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Cuento de la Semana: Edgar Allan Poe

Offtopic10/13/2015
Buenos días

Se supone que pondría esto desde el fin de semana, pero por alguna razón Taringa no me dejaba publicar nada. De cualquier forma, ahora sí voy a poner un cuento de Poe, aunque elegí uno que nunca he visto traducido al español (por eso lo traduje yo misma), ya que los que están en Narraciones Extraordinarias los han publicado y recontrapublicado infinidad de veces, así que preferí uno más desconocido, bueno, al menos yo no lo tenía en ninguno de los libros en español de Poe en mi colección. Este lo saqué de la edición de Barnes and Noble "All Poems and Tales of Edgar Allan Poe", que tiene casi todo el material que llegó a escribir el autor.

Bueno, espero que alguien disfrute de este cuento



Cuento de la Semana: Edgar Allan Poe


SOMBRA - UNA PARÁBOLA


Ustedes que leen se encuentran aún entre los vivos; pero yo que escribo hace mucho que habré partido a la región de las sombras. Por todas las cosas extrañas que deban suceder, y los secretos que se sabrán, y los muchos siglos que pasarán, sean estos monumentos vistos por el hombre. Y, cuando sean vistos, algunos no creerán, y otros dudarán, y aún así habrá unos pocos que encontrarán mucho a considerar sobre los personajes aquí gravados con pluma de hierro.

Ese fue un año de terror, y de sentimientos más intensos que el terror para los cuales no hay nombre sobre esta tierra. Por los muchos prodigios y signos que tendrán lugar, a lo largo y ancho, sobre mar o tierra, se baten las negras alas de la Peste. Para aquellos, sin embargo, que son diestros en las estrellas, no les era desconocido que a los cielos les cubría un aspecto de enfermedad; y para mi, Oinos el Griego, entre otros, era evidente que ya había llegado la alternancia de ese año setecientos noventa y cuatro cuando, a la entrada de Aries, el planeta Júpiter se conjunta con el anillo rojo del terrible Saturno. El peculiar espíritu de los cielos, si no me equivoco, se manifestó, no solo en la física orbe de la tierra, sino en las almas, imaginaciones, y meditaciones de la humanidad.

Sobre algunas botellas de vino rojo, dentro de las paredes de un noble pasillo, en una lúgubre ciudad llamada Ptolemais1, nos sentamos, de noche, un grupo de siete. A nuestra recámara no había otra entrada más que una desvencijada puerta de latón: y la puerta fue diseñada por el artesano Corinnos, y, al ser de raro trabajo, estaba cerrada desde adentro. Negras cortinas, así mismo, en la sombría habitación, nos ocultaban la luna, las nítidas estrellas, y las calles sin personas -pero de ellas no se excluía la presencia y el recuerdo del Mal. Había cosas a nuestro alrededor sobre las cuales no podría rendir cuentas (cosas materiales y espirituales), pesadumbre en la atmósfera (sensación de sofocación), ansiedad, y sobre todo ello, ese terrible estado de la existencia que experimentan los nervios cuando están vivos y despiertos, y mientras que los poderes del pensamiento permanecen dormidos. Un peso muerto estaba suspendido sobre nosotros. estaba sobre nuestras extremidades, sobre el mobiliario, sobre las copas de las cuales bebíamos; todas las cosas estaban deprimidas, y por ende decaídas, todas las cosas menos las flamas de las siete lámparas que nos iluminaban. Alzándose en delgadas líneas de luz, permanecieron ardiendo pálidas e inmóviles; y en el reflejo que su lustre formaba en la mesa redonda a la que nos sentamos, cada uno sentado con la palidez de su semblante, y la inquieta mirada baja de sus compañeros.

Y aún así nos reíamos y estábamos contentos a nuestra propia manera, que era histérica; y cantamos canciones de Anacreonte2, que eran locura; y bebimos mucho, aunque el rojo vino nos recordaba a la sangre. Había otro habitante en nuestra recámara, el joven Zoilus. Muerto, y completamente extendido, recubierto; el genio y el demonio de la escena. A pesar de ello, no tenía cabida en nuestra garla, salvo por su semblante, distorsionado con la plaga, y sus ojos, en los que la Muerte había medio extinguido la pestilencia, parecía tener tanto interés en nuestra garla como el interés que tendría un muerto en la garla de aquellos que van a morir. Pero, a pesar de que yo, Oinos, sentí esos ojos de los fallecidos sobre mí, aún así me forcé a no percibir la amargura de su expresión, y mientras observaba directamente el reflejo en la mesa de ébano, cantaba con voz sonora y fuerte las canciones del hijo de Teos.

Pero gradualmente mis cantos cesaron, y sus ecos, volando lejos de las cortinas de la recámara, se debilitaban hasta ser irreconocibles, y se desvanecieron. Y desde esas cortinas en las que las canciones se desvanecieron, avanzó una indefinida y oscura sombra, una sombra como la luna, que cuando baja en el cielo, puede parecerse a un hombre: pero no era la sombra ni de hombre ni de Dios, ni de cualquier cosa familiar. Y permaneciendo un poco entre las cortinas del cuarto, descansó a lo largo de la superficie de la puerta de latón. Pero la sombra era vaga, indefinida, informe, y no era la sombra ni de hombre ni de Dios, ni Dios de Grecia, ni Dios de Caldea, ni Dios de Egipto. Y la sombra permaneció ahi, en la puerta de latón, sin moverse, sin decir palabra, se quedó ahí. Si recuerdo bien, la sombra estaba a los pies del joven Zoilus. Pero nosotros siete que reunidos estábamos, no nos atrevimos a sostener la mirada sobre aquella sombra venida de las cortinas de la habitación, dirigiendo la vista sobre el reflejo en la mesa de ébano. Yo, Oinos, hablando en palabras bajas, demandé de la sombra su morada y apelativo.

Y la sombra contestó, "Yo soy SOMBRA, y mi morada está cerca de las Catacumbas de Ptolemais y de aquellos Campos Elíseos que se avecinan a las hórridas aguas del canal Caroniano." Y entonces nosotros, los siete, nos levantamos de nuestros asientos en terror, y permanecimos temblando, sin poder hablar, ya que los tonos en la voz de la sombra no eran los tonos de un ser, sino una multitud de seres, y, variando sus cadencias de sílaba a sílaba, calló
oscuramente en nuestros oídos de forma familiar y bien recordada los acentos de miles de amigos fallecidos.




1 Ptolemais o Ptolemaida fue una de las capitales antiguas de la Cirenaica. Probablemente toma su nombre de Ptolomeo III. Su nombre latino en época romana era Tolmeta, del que deriva el nombre de la ciudad libia actual de Tolmeitha (tomado de Wikipedia).
2 Anacreonte (en griego Ἀνακρέων) fue un poeta griego nacido en la ciudad jónica de Teos, situada en la costa de Asia Menor (actualmente Siğacik, en Turquía), más o menos en la época de la muerte de Safo de Lesbos (también tomado de Wikipedia).

cuentos cortos


Bueno, eso es todo por ahora, espero que el proximo fin de semana si pueda publicar otro cuento.
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