InicioOfftopic4 Cuentos cortos
4 Cuentos cortos



cuentos



Mi último día



Eran las siete de la tarde, un cuerpo yacía inerte sobre la fría nieve. Siete

menos cuarto, alguien arrastra un cuerpo sin vida por el espeso bosque. Seis

y media, un coche se detiene bruscamente en las afueras de la ciudad, justo

en un sendero que conduce al bosque. Seis y cuarto, se escucha un disparo

en la carretera. Seis en punto, un conductor en medio de la lluvia recoge de

la autopista a un hombre que hace auto stop. Seis menos cuarto, un hombre

va por la carretera muy deprisa, ha quedado para cenar con unos clientes en

el mejor restaurante de la ciudad. Cinco y media, sale de casa a pesar de la

lluvia y le da un beso de despedida a su mujer. Cinco y cuarto, su mujer le

dice que ha tenido una pesadilla, y le pide que no vaya a la cena.

Cinco en punto, suena el teléfono en la casa de los Báez. Una voz desde el otro lado

le dice:

Hoy será el último día de tu vida …





cuentos cortos



Un, dos, tres



Si hay una historia que nunca falla en el repertorio de Florette es la de nuestro primer encuentro. La cuenta todas las reuniones, contagiando indefectiblemente la carcajada al resto de comensales cuando a mitad de la historia es incapaz de continuar y ríe sola mientras farfulla palabras a medias.



Era julio de 1947 y Deauville hervía con la  energía previa a las carreras de caballos.



Duques, condes y otros animales se reunían en el hipódromo de las 100.000 flores tras la visita vespertina al Establecimiento de Baños de Mar y comentaban sus apuestas entre pesadas volutas de cigarro, mientras sus hastiadas vizcondesas paseaban faldas de medio paso a lo largo de los 653 metros de azobe estratégicamente situados sobre la playa.



Entenderán que entre copas de calvados o los cortes al bies mecidos suavemente por el viento y coronados un metro más arriba por un escote sirena, sólo había un caballo ganador.



Y apoyado en la baranda de una cabina mientras contemplaba las pequeñas olas de color tiburón entre las sombrillas multicolor, vi aparecer a aquella maravilla de la naturaleza que habría de convertirse en mi tercera esposa. La acompañaba Maddy McLaren, una harpía de tomo y lomo que formaría parte de nuestro círculo de amistades los siguientes 32 años. La profunda fealdad de Maddy no podía enturbiar el esplendor de aquella sonrisa franca y provocadora que a su vez parecía ser propiedad de la mujer más arrebatadoramente sensual que había visto jamás.



Con la atonía provocada por los latigazos de sangre que colapsaban mis sienes doblegando mi criterio, un martes cualquiera de un julio de hace 50 años, carraspeé un par de veces, pasé el pequeño peine de carey por este pelo aún hoy imposible de domesticar y me incliné ligeramente ante aquella extraña pareja mientras acercaba mi Stetson de verano hacia el corazón.



Hipnotizado por los labios turgentes de Florette, no caí en la cuenta del rictus previo a la carcajada generalizada que provocó aquella maldita falabella que galopaba por la arena cuando, caprichos del destino, se enamoró perdidamente de mí  y en un certero mordisco despedazó mis pantalones de lino, dejando al descubierto al dios griego que llevo dentro.



Semejante entrada triunfal garantizó una cita aquella misma noche en el Casino, que como no podía ser de otra manera, terminó con otro par de pantalones destrozado al cobijo del techo de totora del puesto de foie gras de Trouville.



Hoy es el cumpleaños de Florette y me he disfrazado de Iris Apfel para llevarle el desayuno a la cama. Mientras acariciaba uno de los pendientes de clip amarillos que cuelgan de mis orejas, me ha dicho una vez más que soy su tolili favorito. Ahora estamos jugando al zapatito inglés en el porche de nuestro palazzo toscano; Villa Sigmunda.



Porque saben, sólo aposté una vez en mi vida. Y aquella falabella venció.



4 cuentos



Las mañanas de Domingo



A Domingo no le gustaban los domingos. Para él tenían un rostro feo y oscuro, como un malo de película. Aquellos horribles días, prefería esperar ansioso la llegada de un nuevo lunes antes que planear alguna aventura. Se despertaba sin ganas de desayunar el zumo de naranja que su madre le preparaba, sin colar y con un poco de azúcar. Intentaba pasar la mañana revolviéndose entre las sábanas, recordando los sueños y buscando los calcetines perdidos durante la noche. Por la tarde, después de haber hecho un gran esfuerzo por tragar todo el puchero que, por cierto, era tradición comer los domingos, se iba a su habitación  a leer algún libro  que tendría que devolver a la biblioteca al día siguiente. (Esto nos pasa a todos porque cuando nos prestan durante quince días el libro que por sorpresa encontramos, lo colocamos bajo los otros que estamos leyendo y se queda ahí, olvidado, en nuestra mesita de noche hasta el día límite.) Caminaba descalzo y en pijama, arrastrando los pies como si llevara el peso de unas cadenas. Con el cabello despeinado llegaba al sofá y esperaba que pasaran las horas escuchando el lejano sonido del televisor que le acompañaba.





A Domingo le gustaban los lunes. Pues para él eran una puerta abierta por donde entraba aire fresco. Un montón de amigos y juegos y manchas le esperaban en el patio de la escuela que, por falta de espacio, era la plaza de al lado. Era muy querido y popular, todos le saludaban e, incluso, le ofrecían parte de sus bocatas y un sorbito de zumo. Cada recreo jugaba con un grupo diferente de niños; los maestros le dejaban  porque no se metía nunca en líos y demostraba ser buen compañero. Le gustaba cambiar los cromos de fútbol y aprenderse antes que nadie los nombres de los jugadores. Era divertidísimo saltar a la comba y que luego fuera más rápido y le entrase miedo de recibir un latigazo. Jugando al escondite no sabía donde esconderse y le pillaban siempre imitando un árbol, un gato, una sombra. Entonces, él se reía y se encogía de hombros provocando la carcajada general. Lo mejor era cuando se organizaban carreras con los pequeños porque todos querían subir a su spalda y ganar con aquel espléndido caballo. Lo pero, oír el silbato que anunciaba la vuelta a las aulas. Los sábados no eran tristes, aún le quedaban los recuerdos de unas intensas mañanas y, por supuesto, no pensaba en los domingos.



 

A Domingo le encantaba vestir con pantalones cortos y tener cardenales en las espinillas por eso, al volver a casa y ponerse el triste traje gris con corbata azul, se le borraba la sonrisa. Sólo la recuperaría a la mañana siguiente, durante las horas de recreo en la plaza, si los niños le volvían a acoger en su fantástico universo. Cansado de la jornada laboral en la oficina y de ver tanta desilusión en las ojeras de los otros empleados sólo pensaba al llegar a casa y justo antes de dormir en qué le gustaría ser cuando él fuera mayor.



4 cuentos cortos



El planeta de las aves



Un pavo llegaba tarde al teatro, (la papada no se limpia sola) así que se propulsaba rápidamente con sus patas robustas, primero la izquierda y después la derecha; por supuesto, ya había replegado la cola, logrando que su cuerpo adquiriera una forma aerodinámica y que sin embargo no le permitía volar a grandes distancias. No le importaba, la verdad, acaso no era suficiente con extender las plumas posteriores, emulando un abanico, para que los demás supieran con quien trataban. El caso es que la obra ya habría empezado, y lamentaba profundamente perderse el canto inicial de Luciano, un mirlo que vestía unas plumas pálidas y que por aquel entonces gozaba de una fama que ya había rebasado las murallas de la ciudad. Temeroso, dejó caer algunas monedas sobre los recipientes que las palomas habían colocado en el suelo con ese propósito. Aceleró su pasó, ahora sí el miedo paralizándolo, cuando vio a un cuervo que intentaba aprovechar su parecido con las sombras. Siempre la misma historia.



No mucho más tarde ya se veía la puerta del teatro iluminada por dos lámparas de aceite, colocadas simétricamente a cada lado de la entrada. Justo en frente lo aguardaban dos pingüinos Humboldt, ataviados ambos con sus trajes de acomodadores, negra la espalda y blanco el pecho, sus alas inútiles posadas sobre su espalda en forma de v. Se acercó hasta ellos y entonces le pidieron su billete con la debida amabilidad. El pavo tanteó con su ala izquierda por entre las plumas que cubrían el torso, de donde sacó finalmente su entrada.



Perfecto, nuestros compañeros lo conducirán hasta el tercer piso, dijeron al unísono los pingüinos.



Tiene que ser un error, respondió el pavo, ese es un lugar para los pollos.



En su billete pone claramente segundo anfiteatro, así que nuestra obligación es guiarlo hasta el tercer piso. Mírelo desde el lado bueno: verá el techo mejor que nadie.



De ningún modo.



Tal vez prefiera verlo desde aquí, con algo de suerte escuchará las notas más altas de Luciano.



Así que el pavo accedió a que lo acompañaran, el ascensor averiado, las escaleras que se retorcían sobre si mismas en un espiral infinito, instaladas especialmente para los malos voladores. Agotado, hizo un último esfuerzo y superó un último escalón. A través de la ventana, la luz de las antorchas irrumpía sobre las fachadas, que parecían moverse con sensualidad, al ritmo de un tango tímido que apenas arrancaba los primeros compases. Giró a la derecha, olvidando por un instante la noche; se oía a Luciano entre los pasillos, todavía ejecutando el canto inicial. De nuevo un pingüino Humboldt se interponía en su camino. Este impedía su ingreso por la puerta oeste, la que en efecto debía tomar para poder ocupar su asiento, fila 1, butaca 7. Era cierto. Su billete indicaba el segundo anfiteatro, precio de la entrada 45 pesos. Él había pagado 170 para fundirse en un esponjoso sillón, color escarlata y dorado, situado en un distinguido palco en el lado oeste. Solo en eso coincidían las dos entradas.



No puede impedirme escuchar a Luciano.



De hecho me es imposible dejarle entrar mientras actúan los artistas. Tendrá que esperar al primer aplauso.



Ahora iban a ser los pollos los encargados de indicarle cuándo podría pasar.

 

Entonces no le quedó más remedio que escuchar al mirlo desde fuera, aunque la voz se desvanecía cuando chocaba contra la madera, sobreviviendo solo un tenue resquicio por entre las puertas. Ejecutó un último falsete, sublime, inconfundible. Tomó la palabra el silencio. Y, sin embargo, el puto pingüino no se movía. Fueron los aplausos y sobre todo los silbidos y los chillidos estridentes, tal vez los gallos que habían cacareado como si ya hubiera amanecido. Solo después de que ocurriera aquello el pingüino se retiró con una sonrisa, explicándole muy vagamente donde se encontraba su asiento. Todos los pollos giraron sus cuellos hacia la puerta trasera, como si lo vieran a pesar de la oscuridad, como si en realidad pudieran olerlo. Por supuesto chismotearon. Así son las gallinas, se decía, no saben estar calladas. Buscó el lugar más alejado, cada vez más lejano respecto al escenario pero también más protegido. Empezaron a cantar, por desgracia ya no se trataba de Luciano; no estaba mal, pero no era Luciano. La luz de las antorchas que colgaban de las paredes era suficiente para darse cuenta de lo desesperada que era la situación. Incluso había palomas. Además de las gallinas y los gallos, había otros individuos con los que uno jamás debería cruzarse; estaban los búhos, esos tipos huraños y que duermen de día; estaban, sobre todo, las palomas. Las miradas se cruzaban en ambas direcciones, repartiéndose a partes iguales el desprecio. El pavo había perdido el hilo de la ópera ya hacía tiempo.



Los aplausos y las obscenidades anunciaron el final del primer acto. Nadie, sin embargo, había abandonado todavía el gallinero, de hecho también el resto de localidades seguían ocupadas por sus dueños. Lo había olvidado. Todas las miradas se dirigían al palco presidencial, donde un pavo real se disponía a enfilar el camino hacia el comedor de sus majestades. Todos los pollos se levantaron, justo en el momento en el que el rey también se erguía. Extendió su cola cuan grande era, se abrieron los múltiples ojos azules que todo lo veían. Su pechera era elegante, del color de un mar tranquilo. Ya se había ido. Entonces volvieron los gritos, mientras el rey se fundía en un sillón esponjoso color escarlata y dorado y comía pienso que habían traído de Armenia. Menuda putada. Si sus familias no se hubieran separado hacía ya no sé cuánto tiempo, tal vez sería él quien tuviera la cola bonita.



4 Cuentos cortos
Datos archivados del Taringa! original
168puntos
680visitas
0comentarios
Actividad nueva en Posteamelo
0puntos
3visitas
0comentarios
Dar puntos:

Dejá tu comentario

0/2000

Autor del Post

a
ange1andres🇦🇷
Usuario
Puntos0
Posts208
Ver perfil →
PosteameloArchivo Histórico de Taringa! (2004-2017). Preservando la inteligencia colectiva de la internet hispanohablante.

CONTACTO

18 de Septiembre 455, Casilla 52

Chillán, Región de Ñuble, Chile

Solo correo postal

© 2026 Posteamelo.com. No afiliado con Taringa! ni sus sucesores.

Contenido preservado con fines históricos y culturales.