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George RR Martin Danza de Dragones cap 51

Info9/15/2011

THEON


El día se les echó encima tal como lo hizo Stannis: inadvertido.

Invernalia estaba despierta desde hacía horas, sus torres y almenas estaban abarrotadas de hombres con prendas de lana y cotas de malla y pieles esperando un ataque que nunca llegó. Para cuando el cielo empezó a clarear los tambores ya se habían silenciado, aunque los cuernos de guerra se oyeron tres veces más, cada vez un poco más cerca. Y todavía nevaba.

–La tormenta terminará hoy– insistía en voz alta un de los mozos de cuadra supervivientes. –Vamos, ni siquiera es invierno.– Theon se habría reído si se hubiera atrevido. Recordaba las historias que la vieja Tata les había contado sobre tormentas que duraban cuarenta días y cuarenta noches, un año, diez años… tormentas que sepultaban castillos y ciudades y reinos enteros bajo decenas de metros de nieve.

Se sentó en la parte de atrás del Gran Salón, no lejos de los caballos, mirando a Abel, a Rowan, y a una lavandera ratonil de pelo castaño llamada Ardilla mientras se comía unas rebanadas de pan moreno duro fritas en grasa de tocino. Theon desayunó una jarra de cerveza negra, cubierta de levadura y tan espesa que se podía masticar. Unas pocas jarras más, y quizás el plan de Abel no parecería tan descabellado.

Roose Bolton entró bostezando y con los ojos pálidos, acompañado de su regordeta y embarazada esposa, Walda la Gorda. Algunos señores y capitanes le precedían, entre ellos Roger Ryswell. Un poco más alejado en la mesa se sentó Wyman Manderly devorando salchichas y huevos cocidos, mientras a su lado el anciano Lord Locke se llevaba cucharadas de gachas a su boca sin dientes.

Pronto apareció también Lord Ramsay, abrochándose el cinto de la espada mientras se dirigía a la parte delantera de la sala. «Está de un humor de perros esta mañana». Se dio cuenta Theon. «Los tambores le mantuvieron despierto toda la noche», adivinó, «o alguien le ha molestado». Una mala palabra, una mirada aviesa, una sonrisa a destiempo, cualquiera de ellas podía provocar la ira de su señoría y costarle a un hombre una tira de piel. «Por favor, mi señor, no mire hacia aquí». Una mirada era todo lo que hacía falta para que Ramsay lo supiera todo. «Lo verá escrito en mi cara. Lo sabrá. Siempre lo sabe».

Theon se giró hacia Abel. –Esto no va a funcionar– Su voz era tan baja que ni siquiera los caballos podrían haberle escuchado. –Nos cogerán antes de dejar el castillo. Incluso si escapamos, Lord Ramsay nos dará caza, él y Ben Bones y las chicas.

–Lord Stannis está fuera de las murallas, y no lejos por cómo suena. Todo lo que tenemos que hacer es llegar hasta él– Los dedos de Abel bailaban a través de las cuerdas de su laúd. La barba del trovador era castaña, aunque su largo pelo se había vuelto gris en su mayoría. –Si el bastardo viene tras nosotros, puede que viva lo suficiente para arrepentirse.

«Piénsalo», pensó Theon. «Créelo. Dite a ti mismo que es cierto». –Ramsay usará a tus mujeres como presas– le dijo al trovador. –Les dará caza, las violará, y alimentará a sus perros con los cadáveres. Si le proporcionan una buena cacería, puede que les ponga su nombre a su próxima camada de putas. Te desollarán. Él y Despellejador y Damon Baila-para-mí, se lo tomarán como un juego. Les suplicarás que te maten– Sujetó con fuerza el brazo del trovador con su mano tullida. –Juraste que no me dejarías caer en su manos de nuevo. Tengo tu palabra– Necesitaba oírlo otra vez.

–La palabra de Abel– dijo Ardilla. –Tan fuerte como un roble– Abel sólo se encogió de hombros. –Pase lo que pase, mi príncipe.

Arriba en el estrado, Ramsay estaba discutiendo con su padre. Estaban demasiado lejos como para que Theon escuchara sus palabras, pero el miedo en el semblante rosado y rechoncho de Walda la Gorda lo decía todo.

Escuchó a Wyman Manderly pedir más salchichas y a Roger Ryswell riéndose de algún chiste que le había contado el manco Harwood Scout.

Theon se preguntó si llegaría a ver las salas acuosas del Dios Ahogado, o si su espíritu permanecería aquí en Invernalia. «Muerto es muerto. Mejor estar muerto que ser Hediondo». Si el plan de Abel iba mal, Ramsay les proporcionaría una muerte lenta y dolorosa. «Esta vez me desollará desde la cabeza hasta los talones, y por mucho que suplique la agonía no tendrá fin». Ningún dolor que Theon hubiera conocido jamás se acercaba a la agonía que Despellejador podía infligir con su pequeño cuchillo. Abel pronto aprendería esa lección. ¿Y para qué? «Jeyne, su nombre es Jeyne, y sus ojos son del color equivocado». Una actriz interpretando su papel. «Lord Bolton lo sabe, y Ramsay, pero el resto está ciego, incluso este maldito bardo de sonrisas astutas. El chiste es sobre ti, Abel, sobre ti y tus putas asesinas. Vas a morir por la chica equivocada».

Estuvo apunto de decirles la verdad cuando Rowan le había llevado hasta Abel en las ruinas de la Torre Quemada, pero en el último momento contuvo su lengua. El trovador parecía querer huir con la hija de Eddard Stark. Si hubiera sabido que la esposa de Lord Ramsay no era más que la hija de un mayordomo, entonces…

Las puertas del Gran Salón se abrieron con estrépito.

Un viento gélido se filtro formando remolinos, y en al aire una nube de cristales de hielo brilló con reflejos azules y blancos. A través de ella avanzó a grandes pasos Ser Hosteen Frey, con nieve pegada hasta la cintura, y un cuerpo en sus brazos. Todos los hombres sentados en los bancos bajaron sus copas y sus cucharas para mirar el grotesco espectáculo. La sala se silenció.

«Otro asesinato»

La nieve se deslizaba de la capa de Ser Hosteen mientras andaba con paso impetuoso hacia la mesa elevada, sus pasos resonaban en el suelo. Una docena de caballeros Frey y hombres de armas entraron tras él. Uno era un chico que conocía Theon –Walder el Mayor, el pequeño, con cara de zorro y delgado como un palo. Su pecho, sus brazos y su capa estaban salpicados de sangre.

Su olor hizo relinchar a los caballos. Los perros salieron de debajo de las mesas, olisqueando. Los hombres se levantaron de los bancos. El cuerpo en los brazos de Ser Hosteen destellaba a la luz de las antorchas, recubierto de escarcha rosa. El frío exterior había congelado su sangre.

–El hijo de mi hermano Merrett– Hosteen Frey dejó el cuerpo en el suelo frente al estrado. –Matado como un cerdo y escondido bajo un montón de nieve. Un niño.

«Walder el Pequeño», pensó Theon. «El mayor». Echó una mirada a Rowan. «Hay seis» recordó. «Cualquiera de ellas pudo haber hecho esto». Pero la lavandera sintió su mirada. –Esto no fue obra nuestra– dijo.

–Cállate– Le advirtió Abel.

Lord Ramsay descendió del estrado hasta el niño muerto. Su padre se levantó más despacio, con ojos pálidos, rostro inexpresivo, solemne.

–Esto ha sido una villanía– Por una vez la voz de Bolton era lo suficientemente alta como para que pudiera oírla. –¿Dónde se encontró el cuerpo?

–Bajo aquella torre en ruinas, mi señor– contestó Walter el Mayor. –La que tiene las viejas gárgolas– Los guantes del muchacho tenían costras de sangre de su primo. –Le dije que no saliese sólo, pero me contestó que tenía que encontrar a un hombre que le debía plata.

–¿Qué hombre?– exigió saber Ramsay. –Dime su nombre. Señálamelo, chico, y te haré una capa con su piel.

–Nunca me lo dijo, mi señor. Sólo que le ganó la plata a los dados– El chico Frey dudó. –Fue alguno de los hombres de Puerto Blanco que le enseñaron a jugar a los dados. No sabría decir cual, pero fueron ellos.

–Mi señor– retumbó Hosteen Frey. –Conocemos al hombre que hizo esto. Mató a este niño y a todos los demás. No por su propia mano, no. Es demasiado gordo y cobarde para matar él mismo. Pero por orden suya– Se giró hacia Wyman Manderly. –¿Acaso lo niegas?

El Señor de Puerto Blanco mordió una salchicha por la mitad. –Confieso…– Se limpió la grasa de sus labios con la manga. –… Confieso que se poco de este pobre niño. Era el escudero de Lord Ramsay, ¿no? ¿Cuántos años tenía el muchacho?

–Nueve, en su último día del nombre.

–Tan joven– dijo Wyman Manderly. Aunque quizás esto fue una bendición. Si hubiera vivido, se habría convertido en un Frey.

Ser Hosteen dio una fuerte patada a la mesa, tirando los caballetes, e incrustándola en la oronda barriga de Lord Wyman. Las copas y las fuentes volaron, salchichas esparcidas por todos lados, y una docena de hombres de Manderly se puso en pie maldiciendo. Algunos cogieron cuchillos, bandejas, botellones, cualquier cosa que pudiera servir como arma.

Ser Hosteen Fray sacó su mandoble de la vaina y saltó hacía Wyman Manderly. El señor de Puerto Blanco trató de apartarse, pero la mesa le aprisionaba contra la silla. La hoja atravesó tres de sus cuatro barbillas con un rocío de brillante sangre roja. Lady Walda dio un grito y se aferró al brazo de su señor. –Alto– gritó Roose Bolton. –Detened esta locura– Sus hombres se precipitaron hacia adelante mientras los Manderly saltaban sobre los bancos para alcanzar a los Frey. Uno se abalanzó sobre Ser Hosteen con una daga, pero el gran caballero pivotó y le cortó el brazo a la altura del hombro. Lord Wyman se puso en pie, sólo para desplomarse. El Viejo Lord Locke estaba llamando a gritos a un maestre mientras Manderly se caía al suelo como una morsa apaleada en un creciente charco de sangre. A su alrededor los perros se peleaban por las salchichas.

Hicieron falta cuarenta lanceros de Fuerte Terror para separar a los combatientes y poner fin a la carnicería. Para entonces seis hombres de Puerto Blanco y dos Frey yacían muertos sobre el suelo. Una docena más estaban heridos y uno de los Chicos Bastardos, Luton, agonizaba a gritos, lloriqueando por su mamá mientras trataba de volver a meter un puñado de tripas viscosas a través de de una herida en su vientre. Lord Ramsay le silenció, arrancando una lanza de uno de los hombres de Suelas de Acero y atravesando con ella el pecho de Luton. Incluso entonces las vigas del techo aún seguían resonando con gritos e invocaciones y maldiciones, los relinchos de los caballos aterrorizados y los gruñidos de las putas de Ramsay. Walter Suelas de Acero tuvo que golpear con la base de la lanza en el suelo una docena de veces antes de que el salón se silenciara lo suficiente para que se pudiera escuchar a Roose Bolton.

–Veo que todos queréis sangre– dijo el señor de Fuerte Terror. El maestre Rhodry se situó a su lado, con un cuervo en su brazo. El plumaje negro del pájaro brillaba como la parafina a la luz de las antorchas. «Mojado» se dio cuenta Theon. «Y en la mano de su señoría, un pergamino. También estará mojado. Alas negras, noticias negras». –Mejor que usar nuestras espadas los unos contra los otros, podríais usarlas contra Stannis.– Lord Bolton desenrolló el pergamino. –Su hueste no está ni a tres días a caballo de aquí, bloqueada por la nieve y hambrienta, y sobretodo ya estoy cansado de esperar a su gusto. Ser Hosteen, reúne a tus caballeros y hombres de armas en la puerta principal. Como estás tan ansioso por entrar en batalla, tú darás el primer golpe. Lord Wyman, convoca a tus hombres de Puerto Blanco en la puerta este. Ellos también avanzarán.

La espada de Hosteen Frey estaba roja casi hasta la empuñadura. Salpicaduras de sangre moteaban sus mejillas como pecas. Bajó su acero y dijo, –Como ordene mi señor. Pero después de entregarte la cabeza de Stannis Baratheon, pienso terminar de cortar la de Lord Manteca de Cerdo.

Cuatro caballeros de Puerto Blanco habían formado un círculo en torno a Lord Wyman, mientras el maestre Medrick lo atendía para detener el flujo de sangre. –Primero tendrás que pasar sobre nosotros, ser– dijo el mas viejo, un hombre de rostro severo y barba gris cuya sobrevesta manchada de sangre mostraba tres sirenas plateadas sobre un campo violeta.

–Gustosamente. De uno en uno o todos a la vez, no me importa.
–Ya basta– rugió Lord Ramsay, esgrimiendo su lanza llena de sangre. –Otra amenaza, y os destriparé a todos yo mismo. ¡Mi señor padre ha hablado! Guardaos la ira para el pretendiente Stannis.

Roose Bolton asintió con aprobación. –Tal como dice. Habrá tiempo más que suficiente para luchar entre nosotros una vez que hayamos acabado con Stannis– Giró la cabeza, registrando el salón con sus pálidos y fríos ojos hasta que encontró a Abel el bardo junto a Theon. –Trovador– le llamó –ven y cántanos algo que nos tranquilice.

Abel hizo una reverencia. –Si le place a su señoría– Laúd en mano, paseó hacia el estrado, saltando ágilmente sobre un cadáver o dos, y se sentó con las piernas cruzadas sobre la mesa elevada. Cuando empezó a tocar –una triste canción en voz baja que Theon Greyjoy no reconoció – Ser Hosteen, Ser Aenys, y sus colegas Freys se marcharon para sacar sus caballos del salón.

Rowan le agarró el brazo a Theon. –Ese baño. Debe ser ahora.

Él se liberó de su mano. –¿De día? Nos verán.

–La nieve nos ocultará. ¿Estás sordo? Bolton va a hacer avanzar a sus hombres. Tenemos que alcanzar al Rey Stannis antes que ellos.

–Pero…Abel…

–Abel puede defenderse por sí mismo– murmuró Ardilla.

«Esto es una locura. Sin esperanza, estúpida, condenada». Theon apuró los restos de su cerveza y se puso de pie con desgana. –Encuentra a tus hermanas. Hace falta una buena cantidad de agua para llenar la bañera de mi señora.

Ardilla se marchó, caminando sigilosamente como siempre. Rowan sacó a Theon de la sala. Desde que ella y sus hermanas le encontraran en el bosque de dioses, una de ellas había seguido todos sus pasos, sin perderlo nunca de vista. No confiaban en él. «¿Por qué deberían? Yo antes era Hediondo y puede que vuelva a ser Hediondo de nuevo. Hediondo, Hediondo, rima con serpiente»

Fuera aún nevaba. Los muñecos de nieve que habían construido los escuderos se habían convertido en gigantes monstruosos, de tres metros de altura y espantosamente deformes. Paredes blancas se alzaban a cada lado mientras Rowan y él se dirigían al bosque de dioses; los senderos entre torreón y torre y salón se habían convertido en un laberinto de trincheras heladas, excavadas cada hora para mantenerlas desbloqueadas. Era fácil perderse en aquel laberinto helado, pero Theon Greyjoy conocía cada recodo.

Incluso el bosque de dioses se estaba poniendo blanco. Se había formado una capa de hielo sobre el estanque bajo el árbol corazón, y a la cara tallada en su pálido tronco le había crecido un bigote de pequeños carámbanos. A esas alturas no podían esperar tener a los antiguos dioses de su parte. Rowan alejó a Theon de los norteños que rezaban frente al árbol, hasta un punto apartado en la parte de atrás junto al muro de los barracones, al lado de un charco de lodo caliente que apestaba a huevos podridos. Incluso el lodo se estaba congelando por los bordes, vio Theon. –Se acerca el invierno …

Rowan lo miró con severidad. –No tienes derecho a pronunciar las palabras de Lord Eddard. Tú no. Nunca. Después de lo que hiciste

–Tú también mataste a un niño.

–No fuimos nosotras. Te lo dije.

–Las palabras son vanas– «Ellas no son mejores que yo. Somos iguales». –Matasteis a los otros, ¿por qué no a él? Dick el Cobarde

–apestaba tan mal como tú. Un cerdo de hombre.

–Y Walder el Pequeño era un lechón. Matarle provocó el enfrentamiento entre los Freys y los Manderly, eso fue astuto, tú

–Nosotras no– Rowan le cogió por la garganta y lo empujó hacía atrás contra la pared de los barracones, acercando su cara a un par de centímetros de suya. –Dilo otra vez y te arrancaré tu lengua mentirosa, Matarreyes.

Él sonrió a través de sus dientes rotos. –No lo harás. Necesitáis mi lengua para poder traspasar la guardia. Necesitáis mis mentiras.

Rowan le escupió a la cara. Luego le soltó y se restregó sus manos enguantadas contra las piernas, como si el mero hecho de tocarle la hubiera ensuciado.

Theon sabía que no debía provocarla. A su manera, esta era tan peligrosa como Despellejador o Damon Baila-para-mí. Pero tenía frío y estaba cansado, le latía la cabeza, no había dormido en días. –He hecho cosas terribles… me he traicionado a mí mismo, cambiado la capa, ordenado la muerte de hombres que confiaron en mí… pero no soy un matarreyes.

–Los chicos Stark nunca fueron hermanos para ti, sí. Lo sabemos.

Eso era verdad, pero no era lo que Theon había querido decir. «No eran de mi misma sangre, pero incluso así, nunca les hice daño. Los dos que matamos eran sólo los hijos de algún molinero». Theon no quería pensar en su madre. Había conocido a la esposa del molinero desde hacía años, incluso se había acostado con ella. «Unos pechos grandes y pesados con grandes pezones oscuros, una boca dulce, y risa alegre. Dichas que nunca saborearé de nuevo».

Pero no había motivo para contarle a Rowan nada de aquello. Ella nunca creería sus negativas, más de lo que él creería las suyas. –Hay sangre en mis manos, pero no la sangre de hermanos– dijo con cansancio. –Y he sido castigado.

–No lo suficiente– Rowan le dio la espalda.

«Mujer estúpida». Podía ser una criatura rota, pero Theon todavía llevaba una daga. Habría sido sencillo sacarla y hundírsela entre los omóplatos. Todavía era capaz de hacerlo, con dientes rotos y dientes perdidos y demás. Incluso podría ser una gentileza—un fin más rápido y limpio que al que tendrían que enfrentarse ella y sus hermanas cuando Ramsay las cogiera.

Hediondo podría haberlo hecho. Lo habría hecho, con la esperanza de que complacería a Lord Ramsay. Estas putas querían robarle la esposa a Ramsay; Hediondo no podría permitir eso. Pero los antiguos dioses le habían reconocido, le habían llamado Theon. Nacido del Hierro, yo era un nacido del hierro, hijo de Balon Greyjoy y legítimo heredero de Pyke.

Los muñones de sus dedos le picaban y se le crispaban, pero mantuvo su daga en su vaina.

Cuando Ardilla regresó, las otras cuatro estaban con ella: la delgada Myrtle de pelo canoso, Willow Ojo de Bruja con su larga trenza negra, Frenya la de las caderas anchas y enormes pechos, y Holly con su cuchillo. Vestían como sirvientas con prendas de tela basta gris apagado, y capas de lana marrón forradas con piel de conejo blanco. «Sin espadas», vio Theon. «Sin hachas, sin martillos, sin armas salvo cuchillos». La capa de Holly estaba atada con un broche de plata, y Frenya tenía un corsé de hilo de cáñamo que le envolvía desde las caderas hasta los pechos. Le hacía parecer aún más voluminosa de lo que era.

Myrtle tenía vestimentas de sirvienta para Rowan. –Los patios están llenos de idiotas– les advirtió. –Quieren salir a cabalgar.

–Lacayos– dijo Willow, con un bufido de desprecio. –Su señorial señor habló, ellos deben obedecer.

–Van a morir– pió Holly, alegremente. –ellos y nosotros– dijo Theon. –Incluso si logramos traspasar la guardia, ¿como pensáis sacar a Lady Arya?

Holly sonrió. –Seis mujeres entran, seis salen. ¿Quién se fija en unas sirvientas? Vestiremos a la chica Stark como a Ardilla.

Theon miró a Ardilla. «Son más o menos de la misma talla. Podría funcionar». –¿Y como va a salir Ardilla?

Ardilla respondió ella misma. –Por una ventana, directa al bosque de dioses. Tenía doce años la primera vez que mi hermano me llevó cabalgando al sur de vuestro Muro. Así es como conseguí mi apodo. Mi hermano decía que yo era como una ardilla trepando un árbol. Desde entonces he escalado ese Muro seis veces, ida y vuelta. Creo que puedo bajar por una torre de piedra.

–¿Contento, cambiacapas?– preguntó Rowan. –Pongámonos a ello.

La cavernosa cocina de Invernalia ocupaba todo un edificio, bastante apartada de las principales salas y torreones del castillo en caso de incendio. Dentro, los olores cambiaban de hora en hora—un siempre cambiante perfume de carnes asadas, puerros y cebollas, y pan recién hecho. Roose Bolton había apostado guardias en la puerta de la cocina. Con tantas bocas que alimentar, cada migaja de comida era valiosa. Incluso los cocineros y los sirvientes eran vigilados constantemente. Pero los guardias conocían a Hediondo. Les gustaba burlarse de él cuando venía a por agua caliente para el baño de Lady Arya. Aunque ninguno se atrevía a llegar más lejos que eso. Se sabía que Hediondo era la mascota de Lord Ramsay.

–El príncipe de la Peste ha venido por algo de agua caliente– anunció un guardia cuando Theon y sus sirvientas aparecieron delante de él. Les abrió las puertas. –Rápido, antes de que todo ese dulce y cálido aire se escape.

Dentro, Theon cogió por el brazo a un sirviente que pasaba. –Agua caliente para mi señora, chico– ordenó. –Seis cubos llenos, y asegúrate de que sea buena y esté caliente. Lord Ramsay la quiere rosada y limpia.

–Sí, mi señor– dijo el chico. –Ahora mismo, mi señor.

–Ahora mismo– tardó más de lo que a Theon le hubiera gustado. Ninguno de los grandes calderos estaba limpio, así que el sirviente tuvo que fregar uno antes de llenarlo con agua. Entonces pareció tardar una eternidad el que llegara a hervir y dos eternidades llenar seis cubos de madera. Mientras tanto las mujeres de Abel esperaban, con sus rostros ensombrecidos por las capuchas. «Lo están haciendo todo mal». Las sirvientas de verdad siempre estaban provocando a los sirvientes, flirteando con los cocineros, engatusándolos para probar un poco de esto, y un poco de aquello. Rowan y sus maquinadoras hermanas no querían llamar la atención, pero su hosco silencio pronto atrajo las miradas extrañadas de los guardias. –¿Dónde están Maisie y Jez y las otras chicas?– preguntó uno a Theon. –Las habituales.

–Lady Arya estaba descontenta con ellas– mintió. –La última vez el agua estaba fría antes de llegar a la bañera.

El agua caliente llenó el aire de nubes de vapor, derritiendo los copos de nieve mientras caían. La procesión regresó por el laberinto de trincheras con paredes de hielo. El agua se enfriaba con cada paso. Los pasajes estaban obstruidos con tropas: caballeros con armaduras, sobrevestas de lana y capas de piel, hombres de armas con lanzas sobre sus hombros, arqueros portando arcos destensados y haces de flechas, jinetes libres, y mozos de cuadra guiando caballos de guerra. Los hombres de la casa Frey llevaban el emblema de las dos torres, los de Puerto Blanco mostraban un tritón y un tridente. Se abrían paso a través de la tormenta en direcciones opuestas y se vigilaban con cautela mientras pasaban, pero no se sacó ninguna espada. Aquí no. «Quizás fuese diferente allí fuera en los bosques».

Media docena de hombres curtidos de Fuerte Terror vigilaban las puertas del Gran Torreón. –¿Otro maldito baño?– dijo su sargento cuando vio los cubos de agua caliente. Tenía las manos metidas bajo las axilas por el frío. –Se bañó anoche. ¿Cuánto puede ensuciarse una mujer en su propia cama?

«Más de lo que crees, cuando compartes esa cama con Ramsay», pensó Theon, recordando la noche de bodas y las cosas que él y Jeyne habían sido obligados a hacer.

–Orden de Lord Ramsay.

–Entrad, entonces, antes de que se congele el agua– dijo el sargento. Dos de los guardias empujaron las dos puertas para abrirlas.

El portal estaba casi tan frío como el aire de fuera. Holly se sacudió la nieve de las botas y se bajó la capucha de la capa. –Pensé que sería más difícil– Su aliento llenaba el aire de vaho.

–Hay más guardias arriba en los aposentos de mi señor– les advirtió Theon. –Hombres de Ramsay– No se atrevió a llamarlos los Chicos Bastardos, aquí no. Nunca sabías quien podía estar escuchando. –Mantened las cabezas agachadas y las capuchas puestas.

–Haz lo que dice, Holly– dijo Rowan. Hay algunos que reconocerán tu cara. No necesitamos ese contratiempo.

Theon subió el primero por las escaleras. «He subido por estos escalones mil veces antes». De pequeño los habría subido corriendo; bajando, los habría saltado de tres en tres. En cierta ocasión saltó justo encima de la vieja Tata y la tiró al suelo. Eso le hizo ganarse la peor azotaina que tuvo en Invernalia, aunque fue casi afectuosa comparada con las palizas que su hermano solía propinarle en Pyke. Él y Robb habían luchado muchas épicas batallas en estos peldaños, lanzándose estocadas el uno al otro con espadas de madera. Buen entrenamiento, aquel; le hizo darse cuenta lo difícil que era abrirse camino luchando escaleras arriba contra una oposición decidida. A Ser Rodrik le gustaba decir que un hombre bueno podía contener a cien, luchando escaleras abajo.

Aunque eso fue hace mucho. Ahora todos estaban muertos. Jory, el viejo Ser Rodrik, Lord Eddard, Harwin y Hullen, Cayn y Desmond y Tom el Gordo, Alyn con sus sueños de caballería, Mikken que le había dado su primera espada de verdad. Incluso la vieja Tata, probablemente.

Y Robb. Robb que había sido más hermano para Theon que cualquier hijo nacido de los bajos de Balon Greyjoy. «Asesinado en la Boda Roja, masacrado por los Freys. Debería haber estado con él. ¿Dónde estaba? Debería haber muerto con él».

Theon se detuvo tan de improviso que Willow casi se estampa contra su espalda. La puerta de los aposentos de Lord Ramsay estaba ante él. Y vigilándola estaban dos de los Chicos Bastardos, Alyn el Villano y Grunt.

«Los antiguos dioses deben estar de nuestro lado». Grunt no tenía lengua y Alyn el Villano no tenía sesos, como le gustaba decir a Lord Ramsay. Uno era brutal, el otro malvado, pero ambos habían pasado la mayor parte de sus vidas de servicio en Fuerte Terror. Hacían lo que se les decía.

–Tengo agua caliente para Lady Arya– les dijo Theon. –Intenta lavarte tú mismo, Hediondo– dijo Alyn el Villano. –Hueles a meados de caballo– Grunt gruñó en conformidad. O quizás ese ruido fuera una risa. Pero Alyn les abrió la puerta del dormitorio, y Theon les hizo un gesto a las mujeres para que pasaran.

El día no había amanecido en aquella habitación. Las sombras lo cubrían todo. Un último madero crujió débilmente entre las brasas medio apagadas de la chimenea, y una vela fluctuaba en la mesa junto a una arrugada y vacía cama. «La chica se ha ido», pensó Theon. «Se ha arrojado por una ventana en su desesperación». Pero las ventanas estaban cerradas con postigos por la tormenta, selladas con costras de nieve traída por el viento y heladas. –¿Dónde está?– preguntó Holly. Sus hermanas vaciaron sus cubos en la gran tina circular de madera. Frenya cerró la puerta de la cámara y apoyó su espalda contra ella. –¿Dónde está?– dijo otra vez Holly. Fuera sonaba un cuerno. «Una trompeta. Los Frey, reuniéndose para la batalla». Theon podía sentir el picor en los dedos que le faltaban.

Entonces la vio. Estaba acurrucada en el rincón más oscuro del dormitorio, en el suelo, hecha una bola bajo un montón de pieles de lobo. Theon podría no haberla divisado nunca si no fuera por cómo temblaba. Jeyne se había cubierto con las pieles para esconderse. «¿De nosotros? ¿O estaba esperando a su señor esposo?» La idea de que Ramsay pudiera estar viniendo le hizo querer gritar. –Mi señora.– Theon no pudo llamarla Arya pero tampoco se atrevió a llamarla Jeyne. –No tiene por qué esconderse. Estas son amigas.

Las pieles se agitaron. Un ojo asomó, brillando con lágrimas. «Oscuro, demasiado oscuro. Un ojo castaño». –¿Theon?

–Lady Arya.– Rowan se acercó. –Debe venir con nosotras, y rápido. Hemos venido para llevarla con su hermano.

–¿Hermano?– la cara de la chica asomó de debajo de las pieles de lobo. –Yo…yo no tengo hermanos.

«Ha olvidado quién es. Ha olvidado su nombre». –Así es– dijo Theon, –pero una vez tuvo hermanos. Tres. Robb, Bran y Rickon.

–Están muertos. Ya no tengo hermanos.

–Tiene un medio hermano– dijo Rowan. –es Lord Cuervo.

–¿Jon Nieve?

–La llevaremos hasta él, pero debe venir ahora mismo.

Jeyne se subió las pieles de lobo hasta la barbilla. –No. Esto es algún truco. Es él, es mi…mi señor, mi dulce señor, el os envió, esto es alguna prueba para asegurarse de que le amo. Le amo, le amo, le amo más que a nada– Una lágrima se derramó por su mejilla. –Decídselo, decídselo vosotros. Haré lo que desee... cualquier cosa que desee… con él o… o con el perro o… por favor… no tiene por qué cortarme los pies, no trataré de huir, jamás, le daré hijos, lo juro, lo juro…

Rowan silbó en voz baja. –Que los dioses maldigan a ese hombre.

–Soy una buena chica– gimoteó Jeyne. –Me entrenaron.

Willow frunció el ceño. –Que alguien haga que deje de llorar. Ese guardia era mudo, no sordo. La van a oír.

–Levántala, cambiacapas– Holly tenía su cuchillo en la mano. –Levántala o lo haré yo. Tenemos que irnos. Pon a la pequeña hija de puta de pie e infúndele algo de valor.

–¿Y si grita?– dijo Rowan.

«Todos estamos muertos», pensó Theon. «Les dije que esto era una locura, pero ninguna me escuchó». Abel les había condenado. Todos los trovadores estaban medio locos. En las canciones, el héroe siempre rescataba a la dama del castillo del monstruo, pero la vida no era una canción, no más de lo que Jeyne era Arya Stark. «Sus ojos son del color equivocado. Y aquí no hay héroes, sólo putas». Aún así, se arrodilló a su lado, retiró las pieles, y tocó su mejilla. –Me conoces. Soy Theon, recuerdas. Yo también te conozco. Sé cual es tu nombre.

–¿Mi nombre?– Sacudió la cabeza. –Mi nombre…es…

Le puso un dedo en los labios. –Podemos hablar sobre eso más tarde. Ahora tienes que estar callada. Ven con nosotros. Conmigo. Te llevaremos lejos de aquí. Lejos de él.

Los ojos de Jeyne se abrieron más. –Por favor– susurró. –Oh, Por favor.

Theon deslizó su mano junto a las suyas. Sintió un hormigueo en los muñones de sus dedos perdidos mientras ayudaba la chica a ponerse en pie. Las pieles de lobo cayeron al suelo. Bajo ellas estaba desnuda, sus pequeños y pálidos pechos cubiertos de marcas de dientes. Oyó a una de las mujeres inhalar con sorpresa. Rowan le lanzó un manojo de ropa a las manos. –Vístela. Hace frío fuera.– Ardilla se había desnudado hasta quedar en paños menores, y estaba hurgando en un baúl de cedro tallado en busca de algo más cálido. Al final se decidió por uno de los jubones acolchados de Lord Ramsay y un par de bombachos muy usados que ondulaban en torno a sus piernas como las velas de un barco en una tormenta.

Con la ayuda de Rowan, Theon vistió a Jeyne Poole con la ropa de Ardilla. «Si los dioses son generosos y los guardias están ciegos, puede que pase». –Ahora vamos a salir y bajar las escaleras– le dijo Theon a la chica. –Mantén la cabeza agachada y la capucha puesta. Sigue a Folly. No corras, no llores, no hables, no mires a nadie a los ojos.

–Quédate junto a mí– dijo Jeyne. –No me dejes.

–Estaré justo a tu lado– prometió Theon mientras Ardilla se deslizaba en la cama de Lady Arya y subía la manta.

Frenya abrió la puerta del dormitorio. –¿Le diste un buen baño, Hediondo?– preguntó Alyn el Villano cuando asomaron. Grunt le dio un apretón en lo pechos a Willow mientras pasaba. Tuvieron suerte con su elección. Si el hombre hubiese tocado a Jeyne, ella podría haber gritado. Entonces Holly le habría abierto a él la garganta con el cuchillo escondido en la manga. Willow simplemente se zafó con una contorsión y siguió andando.
Por un momento Theon casi sintió vértigos. «Nunca miraron. Nunca la vieron. ¡Pasamos a la chica justo a su lado!»

Pero en los escalones el miedo volvió. ¿Que pasaría si se encontraban con Despellejador o Damon Baila-para-mí o con Walton Suelas de Acero? ¿O con el mismísimo Ramsay? «Los dioses me libren, Ramsay no, cualquiera menos él». ¿De que servía sacar a la chica de sus aposentos? Todavía estaban dentro del castillo, con todas las puertas cerradas y bloqueadas y las almenas repletas de centinelas. Le gustara o no, los guardias apostados a la entrada del torreón les detendrían. Holly y su cuchillo serían de poca utilidad contra seis hombres con cotas de malla, espadas y lanzas.

Pero los guardias en el exterior estaban apiñados junto a las puertas, con las espaldas giradas contra el viento helado y las ráfagas de nieve. Incluso el sargento sólo les echó un rápido vistazo. Theon sintió una punzada de pena por él y sus hombres. Ramsay los despellejaría a todos cuando se diera cuenta de que su esposa se había ido, y lo que les haría a Grunt y a Alyn no se atrevía ni a pensarlo.

Ni a diez metros de la puerta, Rowan dejó caer su cubo vacío, y sus hermanas hicieron lo mismo. El Gran Torreón ya casi se había perdido de vista tras ellos. El patio era un páramo blanco, lleno de sonidos confusos que resonaban de forma extraña en medio de la tormenta. Las trincheras heladas se levantaban a su alrededor, a la altura de la rodilla, luego a la altura de la cadera, y luego más altas que sus cabezas. Estaban en el corazón de Invernalia con todo el castillo a su alrededor, pero no se podía ver ni rastro de él. Fácilmente podrían haber estado perdidos en mitad de las Tierras del Invierno Perpetuo, mil leguas más allá del Muro. –Hace frío– gimoteó Jeyne Poole mientras avanzaba torpemente al lado de Theon.

«Y pronto hará más frío». Más allá de las murallas del castillo, el invierno estaba esperando con sus dientes helados. «Si llegamos tan lejos». –Por aquí– dijo cuando llegaron a una intersección donde se cruzaban tres trincheras.

–Frenya, Holly, id con ellos– dijo Rowan. –Nosotras llegaremos con Abel. No nos esperéis– Y con eso, se giró y se internó en la nieve, hacia el Gran Salón. Willow y Myrtle se apresuraron detrás de ella, con sus capas restallando en el viento.

«Más y más loco», pensó Theon Greyjoy. Escapar parecía poco probable con las seis mujeres de Abel; con sólo dos, parecía imposible. Pero habían llegado demasiado lejos como para llevar de vuelta a la chica a sus aposentos y fingir que nada de esto había ocurrido jamás. En vez de eso cogió a Jeyne por el brazo y tiró de ella por el camino que llevaba a la Puerta de las Almenas. «Sólo una medio puerta» se recordó a si mismo. «Incluso si los guardias nos dejan pasar, no hay forma de atravesar la muralla exterior». Otras noches, los guardias habían permitido cruzar a Theon, pero todas esas veces había llegado solo. No pasaría tan fácilmente con tres sirvientas a remolque, y si los guardias miraban bajo la capucha de Jeyne y reconocían a la esposa de Lord Ramsay…

El pasaje giró a la izquierda. Allí frente a ellos, tras un velo de nieve que caía, bostezaba la Puerta de las Almenas, flanqueada por un par de guardias. Con su lana y su piel y su cuero, parecían tan grandes como osos. Las lanzas que sostenían medían dos metros y medio. –¿Quién va ahí?– llamó uno. Theon no reconoció la voz. La mayor parte de sus facciones estaban cubiertas por una bufanda. Sólo se le podían ver los ojos. –¿Hediondo, eres tú?

«Sí», quiso decir. En vez de eso se oyó responder, –Theon Greyjoy. Yo…yo os he traído algunas mujeres–

–Pobres chicos debéis estar helados– dijo Holly. –Ten, deja que te caliente– Sobrepasó la punta de la lanza del guardia y alcanzó su rostro, aflojándole la bufanda medio congelada para plantarle un beso en la boca. Y mientras sus labios se tocaban, su acero se deslizo a través de la carne de su cuello, justo bajo la oreja. Theon vio como se le abrían los ojos al hombre. Había sangre en los labios de Holly cuando retrocedió, y sangre goteando de la boca de él cuando se desplomó.

El segundo guardia aún estaba mirando boquiabierto y conmocionado cuando Frenya agarró el asta de su lanza. Forcejearon durante un momento, dando tirones, hasta que la mujer le arrancó el arma de sus dedos y le atizó en la sien con el extremo romo. Mientras se tambaleaba hacia atrás, dio la vuelta a la lanza y clavó la punta a través de su vientre con un gruñido.

Jeyne Poole dejó escapar un fuerte y agudo chillido. –Oh, mierda– dijo Holly. –Eso hará que los lacayos se nos echen encima, con toda seguridad. ¡Corred!

Theon tapó con una mano la boca de Jeyne, la cogió por la cintura con la otra, y la empujó a través de los guardias muerto y moribundo, a través de la puerta, y sobre el foso helado. Y quizás todavía los antiguos dioses estuvieran cuidando de ellos; el puente levadizo había sido dejado bajado, para permitir a los defensores de Invernalia entrar y salir hacia las almenas exteriores más rápidamente. De detrás de ellos llegaron gritos de alarma y el sonido de pies corriendo, y entonces el toque de una trompeta desde los baluartes de la muralla interior.

En el puente levadizo, Frenya se detuvo y se giró. –Sigue adelante. Yo contendré a los lacayos aquí– Aún aferraba la lanza llena de sangre en sus grandes manos.

Theon estaba tambaleándose para cuando llegó al pie de la escalera. Se echó a la chica sobre los hombros y empezó a escalar. Jeyne había dejado de forcejear para entonces, y además era una cosa tan pequeña … pero los peldaños estaban resbaladizos con hielo bajo la suave nieve en polvo, y a medio camino perdió pie y se dio un fuerte golpe en una rodilla. El dolor fue tan grande que casi pierde a la chica, y durante la mitad de un latido temió que eso sería todo lo lejos que iba a llegar. Pero Holly tiró de él y lo puso otra vez de pie, y entre los dos finalmente subieron a Jeyne hasta las almenas.

Mientras se reclinaba contra un merlón, respirando con dificultad, Theon pudo oír el griterío que venía de abajo, donde Frenya estaba luchando contra media docena de guardias en la nieve. –¿Por dónde?– le gritó a Holly. –¿Dónde vamos ahora?

–¿Cómo salimos?

La furia en el rostro de Holly se convirtió en horror. –Oh, de jodida puta madre. La cuerda.– Lanzó una carcajada histérica. «Frenya tiene la cuerda». Entonces gruñó y se agarró el estómago. Una saeta había surgido de su tripa. Cuando la envolvió con una mano, la sangre goteó de sus dedos. –Lacayos en la muralla interior…– jadeó, antes de que una segunda saeta apareciese entre sus pechos. Holly se agarró al merlón más cercano y cayó. La nieve que había desprendido la enterró con un suave ruido sordo.

Se oyeron gritos a su izquierda. Jeyne Poole estaba mirando abajo hacia Holly mientras la manta de nieve que la cubría cambiaba de blanco a rojo. En la muralla interior el ballestero estaría recargando, supo Theon. Echó a andar hacia la derecha, pero también había hombres llegando desde esa dirección, corriendo hacia ellos con espadas en la mano. Lejos hacia el norte oyó el sonido de un cuerno. «Stannis» pensó alocadamente. «Stannis es nuestra única esperanza, si podemos llegar hasta él». El viento aullaba, y él y la chica estaban atrapados.

La ballesta chasqueó. Una saeta pasó a menos de treinta centímetros de él, haciendo añicos la costra de nieve congelada que había taponado la almena más cercana. De Abel, Rowan, Ardilla, y las otras no había señal. Él y la chica estaban solos. «Si nos cogen vivos, nos entregarán a Ramsay».

Theon cogió a Jeyne por la cintura y saltó.
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