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El otro dia llege con hambre a la Casa

Humor•11/14/2011
Mientras Me Preparaba un Sandwich ...

Con ojos chiquitos de ogro maleficente, le echo una ojeada a la bolsa con panes franceses (baguettes) que está sobre la mesa. Tomo uno entero. A mí me gustan los de Carrefour porque son del tamaño de mi brazo. Lo abro por la mitad con un cuchillo y lo separo.



A partir de este punto vas a tener que usar tu imaginación porque no alcancé a tomarle una foto:



Primero tomé siete lonjas de jamón cocido, las hice rollo, y las coloqué en fila india a lo largo del pan, lo mismo hice con otras siete lonjas de mortadela que saqué del plástico.



Tomé el chorizo que estaba guindado en el gancho y piqué aproximadamente un cuarto de kilo en rueditas. Las coloqué cuidadosamente sobre la mortadela. Revisé de nuevo el refrigerador, sólo para conseguir que me había olvidado del salchichón. Lo mismo; como era de esos que venían en su envase de plástico ya cortado, tomé siete lonjas y las coloqué sobre el chorizo.



Me puse a ver el resultado con desprecio. No estaba conforme; saqué el jamón crudo (que se le conoce también como jamón serrano). Sólo quedaban cinco cortes, pero eran suficientes para arropar el jamón cocido, la mortadela, el chorizo y el salchichón.



Se me había olvidado un detalle muy importante, un tip de cocina que me enseñó una vez una española loca que conocí hace años; agarrar un diente de ajo y rallarlo sobre la corteza dura del pan. En este caso, el otro pan del baguette.



Hice siete cortes de queso blanco, que coloqué en equilibrio sobre el jamón crudo, luego puse las siete lonjas de queso amarillo que quedaban en la nevera. Cogí el paquetito de queso parmesano a medio abrir (que viene rallado) y lo vertí a lo largo de todo el sándwich como si fuera sal.



Faltaba picar el tomate y la cebolla, cosa que hice a continuación, todo en ruedas, y me las arreglé para colocarlo sobre lo que llevaba hecho. Le añadí lechuga.



Entonces giré la cabeza, mirando con mala leche el congelador. Mis peores temores se habían confirmado: me olvidé del tocino.



Puse a descongelar varias tiras de tocino en el microonda, y cuando estaban casi fritas, las saqué y las coloqué sobre la cebolla.



Usé el otro pan para aplastar el jamón cocido, la mortadela, el jamón crudo, el chorizo, el salchichón, el queso blanco, el queso amarillo, el queso parmesano, el tomate, la lechuga, la cebolla y las tiras de tocino.



Volví a separar los panes y, aunque ahora lucía mucho mejor que antes, casi lo escupí con odio. Si ese sándwich fuera un hijo mío, no sería hijo mío…



Saqué el pollo que estaba en el plato y desmenucé la pechuga en los trozos más chiquitos posible. Lo coloqué cuidadosamente sobre las tiras de tocino.



Cuando tengo hambre mi memoria disminuye. Sabiendo esto, me separé de mi tarea principal para no correr el riesgo de cometer un error fatal: olvidar la mayonesa, la mostaza y la mantequilla. Cojo el cuchillo para untar del gabinete y empiezo a llenar de mayonesa el otro baguette. La mostaza está en uno de esos frascos en los que sólo hay que apretar, así que el asunto fue más cómodo. La mantequilla, en cambio, siempre es un problema, así que en vez de correrla con el cuchillo la eché de a tajos.



Abro la nevera otra vez con la esperanza de encontrar algo del asado que hicimos el lunes pasado. Últimamente ha estado haciendo frío en Buenos Aires, así que la temperatura en el refrigerador es muy baja y, por lo tanto, las cosas se conservan más. Sin embargo, puerca suerte la mía, no conseguí nada de carne que sobrara, salvo una morcilla…



Agarré la morcilla y la puse 5 minutos en el microondas. Cuando la saqué, crepitaba. La corté a la mitad para que liberara un poco de calor. Aquella cosa parecía un pedacito de Vesubio. Abrí el cajón lateral y saqué una cucharita, con la que empecé a sacarle las entrañas y a aplastarla sobre la mezcla de mayonesa, mostaza y mantequilla del otro baguette.



Me erguí para ver el sándwich una vez más…

La cosa había mejorado mucho, al menos ya tenía cuerpo, pero le faltaba un detalle: tres huevos fritos.



Así que con todo hecho, y aplastando un corte de baguette contra el otro lo más que pude, empecé a comer, a nutrirme como un macho, a masticar como un guerrero...

Aprovechando...

Por supuesto, de más está decir que grité y vomité,
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