La procrastinación (1) (Del latín: “pro”, adelante, y “crastinus”, referente al futuro), postergación o posposición, es la acción o hábito de postergar actividades o situaciones que deben atenderse, sustituyéndolas por otras situaciones más irrelevantes y agradables.
Es un trastorno del comportamiento con raíz en la asociación de la acción a realizar con el cambio, el dolor o la incomodidad (estrés).
Puede ser psicológico (en la forma de ansiedad o frustración), físico (como el que se experimenta durante actos que requieren trabajo fuerte o ejercicio vigoroso) o intelectual.
El término se aplica al sentido de ansiedad generado ante una tarea pendiente de concluir.
El acto que se pospone puede ser percibido como abrumador, desafiante, inquie -tante, peligroso, difícil, tedioso o aburrido, es decir, estresante, por lo cual se auto justifica posponerlo a un futuro, “sin día, sin plazo, sin fecha, idealizado”, en que lo importante es supeditado a lo urgente.
También puede ser un síntoma de algún trastorno psicológico, como depresión o TDAH (trastorno por déficit de atención con hiperactividad).
Este escrito (2,3) trata de la procrastinación como mal hábito, no como trastorno médico.
Ello quiere decir que debería bastar con el deseo genuino de querer cambiar, y el conocimiento de las técnicas adecuadas, para dejar de procrastinar sin demasiado trabajo.
Si a pesar de hacer un esfuerzo honesto, consciente y constante, resulta que no eres capaz de dejar de procrastinar, tu problema quizás sea de otra índole.
Algunas personas posponen sistemáticamente, no porque sean procrastinadores en el sentido descrito aquí, sino porque tienen problemas serios, como ansiedad severa, baja autoestima, depresión o déficit de atención, que les impide físicamente centrarse.
Este tipo de trastornos requieren de tratamiento médico, y no es el objetivo del escrito.
Es un trastorno del comportamiento con raíz en la asociación de la acción a realizar con el cambio, el dolor o la incomodidad (estrés).
Puede ser psicológico (en la forma de ansiedad o frustración), físico (como el que se experimenta durante actos que requieren trabajo fuerte o ejercicio vigoroso) o intelectual.
El término se aplica al sentido de ansiedad generado ante una tarea pendiente de concluir.
El acto que se pospone puede ser percibido como abrumador, desafiante, inquie -tante, peligroso, difícil, tedioso o aburrido, es decir, estresante, por lo cual se auto justifica posponerlo a un futuro, “sin día, sin plazo, sin fecha, idealizado”, en que lo importante es supeditado a lo urgente.
También puede ser un síntoma de algún trastorno psicológico, como depresión o TDAH (trastorno por déficit de atención con hiperactividad).
Este escrito (2,3) trata de la procrastinación como mal hábito, no como trastorno médico.
Ello quiere decir que debería bastar con el deseo genuino de querer cambiar, y el conocimiento de las técnicas adecuadas, para dejar de procrastinar sin demasiado trabajo.
Si a pesar de hacer un esfuerzo honesto, consciente y constante, resulta que no eres capaz de dejar de procrastinar, tu problema quizás sea de otra índole.
Algunas personas posponen sistemáticamente, no porque sean procrastinadores en el sentido descrito aquí, sino porque tienen problemas serios, como ansiedad severa, baja autoestima, depresión o déficit de atención, que les impide físicamente centrarse.
Este tipo de trastornos requieren de tratamiento médico, y no es el objetivo del escrito.