A pesar del esfuerzo sistemático por ocultar que esta crisis del capitalismo va en serio, los medios masivos de comunicación hegemónicos junto con la mayoría de las autoridades públicas de los gobiernos a nivel planetario y, desde luego, los omnipresentes organismos autoproclamados “multilaterales” del tipo FMI y BM entre otros, se han visto en la penosa necesidad de ir reconociendo públicamente y, de seguro a regañadientes, el carácter estructural, de largo plazo y globalizado de la crisis capitalista hoy vigente, tal y como lo han diagnosticando diferentes análisis que, por supuesto, ven más allá de sus narices y, sobre todo, están liberados de la invasiva óptica simplista que encarna la visión neoliberal.
Así lo muestra el común denominador de las declaraciones y debates más recientes que se ventilaron durante las últimas reuniones anuales del Foro Económico Mundial en Davos (enero 2012), el cual no por casualidad fue titulado: “La Gran Transformación. Modelando nuevos modelos”, seguramente en clara alusión a una de las principales obras de Karl Polanyi. En La Gran Transformación que data de 1944, el intelectual alemán, después miembro de primerísima línea de la Sociedad Mont-Perélin, foro ab origine del neoliberalismo, anticipaba el Fin de la Historia humana en la Sociedad Capitalista – ¡mucho después de que David Ricardo propusiera, hacia finales del siglo XIX, su tesis sobre el “estancamiento final” de la civilización en el capitalismo; y, por supuesto, muchísimo tiempo antes de que el mediocre best-seller de Francis Fukuyama “cautivara” al mundo -. La tesis de Polanyi, al igual que la de Ricardo, describía la imposibilidad histórica de ir más allá del capitalismo. Si se quiere: el capitalismo sería la última etapa superior en la evolución del hombre y la sociedad, de la humanidad.
Sin embargo, como el buen neoliberal heterodoxo que fue, Polanyi se refería a la existencia perenne de un capitalismo regulado pues, en contra de las posturas ortodoxas del neoliberalismo de la época, sabía muy bien que el leseferismo y los entusiastas llamados a que el mercado lo podía todo como ordenador armónico de la sociedad eran un disparate. Más acá de esta anécdota en particular, no resulta una curiosidad ociosa preguntarse qué hay detrás de todas estas coincidencias.
Hoy más que nunca resulta un hecho que las acciones que se pretenden aplicar en medio del consenso generalizado por “superar” la crisis del capitalismo en general – y que algunos esperan poder hacerlo sin dejar atrás su rostro más salvaje: la del neoliberalismo ortodoxo – empiezan a convocar el oxímoron del capitalismo humano, el cual también denominan capitalismo civilizado, igualmente, un rabioso eufemismo pues resulta evidente que las lógicas exacerbadas del sistema vigente y, específicamente, el modo de producción capitalista, lo que están poniendo en riesgo es la civilización humana. No sin razón, muchos análisis convergen en caracterizar esta crisis como una crisis civilizatoria.
Examinemos, pues, en que consisten las coincidencias que se propiciaron en el Foro de Davos 2012.
¿De la Gran Recesión a la Gran Crisis?
La primera de ellas tiene que ver con el hecho que Davos se ha visto obligado a reconocer pública y oficialmente – al menos, bajo una disimulada preocupación que contrasta con las versiones anteriores y sin que ello llegue a constituirse en un giro radical en sus perspectivas – que lo que enfrenta el mundo hoy por hoy es una crisis “del” capitalismo y no un desarreglo excepcional “en” el sistema o en alguno de sus “sectores”. No es una casualidad que la pregunta más acuciosa durante las sesiones en el 2012 haya estado en torno al futuro del capitalismo.
Y si bien hasta el momento se acepta veladamente por parte de las élites mundiales que asistimos a una crisis en general, estructural y de largo plazo de la totalidad del sistema capitalista – hay que recordar que estamos hablando de personajes como Klaus Schwab, principal vocero del encuentro y co-fundador del Foro junto a Friedrich Von Hayek, comúnmente reconocido como el Padre del Neoliberalismo -, sí resulta bastante sintomático el hecho que la posición de Davos se deslice hacia la mirada de una crisis “política, económica y, particularmente, financiera”; es decir, involucrando diferentes dimensiones, una perspectiva que desde hace décadas diferentes voces ya habían señalado frente a las equivocadas (mal)interpretaciones que promociona el pensamiento único y convencional del neoliberalismo.
En este aspecto, desde luego, no hay que pedirle peras al olmo. Pero si se revisa el desarrollo de los pronunciamientos que desde el 2010 vienen instalándose en el corazón del Mundo Davos, año en el cual tímidamente se empezaba a sugerir que la crisis encarnaba problemáticas más allá de lo financiero, las élites globales no han tenido otra opción que ir susurrando que esta crisis incluye – aún en sus propios términos titubeantes – otros “sectores” (por esa época proponían además del sector financiero, crisis en la energía y el empleo). Ahora hablan de la existencia de sectores críticos bastante preocupantes, de caráccter político y económico.
Esta situación entonces no debe minimizarse. Una vez estallara el colapso financiero en Wall Street y se extendieran en adelante sus efectos a lo largo y ancho de Europa (y más subrepticiamente a nivel global), la tesis sobre una crisis en general, estructural y de largo plazo “del” sistema ha sido objeto de un ocultamiento sistemático, igualmente de una irresponsable desinformación, desde la tríada hegemónica como una de las fórmulas para continuar manipulando a la opinión pública.
El consenso convencional en este particular ha deseado ubicar esta crisis exclusivamente en el terreno financiero intentado calmar los ánimos y dejar la impresión que la crisis era simplemente un problema que involucraría algunos bancos, puntualmente usamericanos y europeos. Además, pretendía sugerir que el origen de los problemas se relacionaban con algunos “desarreglos” fruto de la inmoralidad de un puñado de especuladores fraudulentos. Esta interpretación convencional intentaba seducir con la idea de que las convulsiones actuales no se relacionan con el funcionamiento del capitalismo como un todo (un sistema no sólo económico sino sobre todo de naturaleza sociopolítica que se reproduce a través de crisis, más allá que esta crisis sea excepcional y plantee desafíos insondables para el futuro de ¡la civilización humana!) sino de una especie de complot orquestado por un grupo irracional de malhechores e inmorales corredores de bolsa que conspiran desde las bolsas de Nueva York, Londrés o París, disipando así las razones verdaderas que causan esta crisis. Vale decir que en las lógicas financieras actuales, las prácticas delincuenciales por más que sean consideradas “legales” son la norma y la lógica estructural del sistema fácilmente ha derivado – antes como hoy – en situaciones de este tipo fruto, sobre todo, de la desrregulación exacerbada (lo cual, no significa que con la “regulación” limitada, como ahora se promueve, los problemas de este tipo se eliminen).
Ahora bien, renombrados analistas y círculos académicos e intelectuales afines al statu quo han reforzado esta idea por otra vía: bautizar la presente crisis como una Gran Recesión, operación que intenta matizar aún más la gravedad de los tiempos presentes.
Esta nominación, además de reconocer – en algún sentido – la inocultable magnitud de esta crisis, simultáneamente ha tenido el efecto de impedir cualquier tipo de remembranza que asimile la actualidad a la tristemente célebre Gran Depresión mundial de la década de los 30s, la cual – no olvidemos, en ese momento – amenazó con arriesgar la continuidad del capitalismo hasta ese entonces conocido, obligando una recomposición de fondo del sistema con el fin de garantizar su continuidad. En ese trance se deben incluir dos Guerras Mundiales, la profundización del imperialismo neo-colonial – con la opresión y explotación en la “nueva relación” entre los países del centro y de la periferia – y la prórroga del liberalismo económico que venía practicándose desde el inicio del siglo XX en la construcción del Estado de Bienestar.
La idea de presentar esta crisis simplemente como una “recesión” tiene cada vez mayores dificultades para convencer del todo a la opinión pública alrededor del mundo del carácter provisional y quizás incluso – tal y como se atrevieron algunos a corroborar – efímero de esta crisis. Se ha visto también que resulta ser un argumento cada vez menos versátil para reconducir, aún en lo subjetivo, las tensiones y malestares de todo tipo que vienen profundizándose entre las grandes mayorías empobrecidas (desde los mal-llamados “miserables” y pobres, hasta las clases medias indignadas). Igualmente, cada vez más inconsistente para calmar los ánimos de rebelión y luchas que vienen acumulándose desde hace un par de décadas y que hoy se manifiestan – a su manera y según su contexto – “activamente”.
La evolución y, especialmente, los graves efectos directos o colaterales que se desprenden de esta crisis (hablamos de las múltiples crisis que convergen en esta crisis: alimenticia, energética, medioambiental, biológica, económica – a nivel productivo, financiero tanto en el sector público como privado -, política, epistémica y, por supuesto, social) son demasiado contundentes y día tras día resultan incontrovertibles como para seguir sosteniendo con algún tipo de validez social o productividad política todos estos engaños o, incluso, darle credibilidad a las “salidas” que se proponen desde el establishment mundial.
Es lógico que, ante un diagnóstico “errado” por parte de las élites mundiales, aunque también hay que decirlo: muy funcional para mantener (y aprovechando esta oportunidad, acrecentar) sus propios intereses y ganancias, las mentadas salidas a la crisis no resultan tales y, por el contrario, la seguirán profundizando.
¿La Gran Transformación?
Más allá de los mea culpa que comentamos y que podrían interpretarse como triunfos relativos en el terreno ideológico frente a la visión única del neoliberalismo, no hay que ser incautos optimistas de cara a las “alternativas” que se intentan construir en este tipo de reuniones, insistimos, axis mundi de la ideología dominante.
Es lógico que tanto el “futuro” como las “salidas” a la crisis actual, avaladas en espacios como Davos, no sean otros que las de la mirada neoliberal.
Sin embargo, fruto de la crisis epistémica e ideológica por la que atraviesa el capitalismo neoliberal hoy, habría que registrar que el convencionalismo reinante de las últimas décadas ha sufrido varios golpes – afortunadamente no desde la teoría abstracta sino desde las realidades concretas. Teniendo en cuenta ese trance, hoy se busca consolidar “nuevos” referentes. Eso sí, sin extralimitar en ningún momento su identidad ideológica fundamental.
La actual crisis ha acelerado una reconfiguración al interior del neoliberalismo en general inadvertida pero que se ha venido gestando desde los últimos años del siglo pasado, a través del relevo en la hegemonía que habían disfrutado dentro de esa ideología las posiciones neoliberales ortodoxas, en su gran mayoría de inspiración laissezferista (laissez-faire, laissez-passer, “dejar hacer, dejar pasar”). Esta vez, la renovación del ideario neoliberal se abre paso desde otras posturas igualmente neoliberales pero heterodoxas, sendero que permite la recomposición emergente del capitalismo neoliberal con el fin de enfrentar las vicisitudes que le plantean los nuevos tiempos y ante los cuales el extremismo ortodoxo no parece ofrecer ya respuestas viables (sobre todo, desde el punto de vista político-económico).
La heterodoxia neoliberal históricamente se ha caracterizado por ser crítica del exagerado – y en su opinión: peligroso – libertinaje de los mercados (desregulación a limine) profesado por la ortodoxia convencional y puesto en práctica durante décadas. No obstante y al mismo tiempo, esta heterodoxia es fiel defensora de lo que considera las auténticas “libertades del mercado”: máxima libertad para los mercados pero con “regulaciones oportunistas”, es decir, arbitrajes ocasionales desde la autoridad pública dirigidos a “corregir” puntual, eventual y momentáneamente los fallos del mercado (el proceso de acumulación capitalista) y, en algunos casos, los resultados sociales que en adelante puedan obstruir sus lógicas. La presencia del Estado se justifica entonces en función exclusiva del Mercado, a la manera de una acción “quirúrgica” y provisional. El emergente neoliberalismo heterodoxo – al unísono con las posturas de la ortodoxia, desde luego – se opone radicalmente tanto al intervencionismo estatal (por ejemplo, el capitalismo keynesiano) como a la planificación centralizada (prototipo de la mayoría de los extintos socialismos estatales).
Ahora bien, este tránsito al interior del neoliberalismo no sólo se despliega desde las cuestiones abstractas relativas al sistema de pensamiento (guías ideológicas e intelectuales). Por supuesto, influye en la renovación de sus prácticas concretas (programas y medidas en el terreno de las políticas públicas).
El Mundo Davos y las voces dirigentes del mundo continúan entonces sosteniendo que esta crisis se está, se viene y se seguirá resolviendo no sólo con más capitalismo (matriz y raíz de la actual crisis) sino, aún peor: con más neoliberalismo, fase del capitalismo en la cual se han exacerbado las principales contradicciones del sistema y que, no sin razón, se lo ha denominado coloquialmente: capitalismo salvaje.
No obstante, el Foro 2012 aporta elementos adicionales para seguir testificando la obstinada cristalización ideológica del proyecto hegemónico.
Decíamos que resulta ser todo menos que una simple casualidad que esta versión de Davos lleve por título: La Gran Transformación. Modelando nuevos modelos. Desde una interpretación más aguda, ¿a qué puede convocar esta “Gran Transformación” y la novedad que supondría su invitación? Volvamos a Polanyi.
La obra de Polanyi describía lo que se consideraba en aquella época la causa fundamental del desorden económico del sistema capitalista de mediados del siglo XX: la autorregulación del mercado. Esta fue una respuesta ideológica a la Gran Depresión de los 30s la cual tuvo como salida ideas, prácticas y la construcción de instituciones “redistributivas” (de tipo económico pero que repercutieron en lo político desde el punto de vista del “equilibrio” en el poder de clase) que iban “desde formas keynesianas hasta fascistas”. Sin embargo, la perspectiva keynesiana sirvió finalmente como la base ideológica para el orden capitalista de postguerra frente a los defensores del liberalismo puro quienes interpretaban en la tendencia hacia la autorregulación de la sociedad organizada en torno al Mercado como el fin de la Historia. Fueron los neoliberales, desde la heterodoxia pero especialmente desde la ortodoxia, quienes se constituyeron en los críticos más acérrimos del keynesianismo pues si bien bajo esta fórmula se lograría mantener el presupuesto imprescindible de “garantizar” la continuidad del proyecto económico y político del capitalismo había que avanzar en la historia de la mano de un nuevo liberalismo contemporáneo, desde luego, ajustado a la novedad de los tiempos que instalaba el capitalismo tardío.
Antes como hoy, los llamados neoliberales ponen de presente la necesidad de una “vuelta” al Estado como principal herramienta para regenerar al capitalismo convaleciente.
En este aspecto subsiste mucha confusión y, por lo general, un irreflexivo pensamiento mágico que observa en el “fortalecimiento” de las acciones y la mayor presencia estatales un atentado automático contra el neoliberalismo. En estas posturas la reflexión de que el Estado y su aparato tienen un carácter de clase y por lo tanto, son capitalistas en general, y hoy neoliberales en particular, brilla por su ausencia. Dentro del capitalismo el Estado se encuentra subordinado (positiva o negativamente) al mercado, pero subordinado al fin y al cabo, con lo cual resulta funcional al régimen de acumulación, a pesar que en momentos como éste, se puedan verificar ciertas situaciones en donde el Estado capitalista parezca en principio “ir contra” el proceso de la acumulación capitalista y mantenga – digámoslo así – cierta autonomía relativa pues, al final de cuentas, es la institución social más poderosa que podría eventualmente garantizar la “normalidad” del proceso.
La Gran Transformación que se anima es, pues, la de recomponer el capitalismo de mercado – en concepto de la hegemonía, la única opción – intentando estabilizarlo a través de la no-acción del Estado, es decir, a través del aparato estatal como regulador (eventual) de los “fallos del mercado”, cuestión que resulta diferente de la inacción del Estado (profesada por el neoliberalismo ortodoxo) y que tampoco debe confundirse con la acción estatal que supondrían la intervención (sostenida) o planificación del Estado.
!Antineoliberalismo! (pero anticapitalista)
Si se considerara con seriedad los análisis rigurosos y las caracterizaciones probas en torno a la crisis actual (insistimos: de naturaleza civilizatoria), las salidas necesariamente deben incorporar una perspectiva no únicamente antineoliberal sino decididamente anticapitalista. Expliquémoslo mejor.
Por lo general, en el primer caso, el antineoliberalismo se ha agotado en señalar “críticamente” al hoy anacrónico viejo neoliberalismo ortodoxo de las últimas décadas apuntando hacia el también desgastado Consenso de Washington, es decir, al decálogo de políticas económicas allí resumidas. En este caso, no se percata que el neoliberalismo es un proyecto social y político de clase imposible de reducir a un programa específico de políticas públicas, sean éstas económicas o “sociales”. Tampoco advierte el proceso emergente hoy en marcha de recomposición del capitalismo centrado en el “mercado” – vale decir, los intereses privados dominantes de naturaleza neoliberal – y el cambio de estrategia asociada a la necesidad de dotar con regulacionismo estatal al proceso de acumulación neoliberal.
Hablar entonces de una supuesta era post-neoliberal sin verificar cambios (o posibles futuras transformaciones, es decir, “otro” proyecto social y político), por lo menos en la estructura y la funcionalidad del régimen económico político actual resulta ser demasiado osado y, en mi concepto, políticamente peligroso. No es válido afirmar la superación progresiva del neoliberalismo simplemente bajo la sospecha de verificar la (mayor o menor) presencia estatal – para los defensores de este tipo de argumentos, “activa” – o el cambio en un par de políticas económicas que ni reforman ni reformulan la matriz del neoliberalismo. Por el contrario, en muchos casos reales en la región latinoamericana, la supuestas reformas antineoliberales, la dejan intacta. Incluso, algunos van más allá y presumen verificar la aurora “post”-neoliberal con la excusa de una serie de políticas que se autoproclaman “sociales” y “redistributivas”, sin poner en cuestión el espectro amplio, político y económico, del neoliberalismo que venimos hablando.
Un antineoliberalismo (el cual puede identificarse fácilmente con posiciones contrarias al neoliberalismo ortodoxo pero no al neoliberalismo capitalista, tal y como sucede con las posturas heterodoxas fielmente neoliberales) sin el adjetivo anticapitalista propone ser tal vez una de las mayores encrucijadas políticas de la actualidad.
Una salida antineoliberal que no retorne nuevamente al neoliberalismo (así sea de otro tipo, llámese “regulado”, con “rostro humano”, todos ellos y en todo caso, neoliberales) debe convocar la destitución (y no el mantenimiento o la restitución) del neoliberalismo real. Ello significa ante todo una actitud contra el neoliberalismo, en todas sus versiones y, principalmente, des-andar el espinoso camino de las décadas anteriores y, en simultáneo, la instalación progresiva de otro régimen económico guiado e inspirado en otro proyecto político.
Por ejemplo, la vorágine de discursos y el cándido paroxismo generado sobre todo por la supuesta novedad del emergente nuevo desarrollismo en América Latina y el Caribe, el cual en sus teorías y, especialmente, en sus prácticas resulta ser simplemente un neoliberalismo regulado (es antineoliberal frente al programa de políticas promovidas por la ortodoxia pero no discute el “modelo”) se sintoniza consistentemente con el proyecto hegemónico actual y por las mismas razones resulta ser una sin-salida para la crisis actual. Quizás, lo más desaventurado de este desarrollismo neoliberal es su capacidad para “atrapar” y deshacer, precisamente “vía” el Estado, las múltiples resistencias que desde hace varias décadas se han gestado desde los pueblos de la región, no como una moda sino fruto de la descomposición y malestar de las realidades sociales que produjo y sigue produciendo el capitalismo neoliberal hoy vigente, y que han mostrado la posibilidad de auténticas alternativas ante el statu quo (2).
(1) Sobre aspectos históricos y recientes del Foro, cfr. Puello-Socarrás, J.F., “DAVOS 2010: una cacofonía entonada en RE mayor” en: www.colombiadesdeafuera.wordpress.com .
(2) Para los más absortos, existen teóricamente y en concreto, diversas experiencias históricas de neoliberalismos regulados y “desarrollistas”, inclusive, vinculados con intereses industriales-exportadores. No se debe prolongarse la confusión según la cual el neoliberalismo se opone necesaria e insalvablemente al desarrollismo.
Así lo muestra el común denominador de las declaraciones y debates más recientes que se ventilaron durante las últimas reuniones anuales del Foro Económico Mundial en Davos (enero 2012), el cual no por casualidad fue titulado: “La Gran Transformación. Modelando nuevos modelos”, seguramente en clara alusión a una de las principales obras de Karl Polanyi. En La Gran Transformación que data de 1944, el intelectual alemán, después miembro de primerísima línea de la Sociedad Mont-Perélin, foro ab origine del neoliberalismo, anticipaba el Fin de la Historia humana en la Sociedad Capitalista – ¡mucho después de que David Ricardo propusiera, hacia finales del siglo XIX, su tesis sobre el “estancamiento final” de la civilización en el capitalismo; y, por supuesto, muchísimo tiempo antes de que el mediocre best-seller de Francis Fukuyama “cautivara” al mundo -. La tesis de Polanyi, al igual que la de Ricardo, describía la imposibilidad histórica de ir más allá del capitalismo. Si se quiere: el capitalismo sería la última etapa superior en la evolución del hombre y la sociedad, de la humanidad.
Sin embargo, como el buen neoliberal heterodoxo que fue, Polanyi se refería a la existencia perenne de un capitalismo regulado pues, en contra de las posturas ortodoxas del neoliberalismo de la época, sabía muy bien que el leseferismo y los entusiastas llamados a que el mercado lo podía todo como ordenador armónico de la sociedad eran un disparate. Más acá de esta anécdota en particular, no resulta una curiosidad ociosa preguntarse qué hay detrás de todas estas coincidencias.
Hoy más que nunca resulta un hecho que las acciones que se pretenden aplicar en medio del consenso generalizado por “superar” la crisis del capitalismo en general – y que algunos esperan poder hacerlo sin dejar atrás su rostro más salvaje: la del neoliberalismo ortodoxo – empiezan a convocar el oxímoron del capitalismo humano, el cual también denominan capitalismo civilizado, igualmente, un rabioso eufemismo pues resulta evidente que las lógicas exacerbadas del sistema vigente y, específicamente, el modo de producción capitalista, lo que están poniendo en riesgo es la civilización humana. No sin razón, muchos análisis convergen en caracterizar esta crisis como una crisis civilizatoria.
Examinemos, pues, en que consisten las coincidencias que se propiciaron en el Foro de Davos 2012.
¿De la Gran Recesión a la Gran Crisis?
La primera de ellas tiene que ver con el hecho que Davos se ha visto obligado a reconocer pública y oficialmente – al menos, bajo una disimulada preocupación que contrasta con las versiones anteriores y sin que ello llegue a constituirse en un giro radical en sus perspectivas – que lo que enfrenta el mundo hoy por hoy es una crisis “del” capitalismo y no un desarreglo excepcional “en” el sistema o en alguno de sus “sectores”. No es una casualidad que la pregunta más acuciosa durante las sesiones en el 2012 haya estado en torno al futuro del capitalismo.
Y si bien hasta el momento se acepta veladamente por parte de las élites mundiales que asistimos a una crisis en general, estructural y de largo plazo de la totalidad del sistema capitalista – hay que recordar que estamos hablando de personajes como Klaus Schwab, principal vocero del encuentro y co-fundador del Foro junto a Friedrich Von Hayek, comúnmente reconocido como el Padre del Neoliberalismo -, sí resulta bastante sintomático el hecho que la posición de Davos se deslice hacia la mirada de una crisis “política, económica y, particularmente, financiera”; es decir, involucrando diferentes dimensiones, una perspectiva que desde hace décadas diferentes voces ya habían señalado frente a las equivocadas (mal)interpretaciones que promociona el pensamiento único y convencional del neoliberalismo.
En este aspecto, desde luego, no hay que pedirle peras al olmo. Pero si se revisa el desarrollo de los pronunciamientos que desde el 2010 vienen instalándose en el corazón del Mundo Davos, año en el cual tímidamente se empezaba a sugerir que la crisis encarnaba problemáticas más allá de lo financiero, las élites globales no han tenido otra opción que ir susurrando que esta crisis incluye – aún en sus propios términos titubeantes – otros “sectores” (por esa época proponían además del sector financiero, crisis en la energía y el empleo). Ahora hablan de la existencia de sectores críticos bastante preocupantes, de caráccter político y económico.
Esta situación entonces no debe minimizarse. Una vez estallara el colapso financiero en Wall Street y se extendieran en adelante sus efectos a lo largo y ancho de Europa (y más subrepticiamente a nivel global), la tesis sobre una crisis en general, estructural y de largo plazo “del” sistema ha sido objeto de un ocultamiento sistemático, igualmente de una irresponsable desinformación, desde la tríada hegemónica como una de las fórmulas para continuar manipulando a la opinión pública.
El consenso convencional en este particular ha deseado ubicar esta crisis exclusivamente en el terreno financiero intentado calmar los ánimos y dejar la impresión que la crisis era simplemente un problema que involucraría algunos bancos, puntualmente usamericanos y europeos. Además, pretendía sugerir que el origen de los problemas se relacionaban con algunos “desarreglos” fruto de la inmoralidad de un puñado de especuladores fraudulentos. Esta interpretación convencional intentaba seducir con la idea de que las convulsiones actuales no se relacionan con el funcionamiento del capitalismo como un todo (un sistema no sólo económico sino sobre todo de naturaleza sociopolítica que se reproduce a través de crisis, más allá que esta crisis sea excepcional y plantee desafíos insondables para el futuro de ¡la civilización humana!) sino de una especie de complot orquestado por un grupo irracional de malhechores e inmorales corredores de bolsa que conspiran desde las bolsas de Nueva York, Londrés o París, disipando así las razones verdaderas que causan esta crisis. Vale decir que en las lógicas financieras actuales, las prácticas delincuenciales por más que sean consideradas “legales” son la norma y la lógica estructural del sistema fácilmente ha derivado – antes como hoy – en situaciones de este tipo fruto, sobre todo, de la desrregulación exacerbada (lo cual, no significa que con la “regulación” limitada, como ahora se promueve, los problemas de este tipo se eliminen).
Ahora bien, renombrados analistas y círculos académicos e intelectuales afines al statu quo han reforzado esta idea por otra vía: bautizar la presente crisis como una Gran Recesión, operación que intenta matizar aún más la gravedad de los tiempos presentes.
Esta nominación, además de reconocer – en algún sentido – la inocultable magnitud de esta crisis, simultáneamente ha tenido el efecto de impedir cualquier tipo de remembranza que asimile la actualidad a la tristemente célebre Gran Depresión mundial de la década de los 30s, la cual – no olvidemos, en ese momento – amenazó con arriesgar la continuidad del capitalismo hasta ese entonces conocido, obligando una recomposición de fondo del sistema con el fin de garantizar su continuidad. En ese trance se deben incluir dos Guerras Mundiales, la profundización del imperialismo neo-colonial – con la opresión y explotación en la “nueva relación” entre los países del centro y de la periferia – y la prórroga del liberalismo económico que venía practicándose desde el inicio del siglo XX en la construcción del Estado de Bienestar.
La idea de presentar esta crisis simplemente como una “recesión” tiene cada vez mayores dificultades para convencer del todo a la opinión pública alrededor del mundo del carácter provisional y quizás incluso – tal y como se atrevieron algunos a corroborar – efímero de esta crisis. Se ha visto también que resulta ser un argumento cada vez menos versátil para reconducir, aún en lo subjetivo, las tensiones y malestares de todo tipo que vienen profundizándose entre las grandes mayorías empobrecidas (desde los mal-llamados “miserables” y pobres, hasta las clases medias indignadas). Igualmente, cada vez más inconsistente para calmar los ánimos de rebelión y luchas que vienen acumulándose desde hace un par de décadas y que hoy se manifiestan – a su manera y según su contexto – “activamente”.
La evolución y, especialmente, los graves efectos directos o colaterales que se desprenden de esta crisis (hablamos de las múltiples crisis que convergen en esta crisis: alimenticia, energética, medioambiental, biológica, económica – a nivel productivo, financiero tanto en el sector público como privado -, política, epistémica y, por supuesto, social) son demasiado contundentes y día tras día resultan incontrovertibles como para seguir sosteniendo con algún tipo de validez social o productividad política todos estos engaños o, incluso, darle credibilidad a las “salidas” que se proponen desde el establishment mundial.
Es lógico que, ante un diagnóstico “errado” por parte de las élites mundiales, aunque también hay que decirlo: muy funcional para mantener (y aprovechando esta oportunidad, acrecentar) sus propios intereses y ganancias, las mentadas salidas a la crisis no resultan tales y, por el contrario, la seguirán profundizando.
¿La Gran Transformación?
Más allá de los mea culpa que comentamos y que podrían interpretarse como triunfos relativos en el terreno ideológico frente a la visión única del neoliberalismo, no hay que ser incautos optimistas de cara a las “alternativas” que se intentan construir en este tipo de reuniones, insistimos, axis mundi de la ideología dominante.
Es lógico que tanto el “futuro” como las “salidas” a la crisis actual, avaladas en espacios como Davos, no sean otros que las de la mirada neoliberal.
Sin embargo, fruto de la crisis epistémica e ideológica por la que atraviesa el capitalismo neoliberal hoy, habría que registrar que el convencionalismo reinante de las últimas décadas ha sufrido varios golpes – afortunadamente no desde la teoría abstracta sino desde las realidades concretas. Teniendo en cuenta ese trance, hoy se busca consolidar “nuevos” referentes. Eso sí, sin extralimitar en ningún momento su identidad ideológica fundamental.
La actual crisis ha acelerado una reconfiguración al interior del neoliberalismo en general inadvertida pero que se ha venido gestando desde los últimos años del siglo pasado, a través del relevo en la hegemonía que habían disfrutado dentro de esa ideología las posiciones neoliberales ortodoxas, en su gran mayoría de inspiración laissezferista (laissez-faire, laissez-passer, “dejar hacer, dejar pasar”). Esta vez, la renovación del ideario neoliberal se abre paso desde otras posturas igualmente neoliberales pero heterodoxas, sendero que permite la recomposición emergente del capitalismo neoliberal con el fin de enfrentar las vicisitudes que le plantean los nuevos tiempos y ante los cuales el extremismo ortodoxo no parece ofrecer ya respuestas viables (sobre todo, desde el punto de vista político-económico).
La heterodoxia neoliberal históricamente se ha caracterizado por ser crítica del exagerado – y en su opinión: peligroso – libertinaje de los mercados (desregulación a limine) profesado por la ortodoxia convencional y puesto en práctica durante décadas. No obstante y al mismo tiempo, esta heterodoxia es fiel defensora de lo que considera las auténticas “libertades del mercado”: máxima libertad para los mercados pero con “regulaciones oportunistas”, es decir, arbitrajes ocasionales desde la autoridad pública dirigidos a “corregir” puntual, eventual y momentáneamente los fallos del mercado (el proceso de acumulación capitalista) y, en algunos casos, los resultados sociales que en adelante puedan obstruir sus lógicas. La presencia del Estado se justifica entonces en función exclusiva del Mercado, a la manera de una acción “quirúrgica” y provisional. El emergente neoliberalismo heterodoxo – al unísono con las posturas de la ortodoxia, desde luego – se opone radicalmente tanto al intervencionismo estatal (por ejemplo, el capitalismo keynesiano) como a la planificación centralizada (prototipo de la mayoría de los extintos socialismos estatales).
Ahora bien, este tránsito al interior del neoliberalismo no sólo se despliega desde las cuestiones abstractas relativas al sistema de pensamiento (guías ideológicas e intelectuales). Por supuesto, influye en la renovación de sus prácticas concretas (programas y medidas en el terreno de las políticas públicas).
El Mundo Davos y las voces dirigentes del mundo continúan entonces sosteniendo que esta crisis se está, se viene y se seguirá resolviendo no sólo con más capitalismo (matriz y raíz de la actual crisis) sino, aún peor: con más neoliberalismo, fase del capitalismo en la cual se han exacerbado las principales contradicciones del sistema y que, no sin razón, se lo ha denominado coloquialmente: capitalismo salvaje.
No obstante, el Foro 2012 aporta elementos adicionales para seguir testificando la obstinada cristalización ideológica del proyecto hegemónico.
Decíamos que resulta ser todo menos que una simple casualidad que esta versión de Davos lleve por título: La Gran Transformación. Modelando nuevos modelos. Desde una interpretación más aguda, ¿a qué puede convocar esta “Gran Transformación” y la novedad que supondría su invitación? Volvamos a Polanyi.
La obra de Polanyi describía lo que se consideraba en aquella época la causa fundamental del desorden económico del sistema capitalista de mediados del siglo XX: la autorregulación del mercado. Esta fue una respuesta ideológica a la Gran Depresión de los 30s la cual tuvo como salida ideas, prácticas y la construcción de instituciones “redistributivas” (de tipo económico pero que repercutieron en lo político desde el punto de vista del “equilibrio” en el poder de clase) que iban “desde formas keynesianas hasta fascistas”. Sin embargo, la perspectiva keynesiana sirvió finalmente como la base ideológica para el orden capitalista de postguerra frente a los defensores del liberalismo puro quienes interpretaban en la tendencia hacia la autorregulación de la sociedad organizada en torno al Mercado como el fin de la Historia. Fueron los neoliberales, desde la heterodoxia pero especialmente desde la ortodoxia, quienes se constituyeron en los críticos más acérrimos del keynesianismo pues si bien bajo esta fórmula se lograría mantener el presupuesto imprescindible de “garantizar” la continuidad del proyecto económico y político del capitalismo había que avanzar en la historia de la mano de un nuevo liberalismo contemporáneo, desde luego, ajustado a la novedad de los tiempos que instalaba el capitalismo tardío.
Antes como hoy, los llamados neoliberales ponen de presente la necesidad de una “vuelta” al Estado como principal herramienta para regenerar al capitalismo convaleciente.
En este aspecto subsiste mucha confusión y, por lo general, un irreflexivo pensamiento mágico que observa en el “fortalecimiento” de las acciones y la mayor presencia estatales un atentado automático contra el neoliberalismo. En estas posturas la reflexión de que el Estado y su aparato tienen un carácter de clase y por lo tanto, son capitalistas en general, y hoy neoliberales en particular, brilla por su ausencia. Dentro del capitalismo el Estado se encuentra subordinado (positiva o negativamente) al mercado, pero subordinado al fin y al cabo, con lo cual resulta funcional al régimen de acumulación, a pesar que en momentos como éste, se puedan verificar ciertas situaciones en donde el Estado capitalista parezca en principio “ir contra” el proceso de la acumulación capitalista y mantenga – digámoslo así – cierta autonomía relativa pues, al final de cuentas, es la institución social más poderosa que podría eventualmente garantizar la “normalidad” del proceso.
La Gran Transformación que se anima es, pues, la de recomponer el capitalismo de mercado – en concepto de la hegemonía, la única opción – intentando estabilizarlo a través de la no-acción del Estado, es decir, a través del aparato estatal como regulador (eventual) de los “fallos del mercado”, cuestión que resulta diferente de la inacción del Estado (profesada por el neoliberalismo ortodoxo) y que tampoco debe confundirse con la acción estatal que supondrían la intervención (sostenida) o planificación del Estado.
!Antineoliberalismo! (pero anticapitalista)
Si se considerara con seriedad los análisis rigurosos y las caracterizaciones probas en torno a la crisis actual (insistimos: de naturaleza civilizatoria), las salidas necesariamente deben incorporar una perspectiva no únicamente antineoliberal sino decididamente anticapitalista. Expliquémoslo mejor.
Por lo general, en el primer caso, el antineoliberalismo se ha agotado en señalar “críticamente” al hoy anacrónico viejo neoliberalismo ortodoxo de las últimas décadas apuntando hacia el también desgastado Consenso de Washington, es decir, al decálogo de políticas económicas allí resumidas. En este caso, no se percata que el neoliberalismo es un proyecto social y político de clase imposible de reducir a un programa específico de políticas públicas, sean éstas económicas o “sociales”. Tampoco advierte el proceso emergente hoy en marcha de recomposición del capitalismo centrado en el “mercado” – vale decir, los intereses privados dominantes de naturaleza neoliberal – y el cambio de estrategia asociada a la necesidad de dotar con regulacionismo estatal al proceso de acumulación neoliberal.
Hablar entonces de una supuesta era post-neoliberal sin verificar cambios (o posibles futuras transformaciones, es decir, “otro” proyecto social y político), por lo menos en la estructura y la funcionalidad del régimen económico político actual resulta ser demasiado osado y, en mi concepto, políticamente peligroso. No es válido afirmar la superación progresiva del neoliberalismo simplemente bajo la sospecha de verificar la (mayor o menor) presencia estatal – para los defensores de este tipo de argumentos, “activa” – o el cambio en un par de políticas económicas que ni reforman ni reformulan la matriz del neoliberalismo. Por el contrario, en muchos casos reales en la región latinoamericana, la supuestas reformas antineoliberales, la dejan intacta. Incluso, algunos van más allá y presumen verificar la aurora “post”-neoliberal con la excusa de una serie de políticas que se autoproclaman “sociales” y “redistributivas”, sin poner en cuestión el espectro amplio, político y económico, del neoliberalismo que venimos hablando.
Un antineoliberalismo (el cual puede identificarse fácilmente con posiciones contrarias al neoliberalismo ortodoxo pero no al neoliberalismo capitalista, tal y como sucede con las posturas heterodoxas fielmente neoliberales) sin el adjetivo anticapitalista propone ser tal vez una de las mayores encrucijadas políticas de la actualidad.
Una salida antineoliberal que no retorne nuevamente al neoliberalismo (así sea de otro tipo, llámese “regulado”, con “rostro humano”, todos ellos y en todo caso, neoliberales) debe convocar la destitución (y no el mantenimiento o la restitución) del neoliberalismo real. Ello significa ante todo una actitud contra el neoliberalismo, en todas sus versiones y, principalmente, des-andar el espinoso camino de las décadas anteriores y, en simultáneo, la instalación progresiva de otro régimen económico guiado e inspirado en otro proyecto político.
Por ejemplo, la vorágine de discursos y el cándido paroxismo generado sobre todo por la supuesta novedad del emergente nuevo desarrollismo en América Latina y el Caribe, el cual en sus teorías y, especialmente, en sus prácticas resulta ser simplemente un neoliberalismo regulado (es antineoliberal frente al programa de políticas promovidas por la ortodoxia pero no discute el “modelo”) se sintoniza consistentemente con el proyecto hegemónico actual y por las mismas razones resulta ser una sin-salida para la crisis actual. Quizás, lo más desaventurado de este desarrollismo neoliberal es su capacidad para “atrapar” y deshacer, precisamente “vía” el Estado, las múltiples resistencias que desde hace varias décadas se han gestado desde los pueblos de la región, no como una moda sino fruto de la descomposición y malestar de las realidades sociales que produjo y sigue produciendo el capitalismo neoliberal hoy vigente, y que han mostrado la posibilidad de auténticas alternativas ante el statu quo (2).
(1) Sobre aspectos históricos y recientes del Foro, cfr. Puello-Socarrás, J.F., “DAVOS 2010: una cacofonía entonada en RE mayor” en: www.colombiadesdeafuera.wordpress.com .
(2) Para los más absortos, existen teóricamente y en concreto, diversas experiencias históricas de neoliberalismos regulados y “desarrollistas”, inclusive, vinculados con intereses industriales-exportadores. No se debe prolongarse la confusión según la cual el neoliberalismo se opone necesaria e insalvablemente al desarrollismo.