John Berryman (1914-1972) El autor de ‘Homage to Mistress Broadsheet’ tuvo desde niño una relación cercana con el suicidio. A los 12 años descubre el cadaver de su padre, que acaba de pegarse un tiro. Esta imagen inspira sus famosas 77 canciones del sueño poemario que acabó ganando el Pullitzer de poesía. Junto con His Toy, His Dream, His Rest publicado en 1968, conforman su libro Dream Songs al que debe gran parte de su fama. Aunque Nick Cave sea fan suyo, los que le conocieron hablaron de su caracter imposible: perverso, alcóholico y manipulador. En 1972, sumido en la desesperación salta al Missisipi desde un puente de Minneapolis, con tan mala suerte que no cae al agua y muere asfixiado con la cabeza atrapada en el barro de la orilla. Yukio Mishima (1925-1970) Enamorado del pasado de Japón y enemigo acérrimo de la sociedad nipona occidentalizada de post-guerra , sus novelas destilan un aire rancio y conservador en sus peores pasajes, poético y espiritual en los mejores. Su obra más importante es la tetralogía de novelas El mar de la fertilidad‘. El 25 de Noviembre de 1970, después de entregar a su editor el manuscrito del libro que completaba la saga, Mishima se dirigió con tres compinches a un cuartel del ejército japonés. Entraron en la oficina del general, le ataron a una silla y Mishima salió al balcón del despacho. Anunció que estaba dando un golpe de estado y empezó a leer su lista de demandas, que incluían la vuelta del emperador. Los soldados se mofaron de él, y Mishima, dentro de la oficina, se practicó el suicidio ritual del seppuku rajándose el vientre. Un suicidio lento y doloroso, en el que los jugos gástricos van poco a poco corroyendo los órganos. Cuando ya había sufrido lo bastante, y siguiendo las normas que indica el ritual, un compinche intentó cortarle la cabeza, pero falló por tres veces. A la cuarta, consiguió separársela del cuerpo. Robert E. Howard (1906-1936) No tan olvidado autor de novelas baratas, aunque las veces que se le recuerda siempre es por tres cosas: fue íntimo amigo de Lovecraft, creó el personaje de ‘Conan el bárbaro’ y perpetró un meticuloso suicidio. Cuando su madre entró en coma, Howard primero asegura el futuro de su obra, después pide prestado un revólver y pregunta a un médico sobre las posibilidades de sobrevivir a un disparo en la cabeza. La víspera de su suicidio reserva tres nichos en el cementerio local (uno para su madre agonizante, otro para su padre anciano y un tercero para él mismo) y al día siguiente se dispara un tiro en la cabeza en el interior de su coche. En su nota de suicidio reproduce unos versos que escribió cuando tenía 10 años, así que imaginamos que también los tenía a mano y preparados para el momento fatídico. Eugene Izzi (1953-1996) Escritor de novelas policiacas, plantea su suicidio como un enigma para la policía, que casi parece sacado de uno de sus libros: En la madrugada del 7 de diciembre de 1996 se cuelga de la ventana de un piso catorce de un edificio céntrico de Chicago. A la mañana siguiente, la policía acude y confundida, encuentra que el cadaver de Izzi lleva puesto un chaleco antibalas. En los bolsillos de la chaqueta del ahorcado encuentran puños americanos, un spray anti-violadores y varios disquettes con parte de su obra. Cuando entraron en su casa, descubrieron varias pistolas cargadas, así como otras pistas falsas. Attila József (1905-1937) Este atormentado y revolucionario poeta húngaro no destacó en vida por su suerte o habilidad con los suicidios. El primer intento de acabar con su vida fue ingiriendo cincuenta aspirinas, que aparte de espantosos dolores de estómago no le causaron gran daño. La siguiente vez, tragó un veneno que resultó inocuo. La tercera, se tumbó en las vías de un tren, pero fracasó porque el tren había atropellado a otro suicida antes y se había detenido. Ya por fin en su cuarto intento consiguió poner fin a su vida dejándose arrollar por un tren, que esta vez no paró. Paul Lafargue (1942-1911) Casado con la hija de Marx, Lafargue fue el introductor del socialismo en España; sin mucho éxito por la popularidad de las ideas anarquistas en aquella época en nuestro país. Aparte de escribir la obra maestra (aquí el jurado sí que habla con conocimiento de causa) El derecho a la pereza, dedica toda su vida a difundir la obra de su nuero. En su nota de suicidio escribe “Muero con la suprema alegría de tener la certeza de que muy pronto triunfará la causa a la que me he entregado desde hace cuarenta y cinco años” No entramos en la cuestión de si puede considerarse un triunfo del marxismo o no, pero apenas seis años más tarde los bolcheviques se hicieron con el poder en Rusia. Vachel Lindsay (1879-1931)/Charlotte Mew (1869-1928) Poeta estadounidense y vagabundo él, es célebre por ser uno de los primeros en sentar las bases de la crítica cinematográfica, así como por su poema onomatopéyico The Congo. Poetisa inglesa a caballo entre la lírica victoriana y la moderna ella, fuma, viaja sola y se viste como un hombre, para escándalo de los idem de aquel tiempo. Poeta él y poetisa ella, comparten un método de suicidio sorprendente: ambos se beben una botella de Lysol, un desinfectante vaginal de la época, para acabar con sus vidas. Ferdinand Raimund (1790-1836) De orígen muy humilde, su rostro acabó en los billetes de 50 chelines austriacos. Dramaturgo nacional del país centroeuropeo, consiguió la celebridad por criticar y hacer sátira de las costumbres de sus contemporáneos. Pese a tanta risa y tanta mala baba a costa de los (para él) grotescos austriacos, acaba suicidándose por motivos bastante ridículos: le muerde un perro y aterrorizado ante la posibilidad de haber contraído la rabia, acaba con su vida. Algunas muertes estupidas: Las hay míticas, las hay memorables y las hay estúpidas. Lo malo de la muerte es que, una vez que llega ya no puede repetirse y hay algunos personajes históricos cuyo final no ha sido demasiado decoroso. Para empezar, una cadena de muertes bizarras que, por su impactante efecto dominó, fue tema de conversación durante semanas. Algunos la recordarán, sucedió en Buenos Aires, en 1988. Una familia de apellido Montoya, que vivía en un piso trece del barrio de Caballito, se había ido de vacaciones dejando en el departamento a su pequeño perrito. Un amable vecino se encargaba de darle de comer todos los días. Sin embargo, el perro tuvo la mala idea de salir al balcón, donde perdió el equilibrio y cayó. Una mujer de 75 años, recibió el impacto perruno y murió en el acto, concentrando un grupo de gente que, como sucede en esos casos, corre hacia el lugar, entre gritos y pedidos de auxilio. Una de esas personas fue Edith Solá de 46 años, quien cruzó la avenida sin cuidado y fue atropellada por un colectivo. La mujer murió instantáneamente, pero como no hay dos sin tres (sin contar al perro, claro) un anciano, al ver el horrible espectáculo, sufrió un ataque cardíaco falleciendo camino al hospital. Uno de los testigos entrevistados remató el hecho con una frase memorable: “parecía un atentado, había cadáveres por todos lados!“. Ahí está Allan Pinkerton (1819-1884), creador de la primera agencia de detectives del mundo. El escocés se resbaló un día, se mordió la lengua, que se infectó y le llevó a la tumba Tampoco se salva nuestro producto interior bruto. Antonio Gaudí (1852-1926) falleció a los 74 años cuando al cruzar la Gran Vía barcelonesa fue arrollado por un tranvía que circulaba a una velocidad más bien ridícula. El genial dramaturgo Tennessee Williams (1911-1983) murió en su baño cuando, tratando de abrir con la boca un bote de pastillas, el tapón finalmente salió disparado hacia su garganta y lo asfixió. Isadora Duncan (1927), estrangulada por su bufanda que se había quedado enganchada entre los radios de la rueda de su coche. Después de la guerra civil norteamericana, el controvertido político Clement Vallandigham, de Ohio, se transformó en un exitoso abogado que rara vez perdía un caso. En 1871 defendió a Thomas McGehan, acusado de disparar contra un tal Tom Myers durante una disputa en un bar. La defensa de Vallandigham se basaba en que Myers se había disparado a sí mismo al empuñar su pistola cuando estaba arrodillado. Para convencer al jurado, Vallandigham decidió demostrar su teoría. Desafortunadamente, utilizó por error una pistola cargada y terminó disparándose a sí mismo. Con su muerte, Vallandigham demostró la teoría del disparo accidental y consiguió exonerar a su cliente. Ray Chapman, jugador de los Cleveland Indians, fue asesinado por una pelota de béisbol. Por aquellos días, los pitcher solían ensuciar la pelota antes de lanzarla para que se hiciese más difícil de ver. El 6 de agosto de 1920 en un juego contra los New York Yankees, Carl Mays, pitcher de los Yankees, lanzó una pelota sucia contra Chapman, quien no la vio y recibió el golpe fatal en su cabeza. eso fue todo espero que les haya gustado.
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