El primer día de la temporada que pasé junto a mi inquilino corporal, o al menos el instante en que su presencia comenzó a llamar mi atención, sentí un picor punzante sobre el tórax. Levanté mi camiseta para encontrarme con un roncha gorda a la altura de la ultima costilla, como a diez centímetros de mi ombligo. No se trataba de una roncha singular. Más bien de una simple hinchazón en la piel. Supuse que se debería al piquete de algún insecto, quizás cortesía de una chinche o araña. Y pese a la comezón incómoda que me causaba, decidí intentar olvidar el montículo.
El segundo día de la invasión que sufrió mi persona por un ente invertebrado, la roncha amaneció más grande y roja. Ahora era aproximadamente del tamaño de una moneda de cinco pesos. También me picaba más que antes. Sin embargo, aún me autoconvencía con la teoría de que no se trataba más que de un piquete. Podría ser que de zancudo. Quizás lo que sucedía era que me había producido algún tipo de alergia.
Para el tercer día de mi historia, la roncha ya no era tanto un roncha sino una especie de galleta dura. El área que la circundaba estaba evidentemente hinchada. Y la comezón ahora iba acompañada por algo de dolor. Tomé un antihistamínico y unas vitaminas e imploré que la lesión se autolimitara.
El quinto día trajo consigo un cambio drástico. De la galleta dura e inflamada que se escondía bajo mi piel comenzó a surgir un surco rojizo. Era más o menos del ancho de una pluma Bic y se extendía por el costado de mi cuerpo hacia la espalda. Me producía una picazón desquiciante. Resolví que quizás ya había llegado el momento de tomar el asunto con seriedad. Le mostré a mi madre la lesión. Su semblante se ensombreció. Tocó con precaución el área inflamada, estaba ardiendo. La urgencia de consultar a un especialista se hizo imperante.
Así fue como al día siguiente llegué a Médica Sur, al consultorio de la Dra. Hoyo. La dermatóloga observó el surco rozado, que para ese momento ya atravesaba la mitad de mi espalda, y apareció una ligera sonrisa en la comisura de su boca.
Me preguntó si me gustaba el sushi. Contesté que sí, sin estar del todo seguro a qué venía tal interrogación. “¿Qué tan seguido consume usted pescado crudo?”, fue su siguiente pregunta. Pues cada que el bolsillo me lo permite. La sonrisa de la doctora se extendió de lado a lado. Joven lo que usted tiene ahí es un clásico cuadro de Gnatostomiasis, el gusano del sushi.
Al parecer el surco que recorría mi piel se debía al túnel cavado por el nematodo en su migración através de mis tejidos. Noticia que obviamente me dejó congelado. Tenía un gusano paseando por el interior de mi cuerpo. De pronto la laceración cutánea que parecía la marca de un látigo sobre mi espalda, cobró una dimensión aterradora. La doctora me dijo también que el intruso medía entre tres y cinco centímetros y que yo había corrido con mucha suerte porque el parásito había migrado de mi tracto digestivo hacia la pared corporal. No siempre es así, la larva puede ser transportada por el torrente sanguíneo hacia el pulmón, el ojo o el cerebro, en cuyo caso las posibles repercusiones son mucho más graves.
Durante la hora que duró la consulta me enteré de que el llamado gusano del sushi oGnathostoma sp. es un mal sumamente común en Japón. Se trata de un nematodo parasítico de organismos de agua dulce, cuyo ciclo de vida incluye varios estadios larvarios, dos hospederos intermediarios y uno definitivo.Los humanos no figuramos dentro de este ciclo de vida, somos lo que se denomina como hospederos accidentales.
Debido a que es una patología tan común en Oriente, las farmacéuticas han desarrollado un fármaco poderoso que sólo dos pastillitas son capaces de matar al intruso. Pero tuve que aguantar a que importaran el fármaco. No lo vendían en mi pais.Lo que implicó cuatro jornadas más en compañía de mi gusano. Al cabrón le daba por ser más activo de noche. Se deslizaba abriendo mi tejido y me producía ardor y mucha comezón. Al día siguiente, los surcos que dejaba sobre mi dermis, dolían como quemada de tercer grado de sol costeño.Finalmente llegó la medicina. La ingerí inmediatamente con la novedad de que el condenado nematodo tardaría aproximadamente cuarenta y ocho horas en morir. Tiempo durante el que migró erráticamente produciéndome una chinga que no me dejaba ni dormir y el terror de que emergiera por mi nariz o ano fue una constante.Cuando el gusano desapareció del todo me quedé con un sentimiento extraño. Mi roomate corporal de las últimas dos semanas se había esfumado dejando tras de sí un vacío desconcertante. No quiero decir precisamente que lo echara de menos, pero como que ya me había acostumbrado a su presencia.
El segundo día de la invasión que sufrió mi persona por un ente invertebrado, la roncha amaneció más grande y roja. Ahora era aproximadamente del tamaño de una moneda de cinco pesos. También me picaba más que antes. Sin embargo, aún me autoconvencía con la teoría de que no se trataba más que de un piquete. Podría ser que de zancudo. Quizás lo que sucedía era que me había producido algún tipo de alergia.
Para el tercer día de mi historia, la roncha ya no era tanto un roncha sino una especie de galleta dura. El área que la circundaba estaba evidentemente hinchada. Y la comezón ahora iba acompañada por algo de dolor. Tomé un antihistamínico y unas vitaminas e imploré que la lesión se autolimitara.
El quinto día trajo consigo un cambio drástico. De la galleta dura e inflamada que se escondía bajo mi piel comenzó a surgir un surco rojizo. Era más o menos del ancho de una pluma Bic y se extendía por el costado de mi cuerpo hacia la espalda. Me producía una picazón desquiciante. Resolví que quizás ya había llegado el momento de tomar el asunto con seriedad. Le mostré a mi madre la lesión. Su semblante se ensombreció. Tocó con precaución el área inflamada, estaba ardiendo. La urgencia de consultar a un especialista se hizo imperante.
Así fue como al día siguiente llegué a Médica Sur, al consultorio de la Dra. Hoyo. La dermatóloga observó el surco rozado, que para ese momento ya atravesaba la mitad de mi espalda, y apareció una ligera sonrisa en la comisura de su boca.
Me preguntó si me gustaba el sushi. Contesté que sí, sin estar del todo seguro a qué venía tal interrogación. “¿Qué tan seguido consume usted pescado crudo?”, fue su siguiente pregunta. Pues cada que el bolsillo me lo permite. La sonrisa de la doctora se extendió de lado a lado. Joven lo que usted tiene ahí es un clásico cuadro de Gnatostomiasis, el gusano del sushi.
Al parecer el surco que recorría mi piel se debía al túnel cavado por el nematodo en su migración através de mis tejidos. Noticia que obviamente me dejó congelado. Tenía un gusano paseando por el interior de mi cuerpo. De pronto la laceración cutánea que parecía la marca de un látigo sobre mi espalda, cobró una dimensión aterradora. La doctora me dijo también que el intruso medía entre tres y cinco centímetros y que yo había corrido con mucha suerte porque el parásito había migrado de mi tracto digestivo hacia la pared corporal. No siempre es así, la larva puede ser transportada por el torrente sanguíneo hacia el pulmón, el ojo o el cerebro, en cuyo caso las posibles repercusiones son mucho más graves.
Durante la hora que duró la consulta me enteré de que el llamado gusano del sushi oGnathostoma sp. es un mal sumamente común en Japón. Se trata de un nematodo parasítico de organismos de agua dulce, cuyo ciclo de vida incluye varios estadios larvarios, dos hospederos intermediarios y uno definitivo.Los humanos no figuramos dentro de este ciclo de vida, somos lo que se denomina como hospederos accidentales.
Debido a que es una patología tan común en Oriente, las farmacéuticas han desarrollado un fármaco poderoso que sólo dos pastillitas son capaces de matar al intruso. Pero tuve que aguantar a que importaran el fármaco. No lo vendían en mi pais.Lo que implicó cuatro jornadas más en compañía de mi gusano. Al cabrón le daba por ser más activo de noche. Se deslizaba abriendo mi tejido y me producía ardor y mucha comezón. Al día siguiente, los surcos que dejaba sobre mi dermis, dolían como quemada de tercer grado de sol costeño.Finalmente llegó la medicina. La ingerí inmediatamente con la novedad de que el condenado nematodo tardaría aproximadamente cuarenta y ocho horas en morir. Tiempo durante el que migró erráticamente produciéndome una chinga que no me dejaba ni dormir y el terror de que emergiera por mi nariz o ano fue una constante.Cuando el gusano desapareció del todo me quedé con un sentimiento extraño. Mi roomate corporal de las últimas dos semanas se había esfumado dejando tras de sí un vacío desconcertante. No quiero decir precisamente que lo echara de menos, pero como que ya me había acostumbrado a su presencia.