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Hombres Lobos, Mujer Loba, Lobizón.

Paranormal7/16/2011


El Hombre Lobo


A diferencia del monstruo de Frankenstein o los zombies, la leyenda del hombre lobo, junto a la del vampiro, es uno de los relatos sobrenaturales más tradicionales y universales en la historia del hombre. El concepto de hombre lobo (también conocido como licántropo) ha variado a través de los siglos y culturas, aunque en esencia siempre ha sido el mismo: un hombre es transformado en una bestia feroz de manera involuntaria, a causa de una fuerza mayor, como puede ser la brujería o una maldición.
Fue durante la Edad Media, en Europa, cuando el mito cobró especial trascendencia por sobre el resto del mundo. El lobo era un animal muy común en los vírgenes bosques del territorio europeo, y su instinto feroz lo obligaba a frecuentar aislados ataques contra los humanos. La gente le temía y permanecía en sus hogares durante la noche. Se creía en el mito del hombre lobo de manera casi unánime, y la fe podía más que la razón –sobre todo en la Edad Media–.




El hombre lobo, también conocido como licántropo , es una criatura legendaria presente en muchas culturas independientes a lo largo del mundo. Se ha dicho que este es el más universal de todos los mitos (probablemente junto con el del vampiro), y aún hoy, mucha gente cree en la existencia de los hombres lobo o de otras clases de «hombres bestia». Realmente no hay que confundir los términos: licántropo es aquel hombre que, debido a algún trastorno psicológico, cree haber asumido el aspecto, voz y comportamiento de un lobo, a pesar de que realmente no haya sufrido ninguna transformación física; lo cual lo lleva a actuar de acuerdo a ello, entiéndase matando y cometiendo actos de canibalismo. Por su parte, el hombre lobo es tradicionalmente un hombre que, por efectos de magia o por propensión natural, posee la habilidad de transformar su aspecto en el de un lobo. Todas las características típicas de aquel animal - como son la ferocidad, la fuerza, la astucia y la rapidez- son en ellos claramente manifiestas, para desgracia de todos aquellos que se cruzan en su camino. Según las creencias populares, este hombre lobo puede permanecer con su aspecto animal únicamente por espacio de unas cuantas horas, generalmente cuando sale la luna llena.




En el folclore y la mitología, un hombre lobo es una persona que se transforma en lobo, ya sea a propósito o involuntariamente, a causa de una maldición o de otro agente exterior. El cronista medieval Gervase de Tilbury asoció la transformación con la aparición de la luna llena, pero este concepto fue raramente asociado con el hombre lobo hasta que la idea fue tomada por los escritores de ficción moderna. La mayoría de las referencias modernas están de acuerdo en que un hombre lobo puede ser asesinado si se le dispara una bala de plata, aunque esto es producto de la narrativa moderna y no aparece en las leyendas tradicionales. Como dato adicional, en versiones modernas, se agregó la idea que ha existido una fuerte rivalidad entre vampiros y hombres lobo, debido a que pertenecen a una misma raza de criaturas.


El mito de los hombres lobo parece (o es) originario de Europa, y estaba muy vinculado con otras supersticiones y la magia negra. El mito es esencialmente masculino y, entre las causas de que un ser humano se convirtiera en hombre lobo, las más frecuentes eran las siguientes:

- Ingerir ciertas plantas vinculadas tradicionalmente con los lobos y la magia negra.
- Beber en el mismo lugar donde lo hubiera hecho un lobo.
- Cubrirse con la piel de un lobo.
- Dormir desnudo a la luz de la luna llena.
- Usar una prenda hecha de piel de lobo.
- Adquirir la capacidad de transformarse en lobo mediante magia y sortilegios.
- Ser el séptimo hijo varón de una familia y no ser bautizado (ver Lobizón).
- Ser mordido por otro Hombre Lobo. Esta última forma era la más común.
- Tener relaciones sexuales con un hombre lobo.
- Nacer después de mellizos o gemelos siendo hijo varón.





Según la tradición, la mayoría de los hombres lobo no se transforman en tales voluntariamente (sólo los magos y los hombres lobos auténticos, es decir, no malditos, pueden hacerlo); son víctimas de una maldición, y sufren enormemente a la hora de su metamorfosis. Lo que es peor, al transformarse pierden completamente la conciencia humana y se vuelven peligrosos, incluso para sus seres queridos. La única manera de librar a un hombre lobo de su maldición es dándole muerte, lo cual no es nada fácil; debe hacerse con un instrumento de plata, ya sea un bastón, un cuchillo o una bala.

Un hombre lobo es un hombre completamente normal la mayor parte del tiempo, y se comporta de manera natural, aunque un poco velludo, y con los sentidos más desarrollados (especialmente el olfato), además de estar en buen estado de salud y forma física.

No es sino durante la noche de Luna Llena cuando se transforma, pues la luz de este astro es la que controla sus transformaciones. Aunque varía según las versiones, el aspecto de un Hombre Lobo transformado puede ir desde un Lobo auténtico aunque más grande de lo normal, hasta un humanoide peludo y con colmillos que va en busca de carne humana.


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Transformación en hombre lobo


Las leyendas históricas describen una gran variedad de métodos para convertirse en hombre lobo. Una de las más sencillas es la de desnudarse y usar un cinturón hecho de piel de lobo, probablemente un sustituto de asumir toda la piel del animal que también es frecuentemente descrita para este proceso. En otros casos el cuerpo se frota con savia mágica. Otras maneras también consideradas para lograr la metamorfosis son el beber agua que esté sobre la huella del animal o beber de ciertas fuentes encantadas. 'Olaus Magnus u Olaus Vormius dijo que los hombres lobo de Livonia fueron iniciados al drenar una copa de cerveza especialmente preparada mientras se repetía una fórmula. Ralston, en sus Canciones sobre la gente rusa da una forma de encantamiento que aún es familiar en Rusia. También se dice que cuando una mujer da luz a seis niñas, nacerá un séptimo varón y será un hombre lobo.
En el folclore español, portugués y el de Uruguay,Argentina y Brasil, es el séptimo de los hijos varones. Destaca que esta creencia estuvo tan extendida en Uruguay,Argentina y Paraguay, donde el hombre lobo derivo o se fusiono en la leyenda del ser llamado el lobizón o luisón, en que los séptimos hijos eran abandonados, cedidos en adopción o asesinados. En 1907 el presidente de Argentina hizo el primer padrinazgo oficial, y en 1973 emitió un decreto para legalizar esta costumbre. El Estado ahora les otorga una medalla de oro en su bautismo y una beca escolar hasta la edad de 21 años. Esto logró finalizar con los abandonos de niños, y aún es tradicional que el presidente sea el padrino de los séptimos hijos.
En otros casos la transformación se logra supuestamente mediante agentes satánicos a los que se somete voluntariamente, y eso se hace con los fines más desagradables, en particular por la gratificación del anhelo de la carne humana (la carne humana que el licántropo puede anhelar puede entenderse como tal -es decir, una antropofagia relacionada con casos de psicosis- o, puede entenderse figuradamente como el deseo sexual sin censura alguna).



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Lycaon el primer Hombre Lobo


La leyenda de hombres capaces de convertirse en lobos es muy antigua, la primera de la que se tiene constancia pertenece a la mitología griega y narra la historia de Lycaon el primer rey de Arcadia, esta cuenta como Lycaon fundo un culto pagano a los dioses del Olimpo y en sus ceremonias cometía atroces asesinatos en sus cultos paganos, asesinando a personas inocentes como ofrenda a su supuesto Dios y ofreciendoes su sangre como prueba de su devoción.

Cuando las historias de las atrocidades que cometían Lycaon y su grupo llegaron a oídos del Dios Zeus, este decidió investigar si eran ciertas las brutales historias que le narraban. Al comprobar que todo era cierto, se presentó ante estos y les reveló su identidad para pedirles explicaciones y administrarles un castigo, los miembros del culto enseguida le hicieron ofrendas para enmendar sus atroces ceremonias, pero Lycaon no creyó que se tratara del Dios Zeus y para probar si era en realidad la Deidad que anunciaba ser, le preparó un festín consistente en carne humana de un niño, pensado que si era el verdadero Dios se daría cuenta enseguida y rechazaría la comida ya que el canibalismo era un pecado muy grande en la cultura griega.

Zeus reconoció inmediatamente en que consistía la cena y la repudio, ante esto y para evitar la ira de Júpiter, Lycaon huyó al campo; una vez allí Lycaon se dio cuenta de lo que Júpiter tenía reservado para él, y lentamente comenzó a transformarse es un hombre lobo.

El termino licantropía que designa a las personas que se creen lobos deriva del nombre Lycaon.


Lobo


Mujer Lobo, "La Lupa".


La Lupa es una de las representaciones mitológicas de una Deidad Triple, según lo demostrado por su maternidad triádica, en numerosos cultos antiguos.

Se dice que ella dotó de tres almas a su hijo, el legendario rey Erulus o Herulus, de modo que cuando Evander lo derrocó, éste tuviera que matarlo tres veces.

Es también la mítica madre de Rómulo y Remo, los fundadores de la ciudad de Roma.

Las amazonas, que adoraban a esta diosa triple, contaban con una tribu llamada Neuri, cuyas integrantes se convertían en lobas varios días al año, cuando se celebraba su principal festejo religioso, probablemente usando pieles y máscaras de lobo.


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La misma historia se cuenta acerca de cierta tribu irlandesa de Ossory, cuyos miembros se convertían en lobos y organizaban banquetes donde devoraban la carne de ganados como si fueran lobos reales, para luego recuperar su forma humana.

También los eslavos del sur solían frotar a los niños recién nacidos a lo largo de una piel de lobo, diciendo que era la piel de la diosa Lupa.

Incluso después de su conversión al cristianismo, muchos eslavos siguieron creyendo que esta ceremonia era capaz de proteger a los niños del ataque de las brujas.

Pero su propósito verdadero era asimilar al niño al tótem del lobo, como si hubiera nacido por segunda vez de este animal.

Los seguidores de la Lupa dijeron haberla cruzado en una montaña santa, a la que los gitanos llamaron Monte Lupo. Se creía que los hombres jóvenes podían aprender los secretos de la magia celebrando una unión sagrada que consistía en masturbarse sobre la estatua de la diosa y expulsar su semen sobre la misma.

También la Diana de los galos, cuyo aspecto era el de un lobo, tenía muchos fervientes seguidores, en épocas antiguas y medievales. Bajo su nombre totémico de “Lupa” fue considerada la madre de los animales salvajes. Ciertas mujeres parecen haberla personificado en Francia meridional.


Chamanes y Transformaciones Psíquicas


En muchas culturas, el lobo no es sólo un animal, se le considera un "espíritu", una fuerza sobrenatural cuyo poder recorre los bosques. Para algunas tribus amerindias, un lobo arquetípico es el Creador de todo. No es de extrañar entonces que sea uno de los espíritus ayudantes favoritos de muchos chamanes, especialmente entre los lapones, cuyos espíritus-lobo les permite asumir la forma y habilidad de este animal.

Erik T. forma parte de una comunidad escandinava en la que han sobrevivido buena parte de las técnicas mágicas que se empleaban en el mundo germano y otras aprendidas de un contacto secular con la comunidad lapona. Muchas de esas prácticas, habituales hasta hace menos de un siglo entre los lapones y fineses, poseen rasgos chamánicos muy fuertes. Entre ellas se cuenta la práctica del viaje extático bajo formas animales mediante lo que se ha dado en llamar "transformación psíquica". Así nos relata su primera experiencia en este sentido, una especie de primera toma de contacto con otras formas de percepción diferentes a la humana, en su caso la de un lobo: "Caminábamos de noche por el bosque. Habíamos estado recogiendo ciertas plantas... Comencé a tener una extraña sensación en el estómago. En lo oídos, un zumbido que parecía nacer entre el paladar y la nuca. Estaba entrando en una especie de trance (...). Las sensaciones se incrementaron y, en un instante, sentí salir del abdomen la figura de un lobo conectado a mi cuerpo por un hilo luminoso hasta una distancia de unos cuatro metros delante de mí".


Hombre


En otros casos el chamán afirma ser capaz de incorporar su conciencia al cuerpo de un animal ya existente. Sea de una forma u otra, hay una afinidad psíquica, una especie de parentela del alma entre el chamán y el animal en el que se transforma. Vale decir que si bien la transformación física, en estos casos, no tiene lugar, psíquicamente es un lobo, posee su naturaleza. La pregunta ahora es: ¿puede tener lugar una transformación física real?

Muchos viajeros, exploradores y militares afirman haber tenido extrañas experiencias que parecen avalar la capacidad de algunos hechiceros para trascender la propia forma. Tal es el caso de Frederick Kaigh, un inglés que en los años 30 y cerca de la frontera congoleña con Rhodesia, vivió una aventura espeluznante. Oculto en la copa de un árbol quiso ver con sus propios ojos una ceremonia secreta. Un nyanga, un hechicero disfrazado de chacal, ejecutaba una ceremonia entre el ruido de los tambores tocados por la congregación. De repente, se oyó un lejano aullido de chacal. El nyanga contestó a la llamada y numerosos animales respondieron al grito. Entró en un estado de frenesí tal, que su imitación del animal parecía de una asombrosa realidad. Tras una danza terrible y bestial, cayó en trance. Poco después, un hombre y una mujer desnudos saltaban hacía donde yacía el nyanga y comenzaron a su vez a imitar a los chacales. De repente, asistió a un fenómeno que años más tarde aún no sabía si atribuir a una especie de hipnosis colectiva o de acción sobrenatural: "para mi asombro e incredulidad, vi a la pareja convertirse en chacales ante mi vista".


Hijos de la Fiera


Pero el parentesco psíquico con el lobo no es exclusivo de hechiceros, cuya transformación, aunque voluntaria, implica una "posesión", una irrupción en la consciencia de los peores instintos de ambas especies, humana y lobuna; ni de los chamanes, quienes adquieren las virtudes positivas del lobo, en tanto que "espíritu" benéfico del bosque, a la vez que conservan su conciencia. Lo hallamos también en el Totemismo, una creencia muy extendida entre muchas culturas del planeta según la cual, el clan tiene como antepasado a algún animal mítico. El antepasado directo de muchos clanes, sobre todo entre los indios norteamericanos de la costa norte del Pacífico, es el lobo. Durante las ceremonias y danzas rituales, los bailarines llevan máscaras y vestidos de lobo y sus movimientos imitan los del animal mítico y las acciones heroicas que dieron lugar al nacimiento del clan. Desde su punto de vista, los miembros de estos clanes son auténticos hombres y mujeres lobo. Como también lo son, desde el suyo, los integrantes de las sociedades secretas del lobo.

Restos de antiguas tradiciones se dan también en el caso de los franceses meneurs de loups, los encantadores de lobos, personas vinculadas a la tradición brujeril, en la que perviven probablemente algunos rasgos menores del antiguo druidismo galo.


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La unión del animal y el hombre dió como fruto el monstruo.


Estos seres, voluntariamente aislados de las sociedad como ermitaños o flautistas itinerantes, iban siempre acompañados de lobos, sus únicos amigos, que les seguían hechizados por la melancólica música de sus flautas. La misma fascinación parecían sentir los lobos hacia Ana María García, nacida en 1623 en el pueblo asturiano de Posada de Llanes, a quien llamaban "la Lobera", porque iba de un lado para otro y "andaban los lobos con ella". La Lobera afirmaba que el poder sobre los lobos le había sido transmitido por otra bruja asturiana, Catalina González, lo cual podría indicar la pervivencia, en el norte de España, de una cadena iniciática de encantadores de lobos.


Los Hombres-Lobo Brujos en el Pasado


Famoso es el caso ocurrido en Dôle, Franco Condado, en 1573, donde el Parlamento se hizo eco de las denuncias de varias localidades, según las cuales, "en los últimos tiempos se ha visto con frecuencia un hombre lobo, que al parecer ha apresado a varios niños pequeños, a quienes no se ha vuelto a ver".

El 9 de noviembre, unos campesinos rescataron a una niña de las fauces de un enorme lobo. Éste escapó, pero algunos testigos creyeron reconocer en la bestia los rasgos de Gilles Garnier, "el eremita de Saint Bonnot". Seis días después, la desaparición de un niño de 10 años provocó el apresamiento de Garnier, quien confesó ser un hombre-lobo y haber matado y devorado a varios niños. La carne de una de sus víctimas le pareció tan exquisita que le llevó un trozo a su mujer. El eremita de Saint Bonnot fue quemado vivo el 18 de enero de 1574.


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La intervención diabólica y la relación con la hechicería queda patente en un caso ocurrido treinta años más tarde en las Landas, donde un pastor de 14 años, Jean Grenier, confesó que "cuando tenía diez u once años, mi vecino, Del Thillair, me presentó, en las profundidades del bosque, al Maître de la Forêt, un hombre negro que me hizo una señal con una uña y nos dio a Del Thillaire y a mi una piel de lobo y una pomada. De vez en cuando, corro por el campo bajo la forma de un lobo".

Según su declaración, tras ponerse la piel de lobo y untarse con el ungüento, se transformaba en lobo, aspecto bajo el cual había devorado a más de cincuenta niños de la comarca. El tema del cinturón de piel de lobo reaparece en otro proceso famoso, esta vez alemán. El acusado, Peter Stubbe, afirmaba estar en posesión de un cinturón mágico de piel de lobo, "proporcionado por el diablo", que le daba la capacidad de transformarse en lobo. De esta forma, atacó, violó y devoró a muchas víctimas, entre las cuales se hallaban dos mujeres embarazadas, de las que extrajo el feto para comerse el corazón caliente del mismo.

Desde los doce años, Stubbe había practicado la magia negra. Finalmente, fue encontrado culpable de cometer incesto habitualmente con su hija y su hermana y de algo mucho más terrible: haber derramado toda su maldad sobre quien él llamaba el alivio de su corazón, su propio hijo, a quien condujo a un bosque "donde lo asesinó con la mayor crueldad, hecho lo cual, le sacó realmente los sesos fuera de la cabeza y se los comió".

Tras sus espantosas declaraciones, Stubbe fue torturado en la rueda, lo desollaron mediante tenazas al rojo vivo, le rompieron brazos y piernas, fue decapitado y, por último, se quemó su cuerpo junto al de su amante y su hija, condenadas ambas a arder vivas como cómplices de sus fechorías.



MITO DEL LOBIZÓN


Es de origen europeo-francés (lobis-homen) muy difundido y arraigado entre nosotros, según el cual el séptimo hijo varón seguido y de un mismo matrimonio o concubinato o del mismo padre con la misma madre, se transforma en un animal parecido al perro o chancho todos los viernes a la media noche, para andar por los cementerios, revolcarse en los corrales y gallineros comiendo restos y excrementos.
Su pelaje varía entre bayo y negro, teniendo dos grandes orejas que le tapan la cara y produce un extraño ruido con las mismas que atemoriza a los perros.
Si algún humano lo hiere, cesa el maleficio y se redime, pero una vez ocurrido esto, tratará de exterminar para siempre a quien lo haya herido.
Al hombre se lo reconoce por su palidez, olor desagradable, flaco, alto, huesudo, sufre del estómago por las inmundicias que come los viernes y es por eso que los sábados no se levanta, debe guardar cama.
Para librar al niño que nace séptimo hijo varón de su metamorfosis de Lobisón, se le debe bautizar con el nombre de Benito, apadrinándolo el hermano mayor, aunque lo recomendable es que lo haga el Presidente de la Nación, o un representante legal, generalmente el Intendente del lugar, quien hace entrega de una medalla de oro en el acto bautismal.
De igual modo, si la séptima hija es seguida, resultará bruja, con todos los atributos que ello implica, quedando generalmente soltera. Rigen las mismas leyes para el bautismo.
En el Departamento de Esquina existen varias Medallas Presidenciales de Oro entregadas oportunamente por algún Comisario, Intendente o Diputado.




Testimonio oral y de la zona: Se cuenta en la comarca que cierta vez un corajudo en la certeza de estar frente a uno de ellos, le pegó con la sotera de su rebenque por la espalda, apareciendo con un dolor y una marca en ésa parte del cuerpo un conocido maestro del lugar, corroborándose tal suposición días después al bañarse en el arroyo y descubrirse las huellas del talerazo.
Se dice y es creencia firme: En todas parte aparecen éstas bestias, aunque hoy en la región no exista nadie, aparentemente.
Otro testimonio: Relata el Tío Rubio Ruggeri ( Policía jubilado) que en la década del 1960, ejercía el cargo de Comisario Rural, o Meritorio de Sección, ( en Libertador) una persona de nombre Raúl Bordón, ya de bastantes años y sumamente mentirosa en momentos de informalidad, y cuando en nocturna rueda de mate o guaripola se tocaba el tema Lobisón, solía decir: “... yo tengo varios de éstos bichos y los crío..., ahora tengo al cuidado una lobizona ya grande preñada, así es que pronto tendré varios lobi-zoncitos...”
Aclaraciones: Lobisón se escribe también: “ lobisome, lobisonte, lovisón, luisón. Al norte del país se le dice capiango y uturunco, en el litoral chancho gente, en guaraní yaguareté avá, en portugués (brasileño) lobishomen.
Es un mito Universal, actúa durante la noche, por lo cual simboliza la sombra.
Nosotros le decimos “ Yaguá bicho”.
Vocabulario:
Talero: Rebenque o látigo de cabo de madera de tala, de allí su nombre.
Sotera: Parte de suela cruda, larga y gruesa con que culmina el talero.
Guaripola: Palabra Guaraní. Bebida espirituosa fuerte. Caña o ginebra
Meritorio o Comisario: Cuando los policías no eran de carrera se le daba este título a personas de cierta antigüedad en la fuerza, o en mérito a su comportamiento.


UNA LEYENDA URBANA DEL LOBIZON EN URUGUAY


Esta historia la saque de uno de los libros de "Voces Anonimas", estos libros estan basados en un programa de television uruguayo en donde se relatan leyendas urbanas...


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Son 4 libros, yo tengo los 4 y si lo pueden conseguir se los recomiendo...

Bueno vamos al relato del libro:


El Lobizón


El mito del lobizón –o lobisón- es uno de los más
difundidos a través de los tiempos. Son innumerables las
culturas que han asimilado la creencia en un hombre que, en
virtud de algún maleficio, se transforma en una fiera terrible. Y
en Latinoamérica esta creencia es muy popular.
En el Río de la Plata existe una superstición que
asegura que el hermano menor de una serie ininterrumpida
de siete hijos varones nace inexorablemente con la maldición
de transformarse en una bestia feroz. Aunque en diversos
sitios de la campaña la forma de la bestia varía (ya que puede
ser indistintamente un chancho, un perro salvaje, un gato de
monte o todo eso junto a la vez) se admite que el lobizón se
parece mucho al lobo. En gran parte esto se debe a que la cara
del lobo tiene un magnetismo muy especial del que carecen
otros animales, y es tal vez por esto que la imagen de esta
fiera sobrevive en el imaginario latinoamericano, a pesar de su
carácter foráneo en la fauna de la región.
En las leyendas más antiguas de las que se tiene noticia
-sobre todo en las de las culturas animistas que consideraban a la
luna un energizante de espíritus- esa facultad de transformación
era concedida por la luna llena. Pero esta convención fue
modificada con el advenimiento del cristianismo, en especial
con la significación sagrada del Viernes Santo, momento en
que según las Escrituras (Mateo, 27:45) es propicia la aparición
de los seres del mal. Por esta razón, en la actualidad los criollos
admiten que el lobizón se transforma los días viernes de luna
llena.

Según se cuenta, una vez transformado en bestia el
lobizón es muy cuidadoso de que no lo hieran, pues de lo
contrario la herida se transmitiría al cuerpo humano y su
identidad sería revelada. Por esta razón, una de las mejores
maneras de ahuyentarlo es presentarle a la vista cualquier
objeto cortante, como un cuchillo o una botella rota. Para
liberar definitivamente a un lobizón de su maldición el único
método conocido consiste en hacer apadrinar a la criatura por
el mayor de sus hermanos.1
Por lo demás, hay acuerdo en admitir que el hombre
que padece la maldición de ser un lobizón es conciente de
su naturaleza, circunstancia que suele provocarle hondas
preocupaciones. Si es un hombre bueno, cuando llega la tarde
de los viernes trata de replegarse o de encerrarse, como una
forma de proteger a sus seres queridos. Si no procediera así,
el lobizón sería un peligro para cualquiera, pues mientras tiene
forma de bestia no posee recuerdos de su vida humana.
Se conocen muchas leyendas sobre lobizones en
diferentes rincones del Uruguay, sobre todo en las estancias
del norte; basta recorrer el país y conversar con su gente para
comprobarlo. Pero hay una que es sin dudas la más impactante
de todas. Ocurrió hace ya algún tiempo en la histórica localidad
de Masoller, en el departamento de Rivera.
Por entonces Masoller no se parecía en nada al pintoresco
pueblito que hoy conocemos. En realidad, apenas si se trataba de
un puñado de ranchos de paja y barro endeblemente apilados en
el medio del campo. En aquel desamparo, rodeado de estancias
por los cuatro costados, perdido casi en cualquier lugar de la
inagotable campaña, compartían algunos pocos vecinos con
sus animales una vida elemental, agreste y rutinaria.
1 Esto llevó a que hacia el año de 1973 el Presidente Juan Domingo Perón
creara un decreto, el famoso decreto Nº 848, que concede a los padres de
los séptimos hijos varones la posibilidad de optar por el padrinazgo moral
del Presidente de la Nación. Este decreto, que permitió en su momento
salvar la vida de muchos niños, todavía sigue vigente y es así que cuando
nace en la Argentina un séptimo hijo varón la División de Padrinazgos de
la casa de Gobierno le da al chico una medalla, un diploma y una beca para
cursar estudios primarios y secundarios.


En aquel establecimiento había una joven, nacida
allí mismo, muy querida por los lugareños. Nadie recuerda
su nombre, pero aseguran que además de muy bonita era
reservada, introvertida y casi enojosamente tímida, como
muchas jovencitas del campo. Vivía pobremente con su
familia, atendiendo las tareas del hogar y colaborando también
en las duras tareas del campo, cumpliendo de sol a sol jornadas
demasiado pesadas incluso para las fuerzas de un hombre.
Un buen día, esta jovencita se puso de amoríos con un
muchacho que trabajaba en las inmediaciones del pueblo. Había
opiniones un poco encontradas acerca de este candidato. Nadie
dudaba de que se tratara de un sujeto honrado y trabajador,
pero se decía también que era demasiado taciturno, de pocas
palabras y a veces malhumorado. Un poco raro en general, y no
sólo porque así suelen ser en realidad algunos rudos paisanos
del campo, sino porque además había trascendido que este
muchacho era un séptimo hijo varón y todas las miradas de
Masoller recaían inquisidoramente sobre él señalando, por lo
bajo, que era un lobizón.
Cuando al cumplir los diecinueve años de edad la moza
anunció que se iba a casar con éste joven, la gente del pueblo
recibió la noticia con una mezcla de regocijo y de inquietud.
La mayoría de los vecinos se alegraron con sinceridad por
aquella boda, pero muchos no dejaron de recordarle a la joven
en cada ocasión que podían los rumores que versaban sobre su
enamorado y de rogarle por todos los cielos que no tomara una
decisión apresurada. Pero ella, a pesar de las francas advertencias
recibidas persistió firme en sus convicciones, porque quería al
muchacho. Y un buen día éste se la llevó a vivir a su rancho.
Los primeros días de convivencia de la feliz pareja
transcurrieron con absoluta normalidad. El rancho en que
vivían, ubicado en un claro del monte, era oscuro, desamueblado
y sumido en la precariedad, pero a los jóvenes no les importaba
en lo más mínimo porque se tenían el uno al otro y eso les
parecía suficiente.

Sin embargo, dicen que no pasó mucho tiempo antes
de que la joven comenzara a sentirse perturbada por algunos
comportamientos extraños de su marido. En especial, la
desconcertaba la costumbre del hombre de pasarse largas
horas hacia el atardecer de los días jueves mirando como
hipnotizado a través de una ventana que daba hacia el este.
En tales circunstancias, si ella le preguntaba acerca del motivo
de su silencio él no le contestaba y continuaba con los ojos
perdidos en el vacío, mateando despacio. Peor aún se ponía los
días viernes de luna llena, cuando era dominado por una especie
de desesperación. Caminaba de un lado al otro de la casa como
un animal enjaulado, muy inquieto. En estas ocasiones, no era
extraño que los perros rondaran las postrimerías del rancho
ladrando alterados.
La gota que colmó el vaso ocurrió una cierta noche de
Viernes Santo. En mitad de la madrugada, mientras la joven
dormía, el hombre abandonó en silencio la cama y salió a
caminar por el campo. No regresó sino hasta poco antes del
primer canto del gallo y jamás cruzó con su mujer siquiera una
sola palabra sobre el incidente. Con el tiempo, éste enigmático
comportamiento del hombre comenzó a hacerse periódico.
La joven al principio se lo permitía porque estaba ya bastante
acostumbrada a ese tipo de extravagancias y simulaba dormir
cuando su marido se levantaba y permanecía despierta hasta
que regresaba. Pero poco a poco la curiosidad comenzó a
hacer su trabajo, hasta que al final la muchacha se dijo que
lo mejor sería seguir en secreto a su marido para averiguar a
que suerte de actividades se dedicaba en aquellas misteriosas
peregrinaciones nocturnas.
Fue así que al viernes siguiente, cuando su marido se
levantó, ella se hizo la dormida como en tantas otras ocasiones.
Pero luego de unos momentos se levantó a su vez de la cama
decidida a seguir el rumbo de sus pasos. Muy sigilosamente,
para no ser notada, avanzó hasta la puerta del rancho y desde
allí pudo comprobar que su marido se internaba hasta una
arboleda que distaba a unos cuántos metros y se perdía a paso
lento en la oscuridad de una noche fría y estrellada. Ella esperó
todavía unos segundos a que su marido se alejara y luego salió
procurando con disimulo darle alcance.
Mientras lo seguía a escondidas, a escasos metros detrás
de él, una de las cosas que le llamó más poderosamente la
atención fue la extraña manera en que avanzaba su esposo. Lo
hacía con los ojos abiertos y la mirada perdida, hipnotizando,
como si estuviera respondiendo a un secreto llamado que
proviniera del interior del monte. Pero lo más raro de todo
es que su andar se iba haciendo cada vez más extravagante.
Caminaba encorvado hacia adelante, como si lo aquejara un
dolor muy agudo en el vientre, y tanto se arrollaba que de vez
en cuando utilizaba alguna de sus manos para ayudarse en el
desplazamiento. Finalmente, al llegar a un sitio dominado por
gruesos pastizales, el hombre se dejó caer al suelo en medio de
penetrantes gruñidos.
Su cuerpo comenzó entonces a sufrir la más bizarra
de las metamorfosis. Los colmillos le crecieron de golpe, un
pelaje muy abundante comenzó a ganar todos los rincones de
su piel y sus ojos se enrojecieron al fuego de una furia intensa.
Las ropas que llevaba rasgaron por el aumento del tamaño de
los músculos. Luego la bestia se incorporó, por fin, y la mujer
pudo comprobar aterrada que lo que antes fuera su marido de
pronto era una especie de lobo que parado sobre las dos patas
traseras alzaba su hocico y aullaba al cielo. Arriba, la luna llena
recortaba su blanca silueta sobre la negrura de la noche.
Al presenciar aquel espectáculo, la moza optó por alejarse
lo más silenciosamente posible de allí. Pero tan nerviosa se
encontraba que al intentar retroceder pisó sin querer una rama
seca, la cual al romperse emitió un crujido sordo que convocó
la atención de la fiera. Aquel terrible animal dirigió entonces
sus ojos llenos de rabia hacia la joven y luego comenzó a
correr enfurecida hacia donde ésta se hallaba, dando saltos y
describiendo movimientos imposibles de realizar para un ser
humano.

Hombre

Cuando la joven tuvo la certeza de que este animal no
podía reconocerla como su diurna esposa y que se acercaba
hacia ella con firmes propósitos de hacerla pedazos, decidió
partir en una desaforada carrera hacia la seguridad del rancho,
temiendo no poder llegar nunca. De hecho, los pasos de la fiera
eran mucho más grandes que los de ella y por más que obligó
a sus piernas en la persecución llegó a sentir en un momento
la respiración caliente de sus fauces humedeciéndole la nuca.
Creyéndose perdida, la joven no tuvo más remedio que treparse
al árbol más cercano con la velocidad de un rayo y desde las
alturas asistir al modo en que el animal tiraba tarascones al aire
y saltaba con todas sus fuerzas alrededor del tronco tratando
de subir. Tan cerca estuvo la fiera de devorarla que con una de
sus feroces dentelladas había logrado rasgar el vestido de la
desventurada criatura.
Como pudo, la joven se acurrucó contra una horqueta
del árbol y desde allí comenzó a tratar de apaciguar la ira de
la bestia. Le solicitaba que no le hiciera daño, alentándola con
cariñosas palabras a que se acordara de quién era ella. Sin
embargo, el animal seguía furioso, dando terribles gruñidos
con el lomo erizado. En determinado momento se paró en
sus patas traseras y quedó con su rostro a pocos centímetros
de la moza. Ella, por supuesto, pensaba que había llegado ya
su hora, pues a la fiera le bastaba estirar una de sus garras
para destrozarla. Sin embargo el animal no lo hizo, y se quedó
mirando a la joven directamente a los ojos. Fue como si de
pronto se reconocieran, o como si ambos estuvieran tratando
de buscar en sus miradas algo familiar. Paulatinamente el animal
comenzó a declinar en su furia y luego de unos instantes de
inmovilidad en aquella mutua contemplación rompió a dar
aullidos y, todavía con un pedazo del vestido colgando entre
los dientes, huyó despavorido al interior del monte.
lobizon

Cuando las cosas parecieron ponerse un poco más
tranquilas la joven decidió bajarse del árbol y tratar de regresar
al rancho. Así lo hizo, todavía llorando de miedo, no sin antes
tropezar una o dos veces en el camino de la desesperación que
la dominaba. Una vez adentro, cerró la puerta estrepitosamente
tras de sí, y se mantuvo en alerta unos cuantos minutos con
temor a que la fiera regresara.
Segura de que aquel terrible animal se había marchado
para siempre, decidió meterse en la cama para tratar de relajarse.
No esperaba dormirse, ya que estaba muy alterada, pero
pensaba que esa sería la mejor manera de conseguir que las
horas pasaran rápido y aprovechar la primera luz del amanecer
para abandonar el rancho. Sin embargo, el sueño y el cansancio
pronto la vencieron y casi sin querer se quedó profundamente
dormida.
A la mañana siguiente, muy temprano, unos ruidos en
la cocina la despertaron. La joven se levantó entonces muy
despacito, todavía temerosa de lo ocurrido hacía muy pocas
horas, y fue hasta allí a averiguar de qué se trataba. Abrió la
puerta y entonces vio, junto a la estufa de leña encendida, a su
marido que, sentado muy tranquilo en una silla, se cebaba un
mate con la caldera como si no hubiera pasado nada.
La moza, con mucha delicadeza, se acercó al hombre
y le dijo algunas palabras, intentado averiguar si recordaba
algo. Pero él, por supuesto, no recordaba nada. Y más todavía,
cuando la joven le refirió en medio de un mar de lágrimas
la extraña situación de la noche anterior, él le replicó que
aquello no había sido más que un mal sueño y se rió de lo que
le contaban con una carcajada grande, por lo absurdo que le
parecía. Lo verdaderamente horrible del caso es que cuando
esto ocurrió, la moza, con un sobresalto, logró advertir entre
los dientes de su marido una hilacha de tela, una hilacha del
vestido que aquella terrible fiera le había rasgado en el ataque.
La joven armó de apuro entonces un atado con sus
pocas pertenencias y le comunicó a su marido que no sería
capaz de seguir viviendo con él. Luego se fue del rancho, y
también del pueblo y nunca más se supo nada de ella. Dicen

que el joven hizo lo propio poco tiempo después, incapaz de
asimilar la situación.
Pero aseguran los vecinos más viejos de Masoller que
todavía hoy, ciertos viernes a la noche, un perro demasiado
grande ronda maliciosamente los caseríos, aullándole a la luna,
más solitario que nunca.


Bueno amigos, aqui terminamos el tema, un poco largo pero vale la pena. Espero les haya gustado.




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