Plogró la consagración luego de vencer a Nacional, el clásico rival, por 2-1. Un equipo con una figura excluyente: el Maestro Piendibene.eñarol, Campeón Uruguayo de 1921. Un equipo inolvidable, que
La historia se remonta a fines del siglo XVIII. En esa época la palabra `Peñarol´ ya era conocida debido a que se la identificaba con una zona en la que se asentaban residencias patricias , a las que luego se agregaron granjas y viñedos. La vinculación provenía de un hecho anecdótico, digno de esos tiempos de colonialismo.
Giovanni Battista Crosa, natural de Pinerolo -Piamonte-, se radicó en el paraje de campo abierto -propiedad de Manuel Francisco Artigas, hermano del prócer, José Gervasio-. Casado con Francisca Pérez -gallega-, Crosa se encontró con la obligación de castellanizarse. En su afán de lograr su cometido, icluyó en su objetivo a su apellido, al que agregó "Piñerol" -tal cual el dialecto piamontés-, deformado luego a "Peñarol". Por esa razón, desde el siglo pasado, al paraje se lo llama popularmente "lo de Peñarol".
Las raíces del Club Atlético Peñarol se remontan al siglo pasado, más precisamente a 1890, cuando surgió en escena nada menos que la empresa del Ferrocarril Central (recientemente adquirida por los británicos, que la bautizaron Central Uruguay Railway), que adquirió varias hectáreas de terreno para instalar sus talleres, anteriormente con base en Bella Vista. El 1o. de mayo de 1891 quedaron habilitados en la Villa Peñarol, a 10 kilómetros de Montevideo.
Las chacras del Miguelete -arroyo que cruza la zona donde hoy se levanta Peñarol- ofrecían un paraje en el que las distintas etapas fueron evolucionando a partir de la construcción de la importante central férrea.
Con esto se produjo un importante desarrollo urbanístico. La cantidad de habitantes creció con una velocidad inusitada para la época y el pueblo cambió su denominación cuando el Estado uruguayo oficializó el nombre del apartado lugar donde había nacido Juan Bautista Crosa Peñarol en 1890.
La influencia inglesa en la zona provocó que, años después y a instancias de Roland Moore, altos directivos de la empresa del Ferrocarril, a los que se adhirieron obreros y empleados, fundaran una institución deportiva con carácter gremial. Los habitantes de la zona tenían necesidad de contar con un lugar común de reunión y desarrollo social . Es por eso que se fundó el Centro Artesario, donde funcionó el club. Allí se practicaban las actividades más comunes de esos tiempos: fútbol y cricket.
El impulso también llevó a los 118 empleados y obreros del Ferrocarril Central del Uruguay -de los cuales 72 eran ingleses; 45 uruguayos y uno, alemán- a convocar a una reunión -el 28 de setiembre de 1891- en la que se concretaría la fundación del Central Uruguay Cricket Club (CURCC). "Su denominación anterior pudo llamar a equívocos -sostuvo el presidente José Pedro Damiani, en 1987-, aunque jamás nadie sintió gritar otra cosa que Peñarol, gol de Peñarol y Peñarol campeón a lo largo del siglo; nadie dijo Central, ni Central Uruguay, ni CURCC".
Esta es la placa que el Club Atlético Peñarol colocó en homenaje a sus ilustres fundadores, en un paraje próximo a los talleres ferroviarios que alumbraron la pasión por el fútbol
Nace Peñarol
La tradición indica que, al finalizar la ceremonia -iluminada por lámparas de kerosene-, alguien recordó en voz alta unas palabras del Libro de las Profecías; "Serás eterno como el tiempo y florecerás en cada primavera". Hoy, aquella frase añeja aún permanece en la memoria de todos los hinchas de Peñarol y están incorporadas como lema oficial del club.
El crecimiento de esta histórica institución fué vertiginoso. Pasó muy poco tiempo para que se diseñara la camiseta, que en sus orígenes fué cuadriculada, siempre en amarillo y negro. Los colores llegaron a la Villa de Peñarol de la mano del ferrocarril, que los había tomado como identificatorios.
Por qué? El 6 de octubre de 1829 se realizó una carrera de locomotoras por una licitación pública. La prueba fué en Rain Hill, Inglaterra, y participaron cinco máquinas , sobre un trayecto de una milla de extensión.
El triunfo de "La Rocket", diseñada por George Stephenson, sirvió para que los colores de la locomotora -amarillo dorado y negro carbón- fueran adquridos definitivamente por los fundadores de Peñarol. Stephenson, acompañado por su hijo Robert, manejó vestido de un elegante y lujoso frac y obtuvo -además de un importante y suculento premio en libras esterlinas- el contrato con la compañia Liverpool-Manchester, que con mucha rapidez abriría líneas por todo el mundo. Ylos colores de la Rocket, por extensión, pasaron a ser los del ferrocaril en cualquier lugar.
No obstante, hay un dato curioso digno de destacar. En los inicios no se sabía a ciencia cierta cuál era la actividad deportiva madre de la institición. Se produjeron discusiones sobre cuál sería el deporte practicado. Finalmente, en la asamblea del 29 de mayo de 1892 se decidió que fuera el fútbol, después de una votación en la que el resultado fué de 14 para la "Association" (como se llamaba al fútbol) y 6 para el rugby.
El pronunciamiento favoreció al "football association", que es el que en la época se estaba difundiendo masivamente por todo Montevideo.
A partir de ese momento, se aceleraron los pasos para conformar el equipo. Si bien la mayoría de los fundadores fueron de origen inglés, el plantel contó con jugadores oriundos de la zona desde tempranas formaciones.
No obstante, la elección de los capitanes recayó, en un primer momento, en ingleses. Al primero (John McGregor), lo sucedió otro británico (H. A. Craven). Y a él, Jackson. Pero apareció una figura que cambió radicalmente la tradición. Julio Negrón fué el primer obrero de los talleres "de Peñarol" que aventajó a los maestros ingleses con sus esquives como insider izquierdo, mérito que le valió ser el primer capitán criollo, allá por 1895. Después en 1904, la cinta -que por entonces no se estilaba usar- pasó para E.N. Acevedo. Y su sucesor fué Juan Pena.
Si se habla de leyendas, la historia le hace un importante lugar al recuerdo de Juan Buchanan, un aguerrido back izquierdo que había sido enviado como maquinista desde Londres, donde -se decía- fué futbolista profesional, además de motivo de varios dolores de cabeza de dirigintes e hinchas. El motivo? Su particular vínculo con la bebida, ya que solía llegar a los partidos envuelto en los vapores del whisky.
Las primeras competencias
La actividad oficial de Peñarol comenzó allá por 1892, cuando dieron inicio los cotejos del CURCC contra instituciones y colegios de origen británico. Y también con equipos que, en su mayoría integraban los marineros de los barcos ingleses que visitaban Montevideo.
Con el transcurrir del tiempo, las confrontaciones se fueron haciendo más cotidianas, sobresaliendo dos nombres como los tradicionales adversarios: el Albion F.C. (nacido en 1891) y el propio Central Railway. Estas formalidades aumentaron hasta que, junto al siglo, nació The Uruguay Association Football League, que luego se transformaría en la Liga Uruguaya de Football.
Albion F.C. cuyo nombre inicial fue Football Association, se convirtió en el primer rival del CURCC.
Aunque después aparecieron otras instituciones como Montevideo Cricket Club, Uruguay Athletic Club, Deutscher Fussball Klub -de la colonia alemana-, entre otros.
La cancha de Peñarol, allá por 1921, cuando el fervor de sus seguidores se tornaba incontenible. Fue el escenario de las primeras conquistas, el terreno que vió crecer a los grandes jugadores que forjaron el glorioso sendero aurinegro.
La casa propia, tan anhelada como vital.
Esto originó, por lógica, los primeros roces entre los diferentes equipos. Paralelamente, surgieron clubes con nombre en español, como Montevideo, Defensa, Titán o Internacional. Pero el 14 de enero de 1899 se fundó el Club Nacional de Football, fruto de la unión de los elementos nativos de Montevideo y el Uruguay Athletic. Resultado: primera entidad criolla desde su nacimiento, pese a mantener su característica universitaria, al menos hasta 1911. Por el contrario, el CURCC había sido fundado por los ingleses del ferrocarril y comenzó recurriendo a sus funcionarios y obreros, hasta lograr en 1902 un equipo mayoritariamente criollo y netamente popular. Ese choque de idiosincracias, en parte, potenció la rivalidad.
El primer choque tiene la fecha grabada a fuego: fue el 15 de julio de 1900, día de Santa María -por entonces feriado en las orillas del Plata- día en el que jugaron en el parque Central (casa tricolor) el primer clásico de la historia. La victoria fue para Peñarol, por 2 a 0.
En es año también comenzaron las competencias oficiales más precisamente el 30 de marzo, cuando se fundó The Uruguay Association Football League. Los clubes pioneros fueron Albion F.C., CURCC, Uruguay A. C. y Deustcher Fussball Klub.
De inmediato participó en la Argentine Association Football League Cup Tie Competition -también conocida como Copa de Oro Argentina o Copa Competencia-, un torneo de eliminación con final en Buenos Aires. Y acto seguido, empezó la primera edición de la Copa Uruguaya.
El primero en ser el mejor
El Central Uruguay Cricket Club se clasificó Campeón Uruguayo en los dos primeros torneos, de 1900 y 1901. Se coronó evitando el sueño secreto del fundador de la liga, Enrique Lichtenberger, quien la organizó para el triunfo de su club, el Albión. Sin embargo, CURCC se impuso con sendas victorias ante ese equipo (2-1 y 2-1), y tras superar también al Deutscher (9-0 y 8-0) y al Uruguay Athletic Club (9-0 y 6-0), con un total de 36 goles a favor y 2 en contra. Es decir, terminó invicto, con todos los partidos ganados y un promedio de 6 goles por partido.
Por su parte, Nacional no intervino en el Campeonato Uruguayo de 1900. Recién lo hizo en 1901 y fue segundo del CURCC, el campeón.
Recién en la siguiente temporada -1902-, conquistó el certámen. Y lo hizo de modo invicto, repitiendo la campaña en 1903, año en el que, además, derrotó -el 13 de setiembre- a la selección argentina en Buenos Aires.
En ese partido se presentó como un conjunto combinado. Es decir representando al fútbol de todo el Uruguay. Esta sucesión de hechos, en los que Nacional copó la parada, permite deducir en qué forma comprendió el Central Railway -Peñarol- cuánto era lo que le molestaba la existencia de suadversario, de qué manera ya desde sus orígenes, pesó la rivalidad. Así luchó para quitarle protagonismo y, en 1905, alcanzó una recuperación consagratoria.
El campeón perfecto- En 1905, este team de Peñarol se consagró campeón invicto, sin perder un sólo punto y sin que le convirtieran goles.
F. Carbone, Arimalo, Irisarri, L. Camacho, L. Carbone, Davies, Mazzucco, C. Camacho, Pena, Acevedo, Mañana y Zibecchi.
Porque tras un 1904 en el que no hubo campeonato, por estar el país en Guerra Civil, el resplandecer aurinegro -que ya había adoptado las rayas verticales en su camiseta- se dió en ese torneo: se consagró campeón invicto sin perder un sólo punto y además, sin tener un sólo gol en contra.
Encima, culminó su campaña el 1o de octubre batiendo por 1 a 0 -gol de Aniceto Camacho- nada más y nada menos que a Nacional.
Esa recordada tarde para la historia del club, el CURCC había formado con "Pancho" Carbone; Irisarri y Guillermo Davies; Ceferino Camacho, Lorenzo Mazzucco y Luis Carbone; Juan Pena, Acevedo, Aniceto Camacho, E. Mañana y Pedro "Perucho" Zibechi.
Mazzuco, centre-half de ese team, fué uno de los pioneros en eso de ser "boquilla", en calentar partidos y hablar durante los partidos.
"Come on, fellows!", fué el grito que sentenció el triunfo, lo que reflejó que el jugador se había tomado el trabajo de aprender esa frase en inglés para lanzarla a quién quisiera escuchar del banco contrario.
La estación Peñarol, epicentro de la historia aurinegra de pura cepa.
Fueron los empleados del ferrocarril, precisamente, quienes decidieron
construir un club de deportes, que luego derivó en el Club Atlético
Peñarol, verdadero mojón mundial. .
Cómo se jugaba por esos tiempos? Sin duda, la aparición de Juan Pena propició un sentido técnico en el equipo. Hábil para el ataque y aún en los puestos de retaguardia, su fama se solventó en la llamativa facilidad de desplazamientos que tenía y la fuerza con la que remataba. Era un forward ingenioso y "artillero" a la vez.
La campaña realizada en 1906 no fué la esperada, pero tampoco la peor, ya que la coronación del Montevideo Wanderers permitía un oxígeno y relegaba a su tradicional rival, Nacional. Pero al año siguiente , el CURCC revalidó su condición de coloso en crecimiento.En 1907, otra vez de la mano de Juan Pena, obtuvo el torneo, desplegando un juego depurado en lo técnico y aguerrido en lo anímico, a punto tal de consagrarse, otra vez, campeón invicto. Para la campaña del año posterior, incrementó su potencia futbolística, ya que sumó a sus filas a quien pronto sería una figura preponderante, una auténtica gloria del fútbol oriental: José Antonio Piendibene.
El recordado Piendibene -bautizado como "Maestro" por los hermanos Jorge y Juan Brown, del legendario Alumni de Buenos Aires- debutó en primera división el 26 de abril de 1908, con solo 17 años de edad. Esa tarde, Peñarol -como lo llamaba su gente- goleó 6 a 1 al French. Según crónicas de la época, formó ala con Felipe Canavessi -históricamente conocido como "Rama Seca"-, ya que "Piendi" empezó jugando como wing derecho. Su habilidad, su maestría con la pelota quedó evidenciada con el correr de los partidos, cuando desplegó su enorme jerarquía para una rápida y brillante consagración.
Es Piendibene y su ballet- Delante del Maestro está la pelota su compañera de tantas hazañas futboleras. Una figura emblemática que se quedó para siempre en el corazón de los aurinegros. Marcó toda una época
En 1910, por ejemplo, ya era el centre-forward de todos los seleccionados uruguayos que participaban en eventos internacionales.
Por aquel tiempo Piendibene era el director de una orquesta que contaba con exquisitos y dotados intérpretes. Uno era John Harley, británico acriollado y llamado "Yoni" en el Uruguay, donde se sintió un charrúa más.
Harley, empleado ferroviario con oficio de "centrojás", fue elegido por el mismo Piendibene. Fué durante un encuentro amistoso entre Peñarol-CURCC- y Ferrocarril Oeste, de Buenos Aires. Allí el "Maestro" notó la facilidad y eficiencia con la que Harley "pasaba la pelota dominada a sus compañeros de ataque". Sin dudarlo, sugirió que lo invitaran a jugar, aunque más no sea por unos meses, vistiendo la casaca aurinegra.
"Es de Ferrocarril y hablando a la empresa se podrá conseguirlo".
Esta frase era común en el ambiente, sobre todo si se tenía en cuenta que las compañias ferroviarias -e incluso las de los tranvías- se preocupaban por fomentar el deporte, un poco por la extensión y acogida a sus líneas, y en otro grado por la propaganda que significaba. Como ejemplo, vale comentar que también pertenecían al ferrocarril los terrenos del Parque Central, escenario de intensas batallas entre el CURCC y Nacional, cedidos al tricolor por la empresa.
John Harley, nacido en Glasgow (Escocia) en 1886, tenía apenas 20 años cuando desembarcó en Buenos Aires contratado por la empresa del Ferrocarril Oeste. Empleado de la compañia, además, defendió la casaca del club de Caballito hasta 1909, año en el que viajó a Montevideo.
De aquí a la eternidad- Una de las primeras formaciones de Peñarol, a principios de siglo, cuando hinchas, jugadores y dirigentes lucharon codo a codo para llevar adelante los dictados del corazón. El tiempo será testigo...
La intención era trabajar en el ferrocarril y jugar al fútbol por unos meses. Se quedó para siempre.
Desde las filas aurinegras, Harley desplegó lo mejor del fútbol británico para enriquecer el vernáculo. Amplió el repertorio de recursos de los players orientales jugando al ras del suelo y con pases certeros, evitando al máximo posible el bochazo frontal o bombazo. Además, desarrolló un juego aéreo impecable: saltaba con precisión y elegancia para despejar situaciones de riesgo.
Su juego, entonces , se constituyó en un baluarte en el cual Piendibene podía apoyarse. Juntos, impulsaron la técnica a las más altas cumbres. Desde su aparición, las líneas delanteras pasaron a jugar en abanico, avanzando en armonía con un juego de pases cortos y al pie, guiados por su director. Con ellos terminó el reinado del fútbol inglés de pase largo desde atrás para la estampida de los wings y el centro cruzado al área a la carrera. Era el nacimiento de un estilo.
Pasión amarilla y "negra"
Hacia 1911, el presidente de la nación José Batlle y Ordoñez creó la Comisión Nacional de Educación Física para propiciar e impulsar a las Plazas de Deportes, idea gracias a la cual la práctica fué cediendo su carácter de exclusiva para algunas clases. Así, se quebró cualquier barrera discriminatoria y todos, sin distinción de raza o color, pudieron sumarse a su práctica.
El "Cuadro del Pueblo", desde entonces, se reconoció siempre con algún jugador de piel negra destacado en sus equipos campeones.
Además, existía una tendencia en transformarlos y reconocerlos como ídolos de la afición.
El primero fué Isabelino Gradín, quien era la expresión típica del barrio del Sur, maravillando con sus aptitudes físicas, ya que unía sus condiciones de futbolista con las de atleta excepcional. El segundo fué Juan Delgado, también surgido de Palermo y su Central F.C. del que luego pasó a Peñarol.
En rigor de verdad, el "negro Juan" fué la primera estrella negra.
Agregó al fútbol los embrujos del carnaval -era escobero y tocaba el tamboril- y la picaresca alegría de sus dichos. Definió a Piendibene diciendo: "Le puso el mango a la pelota". Otras veces, cuando un arquero se tiraba y la pelota seguía, gritaba: "Tiráte que hay arenita". Y si la pelota entraba por el ángulo: "Bajáme ese racimo".
Gradín, en cambio, fué un hombre netamente aurinegro. Debutó en primera en 1915, cuando también irrumpían el puntero Antonio Campolo y el arquero Roberto Chery. Isabelino se convirtió en un delantero de arranque extraordinario, gambeteador imparable y, a la vez, con un notable sentido del gol. Su felina velocidad era característica propia y llevaba la pelota al pie con un control poco común. Escurridizo, sus esquives eran incontenibles para cualquier defensa.
En el campo de juego, contaba con el apoyo de Piendibene a quien, cuando levantaba la cabeza y lo veía a la carrera, le bastaba un simle "Entrá, Isabelino!" para que el moreno invadiera el área como disparado y, casi al unísono la pelota sacudiera la red.
Como atleta, Gradín fué campeón Sudamericano de 400 metros, con una marca que por años gravitó en los récords. Victorioso en Argentina, Chile y Brasil, donde se lo llamó "O terror das pistas". Original y formidable, inspiró al poeta peruano Juan Parra del Riego para su "Polirritmo al jugador de fútbol".
De las memorables delanteras que integró, la que más quedó grabada en la memoria colectiva mirasol fué la siguiente: José Pérez, Armando Artigas, José Piendibene, Isabelino Gradín y Antonio Campolo. El equipo lo completaban el arquero Roberto Chery; José Benincasa y Pedro Rimolo; Pascual Ruota, John Harley y Juan Delgado.
De esos tiempos son Jorge Pacheco -considerado por muchos como el mejor lateral derecho de la historia de Peñarol- y Jose Benincasa. Benincasa, back derecho, fué capitán desde 1918 a 1928 y, al igual que Pacheco, campeón del primer Sudamericano oficial jugado en Montevideo, entre setiembre y octubre de 1917. Además, es recordado como uno de los mejores "back" que hayan vestido la casaca aurinegra.
Después del Campeonato Uruguayo de 1905, el CURCC fué superado por el Montevideo Wanderers, que obtuvo el título de 1906. Como quedó dicho, CURCC volvió a reconquistarlo en 1907. Luego, fué el turno de River Plate de los Módena, Raymonda, Oscar Sanz, Cavalloti, campeones de 1908, en un torneo al que los dos grandes -Nacional y CURCC- habían desertado. Al año siguiente, repitió Wanderers. Y el posterior, otra vez River.
La transición en las filas del Central Railway hacia el estilo de Piendibene y Harley resaltó en 1911, ya que Peñarol se ubicó una vez más en lo más alto del incipiente fútbol vernáculo. Además cerró el año del mejor modo: el 1o de noviembre, por la Copa de Honor -y en pleno Parque Central- se dió el gusto de apabullar al histórico rival por 7 a 3.
Sin embargo, 1912 fué para Nacional, que se había recuperado de la crisis de la temporada anterior.
Los torneos de 1913 y 1914 quedaron en manos de River. Y los tres años siguientes, de pleno dominio de Nacional.
En el ´15, el tricolor obtuvo las tres copas jugadas ese año: Uruguaya, Honor y Competencia. Además se alzó con los títulos de 1916 y 1917. Por entonces -1915-, vale señalar que la Liga Uruguaya de Football había cambiado su nombre por el de Asocación Uruguaya de Football.
Ahora si Peñarol !
En diciembre de 1913, en una numerosa y entusiasta asamblea surgió la propuesta de cambiar la denominación y los reglamentos para consolidar en el viejo CURCC la organización netamente uruguaya . Esto no fué del desagrado de la vieja dirigencia. Muy por el contrario, la propuesta tuvo quorum. La dirigencia vigente, a esa altura, ya era criolla y entendía que para crecer había que cambiar.
A partir de entonces, entre otras cosas, Jorge Clulow se convirtió en el nuevo presidente de la entidad, por cuanto existía el consenso necesario entre todos los socios. Clulow se transformó así en el primer presidente criollo de la historia de la institución.
A su vez, la nueva comisión directiva demostró agilidad a la hora de tomar decisiones. En su medida inicial, adquirió un predio en la Avenida Las Acacias para utilizarlo como campo de juego. El parque cubría un área de 37 mil metros cuadrados. El precio pagado ascendió a 20.207,88 pesos.
En 1918 se vió, por primera vez en la historia, el nombre "Peñarol" inscripto en el cuadro de honor.
Recién en 1914, el presidente José Batlle y Ordoñez le otorgó la personería jurídica con el nuevo nombre, dejando al CURCC para los libros de historia. Finalmente, el conjunto carbonero -que desde el 12 de marzo del 1914 se llamaba oficialmente "Club Atlético Peñarol"- obtuvo el campeonato de 1918, con una formación base que contaba entre sus titulares a Roberto Chery; José Benincasa y Pedro Rimolo; Jorge Pacheco, Juan Delgado y J. Delacroix; José Pérez, Armando Artigas, Piendibene, Gradín y Campolo, alternando Alfredo Granja como back izquierdo, Aristides Pittamiglio (wing derecho), Valverde (insider) y A. Ferrero (centre-forward).
Al año siguiente, César Batlle Pacheco asumió la presidencia del club y continuó con el proceso de crecimiento, sustentado en la compra de Las Acacias. Una de las medidas más esperadas, durante ese ejercicio fué mudar a Peñarol a un nuevo local. De una pequeña sede en la calle Rio Negro se pasó a una imponente casa en la calle Paysandú.
Constituído el consejo directivo de 1921, cuya presidencia ocupó Julio María Sosa, se estimuló la evolución con otra iniciativa: construir el campo de juego en Pocitos detrás de la vieja estación de tranvías. Se trataba de un predio de magnas dimensiones entre las calles Fructuoso Rivera y Gabriel Pereyra que pertenecían a la compañia "La Comercial". Sus directivos encabezados por Juan Cat, apoyaron a Peñarol -como años antes lo hicieron cuando Nacional pidió los terrenos del Parque Central-. Y la inauguración del panorámico escenario fué en abril de 1921, ante el River Plate argentino.
Ya en su nueva casa, Peñarol recuperó el título de Campeón Uruguayo, afines de aquella temporada, tras una brillante disputa nada menos que frente a Nacional. En la etapa inicial, con gol del insider izquierdo Andrés Mazali, los tricolores vencían 1 a 0. Pero en el complemento, el local lavó la afrenta que significaba dejar escapar el título y, encima, caer derrotado en la propia casa por el huésped menos grato de recibir. Dos escapadas a fondo -con sus posteriores y precisos centros- de Juan P. Arremón habilitaron al Maestro Piendibene para que con dos formidables cabezazos -de acuerdo a las crónicas de entonces- el resultado no se moviera del 2 a 1 final.
Fue precisamente el campo de juego de Pocitos donde se cumplieron memorables etapas. Entre ellas, las históricas visitas de 1923, cuando los escoceses del Motherwell y los ingleses del Chelsea se rindieron ante la grandeza de un coloso que, si bien estaba en gestación, ya daba muestras al mundo de su poder.
Volvió el campeón. Con todo su brillo. Con todo su esplendor. Pero a la dulzura casi empalagosa que significó el máximo título uruguayo de 1921, le siguió un año más tarde un trago amargo casi imposible de digerir: debido a un incidente, y tras una decisión adoptada el 14 de noviembre por el Consejo de la Asociación Uruguaya de Football, los clubes Peñarol y Central fueron descalificados de la competencia. Y como si lo ocurrido no hubiera sido lo suficientemente doloroso para la afición aurinegra, encima el certámen terminó siendo ganado por Nacional. La respuesta no se hizo esperar y los dirigentes de las instituciones sancionadas, tocados en su orgullo doblaron la apuesta y resolvieron la escisión de sus entidades de la Liga madre para fundar una federación paralela que, a decir verdad, careció de trascendencia.
Inolvidable- Impresionante aspecto del glorioso estadio Centenario en 1941, en ocasión
de los actos celebratorios de los 50 años de la fundación de Peñarol.
Una jornada emotiva e inolvidable.
La autoexclusión de Peñarol y la ausencia de otra fuerza deportiva de jerarquía allanó el camino de Nacional hacia la doble corona en los torneos de 1923/24. La férrea determinación mirasol no conoció excepciones y afectó también a los seleccionados uruguayos, que debieron prescindir de sus figuras para afrontar los Sudamericanos y los Juegos Olímpicos de 1924, en París, donde pese a todo, se produjo el primer gran logro oriental.
La flamante conquista aquietó las agitadas aguas del conflicto y en 1925, aprovechando que durante los doce meses no hubo competencias oficiales locales, un arbitraje del mismísimo presidente del Uruguay -luego conocido como "laudo Serrato"- provocó la reunificación del fútbol vernáculo, con obedientes y rebeldes nuevamente conviviendo debajo del mismo techo.
La mediación del primer Mandatario, quedó dicho, le abrió la puerta del regreso a Peñarol. Y, como si nunca se hubiera ido apareció el campeón.
Sólo bastó que le dieran la ocasión para demostrar su poderío. En este caso la ocasión fué el campeonato Consejo Provisorio Copa H.R. Gómez, denominación estipulada para la reanudación de los torneos domésticos en 1926.
La hora del recambio
Los años fueron apartando a algunos de los campeones. Después del centre-half Cabrera, que defendió a los aurinegros en 1921 y 1922, se incorporó la exelsa figura de Liverpool F.C., Antonio Aguerre, quien tuvo muy buenas actuaciones acompañado por el "Gaucho" José Bonini. De los cracks tan identificados con el emblema, unicamente quedaban Piendibene, Campolo y José Benincasa, capitán entre 1920 y 1928. En ese período, y de manera alternada, los subcapitanes fueron Juan Delgado, Armando Artigas y Pascual Ruotta.
La fuerza de Peñarol no se resintió con el recambio de estrellas. La seguidilla de éxitos continuó en esa década, con la obtención del bicampeonato de los años 1928/29. El primero de éstos, sin embargo, mezcló el éxtasis de la gloria co la pena de la despedida para las viejas glorias, como Piendibene y Benincasa, quienes pasaron a retiro. Pero no hubo tiempo para detenerse en la nostalgia del aún fresco recuerdo. Y el segundo alago se interpretó, entonces, como el relevo de posta en manos de una nueva generación que irrumpía para mantener la tradición ganadora del club. Ese campeonato fue el escenario propicio para la consolidación en sus puestos de Lorenzo Fernández, Alvaro Gestido y Alberto Nogués.
Los Juegos Olímpicos fueron, quizás, la inmerecida asignatura pendiente de Piendibene, que ausente en la cita de París a raíz de la ruptura de Peñarol con la liga madre, tampoco pudo estar en Amsterdam, aunque ahora por una simple y fatídica cuestión de edad. El Maestro y Benincasa habían sido convocados por los responsables del equipo, Félix Polleri, José Usera Bermúdez y Arturo Maccio para integrar el plantel celeste, pero por propia voluntad no viajaron. En un ejercicio de autocrítica severo estimaron que, cumplidas veinte temporadas en Primera División, había pasado el momento de someterse a semejante exigencia. No obstante la segunda medalla de oro conseguida por Uruguay en los JJ.OO. de Amsterdam, en 1928, luego de derrotar a Argentina de la final, contó con el aporte de tres jugadores aurinegros: Juan P. Anselmo, Juan P. Arremón y Antonio Campolo.
Foto de el primer Campeón Uruguayo de la era Profesional. Fue en 1932.-
La Cortina Metálica
La renovación del plantel se profundizó. La idea era conservar la envergadura futbolística necesaria para pelear todos los títulos. Los dirigentes realizaron enormes esfurezos para incorporar a Lorenzo Fernández, procedente de Club Capurro, y a Alvaro Gestido, Solferino Sporting Club. Ya en 1925 también llegó Gideón Silva, proveniente de Wanderers. Y así se constituyó una excelente línea media, tan eficiente para contener rivales como para auspiciar ataques, que el ingenio de la multitud bautizó "La Cortina Metálica".
Fernández se erigió rápidamente en uno de los referentes del conjunto. En su barrio había moldeado dos cualidades imprescindibles para ser considerado un verdadero caudillo, carácter y personalidad. Siempre perteneció a esa clase de futbolistas que se entregaba entero en cada partido, pero eso si, exigía la misma pasión de sus compañeros.
El Peñarol que terminó con el Quinquenio de Oro de Nacional, derrotándolo en la memorable final de 1944, Arriba; Varela, Prado, Colture, Possamai, Máspoli y Brais. Abajo: Ortiz, Gelpi, Bovio, Pino y Vidal
Con él patrullando el centro de la cancha, Gideón Silva sobre la derecha y Alvaro Gestido por la izquierda, "La Cortina Metálica", esa línea media por la que "no pasa nadie", estiró la hegemonía aurinegra hasta 1938.
Ese mediocampo fué digno heredero de una mística ganadora que había germinado en los inicios mismos de las competencias de los mirasoles: aquella que portaban el campeón invicto de 1905 -Camacho, Mazzucco y Carbone-, el de 1912 -Pacheco, Harley y Savio- y el de 1918 -Ruotta, Harley y Juan Delgado-. Gideón Silva era negro carnavalero, habitué de murgas y corsos de Montevideo, y Alvaro Gestido, un reconocido oficial del ejército que sería valorado como uno de los más sobresalientes -sino el mejor- laterales izquierdos que vistiera la aurinegra. Fernández, por su parte, se llevaba la idolatría. Era un "gallego metedor" que la rompía parado en el medio del campo. Hacía la del tradicional volante tapón, el viejo centrojás que desde John Harley extendiera su vigencia hasta Obdulio Varela y Néstor Goncalvez.
Junto a 1920 se asomó a la vida de Peñarol una personalidad llamada Bernardo Glücksmann. Y cambiarían algunas cosas. Por aquella época los futbolistas no firmaban contratos con las instituciones y sus ingresos estaban atados a los premios (reservados e individuales) o a los obsequios de particulares. "Don Bernardo", propietario de una cadena de grandes cines en Montevideo, asumió el rol de benefactor y ditribuía tarjetas de libre acceso entre el plantel y sus familias, pero, además, aprovechando su rol de importador de radios y aparatos eléctricos, estimulaba a los autores de goles espectaculares y protagonistas de lucidas actuaciones, con inolvidables regalos. Ejemplo que conoció imitadores en el ámbito directriz.
Las inquietudes mirasoles por sostener un estilo pionero en lo dirigencial quedaron de manifiesto 1928 y 1929, cuando buscaron anticiparse a la construcción del propio Estadio Centenario. Los impulsores de la idea formalizaron un concurso para levantar una cancha, que habría sido magnífica, en el Parque Rodó, donde años más tarde se instaló la Facultad de Ingeniería. Con proyecto original del arquitecto Julio Villamajó, aquella propuesta de estadio, como otras de tal magnitud, sirvió para mostrar la mentalidad progresista que imperaba en la comisión directiva.
El sueño de algún modo, se hizo realidad cuando, finalmente, se edificó el Estadio Centenario -aunque no como propiedad de Peñarol- para albergar en 1930 la primera Copa del Mundo "Jules Rimet". Uruguay, que ese año no tuvo competencia local, se consagró campeón al golear por 4-2 a la Argentina en la final, con una escuadra en la que Peñarol también se vió representado: Juan P. Anselmo; el arquero suplente Miguel Capuccini; Lorenzo Fernández y Alvaro Gestido, ilustres campeones que lucieron la celeste.
Una vez concluída la Copa del Mundo se decidió que Peñarol y Nacional jugaran sus partidos de local en el Centenario. Y así el coloso de Montevideo fue el testigo natural del clásico y añejo enfrentamiento. Peñarol pese a que conservó su viejo estadio de Pocitos, pasó a utilizar el Centenario como hogar propio, donde empezó a hilvanar títulos y hechos consagratorios en las décadas posteriores. Pero, volviendo a su clase dirigente desde Rolan Moore, en la fundación, el club aurinegro resaltó siempre por la capacidad de sus máximos conductores. Sucesor de Jorge Clulow, Francisco Simón fue presidente en varios ejercicios, y a él, en 1918, lo sucedió Félix Polleri, quien le dejaría el sillón César Batlle Pacheco, y éste, a su vez, a Julio María Sosa, en 1921.
En los ciclos posteriores descollaron otros presidentes, como el ingeniero Abella, el químico farmacéutico Vicente Rubino, el coronel Teodoro Schinca, Alberto Delegado, Pablo Perazzo y Antonio D´Angiolillo.
Una escena electrizante del clásico de 1944. En lo alto el arquero Roque Máspoli logra despejar con los puños ante el intentoTricolor que encabeza Porta. Una época en la que la rivalidad fué aumentando su voltaje emocional, su fervor a prueba de balas...
También tuvo importancia una camada de jóvenes delegados: Constante Roque Tururiello, Enrique Aubriot, Héctor Gardil, Alberto Demicheli, el Arquitecto Juan Scasso, el contador Eduardo Eazzio (gerente del club) Julio César Pereira Bustamante.
Ya en 1931 se disputó el último torneo amateur, ganado por el Montevideo Wanderers. Hacia el fin de esta etapa de la Asociación de Football, Peñarol -sumando los del CURCC- y Nacional se dividieron el mote de "grandes" del fútbol oriental, pués ambos acumulaban 11 campeonatos. Detrás y bien lejos se encolumnaban Wanderers y River Plate, con 4, y Rampla Juniors, que se había adjudicado el torneo de 1927
La nueva era
El fútbol del Uruguay plantó bandera en el profesionalismo en 1932, y Peñarol, ni lerdo ni perezoso, se alzó con el primer campeonato disputado en la flamante era. Las estadísticas, Observadas a la distancia, son impactantes:
sobre un total de 27 partidos disputados, ganó 50 puntos, 92.5 por ciento-, dejando apenas 4 en la banquina.
La felicidad duró un año: en 1933 no pudo revalidar la conquista de un título que, para mayor dolor, fue a parar a manos de Nacional. La final se programó para el 13 de julio, pero el partido no terminó al desatarse un escándalo por la agresión de dos futbolistas tricolores contra el juez. La Asociación procuró escaparle a las presiones del ambiente y definió que el 25 de agosto y a puertas cerradas se jugarían un pico de 20 minutos y otros 60´ de alargue, entre 9 hombres de Nacional y los 11 titulares de Peñarol. El resultado fue cero a cero, empate que condujo a otra instancia saldada el 18 de noviembre a favor de Nacional: venció 3 a 2, con goles de Héctor "Manco" Castro, campeón mundial del ´30 y luego, en la Argentina, componente del Estudiantes de La Plata de Gualta, Zozaya, Lauri y Scopelli.
Peñarol se juró revancha y vaya si la tuvo. La consolidación de esfuerzos del plantel que comenzó a alumbrar en 1932 derivó en la obtención en propiedad de la segunda Copa Uruguaya en el ciclo 1935/36/37. En el primero de esos torneos cosechó 31 puntos sobre 36 posibles, redondeando un 86.11 por ciento de eficacia. En el certámen de 1936, la marca bajó a 83.33 por ciento, y en el del ´37, 80.55 por ciento. Los registros hablan por sí solos... En estos campeonatos, a diferencia de los anteriores de la nueva era, los encuentros jugados fueron 18.
Entre los integrantes de esos gloriosos planteles se hallaban figuras de la talla de Homero Fernández, Alberto Nogués, Ernesto Mascheroni, Erebo Zunino, Lorenzo Fernández y Alvaro Gestido.
Más tarde se fueron incorporando Aizcorbi, Galileo Chanes, Braulio Castro, Luis Mata, Oscar Carbone, Juan Pedro Young, Anselmo y Santos Iriarte, Enrique Ballestero, Héctor Cazenave, Barradas, L. Mainardi, Luis Mattozo (Feítico), Severino Varela, Leónidas, Miguel Angel Lauri, Pedro Lago, Sebastián Guzmán, Oscar Chirimini, Alberto Taboada, Adelaido Camaiti, Rogelio Barrios.
Y a ellos, con el tiempo también se sumaron Roque Gastón Máspoli, Agustín Prado, Raúl Rodriguez, Pedro W. Vigorito, José Antonio Vázques, Gelpi, Liztherman.
El conjunto aurinegro que, en 1943, derrotó a Independiente en el Gasómetro de San Lorenzo, en Buenos Aires. En la fila inferior junto a la pelota. Severino Varela posa sin su habitual boina blanca.
Para gritarlo toda la vida.- El primer gol en la final de 1949 ante Nacional, convertido por Gigghia.
Un partido que pasó a la historia como "El clásico del túnel" porque Nacional no salió a jugar el segundo tiempo
A instancias del consejo directivo presidido por el doctor Bolívar Baliñas y la tesorería de Antonio D´Angliolillo, comenzó en Peñarol otro período destacado al que también contribuyó el doctor Alvaro Macedo. Las nuevas proezas se conocieron a partir de 1943, mientras el club era conducido por el general Armando Lema y el equipo se reforzaba con la incorporación de Obdulio Jacinto Varela, campeón sudamericano de 1942 cuando aún lucía en el viejo Montevideo Wanderers. El brillante Obdulio escribió un inmenso capítulo cuyo punto culminante llegó en 1950, cuando con la celeste en su pecho se consagró Campeón del Mundo en el Maracaná de Brasil.
Después que en 1938 Peñarol diera la vuelta olímpica como consecuencia de una campaña en la que abrochó 34 puntos en 20 partidos -85 por ciento de efectividad-, se inició una racha negativa que se prolongó hasta 1943. Las riendas del fútbol uruguayo pasaron entonces a Nacional, que ganó los cinco títulos en forma consecutiva, una seguidilla que no conocía antecedentes. Dentro de ese "Quinquenio de Oro", hubo un torneo, el de 1941, que el tricolor logró con un invicto perfecto, al lograr tantas victorias como partidos jugó: veinte, incluida una goleada por 6 a 0 sobre Peñarol en un 14 de diciembre que nadie olvida, pues marca la mayor diferencia de goles producida en un clásico en toda la historia.
Claro que esta superioridad no sería eterna. La década de 1940. aunque comenzó mal pisada, reservaba para Peñarol momentos majestuosos. Tras el envidiable arranque de Nacional, los campeonatos uruguayos supieron gozar de una perfecta máquina de fútbol: "La escuadrilla de la muerte" de Peñarol, formada por Alcides Ghiggia, Juan Eduardo Hohberg, Oscar Omar Míguez, Juan Alberto Schiaffino y Ernesto Vidal, acompañados por Roque Máspoli y el centrojás Obdulio Varela.
La gestación de La Máquina
A mediados de esa década, en silencio -como todo proceso de germinación- empezó a armarse esa maquinita futbolera que culminaría con la obtención, en forma invicta, del torneo local de 1949. Al año siguiente, la mayor parte de sus integrantes fueron convocados para honrar la Celeste en la Copa del Mundo desarrollada en Brasil, donde enmudecieron a todo un pueblo que descontaba el triunfo verdeamarelho en la final del Maracaná, al imponerse 2-1 con tantos de dos exponentes aurinegros: Juan Alberto Schiaffino y Alcides Ghiggia.
1943 fue el año del arribo de una leyenda del fútbol uruguayo, Obdulio Varela, a Pocitos. Todavía hoy existen, como siempre cuando de ídolos se trata, quienes afirman que nunca lo vieron jugar bien un solo partido. Quizás lo digan porque nunca comprendieron ni comprenderán que su trascendencia en la cancha excedía la impaciencia que podían causar un par de pases mal dados. Pasaba en realidad, por su modo de entender la vida; siempre se la jugó por los demás para responder a una íntima convicción.
Peñarol festejó por partida doble en los campeonatos de 1944 y 1945. En el primero, el porcentaje de eficacia trepó hasta el 75 por ciento -27 puntos sobre 36 posibles, en el segundo, fue del 86 por ciento -31 unidades contra 36 en juego-. Los dos torneos posteriores fueron para Nacional. Y el de 1948 no concluyó debido a una huelga de futbolistas que sufrió el Uruguay -ecos de lo ocurrido en la Argentina-, y dejó el certámen inconcluso y sin definición. pero en 1949, la historia sería distinta.
La llegada del húngaro Emérico Hirsch a la dirección técnica coincidió con la maduración del formidable plantel que luego fue la base de la selección uruguaya que dió el Maracanazo: Roque Gastón Máspoli, Enrique Hugo, Mirto Davoine, Sixto Possamai, Juan C. Gonzáles, Obdulio J. Varela, Washington Ortuño, Alcides Ghiggia, Juan Eduardo Hohberg, Oscar O. Míguez, Juan Alberto Schiaffino y Alberto Vidal.
Máspoli, uno de los pilares que debe tener todo gran equipo, estaba en el club desde mediados de los ´40. Y con el desembarco de Obdulio Varela ya se tenían dos partes fundamentales del futuro andamiaje. Hasta que en 1948 llegaron al club Omar Míguez de Sud América, y con él Alcides Ghiggia.
Años después, Ghiggia reconoció: "Peñarol fue todo para mí. Sigo siendo hincha, claro. Nunca podré olvidarme de aquella delantera que hizo furor. Me sirvió como plataforma para integrar el combinado uruguayo. Tuve excelentes compañeros y grandes satisfacciones cada vez que salíamos campeones".
Y detalló puntualmente su Foja de servicios aurinegra. "A Peñarol pasé en 1948. Comencé a jugar en la tercera división especial, pero al poco tiempo empezó la huelga de jugadores y debí esperar. En 1949, el húngaro Hirsch me puso en primera. Tenía 22 años y fue un momento imborrable en mi trayectoria. Ese año, Peñarol hizo tabla rasa con todos sus rivales y no le quedó ni un campeonato por ganar. Salimos invictos en el Honor, en el Competencia y en el Uruguayo. Tuvimos muchísimos goles a favor, y muy pocos en contra . Fue una campaña excepcional", remató Ghiggia
El mismo año, tras dos apariciones notables en amistosos jugados en el estadio Centenario fue contratado Juan Eduardo Hohberg del equipo argentino Rosario Central. Pese a ser un futbolista nacido en la provincia de Córdoba, para el hincha de Peñarol fue siempre el Verdugo, proveniente de los puntos más bajos e inhóspitos del infierno para vengar las derrotas sufridas ante Nacional a principios de la década. En síntesis, se trató de un símbolo para los mirasoles.
Y de las inferiores, surgió un superdotado: Juan Alberto Schiaffino.
El Pepe fue elevado de la tercera de Peñarol a la selección de Uruguay en diciembre de 1945, en un amistoso frente a la Argentina organizado por el Círculo de Periodistas Deportivos del Uruguay.
Juan Hohberg, Enrique Hugo y Juan A. Schiaffino
También figuraba Ernesto Patrullero Vidal, procedente en 1944 desde Rosario Central y nacido en los alrededores de Trieste, Italia. Llegó a la Argentina para radicarse en San Francisco, Córdoba, lugar donde falleció.
Los artistas estaban. Ahora faltaba quien organizara la orquesta. Y fue el Húngaro Emérico Hirsch quien se encargó de extraerle los mejores acordes a La Máquina, como se le llamó a ese formidable equipo. Sin embargo hay quienes prefieren definirlo por sus terribles delanteros cuya alineación fue bautizada "La escuadrilla de la muerte".
Alcides Ghiggia tenía temperamento, fuerza, pique, velocidad, personalidad y un juego objetivo, claro y contundente. En las inferiores de Sudamérica había empezado ocupando la posición de marcador de punta izquierda y, a veces, de centre-half.
Hasta que un día lo pusieron de centrodelantero, desplazando a Oscar Míguez -compañero suyo entonces y, luego, en Peñarol- como wing derecho. Cuando ambos jugaban en la reserva se Sudamérica, un dirigente -Tito Lacoste- les sugirió intercambiar posiciones, por una cuestión de características. "Así yo pasé de puntero y Míguez al medio. Anduvimos como balas. Incluso yo hice dos goles. Después siempre seguimos ahí. Fue un gran acierto", comentó Ghiggia con el tiempo.
Juan Eduardo Hohberg era pura potencia: una fuerza desatada de la naturaleza que inspiraba temor al rival y despertaba hasta cierta por su destino. Goleador excepcional, se vanagloriaba desafiando las iras contrarias, aquellas que demolía prolijamente como si tuviera un hacha. No pateaba al arco sino que fulminaba. No esquivaba sino que pasaba por encima de cualquiera.
Oscar Míguez -"El mejor delantero y mi mejor compañero en el fútbol", distinguió Ghiggia- era la personificación del mismísimo diablo; un insaciable curioso que quería sorprender y sorprenderse creando jugadas inverosímiles.
Lo peor -o lo mejor- era que lo conseguía. Fueron famosos sus goles de chilena. Tanto como sus remates de tijera, a los que recurría simplemente para evitar el tedio de tener que patear siempre de la misma manera. Era un inconformista. En síntesis: un creador.
Cuando se habla de Juan Alberto Schiaffino, se tiene que hacer referencia, sin duda, a una figura que marcó un antes y un después en la historia del fútbol uruguayo. Desde su aparición, los equipos en los que participó pasaron a "armar" juego ofensivo desde la izquierda del campo. Así los insiders izquierdos elevaron su categoría, anticipando lo que Pelé y Maradona harían universal: el vínculo de la camiseta número 10 con el mejor de todos. Elegante, brillante y talentoso, tal vez haya sido en su momento el mejor delantero del mundo. Y también puede aspirar a estar entre los grandes de todas las épocas. Fue distinto a Pelé, como este lo fue a Di Stéfano y la saeta rubia a Diego. Y ninguno opaca la gloria del otro. Schiaffino se destacó como estratega: inteligente, articulador del juego ofensivo de su equipo, al que tenía pergeñado -con todas las opciones posibles- segundos antes de que ocurriera.
El Peñarol del ´49 perdió un solo encuentro en el año: un amistoso en la Argentina contra Huracán en el viejo parque de los Patricios. Ganó invicto los tres torneos oficiales, con el impresionante promedio de 3,25 goles por partido. En el campeonato perdió apenas dos puntos, ambos por empates. En total, obtuvo 34 sobre 36 unidades posibles, sellando un porcentaje de eficacia del 94.44 por ciento.
El equipo alineaba a Roque Máspoli; Enrique Hugo y Sixto Possamai; Juan Carlos Gonzáles, Obdulio Jacinto Varela y Washington Ortuño ; Alcides Ghiggia, Juan Eduardo Hohberg, Oscar Míguez, Juan Alberto Schiaffino y Ernesto Vidal.
"Esa delantera fué la mejor que integré -concedió Ghiggia-. En el mundial del 50 fué casi la misma, excepto ante Brasil, que jugó Morán en lugar de Vidal. Después solo hubo un cambio: Julio Pérez por Hohberg que era Argentino. Y nadie puede negar que Julito también fué un jugador excepcional".
Y de entre sus recuerdos Ghiggia extrajo el mejor gol de su vida: "Fue contra River Plate, en 1949. Vidal mandó el centro desde la izquierda y yo salté con mi marcador que, si mal no recuerdo, era Vanoli. La pelota quedó prensada entre nuestras cabezas y cuando la ví caer, giré y, de media vuelta, le metí un derechazo que se clavó en el ángulo. El estadio pareció venirse abajo".
Banda en Fuga
El 9 de octubre, Peñarol ganaba por 2 a 0 el primer tiempo contra Nacional. El árbitro había expulsado al zaguero tricolor Eusebio Tejera y luego, a Walter Gómez, quien lo agredió, en una reacción que le costó una suspención por un año y la marginación del histórico plantel celeste que participó del Maracanazo, siendo entonces transferido, a River Plate de Argentina.
Así estaban las cosas al fin de la etapa inicial: Nacional perdía por 2 goles, con nueve jugadores y ante un equipo temible. En ese clima, sus dirigentes decidieron no presentarse a disputar los 45 minutos finales. El árbitro aguardó el tiempo reglamentario y Peñarol dió la vuelta olímpica como campeón uruguayo. Cada año se reverencia aquel domingo inolvidable.
Ese clásico se hizo lugar en la historia como "el del túnel" o "el de la fuga".
Durante aquel lustro inolvidable, Peñarol jugó en varias oportunidades con River Plate,
otro grande indiscutido del Río de la Plata, logrando triunfos verdaderamente resonantes.
La historia demuestra que, pese al gran dominio que ejerció Peñarol, no siempre hubo motivos para el festejo. También los adversarios pusieron su granito para llevarse sus laureles. Así y todo, los aurinegros se las ingeniaron para aún en la mala pegar algún grito.
En los años 50, el dominio del fútbol uruguayo fue alternado: los campeonatos de 1951, 53 y 54 fueron para Peñarol. Y los de 1950, 52, 55, 56 y 57, para Nacional. Pero ante la abrumadora campaña tricolor de la década, lo que inclinó la balanza para Peñarol fue el glorioso período aurinegro que se inició en 1958 y culminó en 1962, cuando los mirasoles obtuvieron, por primera vez en su historia, el Quinquenio, al lograr todos los campeonatos locales disputados hasta ese año.
Los primeros campeonatos de es década -la del 50- fueron los últimos en los que brilló la generación de héroes de Maracaná. Por ejemplo, Schiaffino -después del mundial de Suiza 54- fue transferido al Milan de Italia. Igual suerte corrió Alcides Ghiggia. Y otros quizás menos brillantes en lo futbolístico, pero más importantes en lo anímico como Obdulio Varela, se retiraron. Ese fue el caso del arquero Roque Máspoli.
Parecía un ciclo cumplido. Agotado el buen momento de aquellos fenómenos -que habian dado el Maracanazo en el mundial de Brasil-, a mediados de la década del 50 comenzó a formarse otra legión de honor. En los campeonatos de 1953 y 1954 descolló Julio César Abbadie, un puntero derecho con endiablada habilidad. El Pardo también había sido integrante del conjunto uruguayo que defendió el título en el mundial de Suiza. William Martínez -capitán de Peñarol en el Quinquenio y suplente del plantel que dio el Maracanazo- destacó que en ese torneo "teníamos equipo para repetir. Perdimos la semifinal con Hungría porque en el partido anterior los ingleses nos lesionaron al Pardo Abbadie. Los húngaros eran malos en defensa. Con el Pardo no era partido: era robo. El destino quiso otra cosa. Nunca me cansé de repetir que el cuadro que fué a Suiza era mejor que el de Maracaná".
Pero Abbadie no estaba solo, ya que formaba parte de un plantel rico. Del fútbol de Salto -pese a ser natural del departamento de Artigas- llegó Néstor "Tito" Goncalves, llamado a marcar época recogiendo el bastón que dejara vacante el retiro del "Negro Jefe".
Goncalves era "de afuera" y substituía al caudillo de la ciudad, su antecesor. Y, a diferencia del gran Obdulio, recurría a otros argumentos: su fútbol tuvo mucho de la presencia soberana de los conductores de las viejas montoneras gauchas.
Cuando el partido no se podía ganar, según los manuales técnicos y tácticos, aparecía su grito: "A la carga!", como si comandara la arremetida de las huestes gauchas, poncho al hombro.
Era un jugador digno de admirar. Tenía la astucia, la sagacidad y transmitía ese respeto que genera el baqueano cuando en una cortada es necesario conocer bien el terreno que se pisa para no extraviarse.
En 1959 -en rigor a la verdad en 1960- llegó al club Alberto Pedro Spencer, proveniente de un puerto petrolero ecuatoriano -Ancón-, que no figuraba en ninguan geografía del fútbol mundial. Felino, astuto, veloz, capaz de llegar al gol por el ojo de una cerradura de las más cerradas defensas, de potente capacidad para elevarse y aplicar el frentazo, estuvo en el marcador de todos los partidos siguiendo el primer gol, el gol más importante o el que desnivelara faltando poco.
Se podría decir que Spencer fue un goleador atípico, casi dramático.
Por qué? Porque en él convergían todas las angustias de los partidos. No era el autor del segundo ni del quinto, sino exactamente del que se necesitaba para ganar o empatar sobre la hora. Pero se sabía que su gol iba a aparecer.
Con él nació en Peñarol una segunda categoría de goles. Creó una
segunda categoría de goleadores cuya trascendencia histórica no se mide por su estética -como Piendibene-, su inverosimilitud -Míguez- o su furia Hohberg-, creó la categoría refinada del gol decisivo, que acompañó al prolífico Peñarol de la década de 60, por América y el mundo.Tres años consecutivos de postergaciones en los Campeonatos Uruguayos de las temporadas 1955, 56 y 57 crearon condiciones para que la pasión amarilla y negra resplandeciera, de manera tal que eclipsara todo lo anterior y apagara el brillo de otras conquistas que, en su momento parecía lo máximo.
Nada de lo que se consiguió a partir de 1958 tiene relación alguna con cualquier antecedente de toda la historia del fútbol uruguayo.
El camino al Quinquenio
Peñarol ganó el campeonato de 1958, obteniendo 24 puntos de 36 posibles (66.66 por ciento).
Luis Maidana -arquero de ese equipo- recuerda de aquel conjunto que "los únicos que jugamos los cinco años en que salimos campeones fuimos el Tito Goncalves y yo. El llegó de Salto en 58 y yo ya
estaba en el 54 y jugué hasta el 65. Todavía no habían llegado las figuras del exterior, que después desequilibraron, como Spencer, Joya, Linazza. Antes er diferente, siempre se definía con Nacional porque las diferencias con los demás equipos eran muy grandes. Algunos partidos parecían de práctica. Cuando logramos el Quinquenio de aquellos años, no lo festejamos tanto porque, además veníamos de ser campeones de América y del mundo.
Nos acostumbramos a la gloria".
Fue una etapa de éxitos permanentes porque Peñarol repitió la campaña al año siguiente: en 1959, dió la vuelta olímpica después de ganar 26 de los 36 que disputó (72.22 por ciento).
Dale Campeón- Peñarol, campeón de 1960. Junto a los jugadores, posa su entrenador, Héctor Scarone. Cosechó 28 puntos en 18 partidos. Una etapa plena de éxitos para las huestes aurinegras.
La final del torneo es digna del recuerdo: se jugó en forma diferida, el 20 de marzo de 1960. Ganó Peñarol 2 a 0. Para ese partido, por ejemplo, la habilidad del por entonces delegado del club ante la AUF, Washington Cataldi, permitió que jugaran Alberto Spencer y Carlos Linazza, quienes no integraron el plantel durante 1959, pero fueron incorporados en el verano del 60. Aunque más allá de la victoria sobre el histórico rival y la posterior consagración, el partido es recordado por la trifulca que se generó entre los jugadores aurinegros y tricolores, que llevó al juez a expulsar nada menos que a ocho jugadores.
Entre los manyas, los que se fueron al vestuario antes de tiempo fueron William Martinez, Walter Aguerre, Carlos Borges y Juan Hohberg. Y entre los bolsos, el ex-Vélez, Rubén González, Walter Gómez -que había retornado fugazmente a Nacional, después de haber jugado en Palermo (Italia), tras su brillo en River-, Carlos Collazo y Guillermo Escalada.
Otra de las recordadas figuras de ese conjunto fue Oscar Omar Míguez, un centrodelantero de La Máquina de 1949 que participó parcialmente en este proceso. En el campeonato de 1959, fue protagonista dos partidos. en 1997, rememoró que "en realidad, yo participé poco, porque en setiembre de 1958 tuve una grave lesión en la rodilla que me tuvo seis meses afuera de las canchas. Ya, de ahí en adelante, jugué poco. Y alternaba, hasta que me fuí para Perú. Pero en aquel momento se empezó a formar uno de los equipos más ganadores que ví en mi vida".
En aquel equipo, Hugo Bagnulo se constituyó en el conductor que moldeó al conjunto que obtuvo los dos títulos iniciales del Quinquenio. Conformó un elenco con jugadores maduros como Maidana, el brasileño Milton Alves Da Silva (Salvador) y Hohberg, que retornó en 1958 tras un breve pasaje por el fútbol europeo. A ellos les sumó jóvenes como Roberto García, Albert Hein, Néstor Goncalves, Oscar Leitch, Walter Aguerre y Luis Cubilla, a quien Bagnulo había ascendido desde la quinta división a la tercera.
En aquellos años, un destacado protagonista de los clásicos ante Nacional era Elío Montaño, Montaño -rica fuente de anécdotas- era un personaje que le encantaba relatar los partidos al mismo tiempo que jugaba, lo que no era tomado de muy buena gana por sus rivales.
El mundo futbolero recuerda más de una historia en torno a este inolvidable y querido jugador. Un domingo -en tiempos en que no se admitía el cambio de jugadores-, antes de mover para iniciar el segundo tiempo de un clásico ante Nacional, se acercó al juez y le preguntó: "Autorizó el ingreso de Carballo?". Carballo, volante de Nacional era el encargado de marcarlo. "No -fue la contestación-, porqué pregunta?", "Porque a ese señor -dijo Montaño, señalando a Carballo-, no lo ví en todo el primer tiempo".
El mismo Montaño, según alguna vez contó el cordobés Juan Eduardo Hohberg, protagonizó otro episodio de esos en un clásico en el que faltaban pocos minutos parafinalizar e iban e.mpatados. Llevaba la pelota por la derecha, en plena área de Nacional, y Hohberg le gritó: "Vení!". Entonces, Montaño dejó la pelota y fue corriendo hasta la posición de su compañero, y le preguntó: "Que querés? Justo ahora me venís a llamar?"
En 1960, el rendimiento del equipo -como en una suerte de meta de autosuperación- aumentó: 77,77 por ciento del puntaje disputado, alcanzando 16 sobre 28 posibles. "Tuvimos la suerte de asistir a la formación de un excelente plantel que después logró grandes cosas -señala Luis Cubilla.