Fecha: 28/06/2016 / / Illia no sólo fue un hombre honrado sino también un gran presidente y un republicano ejemplar, datos no tan difundidos y hasta desconocidos por millones de argentinos que no vivieron en esa época. En un breve repaso de su gestión de gobierno podemos destacar logros en distintas áreas. En relaciones exteriores, por ejemplo, los problemas limítrofes con Chile se canalizaron amistosamente en 1965, pese a un enfrentamiento armado previo, con el tratado firmado entre Eduardo Frei e Illia. En octubre de ese año, Illia se opuso con firmeza al envío de tropas a la República Dominicana. La ONU dictó la resolución 2065, que obligaba al Reino Unido a negociar con nuestro país el problema de Malvinas. Illia encarriló además las relaciones con el Vaticano después de décadas, avanzando el Concordato con la Santa Sede. Recibió en el país la visita, con la firma de tratados internacionales, de los entonces presidentes de Francia, Charles de Gaulle; de Italia, Giuseppe Saragat; de Alemania, Heinrich Luebke; también del rey Balduino de Bélgica; del sha de Persia, Mohammad Reza Pahlevi, y del senador Robert Kennedy, entre otras destacadas personalidades. En asuntos de defensa, Illia afrontó la lucha antisubversiva en el marco de la Constitución. A través de la acción de la Gendarmería combatió en la selva salteña a un grupo guerrillero encabezado por Jorge Masetti (Ejército del Pueblo), derrotándolo. En materia económica, debemos destacar el crecimiento del Producto Bruto Industrial un 18,9% en 1964 y un 13,8 en el año siguiente. El desempleo, que en 1963 ascendía al 8,8%, se redujo en 1966 al 5,2. La deuda externa, que alcanzaba la cifra de 3300 millones de dólares en 1963, bajó a 2600 millones en 1965. En educación, se puso en marcha el plan nacional de alfabetización, se aumentó el presupuesto educativo y se bajó el costo. En el área laboral, en junio de 1964, entre otras leyes se promulgó la ley del salario mínimo, vital y móvil, en tanto el salario real aumento un 6,2% en 1964 y un 5,4 en 1965. Se sancionó también, en materia de salud, la ley de medicamentos conocida por el nombre del ministro Oñativia, que estableció que los medicamentos, al tener clientes cautivos, no eran productos comerciales sino bienes sociales que debían ser regulados. Sobre el respeto al federalismo, tan vapuleado en nuestros tiempos, vale destacar que durante su gestión nunca una obra pública nacional estuvo condicionada al apoyo político del intendente o del gobernador correspondiente. Sirva como símbolo la cesión de la residencia El Mesidor, que efectúo la Nación a la provincia del Neuquén, gobernada por opositores. Illia llevó una vida austera y sencilla, enmarcada en profundas pautas éticas, pero también en la convicción de que se podía ser sin necesidad de tener. Es destacable también su profundo rechazo a la manipulación de la opinión publica a través de la deformación informativa del aparato comunicacional del Estado. Había observado, en un prolongado viaje por Europa, este fenómeno desplegado antes de la Segunda Guerra Mundial por el fascismo y el nazismo. En contraste con nuestra realidad actual, Arturo Illia dijo: "Nunca uso la cadena nacional para dar mensajes de política de gestión". Mientras ejerció el cargo presidencial solía salir de la Casa de Gobierno a la Plaza de Mayo para visitar funcionarios con despacho cercano. Caminaba y conversaba con la gente. EL MEMOENTO DEL GOLPE: Cuando el general Alsogaray ingresó al despacho para forzar la salida de Illia, lo invitó a salir de la Casa de Gobierno para evitar "hechos de violencia"; a lo que Illia respondió: "¿De qué violencia me habla? La violencia la acaban de desatar ustedes en la república. Yo he predicado en todo el país la paz, he asegurado en todo el país la libertad. Ustedes no tienen nada que ver con el Ejército de San Martín y de Belgrano. El país les recriminará siempre esta usurpación y hasta dudo de que sus propias conciencias puedan explicar lo hecho". Cuando fue echado del gobierno por la fuerza, se retiró acompañado por su gabinete, amigos y correligionarios hasta las calles Rivadavia y Reconquista. Rechazó los autos que se le ofrecieron y se tomó un taxi. Se trasladó a Martínez, a la casa de un hermano suyo en la calle Pueyrredón, entre Sargento Cabral y Necochea. Como no tenía teléfono, se instalaba en una mercería, "lo de Doña Querina", a una cuadra de donde vivía, y allí a la tarde recibía llamadas y convenía reuniones. Si no lo iban a buscar, viajaba a la Capital en el colectivo 60, para asombro de los pasajeros. En Buenos Aires, era usual encontrarlo en distintos restaurantes. Su ingreso solía llevar tiempo, por el saludo y la charla con muchos de los comensales. Podríamos agregar muchas más anécdotas. Durante sus últimos años, cuando estaba en Córdoba, se alojaba en la habitación de la clínica Conde, en Villa Carlos Paz. Cuando asumió, su declaración jurada consistió en un plazo fijo, un auto y su casa en Cruz del Eje, regalada por sus pacientes y amigos. Cuando dejó la presidencia sólo le quedaba esa casa. Nunca confrontó ni agravió ni descalificó. Para él, el respeto a la Constitución y a la ley era sagrado. Que sirva todo esto como contraste con lo que ocurre en la Argentina actual. Y ojalá luchemos por un país en el que estas conductas recuperen el valor que han tenido. Parte 2: CUANDO EL PERONISMO LO TRATABA DE "CORRUPTO" El golpe de 1966 no tuvo sólo dos actores, el que entró con la infantería a la Casa Rosada y el que salió de ella en un taxi, destituido manu militari. Las cosas fueron un poco más complicadas, entre otras cosas por el papel desestabilizador que cumplió el peronismo. La evidencia está en los archivos. A fin de junio, en el preciso momento en que el dictador Juan Carlos Onganía juraba como nuevo presidente, Perón recibía en Puerta de Hierro al periodista Tomás Eloy Martínez, enviado de la revista Primera Plana (revista que apoyó el golpe contra Illia), y le decía: "Para mí, éste es un movimiento simpático porque se acortó una situación que ya no podía continuar. Cada argentino sentía eso. Onganía puso término a una etapa de verdadera corrupción. Illia había detenido al país queriendo imponerle estructuras del año mil ochocientos, cuando nace el demoliberalismo burgués, atomizando a los partidos políticos. Si el nuevo gobierno procede bien, triunfará". Como prueba del apoyo peronista al golpe, lo habitual ha sido recordar que importantes dirigentes, como el metalúrgico Augusto Vandor, asistieron a la jura del nuevo dictador en la Casa Rosada. Sin embargo, la palabra del líder parece ser más elocuente que los gestos políticos de aquel dirigente sindical luego rebelde, que terminaría sus días asesinado por una célula guerrillera. Lo que publicó Primera Plana el 30 de junio de 1966 está reproducido en el sitio El historiador, de Felipe Pigna, quien no suele ser tildado de "gorila" por la historiografía peronista. Dice allí Perón: "Simpatizo con el movimiento militar porque el nuevo gobierno puso coto a una situación catastrófica. Como argentino hubiera apoyado a todo hombre que pusiera fin a la corrupción del Gobierno Illia. La corrupción, como el pescado, empezó por la cabeza. Illia usó fraude, trampas, proscripciones; interpretó que la política era juego con ventaja; y en política, como en la vida, todo jugador fullero va a parar a Villa Devoto. El hombre que acabó con eso, por supuesto, tiene que serme simpático, pero no sé si también lo será en el futuro. El defecto del actual gobierno es no saber exactamente lo que quiere, pero la cosa va a ser cuando desate el paquete, porque ellos tampoco saben lo que hay allí". Prosigue el general Perón desde Madrid: "Argentina, cuando trabaja, equilibra en seis meses lo estructural y en dos años resuelve todos los problemas económicos. En economía no hay milagros. En economía, la misión fundamental del gobierno es dar posibilidad a la gente para que se realice. El gobierno anterior fracasó porque intentó gobernar sin concurso popular. Pero para eso hace falta grandeza, olvido de las pasiones. Yo ya estoy más allá del bien y del mal. Fui todo lo que se puede ser en mi país, por eso puedo hablar descarnadamente. No tengo interés en volver a la Argentina para ocupar cargos públicos. Quiero, claro, volver a la patria, pero sin violencias". Varios historiadores sostienen que el del 28 de junio de 1966 fue el golpe más injustificado de la historia. incluso visto desde el lado de sus ejecutores. Uno de los militares que entró al despacho presidencial aquella madrugada para desalojar al presidente constitucional, el coronel Luis César Perlinger, se arrepintió en forma pública y pidió disculpas. El peronismo, en cambio, pese a que muchos de sus dirigentes se suman hoy a las mayorías que exaltan la honestidad de Illia, no revisó de modo formal su papel. Repiten muchas veces que en 1963 ganó el voto en blanco. En realidad, el voto en blanco fue altísimo, pero llegó al 18 por ciento. Illia había ganó con el 25 por ciento de los votos y los colegios electorales lo consagraron luego por mayoría absoluta. Su gobierno recogió en parte los planteos de la central obrera, llevó adelante medidas estatistas, incrementó el gasto e impuso controles de precios, pero no pudo evitar el acecho de las protestas motorizadas por José Alonso desde la propia CGT, en sintonía con el desafío trazado por Perón. Siguieron los paros imprevistos y las tomas de fábricas. Médico de pueblo, el presidente Illia no respondió en forma enérgica, con represión, sino de manera parsimoniosa, ante lo cual la oposición comenzó a estigmatizarlo como ineficiente. La fama le valió el apodo peyorativo de tortuga y esto derivó en el famoso episodio de las tortugas plantadas en la Plaza de Mayo, con los ojos de hoy una risueña acción de impacto mediático, pero en aquella época una movida muy hostil de descalificación. Illia fue el médico que necesitaba este país enfermo, lástima que no lo dejaron terminar la operación.
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