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El neurocirujano que abrió su propio cráneo entérate por que

Offtopic2/15/2016
¿Se pueden digitalizar los pensamientos? "¿¡Qué diablos es lo que he hecho!?". A Phil Kennedy no le quedó otra opción. Si quería obtener los datos neuronales más precisos de la historia, iba a tener que usar su propio cerebro. Fue así como este neurólogo estadounidense de 67 años pagó 30.000 dólares a un cirujano de Belice, América Central, para que le implantara unos electrodos en el cerebro. Los electrodos habían sido diseñados por el propio Kennedy, e iban a conectar su corteza motora con un ordenador. Todo para lograr la digitalización de los pensamientos, obtener la pieza que falta entre la mente humana y las órdenes verbalizadas por una máquina. Kennedy lleva décadas persiguiendo ese sueño. En 1980 desarrolló interfaces algo invasivas: conectó cables a un cerebro humano y a un computador al mismo tiempo. Más adelante se convirtió en el padre del primer cyborg, pues ayudó a que una mujer con parálisis consiguiera mover el cursor usando su cerebro. Pero si algo caracteriza el trabajo de este investigador es que no se centra en los impulsos eléctricos de la sinapsis, sino en conseguir un decodificacor de lenguaje pensado, es decir, que una máquina sea capaz de descifrar nuestros pensamientos y convertirlos en sonido a través de un altavoz. Sin embargo el sueño de Kennedy se fue desinflando. Se quedó sin dinero y sin pacientes con los que experimentar, también perdió el apoyo de la Administración estadounidense. Kennedy se quedó sin dinero y sin pacientes con los que experimentar, eso desencadenó que en junio de 2014 decidiera utilizar su propio cuerpo Eso desencadenó que en junio de 2014 decidiera utilizar su propio cuerpo: necesitaba un sujeto que aún pudiera hablar. De lo contrario, 29 años de esfuerzo científico podían quedar en nada. Así fue como un día llegó a estar felizmente inconsciente en una mesa de operaciones en Belice, lejos de la FDA. Lo tenía todo previsto: dejó dinero para su entierro y para mantenerlo si la operación salía mal. Al despertar, después de 11 horas de intervención, su cirujano se preguntó: "¿¡Qué diablos es lo que he hecho!?". Kennedy balbuceaba, apenas podía pronunciar palabra ni escribir nada con sentido. Entendía lo que le decían, pero había perdido la capacidad de hablar. Lo tenía todo previsto: dejó dinero para su entierro y para mantenerlo si la operación salía mal Más tarde Kennedy declaró que en ese momento no tenía miedo, que sabía lo que estaba pasando: una hinchazón del cerebro le provacaba la parálisis. Él había realizado la misma cirugía demasiadas veces como para no saberlo. Finalmente el dispositivo electrónico que mediría las señales de su propio cerebro fue implantado con éxito, y Kennedy empezó a recopilar datos a través de la pronunciación de fonemas. Kennedy detectó que una combinación de 65 neuronas se repetía al pronunciar ciertos sonidos en voz alta, y también cuando se imaginaba que los decía, algo clave para desarrollar su decodificador de pensamiento. Su temeridad científica, que muchos colegas han criticado, se ha visto compensada por el interés en sus resultados. Pero Kennedy, que quería vivir con el implante durante años, ha tenido que extraérselo debido al riesgo que entraña: era demasiado grande, y su cráneo nunca llegó a soldarse del todo. A pesar del riesgo y el desembolso, cuatro semanas de buenos datos van a servirle para trabajar durante años.
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