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Norma Pla: Abuelita las pelotas

Info8/7/2011
Norma Pla: Abuelita las pelotas

Después de una vida de trabajo, hogar, hijos y agnolotis, se convirtió en jefa de los jubilados que protestaron contra el ajuste menemista. Fue un icono mediático. Su madre lavaba y planchaba en casa de los Martinez de Hoz.

En la Plaza Lavalle, que en sus orígenes fue "el Hueco de Zamudio" –por la familia dueña del baldío, luego quinta, que ocupaba el predio–, Norma Pla pidió que fueran esparcidas sus cenizas. El valor simbólico es doble. Por un lado, señala el lugar exacto donde comenzó su fama, a una edad en la que las abuelitas viven para los nietos, la cocina y las telenovelas. Por el otro, recuerda frente al mismísimo Palacio de Justicia la persistencia de una injusticia, quizá de las mas grandes que lastima estos 200 años patrios: la miserable retribución que perciben los jubilados argentinos. Y Norma Pla fue exactamente eso: la dirigente más visible, enérgica, tozuda y polémica que haya encabezado ese reclamo. Una pesadilla mediática para el gobierno menemista.

Pero para llegar a la estación de la fama hay que atravesar una larga historia anónima, que comienza un 13 de septiembre de 1932 en San Telmo. Ese día nació Norma Güimil, hija de un guarda de tranvía y de una lavandera/planchadora que se ocupaba de mantener impecable la ropa en casa de los Martínez de Hoz.

Abandonó la escuela en segundo grado. Se dedicó al cultivo de vegetales en la huerta familiar y a los 13 años ya limpiaba en una fábrica. Se casó con Miguel Pla y tuvo cuatro hijos. Vivía en Temperley, en el Barrio San Jorge, calles de tierra donde un día se empantanó un carro. El dueño golpeaba al caballo para que tirara más fuerte, Norma vio la escena, tomó una vara y acudió en auxilio... del caballo. "Cómo cobró ese hombre", recuerda con risas su hijo Germán. "Es que soy muy bichera –explicó Norma alguna vez–, no puedo ver un perrito tirado en la calle. Por eso tengo cinco perros y nueve gatos."

Hasta los animalitos, todo bien; pero cuando empezó a traer a casa a jubilados sin techo, a los que había que mantener y soportar en sus manías, su hija Cristina puso razonables límites. Cristina recuerda dónde empezó esta otra parte de la historia. "Papá ya había fallecido, su pensión era una miseria, mamá escuchaba en la radio un programa de jubilados de Rubén Gioanini, se enganchó, empezó a llamar y un día nos dijo: ‘Voy a poner una olla popular’. Y se fue a Plaza Lavalle, llevando un montón de cosas nuestras que éramos scouts".

"Ese 17 de abril de 1991 fuimos en una camioneta con cinco viejos y armamos una carpa", evoca otro hijo, Germán.

En la versión de Norma Pla, todo fue un estallido interior: "Un día no tenía los diez pesos que necesitaba mi hijo Germán para ir a La Plata, donde estudiaba arquitectura, y no aguanté más. Por eso la bronca. Porque mi marido trabajó toda su vida y al final recibíamos una miseria indigna".

La carpa convocó a la tele y la tele convocó a más jubilados. Se esparció el rumor de que Norma era la cabecera de playa de una protesta de militares carapintadas. De hecho, Gioanini, el de la radio, era un sindicalista de Luz y Fuerza que activaba en ese palo político. Pero tras 80 jornadas consecutivas de acampe, con olla popular para 200 abuelos enojados, Pla fundó la Unión de Jubilados y Pensionados de Plaza Lavalle Norma Pla, una forma de decir que no tenía dueño, una primera ruptura de otras que iban a venir, por ejemplo con Raúl Castells, que la recuerda así: "Era brava, y pícara, muchas veces fingía desmayos para que no la llevaran presa. Yo corría a socorrerla y ella desde el piso me guiñaba un ojo". Castells rescata su capacidad de construir el reclamo como lucha mediática y critica su individualismo, que impedía formar equipos. "Yo no soy de nadie, yo soy del hambre", repetía ella cada vez que se la vinculó con alguna agrupación política.

Los fotógrafos se regodeaban. Con Norma, había tapa segura: trepada a las rejas que vallaban el Congreso, arrancándole la gorra a un policía, asando chorizos frente a la casa del ministro de Economía, tirando huevos a funcionarios, o en huelga de hambre. Pedía, a puteada limpia, una jubilación digna y un PAMI al servicio de los jubilados.

Con más de 60 años, llegó a tener 22 causas judiciales abiertas. Sus hijos son testigos de reiterados allanamientos a la vivienda familiar, o protagonistas de rescates en comisarías porteñas. Sus compañeros la describen como infatigable. Cada vez menos, se dedicó a preparar esos exquisitos agnolotis de su vida anterior. Un cáncer de mama con metástasis no quitó combatividad a sus últimos años. Desoyó las recomendaciones médicas de reposo y siguió manifestando a pesar del frío, las tormentas y los manguerazos policiales, sólo que con un pañuelo o una peluca que disimulara los efectos del duro tratamiento al que se sometía. Murió el 18 de junio de 1996.

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