Hugo Solís (hijo), que es en realidad uno de los tres con ese nombre que trabajan en la empresa. En en este caso, Hugo Sergio. Aunque le caí de sorpresa, responde a todas mis preguntas y enfrenta los mitos con una sencillez conmovedora. Sí, por supuesto, dice: el padre (de él y de la pizzería) se llama Hugo. ¿Por qué puso ese nombre al comercio? Bueno, cuenta, él venía de Estados Unidos, y en inglés el ‘apóstrofe ese’ significa "de". Sí: todos sus hijos se llaman Hugo. Y no: el nombre no es viejo en la familia. Es de estas dos generaciones nomás.
Un poco de historia: Hugo pasó los sesenta y los setenta trabajando en Estados Unidos, la capital mundial del fast-food. Volvió con una idea revolucionaria: vender pizza a la piedra -toda una novedad- a precio muy bajo. Muzzarella y nada más, sin distracciones. "La idea de vender un solo producto es que salga siempre igual y lo más barato que puedas. Eso es muy americano", explica su hijo. En el 80 Hugo Primero puso un local en Rivadavia y Suipacha. Su mujer, Alicia, atendía el mostrador con Hugo Sergio en el moisés; las pizzas se comían de parado, sin cubiertos. Le dijeron que se iba a fundir. Nacía un mito.
Hoy Alicia cuenta que los clientes la reconocen: "vos me vendías pizza en Rivadavia al 800". También le dicen "íbamos a comer a tu local cuando no teníamos guita". Eso un poco la ofende, un poco la halaga. Ahora ya no vende la pizza con sus manos: está en otra cosa, como hablar con los abogados y los inspectores del gobierno de la Ciudad para que le levanten la clausura de uno de los locales de Constitución, cerrado, según dice, "porque se pasan": todo por una escalera que habría quedado ahí de una obra anterior, y los inspectores consideraron antirreglamentaria. Antes de irse, hecha un huracán, se acuerda de los chicos de Pizza, birra, faso: "Querían filmar acá (en el local de Lima y Rivadavia), pero no los dejé. Filmaron en el otro, pero hablaron mal de nosotros". ¿Por qué? "Porque decían que venían acá cuando no tenían plata". Eso es verdad, mamá, acota Hugo Sergio, ¿qué tiene de malo?
LA MUZZA INSPIRADORA
Hoy Ugis es un mito viviente y crocante. En esta ciudad de estómagos temperamentales, se la ama o se la odia. Sus fans se reconocen como adictos. Por supuesto, juegan con el slogan de las cajas de cartón reciclado, quizás el más famoso del under gastronómico argento: "No a la droga, sí a la pizza". Ellos aseguran que la muzza de Ugis es la droga más potente. Como siempre, la verdad es menos interesante que la leyenda. Hugo Sergio dice que una vez su padre compró una pelota; la caja decía "no a la droga, sí al deporte". Y claro, del deporte a la pizza hay un paso, habrá pensado.
Estos adictos cantan loas al orégano a voluntad, libre de ser derramado en cada pizza desde su tarrito de plástico, o al sudor de los nobles morochos pizzeros, que le ponen onda a la city junto a hornos a cuarenta grados. Un comentario de un tal Pedro en un blog cualquiera da en el clavo: "En Ugis uno es atendido como corresponde. No existe esa relación burguesa del cliente y el mozo. Vos estás como en tu casa, el pibe cocina pero es tu amigo, y te la sirve, y si le querés pedir más orégano el tipo te da más orégano. Y escuchan a Alberto Castillo, como hacemos los machos argentinos, no ese rock fulero y foráneo… popero asqueroso que pasan en Mc Donalds."
Clarito, ¿no? Ugis será fast food, será lo que quieran, pero es nac&pop. Patrimonio cultural, gastronómico y -hoy en día- también turístico de la ciudad, a base de pan, aceite, queso y aguante. Y los delicados de tripas, muzzarella.