? Tu esencia me lo dijo. Siempre había dicho que eras como una nuez y me encontraba en lo correcto. Desesperado corrí al patio y te enterré. Pero no lo hice para que desaparecieras, no lo hice como si fuera a sepultarte, no estabas muerta para mí. Te recosté en la espesa y fértil tierra con la esperanza de que sobrevivieras. No sabía absolutamente nada del cuidado de las plantas pero ponía todo mi empeño en ese acto.
Día a día te cuidé. Te regué, removí tu tierra con nostalgia. Te podé con ternura. No sabia cual era tu especie, pero adoraba tu aroma. Eras dulce, un tanto ácida, cosa que me recordaba lo ruidosa que eras.
Después de tantos años, simplemente te escribo, estés en donde estés, porque aunque hayas crecido en el medio de mi patio y seas un gran árbol, ya no encuentro grata tu presencia. Ya no me sabe exquisita. El silencio me superó, dándome a entender de que ya no estabas acá, que hace rato te habías ido. Aún así me quedo, con tu recuerdo enterrado en el medio de mi pecho. Yo no puedo irme, tus raíces crecieron fuerte en mí y ya no puedo trasplantarte. Todavía me queda tu efímera presencia y no puedo deshacerme de ella. Empiezo a pensar que fue porque vos no quisiste.
Jamás floreciste para mi.
Bueno lincesos, me retiro maquinolas ; )