El entrenador, silencioso e implacable pisó de nuevo aquel pueblo que ponía los pelos de punta al pikachu que lo acompañaba subido en su hombro. El tenebroso ambiente de pueblo lavanda era más pesado que otras veces, la niebla más espesa que de costumbre, y él lo sabía, sabía que algo malo iba a pasar. Sus pupilas débilmente se dilataron cuando quiso escapar del pueblo y no pudo, una barrera psíquica se lo impedía. El lugar estaba totalmente desértico, como si llevase años abandonado, el miedo se notaba en los ojos del pequeño que acompaña al muchacho, un miedo que el joven no sentía, de algún modo el estaba tranquilo y, sabiendo el camino, o más bien presintiéndolo, el joven se dirigió al oeste, caminando despacio, como si no tuviera prisa por llegar a su destino.
La niebla que cubría el tenebroso pueblo era tan espesa, que podría cegar incluso a un fantasma capaz de guiarse en la oscuridad. El pikachu, aferrado a su maestro, podía observar con miedo el inexpresivo rostro del chico, cuya piel parecía más blanca que el propio frío, con sus rojizos ojos adormilados pero con esa expresión que es la que alguien que ha conocido al diablo tendría, y con esa leve pero horrorosa sonrisa en la comisura de sus labios. El chico parecía un muerto.
Caminando, llegó al punto más occidental de lavanda, el punto que unía al pueblo con la ruta 8. Si la tomaba, podría llegar fácilmente a ciudad azafrán. Pero ese no era su destino, ni mucho menos deseaba ir a ciudad azafrán, su destino estaba ahí, entre el pueblo lavanda y la ruta 8, pues él sabía que si trataba de salir del pueblo por ese lugar, alguien o algo no se lo iba a permitir. Llevaba la pokebola de su mejor pokemon en la mano, listo para enviarle a batallar, pero, ¿a batallar contra qué?. Allí no había nada ni nadie.
El chico se quedo a un solo paso de salir de pueblo lavanda, la niebla era más densa que antes, nadie normal podría ver a través de esa espesura, pero el joven entrenador si podía ver, pero aquello que buscaba no lo veía, pero a su vez lo sabía, el sabia que lo que estaba buscando no iba a aparecer a menos que el diera aquel paso que lo mantenía aun en el pueblo. El chico dio un solo paso y se detuvo.
Espero unos breves instantes rodeado de niebla, mientras que una figura comenzó a materializarse frente a él. No era una figura humana, tampoco era un pokemon. Lo que quiera que fuera aquello era negro, flotaba en el aire pues carecía de piernas, las cuales habían sido sustituidas por una cola. La criatura tenía dos manos que permanecían pegadas a su redondo y oscuro cuerpo, pues sus brazos no estaban ahí. Una negra mirada penetrante observó al chico, el cual no se inmutó. El solo sacó de su pokebola a un charizard, que parecía poderoso e imponente, pero el dragón anaranjado tembló, pues el miedo lo invadió al observar a la criatura.
El pokemon esperó órdenes de su maestro, el cual permacía en silencio, observando a su preciado amigo.
La criatura abrió sus negras fauces y empezó a devorar al charizard lentamente, el cual, gritaba de dolor pidiendo el auxilio de su maestro, pero este permaneció en silencio y sin pestañear hasta que charizard murió.
El chico saco otra pokebola, y de ella salió un imponente blastoise, que al igual que charizard, sintió miedo al ver a la criatura, que al igual que charizard, espero a que su maestro le diese órdenes, y al igual que charizard, murió devorado por la criatura mientras su maestro le miraba silencioso e inexpresivo.
Esto se repitió una y otra vez, así hasta que cinco pokemons murieron en las fauces de aquella criatura, restando el último, el pequeño pikachu y su maestro, el cual se había mantenido frio todo el tiempo, en absoluto silencio.
El pikachu temblaba de miedo, su maestro no. El chico miro a su mejor amigo, sin cambiar la expresión en su rostro, acarició la cabeza del pequeño ratón amarillo, quien por fin comprendió a su maestro y dejó de tener miedo.
De esta forma, la criatura abrió por última vez sus fauces para devorar juntos al maestro y al pokemon, quienes pese al dolor que sentían al ser devorados, no hablaron ni una sola vez.
Y así, la gente dijo que el chico desapareció. Paso el tiempo, y al no aparecer el muchacho, la gente dijo que estaba muerto. Pero no es así. El no está muerto, pues hay entrenadores que dicen haberlo visto a él y a su pikachu en lo alto del monte plateado, donde incluso allí, con su piel blanca como la nieve, con sus cansados ojos rojizos y su leve sonrisa dibujada en su rostro, permaneció en silencio para siempre.
La niebla que cubría el tenebroso pueblo era tan espesa, que podría cegar incluso a un fantasma capaz de guiarse en la oscuridad. El pikachu, aferrado a su maestro, podía observar con miedo el inexpresivo rostro del chico, cuya piel parecía más blanca que el propio frío, con sus rojizos ojos adormilados pero con esa expresión que es la que alguien que ha conocido al diablo tendría, y con esa leve pero horrorosa sonrisa en la comisura de sus labios. El chico parecía un muerto.
Caminando, llegó al punto más occidental de lavanda, el punto que unía al pueblo con la ruta 8. Si la tomaba, podría llegar fácilmente a ciudad azafrán. Pero ese no era su destino, ni mucho menos deseaba ir a ciudad azafrán, su destino estaba ahí, entre el pueblo lavanda y la ruta 8, pues él sabía que si trataba de salir del pueblo por ese lugar, alguien o algo no se lo iba a permitir. Llevaba la pokebola de su mejor pokemon en la mano, listo para enviarle a batallar, pero, ¿a batallar contra qué?. Allí no había nada ni nadie.
El chico se quedo a un solo paso de salir de pueblo lavanda, la niebla era más densa que antes, nadie normal podría ver a través de esa espesura, pero el joven entrenador si podía ver, pero aquello que buscaba no lo veía, pero a su vez lo sabía, el sabia que lo que estaba buscando no iba a aparecer a menos que el diera aquel paso que lo mantenía aun en el pueblo. El chico dio un solo paso y se detuvo.
Espero unos breves instantes rodeado de niebla, mientras que una figura comenzó a materializarse frente a él. No era una figura humana, tampoco era un pokemon. Lo que quiera que fuera aquello era negro, flotaba en el aire pues carecía de piernas, las cuales habían sido sustituidas por una cola. La criatura tenía dos manos que permanecían pegadas a su redondo y oscuro cuerpo, pues sus brazos no estaban ahí. Una negra mirada penetrante observó al chico, el cual no se inmutó. El solo sacó de su pokebola a un charizard, que parecía poderoso e imponente, pero el dragón anaranjado tembló, pues el miedo lo invadió al observar a la criatura.
El pokemon esperó órdenes de su maestro, el cual permacía en silencio, observando a su preciado amigo.
La criatura abrió sus negras fauces y empezó a devorar al charizard lentamente, el cual, gritaba de dolor pidiendo el auxilio de su maestro, pero este permaneció en silencio y sin pestañear hasta que charizard murió.
El chico saco otra pokebola, y de ella salió un imponente blastoise, que al igual que charizard, sintió miedo al ver a la criatura, que al igual que charizard, espero a que su maestro le diese órdenes, y al igual que charizard, murió devorado por la criatura mientras su maestro le miraba silencioso e inexpresivo.
Esto se repitió una y otra vez, así hasta que cinco pokemons murieron en las fauces de aquella criatura, restando el último, el pequeño pikachu y su maestro, el cual se había mantenido frio todo el tiempo, en absoluto silencio.
El pikachu temblaba de miedo, su maestro no. El chico miro a su mejor amigo, sin cambiar la expresión en su rostro, acarició la cabeza del pequeño ratón amarillo, quien por fin comprendió a su maestro y dejó de tener miedo.
De esta forma, la criatura abrió por última vez sus fauces para devorar juntos al maestro y al pokemon, quienes pese al dolor que sentían al ser devorados, no hablaron ni una sola vez.
Y así, la gente dijo que el chico desapareció. Paso el tiempo, y al no aparecer el muchacho, la gente dijo que estaba muerto. Pero no es así. El no está muerto, pues hay entrenadores que dicen haberlo visto a él y a su pikachu en lo alto del monte plateado, donde incluso allí, con su piel blanca como la nieve, con sus cansados ojos rojizos y su leve sonrisa dibujada en su rostro, permaneció en silencio para siempre.