Las falsas acusaciones de violación vienen siendo un problema, que ningún grupo defensor de derechos humanos parece querer atender.
Mujeres que se encuentran en situaciones sexuales que las avergüenzan, acusan a hombres con los que tuvieron sexo consensuado de haberlas violado.
Mujeres que se encuentran en situaciones sexuales que las avergüenzan, acusan a hombres con los que tuvieron sexo consensuado de haberlas violado.
En horas, los cargos se acumularon sobre los cinco jóvenes, todos entre 19 y 21 años de edad y uno de ellos estudiante de la Universidad de Hofstra, en el condado de Nassau, en Long Island. No sólo violación en primer grado, sino colaboración en la violación de los demás. Contra todos y cada uno de ellos. Petición de fianzas astronómicas de entre 500.000 y 350.000 dólares en efectivo. Y 25 años de prisión como poco si eran condenados. ¿Por qué uno de ellos, estudiante ejemplar y voluntario en la seguridad de la universidad, había terminado violando con su "banda" a una recién llegada al centro? Nadie se lo podía creer. Pero Danmel Ndonye, de 18 años, no dudaba en señalar a los cinco como los que la habían llevado a un cuarto de baño de los dormitorios y la habían violado. Uno por uno. Pero no. No había pasado así. Sólo era la primera sorpresa de un caso podrido por una cacería más contra hombres.
Únicamente después de que todo se aclarara, el mismo lado de la ley que hablaba de la "banda" de jóvenes (todos negros, y algunos con nombres y apellidos hispanos) que engañó a la novata de universidad para atraerla a los baños y violarla sin hacer caso de sus súplicas, ese mismo lado de la ley después comenzó a describir a Danmel Ndonye como una mujer de historial "profundamente problemático". Pero sólo después de que todo se aclarara y de que los jóvenes salieran de prisión.
Sólo quien haya estudiado o trabajado en una 'high school', un 'college' o una universidad estadounidense conoce la avalancha de "programas" de seguridad contra las violaciones y las montañas de folletos con que el recién llegado es recibido en el centro. Una mirada que la joven pueda considerar insistente, o una simple proposición de salir a tomar algo tras las clases pueden ser los primeros indicios de la taimada estrategia de un violador. Alerta máxima. Comunícalo de forma inmediata ante la menor sospecha, se dice.
De la denuncia a la histeria y el linchamiento
El pasado 14 de septiembre, el Newsday, el principal diario de Long Island, con cobertura especial sobre todos los condados de la isla, incluidos los barrios neyorquinos en ella, informaba con alarmada brevedad -y bajo las terroríficas fotos policiales de los 'criminales'- de cómo la policía había arrestado a cuatro jóvenes en conexión con la violación de una estudiante de 18 años de Hofstra. Al día siguiente, la bola ya rodaba en plena histeria informativa. "Según la policía, la violación de la estudiante de Hofstra fue planeada por el grupo", informaba el diario entre los primeros testimonios de incredulidad de algunos conocidos del único estudiante del centro implicado, compañero ejemplar y querido por todos. Pero los medios tienen su propia (mala) dinámica y la bola seguía creciendo.
"Las universidades de Long Island aseguran que disponen de muchos programas de seguridad (contra violaciones) sobre el terreno", titulaba Newsday junto a los primeros vídeos de chicas jóvenes manifestando su abierto miedo a pasear por el campus. Las autoridades educativas se defendían afirmando que tanto durante la 'Semana de Bienvenida (al centro)' como el propio 'Manual del Estudiante' advierten clara y abundantemente sobre cómo estar alerta contra las violaciones por desconocidos, las violaciones por conocidos "y otros delitos sexuales cometidos o no por la fuerza". Pero una vez aventado el pánico, todos -especialmente todas- comenzaron a buscar más culpables y a acusar a los responsables de la universidad de que nadie las había advertido sobre el hecho de que se había cometido una brutal violación en el campus y de que aún andaba libre uno de los responsables. Acogotados por la presión, los directivos del centro comenzaron a enviar mensajes de texto con alertas sobre "incidentes" de agresiones sexuales que, de pronto, comenzaban a denunciar las estudiantes. Hasta que algo sucedió.
Aparece la película de los hechos
De pronto, apareció una grabación de vídeo realizada con un teléfono móvil. Uno de los jóvenes había recogido con un teléfono móvil la 'violación' y su abogado había presentado la 'producción' a la policía. Danmel Ndonye no parecía estar siendo violada. Más bien, todo lo contrario. La joven parecía despachar uno tras otro a sus amantes de cuarto de baño con voracidad insaciable y con un hábil repertorio de variadas y muy voluntarias artes amatorias. La grabación de vídeo no ofrecía dudas. En dos horas, los jóvenes estaban en la calle sin cargos y sonreían y se abrazaban aliviados, dejándose fotografíar por la prensa, ya libres, frente a la oficina del sheriff. Aparentemente la joven habría mentido por los rumores de que su novio se había enterado de su larga faena sexual. Pero el caso de la ya falsa violación no había hecho más que comenzar.
La fiscal del distrito, Kathleen Rice, decidió no emprender ningún tipo de acciones penales contra Danmel por su falsa -y extremadamente grave- acusación. Por el contrario, decidió que tan sólo debería dedicar 250 horas a trabajos para la comunidad y a someterse a un seguimiento por especialistas en enfermedades mentales. Para Rice, "no hay ninguna solución perfecta para este caso (y sí) sólo nuestra mejor voluntad de convertirla en responsable, mientras animamos a las auténticas víctimas a dar el paso de la denuncia y a quienes acusan, a decir la verdad". De hecho, según la fiscal, las 250 horas de trabajo comunitario es una condena "mucho más severa" que la de la simple "falta" la habría hecho merecer si hubiera sido acusada y condenada.
Las falsas acusaciones de violación no sólo le hacen daño a la reputación de los hombres implicados, sino que también menoscaba las acusaciones de mujeres que fueron violadas realmente. Debería existir una pena igual de severa para las mujeres (u hombres) que acusan falsamente de violación, como la que hay para los violadores.