El futbol es el deporte colectivo mas popular del planeta, de eso no hay duda... Es suficiente con juntar 10 amigos y una pelota, para que el dia se te pase volando y como cuando eras chico tu vieja te llame 10000 veces a comer, pero vos no vas por querer terminar el partido. El deporte a cambiado mucho en los ultimos 50 años. Y aunque hayan cambiado algunas reglas, el gol sigue siendo el objetivo y el grito mas lindo. Pero entonces, ¿qué es lo que ha hecho que el fútbol parezca tan distinto al deporte que llevaba el mismo nombre hace 20, 30 ó 50 años? La respuesta es simple: los futbolistas. Un sencillo repaso a la transformación del físico y las actitudes de los jugadores en el último medio siglo parece querer hablarnos de individualismo, competitividad y una cierta tristeza. Esa mutación nos habla, en definitiva, de cuerpos marcados por la política. Los 60: sonrisa y cigarrillos. Los 60 pasaron a la historia popular como una época de progresiva libertad. Sin embargo, a partir de esa década, el fútbol fue encorsetándose cada vez más. Garrincha, el brasileño cojo y con cirrosis que solo sabía sonreír y hacer sonreír, hacía sus últimos regates. Aun así, todavía era normal echar varios cigarros antes del partido, después o durante el descanso. Jack Charlton, campeón del mundial '66, fumaba hasta entrenando. Al fin y al cabo, hasta hacía poco los futbolistas anunciaban tabaco. Stanley Matthews, que equivale a decir leyenda del fútbol inglés, recomendaba fumarnos un pitillo para correr la banda. El tercer mundo se descolonizaba y los movimientos pacifistas, feministas y antirracistas ganaban cuerpo. Y dado que el fútbol siempre ha ido por detrás de cada cambio político, ¿qué imagen futbolística podía dar la década de los 60? Correcto: dos chicos negros de países colonizados sonrientes, sanos y simpáticos. Como Pelé y Eusebio. El final de los 60 marcó un punto de inflexión. Por primera vez, los futbolistas les disputaban el trono de la popularidad a los cantantes y actores. George Best personalizó este fenómeno. Con una calidad indiscutible, fue una especie de beatle ácrata al que las mujeres y el alcohol lo volvían literalmente loco. De Best se pueden decir muchas cosas, algunas incluso mentira, pero sobre todo una: el fútbol fue una excusa para pasarla en grande. Los 70: feos y duros con mucho pelo. En la década de los 70, los entrenamientos seguían siendo relajados. Los jugadores no se machacaban en el gimnasio y el entrenador seguía pensando que valía más la pena saber dar dos pases seguidos que batir el récord de 100 metros lisos. Los jugadores comienzan a gozar del estatus de estrellas y algunos incluso se asoman a la posmodernidad político-cultural. Paul Breitner, campeón del mundo con Alemania y jugador del Madrid, posaba junto a retratos del Che y Mao. Años después aceptaría la oferta de una marca de cosmética para afeitarse la barba. El juego comienza a endurecerse. Un dato lo ilustra: en el mundial '70 empezaron a utilizarse por primera vez las tarjetas amarilla y roja para intentar evitar que los jugadores salieran medio mutilados de cada partido. Los hippies de los 60 fueron encontrando sitio en los despachos de gobiernos y multinacionales y se produjo la crisis del petróleo del 73. Al año siguiente, la revolución conservadora tuvo su eco futbolístico: nadie podía con Alemania ni con el Bayern y el scudetto lo ganaba la Lazio, un equipo ultraderechista en el que casi todos los jugadores iban a entrenar con pistola. Hablamos de una época en la que un tipo como el escocés Joe Jordan podía jugar 3 mundiales seguidos. Casi todos los equipos que triunfan en los 70 (incluida nuestra Argentina, la mas dura que se ha que gana el mundial más triste, el de los militares en el 78) tenían algo en común: eran feos y duros. Solo Ajax y Holanda rompían con esa regla. Empezó a surgir la figura de un tipo de jugador genial pero cada vez más sujeto a manías personales y retos individuales. Estos futbolistas todavía tenían una capacidad de decisión grande, ya que sus clubes les necesitaban por su diferencia de calidad con el resto. Johan Cruyff fue la gran imagen de este tipo de jugador feliz siempre y cuando pudiera hacer su santa voluntad. Un ejemplo: mientras la selección holandesa jugaba con las míticas tres rayas de Adidas, él se negó a vestir de esa marca porque había firmado un contrato con Puma. Su camiseta tenía solo dos rayas. Los 70 podrían ser llamados también la edad del oro del pelo en el fútbol. El que no tenía barba, tenía bigote o patillas. Calvos había pocos. Al mexicano Leonardo Cuéllar seguro que algún entrenador de hoy le censuraría la porra por no ser aerodinámico. Los 80: sangre, sudor y dinero Si la década anterior supuso la transición a la posmodernidad cultural, los 80 van a sentar las bases del gran salto económico del fútbol: la entrada de la inversión publicitaria a gran escala en los clubes. Berlusconi compraba el Milan y ponía a sus tres holandeses, Rijkaard, Van Basten y Gullit, a sonreír ante las cámaras. Los jugadores se convertían en símbolos. La prosperidad occidental atraía a los jóvenes futbolistas del bloque soviético, mientras todo el planeta se rendía a la liga italiana, que parecía vivir bajo una lluvia de cheques en blanco. Pese a todo el lío de billetes y cámaras, aquellos fueron unos años en los que el futbolista aún vivía tranquilo. Apenas le salía algún imitador televisivo en Nochevieja y aunque se le vieran los testículos durante un partido, no tenía por qué preocuparse: Internet no existía. Emilio Butragueño todavía da las gracias. Los jugadores tampoco tenían problema en posar vestidos con la camiseta del eterno rival. La locura sanitaria desatada por el VIH todavía no había llegado al fútbol. Entonces Terry Butcher se abrió la cabeza al principio de un partido internacional y el vendaje que le pusieron no le hizo demasiado. Los 80 seguían siendo tiempo de obreros del fútbol y, cuando acabó el partido, el inglés parecía sacado de una matanza. Los 90: un modelo es más que un dios Los controles antidoping dieron lugar a una nueva farmacología en la que la búsqueda del medicamento no detectado o la proliferación de papillas proteínicas legales están a la orden del día. Atrás quedaban los famosos casos por cocaína o los excesos de peso derivados del abuso del alcohol. El futbolista seguía siendo un semidios capaz de lo mejor y de lo peor. Un Cristo doliente todavía sujeto a pasiones humanas. La imagen de Maradona detenido en 1991 tras su presunto consumo de cocaína sería hoy impensable con Messi o Cristiano Ronaldo. Los años 90 fueron los años de la Ley Bosman (que permitía que los clubes fichasen jugadores sin importar su nacionalidad) y de la creación de la multiesponsorizada Champions League. Los niños querían ser como el italiano Roberto Baggio, un mediapunta mágico con coleta y dos excentricidades de perfil bajo: ser introvertido y budista en el bullicioso país que contiene al Vaticano. A mediados de aquella década también debutaba David Beckham, el jugador que cambiaría definitivamente el paradigma del futbolista. Beckham nunca fue tan bueno como las marcas que le patrocinaban aseguraban que era, pero sí tenía tres cualidades que le hacían muy, muy valioso: era guapo, educado y autoconsciente de su imagen. Los 2000: el nacimiento de la marca personal Al fútbol del siglo XXI ya no lo detiene nada. En los 2000 se convertía en la gran industria del ocio mundial. Por el camino cambiaba el nombre de instituciones tan prestigiosas como la liga inglesa y ha organizado el primer mundial en Asia en 2002. Los jugadores cada vez jugaban más partidos. Trabajaban más que nunca y sin embargo eran cada vez mejor parecidos. En las calles del primer mundo se hablaba de hombres que empezaban a destinar parte de sus ingresos a cosméticos y ropa nueva. Eran los metrosexuales, y los futbolista tomaron buena nota. Italia ganaba el mundial y los campeones posaban para Dolce&Gabbana. Los jugadores de fútbol se tatuaban. Se hacían piercings. Contribuían a la desaparición del pseudo-estigma social de ambas modas y, por encima de todo, ellos mismos dejaban definitivamente de ser jóvenes deportistas para convertirse en atletas y modelos. Los 10: Hipsters y Robocops tristes Jugadores como Andrea Pirlo parecen gozar de una segunda juventud, dice la prensa. Las virtudes de Pirlo sobre el campo (un jugador ya lento y mayor) rivalizan con su otro activo: es fachero. Poco importa que, de nuevo, sea un jugador de sonrisa depresiva. Los amantes del fútbol, sobrepasados por los vaivenes de fichajes efímeros y por tanto partido, tratan de encontrar certezas. Las marcas intuyen el escenario y sorpresa, contratan treintañeros facheros y educados que proyecten una imagen de seriedad y varonil salud. Si Pirlo anuncia anticaspa, Xabi Alonso, otro jugador de tendencias poco eufóricas, se viste de traje y corbata. Los tatuajes y los piercings se hacen más y más comunes, y el futbolista, hipotecado ya a la diferenciación con los demás si quiere seguir siendo una marca propia, se ve obligado a hacerse hipster. El Twitter, el Facebook y el Instagram del jugador en cuestión se encargan del resto. Algunos, como Dani Alves, saben bien de lo que hablamos. Hoy en día el fútbol parece haber alcanzado el punto culminante de esta especie de cuello de botella social que lleva perfeccionando hace años. El deporte más popular de equipo se ha convertido en una lucha titánica entre Messi y Cristiano, dos personas de carne y hueso que hacen las veces de superhéroes. Ninguno de los dos sonríe apenas. Cristiano Ronaldo está siempre enojado. Se pasa los partidos lamentándose por las ocasiones perdidas e incluso se le ha visto contrariarse cuando un compañero ha marcado un gol que podría haber sido suyo. Hace unos años la prensa se hacía eco de que el portugués hacía 3.000 abdominales al día. Poco a poco, el futbolista se ha convertido en una especie de Robocop de carne y hueso. A Messi directamente se le ve siempre serio. Ni siquiera se le ve sonreír en sus selfies. A nuestros nietos les diremos algo parecido a "Yo vi jugar a Messi, el mejor del mundo", pero la pregunta que nos seguiremos haciendo es "y el ¿como se sentia?".
El brusco y salvaje cambio del fútbol.
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