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Quiero ser escritor y te lo muestro [gone wrong]

Taringa4/24/2017
Quiero ser escritor y te lo muestro [sexual] [gone wrong]

escritor


Yo sé que esta página está casi muerta, que es mejor prefieren todos perseguir a su madre sin ropa que entrar aquí. Pero esto es una apuesta por la nostalgia, porque ese sitio vio nacer mi primer encuentro con internet y con la masturbación temprana, anodina e impulsiva. Por todo eso, porque estoy aburrido y quiero hacer algo más que dejarme en carne viva la glandula, les comparto parte de mi trabajo. Si quieren leer más de los dos textos, pueden ir a mi blog .

Si les da pereza leer, solo comenten que leyeron y que fue la mejor experiencia en toda la vida, que fue como una explosión de placer sexual en la mente y que casi les estalla la glandula de la emoción, gracias.


poemas


El trasplante

Mi trasplante de rostro fue exitoso, pero la puerta de mi casa funciona con reconocimiento facial y no he podido entrar al llegar del hospital. Pensé en llamar de nuevo al taxi, ir a otra parte, pero no me acostumbro a silbar con estos labios. Es ya muy tarde como para ir caminando a un hotel y no conozco a nadie en mi vecindario. Mis papás viven cerca, podría caminar hasta allí, pero están ya muy viejos y su fundamentalismo religioso no les permite aceptar las intervenciones quirúrgicas. Las consideran antinaturales; nunca les conté que iban a operarme, igual hace mucho tiempo ya que no nos veíamos. No he querido causarles molestias. Esa noche decidí dormir entre unos arbustos en el jardín, total desde que presté servició estoy acostumbrado a la intemperie.

Al otro día al despertar, en el momento en el que uno no se acuerda muy bien de quién es, pensé acudir a mis amigos, pero recordé que siempre han creído que el accidente lo provoqué yo, que yo quemé a todos esos niños, pero eso no es cierto. Yo solo estaba ahí esa noche porque quería violar algunos. Gracias a dios todos murieron y yo quedé irreconocible, aunque sus padres o mis amigos me vieran por la calle no me reconocerían. El juez me absolvió de toda pena por considerarme de facultades mentales y movilidad reducidas. Desde que en el ejército traté de estimularme con el cañón de un arma y esta se disparó dentro de mi ano tengo un daño leve en la columna que no me deja caminar del todo bien y debo caminar con muletas. Lo de las facultades mentales es porque lloro mucho, pero eso es porque desde que quedé así todo chueco la niña que tanto me gustaba, hija de una vecina, me tiene miedo y no se me acerca más; a ella nunca le hice nada.

No me pregunten cómo hice para lograrlo, pero conseguí que el estado enviara cada cierto tiempo un escuadrón especial de niños con sida para practicarme masajes; a mí la verdad nunca me importó enfermarme y ellos sabían que los niños nunca volvían. Desde ese día, al regreso de mi operación, vivo en los arbustos y me alimentó de los niños que ellos siguen mandando, a la madrugada entierro los restos. Me agradan los arbustos más que nada en la vida. A veces cuando pasan otros niños, si logro agarrarlos también me los como, eso de violarlos se me quitó con el hambre y porque soy quisquilloso con la carne dura; cuando uno les hace cosas, después de matarlos quedan como tensionados. A veces pasan perros también.

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La escena funesta


Sol, junto a su padre, que conduce, imagina una escena funesta. La vibración del motor convierte los intersticios entre las desgastadas partes del carro, en el escenario de una percusión pareja e indiferente que no deja ni pensar. Las motos avanzan atropelladamente entre los carros y disuelven, en interrumpidos lapsos de aceleración, las volutas de humo entre la tarde gris. Los carros no avanzan más que unos metros con cada cambio del semáforo que se acerca poco a poco, pero que sigue estando a varias cuadras de donde se encuentran. Escucha la respiración de su padre, distingue un silbido tenue que viene de sus pulmones y le parece desagradable; áspero y estridente, vacío y prolongado. Los asientos del carro, forrados en tela gris oscurecida por la roña que fue apareciendo paulatinamente durante años con el roce de la piel sudada, expedían un hedor a gasolina transpirada, olían al fondo dulzón que deja la saliva seca sobre la piel. El vidrio de su lado, lleno de raspaduras y rayones, no deja distinguir con claridad el tono real de la calle, se dispone a girar la manivela para bajarlo por completo, pero mira por el retrovisor.

Un hombre en una moto grande, desenfocado por la vibración, se acerca dentro del espejo. Y sol, aunque quiere ver la tarde sin filtros, no abre la ventana. La cierra. Algún otro día podría haberlo hecho, pero ese día, más temprano, conversó con su madre. Recordaron una ocasión en la que ella estaba en el asiento trasero del carro, su madre donde se encuentra ella ahora y su padre manejaba. Recordaron, sin decirlo, la resistencia a retirar el plástico que protegía la tela gris de los asientos claros, mientras hablaban de lo que habían hecho ese día antes de subir al carro para volver a casa. Recordaron, mientras completaban pronunciando a retazos la ruta que tomaron, el brillo del metal lustrado y sus rostros, reflejados en los vidrios espejados de las fachadas en el centro. Escucharon de nuevo, hablando sobre el cruce de calles en el que frenaron en rojo, aun cuando no había carros a esa hora de la noche, la ligera sibilancia producida por el motor, que mientras hablaran se ocultaba tras las palabras, y siempre hablaban, más que todo su padre, que en ese momento iba riendo. Vieron de nuevo el acercamiento constante y nítido de la luz de la moto en el retrovisor, y temblaron un poco sus entrañas al recordar el miedo, el entumecimiento propio de la impotencia cuando el sujeto apuntó al pecho de su padre, a través de la ventana abierta, con el cañón, pidiendo el dinero y los celulares.

El hombre en la moto cruza entre algunos carros y se detiene al lado de su padre. Sol lo mira y lo odia por tener la ventana abajo. Su padre inclina la cabeza hacia atrás para alinear sus ojos, los lentes bifocales y el tablero del carro que no funciona; él se empeña en que algún día, después de darle unos golpecitos con los dedos volverá a encender. Ella lo ve indefenso y eso la destroza. La aguda punta de diamante que son sus ojos, hace rechinar una placa de metal, y las esquirlas que saltan, se agrandan en el vuelo hacia las paredes internas de su cráneo, que retumba con cada golpecito de los dedos de su padre en el tablero. Golpes secos que se sostienen en el tiempo y no se van, sino que se solapan uno sobre otro como láminas de acero, densificando los tejidos de su delgado cuello de mujer. Imagina, para contrarrestar la ansiedad del momento, volviéndolo insignificante, una escena funesta. El hombre de la moto, con dificultad nerviosa, saca de su pantalón un revolver. El padre de Sol se alerta por el movimiento brusco y lo mira, responde automáticamente acelerando el carro, como si disminuir centímetros entre su carro y el de enfrente lo ayudara a escapar. Sus manos tiemblan sobre el volante, ajusta el ángulo entre sus ojos y las gafas para poder buscar ayuda por el retrovisor sobre el parabrisas. Pero antes de que pueda enfocar la vista, el hombre apunta a su pecho y dispara varias veces. Sol ve como su padre queda inmóvil, como si nada hubiese pasado, hasta que la mira con la boca abierta, su rostro no refleja dolor sino miedo e incertidumbre. Morir es lo único que ninguno de los dos ha experimentado, en todo lo demás él lleva la ventaja, y se ve pequeño como un niño, pidiendo ayuda a su mamá. Sol siente tristeza, no por la muerte, sino por darse cuenta de que fue más intensa la ansiedad y el odio de ver la ventana abajo, que el dolor de ver a su padre morir.

O al menos eso imagina que sentiría. En el fondo piensa que es imposible imaginar una muerte sin antes haber presenciado una y saber cómo se reacciona a eso. Pero siente que, sea cual sea el impacto causado, recordaría a su padre por mucho tiempo después de su muerte, en relación a la huella que esta dejase. La moto hace tiempo que siguió su camino y los carros empiezan a fluir. Sol, queriendo hablar con su papá, comenta que ya es de noche, que ya era hora de que al fin se movieran los carros; su padre sonrió y asintió, continuaron en silencio. Sol sigue pensando y conserva, con cierto asombro poético, la idea de que los muertos se vuelven sensaciones. Que no es posible deshacerse de ellos, y peor si se escriben dichas sensaciones; piensa que los escritores se dedican a guardar los muertos para que la gente pueda recordarlos por siempre, como eso, como muertos. Con la mirada perdida, más allá de la ventana cerrada, escucha a su padre tararear una canción, la reconoce y eso la llena de alegría, se voltea hacia él y lo abraza. Piensa, mientras lo tiene entre los brazos, que tal vez los escritores hacen justo lo contrario, liberar a la gente de esas escenas funestas, ayudándolos a recordarlos más allá de sus últimos momentos. Sol recuerda de nuevo la conversación, recuerda que el tema del robo había salido a flote sin ninguna relación con el tema anterior, y solo como una distracción infructuosa, después de que su madre le contara llorando que su papá había intentado suicidarse la noche anterior.

escritos propios


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