La Gran Esfinge de Gizeh es uno de los monumentos más conocidos del antiguo Egipto. Es un símbolo para el país y, sin duda, sus grandes dimensiones, su antigüedad y el misterio que la rodea constituyen un gran reclamo turístico. Hoy en día no podemos fijar con exactitud la cronología de su construcción ni determinar cuál era su finalidad, sobre todo porque se trata de un monumento singular, sin parangón en ningún otro lugar de Egipto. Aunque existen otras esfinges, ninguna de ellas repite las características de la de Gizeh.
La Esfinge de Gizeh es un guardián del complejo funerario del rey Kefrén. Este faraón de la dinastía IV vivió y gobernó Egipto en tiempos del Imperio Antiguo, a mediados del III milenio a.C. También se le conoce como el rey Khafra, Horus We-serib. El nombre de Kefrén es el que utilizó el historiador griego Heródoto en el siglo V a.C. para referirse a él, y así le conocemos hoy en día. Kefrén era hijo de Keops o Quéope, el famoso constructor de la Gran Pirámide de Gizeh. De hecho, la pirámide de Kefrén, que este rey mandó construir junto a la de su padre, es la segunda más grande de Egipto. A pesar de ser más baja que la de su progenitor está situada en un plano más alto, por lo que da la impresión de que ambas tienen la misma altura.

La Esfinge es un león recostado con cabeza humana que se cree que representa al rey Kefrén. Mide 72 metros de largo y 20 de alto. Los antiguos egipcios conocían este ser fabuloso como shesep-ankh, «imagen viviente». La Esfinge fue esculpida en un saliente vertical de la formación rocosa de piedra caliza de la que está formada la planicie de Gizeh. No fue un trabajo fácil. Los escultores comenzaron por aislar el gran bloque rectangular de piedra donde iban a modelar la Esfinge formando una depresión del terreno en forma de herradura. Primero hicieron el cuerpo del león, y después la cabeza con el rostro del rey. Tras ello nivelaron el suelo entre la Esfinge y la depresión. Hacia el este se había abierto una amplia terraza, en cuyo extremo sur se había construido el templo inferior de Kefrén, con enormes bloques de piedra caliza extraídos de los estratos rocosos que se hallaban a la al-tura de la cabeza de la Esfinge. Las piedras que se habían extraído en el proceso de aislamiento del bloque se emplearon en la construcción del templo de la Esfinge, para levantar el cual se utilizó granito rosa procedente de Asuán. El templo cuenta con una doble entrada, un patio rodeado de pilastras de base rectangular y un altar de ofrendas en su centro.

La Esfinge debía representar al rey Kefrén haciendo ofrendas a su padre Keops. Ya que durante la dinastía IV el rey muerto representaba la reencarnación de Ra, las ofrendas de Kefrén eran para su padre reencarnado en el dios del Sol. El templo de la Esfinge está orientado de este a oeste, con amplios patios abiertos, como es habitual en los templos solares.

El león recostado o sentado tenía un significado de guardián o protector. Estaba muy ligado al Sol. Con el nombre de Hor-em-ajet, o Harmaquis («Horas en el Horizonte»), Horas adoptaba una forma leonina como la divinidad del Sol naciente. Durante la dinastía XVIII la Esfinge de Gizeh fue asimilada a esta forma del dios Horus. Puesto que Horas es hijo de Ra, no es de extrañar que la Esfinge sea la representación de Horas y que el templo que custodia esté dedicado a Keops o, lo que es lo mismo, al dios solar Ra.

Durante el Imperio Nuevo (1552-1069 a.C), Gizeh se convirtió en un lugar de peregrinaje para visitar las tumbas de Keops y Kefrén. También era una zona donde se rendía culto a Har-maquis y, por tanto, una zona en la que se veneraba a los faraones. Ello explica que los reyes de este período, para legitimar su poder, reconstruyesen o embelleciesen los templos, asociándose de este modo tanto a los antiguos faraones como a sus inmediatos predecesores.

Se debe tener presente que la época de la dinastía XVIII se caracteriza por la sucesión en el poder de algunos hombres sin derecho legítimo al trono, al que accedieron por su matrimonio con una hija de reyes. Así, la Esfinge se convirtió en un lugar de culto a los ancestros reales, sobre todo a los constructores de las pirámides, pero también a faraones como Amenhotep (Amenofis) III. El culto a Har-maquis y a los faraones se prolongó hasta la época romana.

Tutmosis IV (1412-1402 a.C.) dispuso una estela entre las patas de la Esfinge. Este faraón no era el heredero designado para reinar y, de hecho, su origen resulta oscuro. La estela que puso entre las garras del león, y que parece ser propaganda a su favor, es conocida como la Estela del Sueño. En ella se explica cómo el joven príncipe Tutmosis, estando de caza en el desierto, cayó dormido a la sombra de la Esfinge. Harmaquis, el dios solar encarnado por la Esfinge, se le apareció en un sueño y le prometió que llegaría a ser rey si le sacaba la arena que cubría su cuerpo. El príncipe llevó a cabo su empresa y, de esta manera, se convirtió en rey.

Sabemos así que la arena ya había cubierto este monumento en época antigua. En tiempos de Ramsés II (1289-1224 a.C.) la arena volvió a cubrirlo, y Heródoto, siglos más tarde, ni siquiera la menciona, aunque sí habla de las pirámides de Gizeh y de los faraones que las construyeron. En época romana la Esfinge sufrió algunas restauraciones