¿Te la pasás postergando un trámite o el turno del médico? Esa dificultad tan común se llama procrastinar. Un hábito que habla, en lo profundo, de nuestras exigencias y del temor a no poder.
No somos chinos. Aquel famoso proverbio que rezaba “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”, en nuestra cultura se transforma en “dejá para mañana todo lo que debías hacer ayer”.
Siempre encontramos buenas excusas: o hace demasiado calor, o mucho frío, o tenemos cosas más importantes que atender o necesitamos descansar. La canilla del baño sigue goteando, la visita al odontólogo no se concreta, la tesis para recibirte no pasa del primer párrafo y la llamada al electricista nunca se hace realidad. La costumbre de patear todo lo que nos fastidia para otro día tiene un nombre: procrastinar.
Se trata de postergar las responsabilidades y, en su lugar, hacer cosas irrelevantes que nos causen placer. ¿Quién no prefiere quedarse una tarde mirando series y comiendo pochoclo en vez de ir a pagar las deudas del auto?
“El problema es cuando esta actitud se vuelve un hábito”, dice la psicóloga Patricia Otero. “La persona no puede dejar de aplazar lo que debe hacer y eso es un trastorno de comportamiento con efectos que son devastadores para la autoestima y la calidad de vida. En una primera instancia genera satisfacción pero, al mismo tiempo, lo que tenemos pendiente provoca una fuerte ansiedad, culpa y un estado constante de estrés”.
Aunque se disfrace de pereza, la causa de aplazar las tareas suele ser más profunda y tiene que ver con el temor de no poder resolver algo: el miedo al fracaso. Los procrastinadores suelen ser personas perfeccionistas o muy inseguras, y la falta de decisión esconde la exigencia de tener que hacerlo de manera impecable o la sensación de “no voy a poder”. Por eso, en vez de organizarse y cumplir en tiempo y forma, dilatan el trabajo, el trámite o el estudio, aunque eso signifique cargar con una mochila cada vez más pesada.
“He llegado a pasar meses acumulando trámites y papeles del trabajo”, cuenta Natalia, empleada administrativa. “No podía concretar nada, no me decidía por qué era lo más importante y al final lo pasaba para otro día. A la noche repasaba en mi cabeza las tareas pendientes y me angustiaba mucho, sin embargo a la mañana siguiente volvía a hacer lo mismo. Era un círculo vicioso. Mi jefe un día me puso un ultimátum y ahí no me quedó alternativa: me hice una lista y me puse al día con todo. La sensación de ir tachando los ítems hasta no deber nada fue liberadora. A partir de ese momento, empecé a organizarme mejor, aunque con el estudio siempre dejo todo para la noche anterior, y las cuentas de mi casa muchas veces las pago una vez que ya vencieron. Es mi talón de Aquiles”.
EL TIEMPO ESTÁ DESPUÉS
La vida moderna está plagada de tecnología que invita a la evasión: el smartphone y la computadora son tentaciones fáciles que generan adicción y nos mantienen ocupados mientras dejamos las verdaderas responsabilidades sin resolver.
Por otro lado, somos parte de una generación marcada por la impaciencia y el individualismo donde la búsqueda del disfrute personal es la máxima aspiración. Como dice el filósofo Slavoj Zizek, el mandato de época es “tenés que disfrutar”. “Estamos atrapados en una competencia malsana, una red absurda de comparaciones con los demás”, dice Zizek. “No prestamos atención a lo que nos hace bien porque estamos obsesionados midiendo si tenemos más o menos placer que el resto. El problema hoy es que la gente no se siente culpable de transgredir prohibiciones sino de no transgredir, de ser incapaz de gozar. Ése es el problema: no está permitido no disfrutar”.
En este contexto, ser procrastinador es estar a la moda. Según un análisis realizado por la revista Journal of Cross-Cultural Psychology, alrededor del 15% de la población procrastina de manera cotidiana.
A diferencia de lo que pasaba en la época de nuestros padres y abuelos, hoy el deber está por debajo de la presión social que nos obliga, a través del bombardeo de publicidades, a pasarla bien a costa de cualquier cosa. ¿Dejás de estudiar porque te invitaron a una fiesta? ¿Aplazaste el trabajo del día por ir al cine? ¿No llamás al plomero porque preferís gastar la plata en ropa? ¿En vez de trabajar perdés el tiempo en las redes sociales? Aunque nadie lo admita, esa actitud es festejada por un sistema donde reina el ego y la cultura del yo.
ENEMIGO INTERIOR
Así como los adictos al alcohol no disfrutan de una copa de vino −o mejor dicho, el disfrute es ínfimo en comparación a las consecuencias negativas−, lo mismo ocurre con los procrastinadores. Dejar para mañana las responsabilidades de hoy, termina provocando más ansiedad y angustia que cualquier otra cosa. Por eso es importante aprender a manejar los tiempos y no dejarse llevar por esa voz mentirosa que te dice “ahora no”.

“Para combatirla, lo primero que hay que hacer es tomar conciencia de que causa sufrimiento y pensar por qué lo hacemos: ¿Por miedo a que algo salga mal? ¿Porque necesitamos ayuda y no nos animamos a pedirla? ¿Porque queremos que salga perfecto? ¿O porque buscamos un poco de adrenalina en el hecho de vivir a contrareloj?”, dice Otero. “Por eso hay algunos trucos que ayudan a organizarse, como armar listas, fijar objetivos a corto plazo y hacer el esfuerzo y comenzar, que siempre es lo más difícil.”
MOÑITO COLORADO
Una buena forma de estimularse para tener la agenda al día es compartir los objetivos con un amigo o con la pareja. A medida que uno cumple una meta, puede ser premiado con una rica comida o una ronda de cerveza. Apoyarse en un organizador diario también ayuda: puede ser una agenda o un programa como el Outlook, que te permita fijar tareas, prioridades y llevar adelante proyectos personales y laborales. Cuando tenés las cosas por escrito y una alarma que te recuerda lo que tenés que hacer, es más posible que lo concretes sin dar tantas vueltas.
Si te gusto mi post compartelo con amigos y en tus redes sociales y no te olvides de seguirme en @valencchu para mas contenidos similares !