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Los polvos, ¿un asunto de Estado? / Sexo con Esther
Nada más patético que una ciudadanía morbosa pegada de las canas al aire de sus gobernantes.
El sexo da para todo, incluso para fortalecer o debilitar
la imagen de algunos personajes
como la del líder cubano Fidel Castro,
de quien el New York Post dijo en el 2008
que había tenido 35.000 amantes.
Mito o realidad, lo cierto es que el comportamiento sexual del barbudo
es algo que nadie critica, y no propiamente por respeto reverencial
frente a una envidiable virtud, sino porque lo que haga
el líder con su departamento inferior del cuerpo no es asunto público,
y menos una condición que determine el ejercicio político.
Nada más patético que una ciudadanía morbosa
pegada de las canas al aire de sus gobernantes,
que se vuelven noticia de primera plana y
desplazan lo importante de las agendas
de opinión de muchos lugares.
La lista de países que han caído en este voyeurismo político
es tan larga como lamentable.
Basta recordar la pseudocrisis que produjeron en Estados Unidos los devaneos,
con vestido manchado y todo, de Bill Clinton con la becaria Mónica Lewinski;
los desafueros otoñales de Silvio Berlusconi con jovencitas de pago,
y la caída estrepitosa del catre del poder de Strauss Kahn,
expresidente del Fondo Monetario Internacional,
por la supuesta agresión y violación de una mucama de hotel,
para entender la desproporción del interés
que despierta el aquello en los círculos de poder.
Hay que aclarar que si un mandatario cae en un delito sexual,
no hay por qué tolerarlo y la justicia debe actuar sin dilación.
Pero hasta ahí. Al igual que todas las personas, usted y yo incluidos,
los gobernantes tienen sus costumbres y sus necesidades en la cama,
y eso merece respeto.
Invadir ese espacio es muestra de un subdesarrollo mental mayúsculo.
Por eso aplaudo la actitud de François Hollande,
presidente de Francia, al demandar a la revista Closer
por meterse en la cama que compartía con su amante,
la actriz Julie Gayet, y de paso defender la idea
de que los polvos presidenciales no son asunto de Estado.
Si Hollande era infiel o no es algo que tendrá que enfrentar
con su esposa,Valerie Trierweiler.
Si por eso ella decide destrozarlo a cornadas,
ese es su asunto y de nadie más.
Hasta luego.
ESTHER BALAC
Para EL TIEMPO
la imagen de algunos personajes
como la del líder cubano Fidel Castro,
de quien el New York Post dijo en el 2008
que había tenido 35.000 amantes.
Mito o realidad, lo cierto es que el comportamiento sexual del barbudo
es algo que nadie critica, y no propiamente por respeto reverencial
frente a una envidiable virtud, sino porque lo que haga
el líder con su departamento inferior del cuerpo no es asunto público,
y menos una condición que determine el ejercicio político.
Nada más patético que una ciudadanía morbosa
pegada de las canas al aire de sus gobernantes,
que se vuelven noticia de primera plana y
desplazan lo importante de las agendas
de opinión de muchos lugares.
La lista de países que han caído en este voyeurismo político
es tan larga como lamentable.
Basta recordar la pseudocrisis que produjeron en Estados Unidos los devaneos,
con vestido manchado y todo, de Bill Clinton con la becaria Mónica Lewinski;
los desafueros otoñales de Silvio Berlusconi con jovencitas de pago,
y la caída estrepitosa del catre del poder de Strauss Kahn,
expresidente del Fondo Monetario Internacional,
por la supuesta agresión y violación de una mucama de hotel,
para entender la desproporción del interés
que despierta el aquello en los círculos de poder.
Hay que aclarar que si un mandatario cae en un delito sexual,
no hay por qué tolerarlo y la justicia debe actuar sin dilación.
Pero hasta ahí. Al igual que todas las personas, usted y yo incluidos,
los gobernantes tienen sus costumbres y sus necesidades en la cama,
y eso merece respeto.
Invadir ese espacio es muestra de un subdesarrollo mental mayúsculo.
Por eso aplaudo la actitud de François Hollande,
presidente de Francia, al demandar a la revista Closer
por meterse en la cama que compartía con su amante,
la actriz Julie Gayet, y de paso defender la idea
de que los polvos presidenciales no son asunto de Estado.
Si Hollande era infiel o no es algo que tendrá que enfrentar
con su esposa,Valerie Trierweiler.
Si por eso ella decide destrozarlo a cornadas,
ese es su asunto y de nadie más.
Hasta luego.
ESTHER BALAC
Para EL TIEMPO
fuente:
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