
Graciela Micaela tiene 16 años y vive en la calle. En la plaza Independencia Tucuman ,jugaba con su amiga Celeste que la acompaña en sus desventuras. Duerme donde la encuentra la noche.
Dos chicas comparten una Fanta en la plaza Independencia. Ríen. Juegan a los manotazos desparramadas en un banco. A su lado, la gente pasa presurosa antes de que expire el plazo para votar o que las nubes gordas y negras terminen explotando. Nadie nota las caritas abotagadas de las chicas, la suciedad de sus pies, los agujeritos que dejaron los piercing que ya no están, que se perdieron. El pelo revuelto y apelmazado como si no hubieran tenido una mañana, de esas que todos conocemos.
Un rodete es todo lo que puede hacer por su cabeza Graciela Micaela, que vive desde hace un mes en la calle. Tiene 16 años pero una mirada filosa, que paraliza e interpela. En cambio, cuando ríe, cuando su amiga Celeste la carga porque dice que los piojos ya no le entran en la cabeza y se le caen por la frente, entonces la mirada se le amansa y Graciela vuelve a ser otra vez una niña.
- “No, no he votado porque me andaba drogando”, dice desafiante, volviendo a afilar la mirada. Se estira sobre el banco y mete un cuchillo en la cintura, entre la piel y el jean. Muestra los brazos rayados con innumerables cortes. Celeste, en cambio, no deja ver los suyos. Tiene mangas largas aunque hace calor. “¡Eh mostrá los brazos, vos también te cortás!”, la delata su compañera.
- “Yo sí he votado esta mañana”, cuenta Celeste, que tiene 17 años. “Nos han ido a buscar en auto, a mí y a toda la familia”.
Graciela cree que aunque no hubiera estado drogándose tampoco hubiera podido votar. “No sé leer ni escribir”, dispara y provoca un silencio. “No voy a la escuela”, agrega por si no se hubiera entendido. “Y no sé qué es eso de la votación”, remata.
En teoría Graciela Micaela vive en el barrio Juan XXIII (La Bombilla) pero hace tiempo que su familia le ha perdido el rastro. Duerme en cualquier lado y come lo que le dan, pero a juzgar por su flacura le dan muy poco.
Sin embargo no está sola. Dice que la acompaña “una banda de chicos”. “Están Gastón, la Alexis, mi tía que va a pedir por allá, la María Mumi que trabaja pidiendo acá en la plaza, el Negro, que le decimos semáforo porque tiene la cabeza llena de hongos de todos colores ...”.
Las dos se miran y ríen con complicidad. Pero la sonrisa se les va derritiendo porque saben que la cosa no da para más: “la calle es dura, doña. Ya estamos buscando que nos encierren en el Goretti. Ahí se come todos los días”.
Muchos vuelven de votar ya sin tanto apuro. Y pasan sin mirar al lado de dos chicas que comparten una Fanta.
