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La inflación permanente te come la cabeza.

Offtopic5/18/2016
Matías se despierta angustiado y no tiene claro porqué.

En el desayuno discute con su mujer. No se ponen de acuerdo en como decirles a los chicos que tienen que cambiarlos del colegio donde estuvieron desde la primaria, porque ya les resulta imposible pagar la cuota.

Sale con esa angustia de su casa y camina hasta el subte: un montón de gente protestando ya desmayadamente y casi sin fuerzas porque hay un conflicto gremial por salarios o por la pelea interna de sindicatos. Colectivo repleto, media hora tarde, no es el único, igual se come una reprimenda de un jefe que también ha llegado tarde.

Trabaja en el banco hasta el mediodía y cuando sale a comer descubre que su comida aumentó 20% de un día para el otro. Vuelve al Banco y le dicen – finalmente gracias a Dios - que el aumento de sueldo es 30% a partir del mes que viene, y 5% no remunerativo pero que tendrá que hacerse cargo de la prepaga, un 15% de su sueldo, o bien aceptar la Obra Social del Sindicato donde el Hospital es la antesala inevitable del cementerio.

No puede discutir con nadie, no puede reclamar a nadie y no puede buscarse otro trabajo porque en todas partes están echando gente y el mismo Banco está reduciendo el personal.

Al fin del día, ya con subte llega su casa mas que angustiado porque sabe que encontrará debajo de la puerta las diarias facturas de AYSA, Metrogas, Patente del auto, la cuota mensual del club, TV por cable, y casi seguramente la liquidación de la tarjeta de crédito y la cuota de la tienda donde cambiaron ese colchón que no daba más y que todavía no terminaron de pagar.

Todas tienen un aumento y la tarjeta por mas descuentos que ofrece para comprar comida le ha cargado $ 35 por enviar el resumen y 95% de intereses (mas 21% de IVA sobre los intereses) por su mala idea de haber financiado una parte del saldo del mes anterior para compensar hasta llegar al aumento de su sueldo.

No quiere sumar porque sabe que será más que el sueldo de bolsillo de él y de su mujer que es arquitecta y trabaja en un estudio que cada día tiene menos clientes y menos empleados. Los chicos estudian, mientras Matías y su mujer buscan argumentos para no angustiarlos con la noticia del cambio.

La TV por cable es la mínima y no se puede bajar, vender el auto utilitario que duerme en la calle y tiene 7 años no resuelve nada y agravaría severamente la tensión con los chicos; dejar el club donde pueden mitigar durante el fin de semana sus angustias y perder el gimnasio gratuito sería una angustia más, entonces que le queda por hacer?

Hay un sobre angustiante con un membrete en letras de molde que dice AFIP y que no se ha atrevido a abrir todavía pero lo enfrenta, ya no con angustia sino con miedo. Tuvo razón: su departamento de 93m2. en un barrio periférico ha sido revaluado y Matías ingresa a la selecta categoría de quienes pagan Bienes Personales, o el impuesto a la riqueza, como se lo suele denominar. No entiende bien, consulta en el acto con su hermano contador y se da cuenta que deberá pagar un año completo anticipadamente un impuesto que le toma el 3% de los ingresos mensuales de toda la familia. Esa noche ya no dormirá como antes.

Esta es la realidad o un cuento de terror?

Cualquier relación con la realidad no es pura coincidencia. El país se ha sumergido desde hace muchos años en un contexto de elevada inflación que tiene terribles implicancias económicas, sociales y psicológicas.

Muchos de estos efectos son registrados a un nivel plenamente consciente: la reducción inmediata de nuestro poder de compra, la necesidad de una angustiosa espera de un aumento de sueldo, un visible cambio permanente en la vida diaria, un regreso cada vez mas liviano y de menor calidad del supermercado, cargar nafta en al autito calculando litros y recorridos, en fin, angustia e inseguridad.

La inflación se ha movido como un fantasma desde las sombras, perturbando silenciosamente nuestras vidas con tremendas consecuencias en nuestros sentimientos, en las relaciones con nuestros seres queridos, en las duras decisiones que nos afectan, en toda nuestra calidad de vida.

Tiene realmente un efecto psicológico o lo suponemos?

Existen miles de estudios y palabrerío con relación a los efectos económicos que producen las tasas elevadas de inflación en la economía de un país.

Sin embargo, nadie le presta la misma atención el efecto psicológico de la constante variación de precios. Esto se debe, en parte, a la dificultad metodológica que presenta este tipo de investigaciones porque implican estudios no objetivos ni mensurables y terminan siendo quejas o charlas de café.

Podemos, sin embargo, desde un enfoque descriptivo, identificar cómo nos impactan algunos de estos factores desde una perspectiva psicológica.


Miedo, inseguridad e incertidumbre.

Uno de los ejes en que el ser humano basa su desarrollo personal y profesional es su capacidad de tener control sobre su situación actual y futura. A mayor tasa de inflación, menor es la capacidad de las personas para planificar adecuadamente sus finanzas personales, lo que promueve muchas veces sentimientos de inseguridad, incertidumbre y miedo. A modo de ejemplo, en el caso citado, es muy probable que la falta de certeza, sobre si van a estar en condiciones o no de afrontar los gastos, tenga un alto impacto sobre la relación de pareja, su autoestima, su sensación de tener el control.

Incompetencia relativa.

La mayoría de las personas carecen de las habilidades para manejarse con parámetros que cambian todo el tiempo. Una inflación alta es, en realidad, un cambio relativamente gradual de sistema de moneda. Está muy bien documentada la confusión (y consecuente vivencia de incompetencia) de personas mayores o poco educadas cuando sucede este cambio paulatino.

Frustración

La inflación genera fuertes asimetrías en la economía. Algunos sectores se ven más beneficiados que otros. Las personas varían en su capacidad para tolerar algunos de los cambios bruscos que perciben a su alrededor. Matías puede enojarse con el banco – su empleador - porque aparentemente él puede subir mucho los precios, mientras que él siente que no puede hacer lo mismo porque se quedaría sin trabajo. También se enojará silenciosamente consigo mismo, por sentirse incapaz de mantener feliz a su familia y, por ende, victimizarse.

Sentimiento de injusticia.


Lo anterior puede darse en un marco más amplio. La justicia comprende un conjunto de reglas y normas que establecen un marco adecuado para las relaciones entre personas. En otras palabras, es el arte de dar lo justo o hacer dar lo justo a un individuo, sin tener ningún tipo de discriminación o preferencia hacia ninguna persona.

En el contexto inflacionario que vivimos, hay sectores que actualizan sus ingresos mucho más rápido que otros (a modo de ejemplo: sueldos negociados por los sindicatos con las empresas formadoras de precios). Esto genera en mucha gente la sensación de que su situación es injusta y les cuesta entender los motivos por los cuales a otros sectores de la población les va mejor independientemente de las características intrínsecas de su actividad.

Conductas y emociones asociadas con hechos del pasado.

Si el individuo tiene edad suficiente para haber experimentado previamente algún contexto inflacionario, es probable que, conscientemente o inconscientemente, asocie los hechos actuales con situaciones pasadas y esto tenga algún impacto en su conducta o forma de sentir. A su vez, esta conducta puede o ser o no muy adecuada a la situación actual.

A modo de ejemplo, un ama de casa decide retirar sus ahorros de banco por miedo a perderlos y gastarlos en un viaje o un inversor decide tomar un crédito en pesos a tasa fija especulando que la inflación suba, en búsqueda de una tasa de interés negativa de acuerdo a su experiencia previa. Y siempre se equivocarán.

Conducta especulativa

No solo un empleado, un obrero, un comerciante, un profesional independiente y ni hablar un jubilado han adoptado formas legales, ilegales y hasta picarescas para defenderse contra la erosión que la inflación causa a su calidad de vida.

Los empresarios tienen una completa deformación mental respecto del comportamiento industrial y comercial. En un país sin inflación, una empresa puede planificar y ejecutar dentro de un marco de cierta previsibilidad con un mínimo de incertidumbre sobre circunstancias que no controla.

Puede aplicar sus esfuerzos y su dinero al desarrollo de productos y servicios. En cambio en Argentina la inflación lo obliga a un constante análisis de costos y precios, le quita tiempo para pensar y le agrega tanta inseguridad que no puede planificar a largo plazo.

En un país sin inflación un 5 ó 7% de rentabilidad neta anual es un porcentaje muy aceptable. Para un empresario argentino, con la mente distorsionada por el temor y sus idea corrompidas por la inflación, pensar en menos de un 30% anual de utilidades sobre la inflación es un suicidio y ese es otro motivo para que aumente la inflación, mas allá de la incongruencia de la disparatada emisión monetaria o el exótico gasto público.

El tremendo efecto psicológico de la inflación permanente afecta nuestra vida mucho más que lo imaginable.
En resumen, la inflación afecta nuestras vidas, no sólo en términos económicos sino también, como hemos visto, tiene importantes efectos en otros aspectos de nuestra cotidianeidad. La inflación moldea nuestros sentimientos, nuestras acciones y nuestra forma de pensar. Cuanto más consciente tengamos las repercusiones de este proceso, más fácil será afrontarlas y evitar que se generen conflictos tanto a nivel personal como con los demás.

Está totalmente fuera de nuestro alcance modificar las variables económicas que afectan la inflación, entonces nuestro gran desafío es cuidarnos, aprendiendo a identificar, manejar y neutralizar los efectos espantosamente negativos de la inflación.
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