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George RR Martin Danza de Dragones cap 59

Info9/29/2011
EL CABALLERO DESECHADO–Arrodilláos ante su Majestad Hizdahr zo Loraq, Decimocuarto de Su Noble Nombre, Rey de Meereen, Vástago de Ghis, Octarch del Antiguo Imperio, Maestro del Skahazadhan, Consorte de Dragones y Sangre de la Arpía– Rugió el Heraldo. Su voz retumbó por el suelo de mármol y resonó entre los pilares. Ser Barristan Selmy deslizó una mano por debajo de su capa y aflojó la espada en la vaina. Ningún filo estaba permitido en la presencia del Rey salvo las de sus protectores. Parecía que aún formaba parte de ese grupo, a pesar de su dimisión. Nadie había intentado quitarle la espada, al menos. Daenerys Targaryen prefería mantener la corte desde un banco de ébano pulido, suave y simple, cubierto con los almohadones que Ser Barristan había encontrado para que estuviera más cómoda. El Rey Hizdahr había sustituido el banco por dos imponentes tronos de madera joven, con los altos respaldos tallados en forma de dragón. El Rey se sentó en el trono de la derecha con una corona dorada en la cabeza y un cetro enjoyado en su mano pálida. El segundo trono estaba vacío. «Un trono importante», pensó Ser Barristan. «Una silla con forma de dragón no puede reemplazar a un dragón, da lo mismo lo elaborado del tallado». A la derecha de los tronos gemelos estaba Goghor el Gigante, una enorme masa de hombre con una cara brutal llena de cicatrices. A la izquierda estaba el Gato Manchado, con una piel de leopardo colgando sobre un hombro. Detrás de ellos estaban Belaquo Rompehuesos y Khrazz el de la mirada fría. «Todos asesinos experimentados», pensó Selmy, «pero una cosa es enfrentarte a un enemigo en los fosos, cuando su entrada se anuncia con cuernos, trompetas y tambores, y otra es encontrar a un asesino escondido antes de que lance el golpe». El día era joven y fresco, y a pesar de ello él sentía el cansancio en los huesos, como si hubiera luchado durante toda la noche. Cuanto más envejecía, menos sueño parecía necesitar Ser Barristan. Cuando era escudero podía dormir diez horas cada noche y aún bostezar cuando entraba a trompicones en el patio de prácticas. A los sesenta y tres, se dio cuenta de que cinco horas cada noche eran más que suficientes. La noche anterior, apenas había dormido. Su habitación era una celda pequeña en los departamentos de la reina, originalmente los dormitorios de los esclavos; sus enseres consistían en una cama, un orinal, un armario para su ropa, e incluso una silla por si quería sentarse. En una mesilla de noche tenía una vela de cera de abeja y una pequeña talla del Guerrero. Aunque no era un hombre piadoso, la talla le hacía sentir menos solo en esta extraña ciudad extranjera, y era a ella a la que se volvía en los momentos más oscuros de la noche. «Protégeme de estas dudas que me acosan», había rezado, «y dame la fuerza para hacer lo que es correcto». Pero ni las oraciones ni el amanecer le habían traído la certeza. El salón estaba más abarrotado de lo que el viejo caballero lo había visto nunca, pero lo que más notó fueron las caras que estaban ausentes: Missandei, Belwas, Gusano Gris, Aggo, Jhogo y Rakharo, Irri y Jhiqui, Daario Nariz. En el sitio del Shavepate había un hombre gordo con una coraza musculosa y máscara de león, sus pesadas piernas asomando por debajo de una falda hecha de tiras de cuero: Marghaz zo Loraq, el primo del Rey, nuevo comandante de las Bestias Despiadadas. Selmy ya se había hecho una buena imagen de aquel hombre. Había conocido a otros como él en Desembarco del Rey – Servicial con sus superiores, implacable con sus inferiores, tan ciego como boastful y demasiado orgulloso. «Skahaz podría estar en el salón también», se dio cuenta Selmy, «con esa cara suya tan fea escondida detrás de una máscara. Había dos Brazen Beasts apostados entre los pilares, con la luz de las antorchas reflejándose en la superficie metálica de sus máscaras. El Shavepate podría ser cualquiera de ellos». El salón retumbaba con el sonido de cien voces graves, que hacían eco en los pilares y en el suelo de mármol. Era un sonido ominoso, enfadado. A Selmy le recordaba al ruido que hacen los panales de avispas justo antes de que todas las avispas salgan en desbandada. Y en las caras de la gente veía ira, dolor, sospecha, miedo. El nuevo heraldo del rey apenas había llamado al orden a la corte cuando comenzó lo desagradable. Una mujer comenzó a quejarse sobre un hermano que había muerto en el foso de Daznak, otra sobre daños en su palanquín. Un hombre grueso se arrancó sus vendas para enseñar a la corte su brazo quemado, en carne viva y rezumando. Y cuando un hombre con un tokar azul y dorado comenzó a hablar de Harghaz el Héroe, un hombre libre detrás suyo le tiró al suelo. Hicieron falta seis Bestias Despiadadas para separarles y sacarles del salón. «Zorro, halcón, foca, langosta, león, sapo». Selmy se preguntaba si las máscaras tendrían algún significado para los hombres que las llevaban. ¿Llevaban aquellos hombres las mismas máscaras cada día, o elegían caras nuevas cada mañana? –¡Silencio!– Gritaba Reznak mo Reznak– ¡Por favor! Contestaré si vosotros simplemente… –¿Es cierto?– Gritó una mujer libre –¿Ha muerto nuestra madre? –No, no, no– Chilló Reznak –La Reina Daenerys volverá a Meereen a su debido tiempo en toda su fuerza y majestuosidad. Hasta ese momento, Su Alteza el Rey Hizdahr será quién… –Él no es mi rey– Gritó un hombre libre. Los hombres comenzaron a empujarse unos a otros. –La Reina no ha muerto – Proclamó el Senescal – Sus Jinetes de Sangre han partido a lo largo del Skahazadhan para encontrar a su Alteza y devolverla a su amante marido y leales súbditos. Cada uno de ellos tiene a diez jinetes escogidos, y cada hombre tiene tres magníficos caballos, así que viajarán rápido y lejos. La Reina Daenerys será encontrada. Un Ghiscari alto con túnica de brocado habló a continuación, con una voz tan sonora como fría. El Rey Hizdahr se revolvió en su trono dragón, su cara pétrea por sus esfuerzos para parecer preocupado pero inmutable. Una vez más su senescal contestó. Ser Barristan dejó que las palabras empalagosas de Reznak pasaran sobre él. Sus años en la Guardia Real le habían enseñado el truco de oír sin escuchar, lo que resultó especialmente útil cuando el orador estaba decidido a probar que las palabras verdaderamente eran viento. Detrás, al final del salón, espió al Príncipe Dorniense y a sus dos acompañantes. «No deberían haber venido. Martell no reconoce el peligro. Daenerys era su única amiga en esta corte, y ahora ya no está». Se preguntó cuánto entenderían de todo lo que se estaba diciendo. Incluso él mismo, a veces, no podía encontrar sentido al Ghiscari mestizo que hablaban los esclavos, especialmente cuando hablaban rápido. El Príncipe Quentyn escuchaba atentamente, al menos. «Ése sí que es hijo de su padre». Bajo y fornido, la cara plana, parecía un muchacho decente, sobrio, sensible, honorable… Pero no el tipo que hace que el corazón de una muchacha joven latiera más deprisa. Y Daenerys Targaryen, al margen de ser cualquier otra cosa, era aún una muchacha joven, tal y como ella lo proclamaba cuando le apetecía jugar a la inocente. Como todas las buenas reinas ponía a su gente primero– si no, nunca se habría casado con Hizdahr zo Loraq – pero la niña dentro de ella aún anhelaba poesía, pasión, y risas. «Ella quiere fuego, y Dorne le ha enviado barro». Se podía hacer un emplasto con barro para bajar la fiebre. Se podían plantar semillas en barro y cultivar una cosecha para alimentar a tus hijos. El barro podía nutrirte, en cambio el fuego únicamente te consumiría, aún así los tontos, los niños y las chicas jóvenes escogerían el fuego cada vez. Detrás del príncipe, Ser Gerris Drinkwater estaba susurando algo a Yronwood. Ser Gerris era todo lo que no era su príncipe: Alto, delgado y atractivo, con el garbo de un mercenario y el ingenio de un cortesano. Selmy no dudaba de que más de una doncella Dorniense había pasado los dedos por aquel cabello dorado por el sol y besado aquella sonrisa burlona de sus labios. «Si éste hubiera sido el príncipe, las cosas habrían salido de otra manera», no podía evitar pensarlo… Pero había algo excesivamente agradable en Drinkwater para su gusto. «Falsa moneda», pensó el viejo caballero. Ya había conocido a hombres así. Lo que sea que hubiera susurrado debía ser divertido, porque su gran amigo calvo dejó escapar una risotada, lo suficientemente alto como para que el mismo Rey girara la cabeza hacia los Dornienses. Cuando vio al Príncipe, Hizdahr zo Loraq frunció el entrecejo. A Ser Barristan no le gustó esa mirada ceñuda. Y cuando el Rey llamó a su primo Marghaz a su lado, se agachó, y susurró en su oído, le gustó incluso menos. «No he hecho ningún juramento a Dorne», se dijo Ser Barristan. Pero Lewyn Martell había sido su Hermano Juramentado, atrás en los días en los que los lazos entre la Guardia Real aún eran profundos. «No pude ayudar al Príncipe Lewyn en el Tridente, pero puedo ayudar a su sobrino ahora». Martell estaba bailando en un nido de víboras, y ni siquiera veía a las serpientes. Su presencia continua, incluso después de que Daenerys se hubiera entregado a otro ante los ojos de dioses y hombres, sería una provocación para cualquier marido, y Quentyn ya no tenía a la Reina para protegerle de la ira de Hizdahr. «Aunque…» El pensamiento le golpeó como un tortazo en la cara. Quentyn había crecido entre los cortesanos de Dorne. Las intrigas y los venenos no eran extraños para él. Como tampoco era el Príncipe Lewyn su único tío. «Es familia de la Víbora Roja». Danerys había tomado a otro como su consorte, pero si Hizdahr moría, ella sería libre de casarse de nuevo. «¿Podía estar equivocado el Shavepate? ¿Quién podría decir que las langostas tenían a Daenerys por objetivo? Estaban en la misma caja del Rey. ¿Y si él era la víctima desde el principio?» La muerte de Hizdahr habría destrozado la frágil paz. Los Hijos de la Arpía habrían continuado con sus asesinatos, los Yunkishmen con su guerra. Daenerys podría no haber tenido mejor opción que Quentyn y su pacto de matrimonio. Ser Barristan aún se debatía con esa sospecha cuando escuchó el sonido de botas pesadas subiendo por los estrechos escalones de piedra al fondo del salón. Los hombres de Yunkai habían llegado. Tres Sabios Maestros dirigían la procesión desde la Ciudad Amarilla, cada uno con su propio séquito armado. Un esclavista vestía un tokar de seda marrón bordada con oro, otro un tokar a rayas naranja y azulado, el tercero una ornada coraza de pecho con incrustaciones que representaban escenas eróticas en azabache, jade y madreperla. El capitán mercenario Barba de Sangre les acompañaba con un saco de cuero colgado sobre un hombro inmenso y una mirada alegre y asesina en los ojos. «No el Príncipe Harapiento», observó Selmy. «No Ben Plumm el Moreno». Ser Barristan observó a Barba de Sangre fríamente. «Dame media razón para bailar contigo, y entonces veremos quién ríe el último». Reznak mo Reznak se abrió paso hacia delante. –Sabios maestros, nos honoráis. Su Alteza el Rey Hizdahr da la bienvenida a sus amigos de Yunkai. Entendemos que… –Entended esto– Barba de Sangre sacó una cabeza cortada de su saco y se la lanzó al senescal. Reznak dio un grito de miedo y saltó a un lado. La cabeza rebotó a su lado, dejando manchas de sangre en el suelo violeta mientras rodaba, hasta que chocó contra la base del trono dragón de Hizdahr. A lo largo del salón, las Bestias Despiadadas bajaron sus lanzas. Goghor el Gigante se movió pesadamente para colocarse delante del trono del rey, y el Gato Manchado y Khrazz se movieron a sus dos lados para formar una pared. Barba de Sangre se rió. –Está muerto. No os va a morder. Con cautela, con mucho cuidado, el senescal se acercó a la cabeza, la levantó despacio por el pelo. –El Almirante Groleo. Ser Barristan miró hacia el trono. Había servido a tantos reyes, que no podía evitar sino imaginarse cómo habrían reaccionado a esta provocación. Aerys se habría estremecido de horror, seguramente haciéndose algún corte con las hojas del trono, y después habría gritado a sus guerreros que cortaran a los de Yunkai en pedazos. Robert habría pedido a gritos su martillo para pagarle a Barba de Sangre con su misma moneda. Incluso Jaehaerys, tomado por débil por muchos, habría ordenado el arresto de Barba de Sangre y de los esclavistas de Yunkai. Hizdahr se quedó congelado, el rostro transfigurado. Reznak puso la cabeza en un cojín de satén a los pies del rey, tras lo cual se retiró a un lado, la boca retorcida en una mueca de asco. Ser Barristan podía oler el fuerte perfume floral del senescal desde varias yardas de distancia. El hombre muerto mirada hacia arriba lleno de reproche. Su barba estaba marrón por la sangre coagulada, pero un hilillo rojo aún goteaba de su cuello. Por su aspecto, había hecho falta más de un golpe para separar la cabeza del cuerpo. En el fondo del salón, los demandantes comenzaron a salir. Una de las Bestias Despiadadas se arrancó su máscara metálica de Halcón y vomitó el desayuno. Barristan Selmy no era ajeno a las cabezas cortadas. Ésta, sin embargo… Había cruzado medio mundo con el viejo navegante, desde Pentos hasta Qarth y de vuelta hasta Astapor. «Groleo era un buen hombre. No se merecía este final. Todo lo que quería era volver a casa». El caballero se tensó, esperando. –Esto– Dijo el Rey Hizdahr por fin –Esto no es… No estamos contentos, esto… ¿Qué significa este…? ¿Este…? El esclavista del tokar marrón presentó un pergamino. –Tengo el honor de portar este mensaje del concilio de maestros – Desenrolló el pergamino –Aquí está escrito: “Siete entraron en Meereen para firmar el acuerdo de paz y presenciar los juegos de celebración en el Foso de Daznak. Como prueba de su seguridad, siete rehenes se nos ofrecieron. La Ciudad Amarilla llora a su noble hizo Yurkhaz zo Yunzak, quien pereció cruelmente cuando era invitado de Meereen. La sangre debe pagarse con sangre. Groleo tenía una esposa en Pentos. Hijos, nietos. «¿Por qué él, de todos los rehenes?» Jhogo, Hero y Daario Naharis comandaban a luchadores, pero Groleo había sido un almirante sin flota. «¿Lo echaron a suertes, o pensaron que Groleo era el de menos valor para nosotros, el menos probable por el que provocar una respuesta?» Se preguntaba el caballero… Pero era más sencillo plantear aquella pregunta que responderla. «No soy hábil deshaciendo nudos de ese tipo». –Su alteza– dijo Ser Barristan –Si os place recordar, el noble Yurkhaz murió por accidente. Tropezó en los escalones cuando intentaba huir del dragón y fue aplastado bajo los pies de sus propios esclavos y acompañantes. Eso, o su corazón estalló de terror. Era viejo. –¿Quién es ese que habla sin el permiso del Rey? – Preguntó el lord de Yunkai del tokar a rayas, un hombre pequeño con la barbilla hundida y unos dientes demasiado grandes para su boca. A Selmy le recordaba a un conejo. –¿Deben los lords de Yunkai hacer caso a los cotorreos de los guardias? – Sacudió las perlas que sostenían su tokar. Hizdahr zo Loraq parecía no poder apartar la vista de la cabeza. Sólo cuando Reznaksusurró algo en su oído fue capaz de recomponerse.–Yurkhaz zo Yunzak era vuestro comandante supremo– dijo -¿Quién de vosotros hablapor Yunkai ahora?–Todos nosotros – Dijo el conejo – El concilio de maestros.El Rey Hizdahr encontró algo de acero.–Entonces todos vosotros sois responsables por esta brecha en nuestra paz.El Yunkai de la coraza le dio la réplica.–Nuestra paz no ha sio perturbada. La sangre debe pagarse con sangre, una vida por otra. Para mostraros nuestra buena fe, os devolvemos a tres de vuestros rehenes. Las filas de hierro detrás de él se separaron. Tres hombres de Meeren fueron empujados hacia delante, sujetándose sus tokar – dos mujeres y un hombre. –Hermana – Dijo Hizdahr zo Loraq, tenso – Primos. –Hizo un gesto a la cabeza que sangraba – Quitad eso de nuestra vista.–El almirante era un hombre del mar– le recordó Ser Barristan – ¿Quizá su Altezapodría pedir a los Yunkai que nos devolvieran su cuerpo, para poder enterrarlo entre lasolas?El lord de dientes de conejo sacudió una mano.–Si a su Alteza le place, así se hará. Como señal de nuestro respeto.Reznak mo Reznak se aclaró la garganta ruidosamente.–Sin que se tome como ofensa, tengo entendido que Su Alteza la Reina Daenerys lesdio… Ah… Siete rehenes. Los otros tres…–Los otros seguirán siendo nuestros invitados – Anunció el lord de Yunkai de la coraza– hasta que los dragones hayan sido eliminados. El silencio se estableció en el salón. Entonces llegaron los murmullos y los farfullos,maldiciones susurradas, oraciones suspiradas, las avispas despertándose en su colmena.–Los dragones… – dijo el Rey Hizdahr.–Son monstruos, como todos los hombres vieron en el foso de Daznak. Ninguna pazverdadera es posible mientras vivan.Reznak contestó.–Su Alteza la Reina Daenerys es Madre de Dragones. Sólo ella puede…El desprecio de Barba de Sangre le interrumpió. –Ella ya no está. Quemada y devorada. La hierba crece a través de su cráneo roto. Un rugido dio la bienvenida a aquellas palabras. Algunos comenzaron a gritar y maldecir. Otros estamparon sus pies y silbaron su aprobación. Las Bestias Despiadadas tuvieron que hacer resonar sus lanzas contra el suelo para hacer que el salón quedara en silencio de nuevo. Ser Barristan no quitó ni por un momento sus ojos de Barba de Sangre. «Él vino a saquear una ciudad, y la paz de Hizdahr le ha privado de su botón. Hará lo que deba para comenzar el derramamiento de sangre». Hizdahr zo Loraq se levantó lentamente del trono dragón. –Debo consultar con mi consejo. La corte ha terminado. –Arrodilláos ante su Majestad Hizdahr zo Loraq, Decimocuarto de Su Antiguo Nombre, Rey de Meereen, Vástago de Ghis, Octarch del Antiguo Imperio, Maestro del Skahazadhan, Consorte de Dragones y Sangre de la Arpía – Gritó el heraldo. Las Bestias Despiadadas salieron de entre los pilares para formar una línea, y después comenzaron un lento avance con paso firme, echando a los demandantes del salón. Los Dornienses no podían irse tan lejos como los demás. Como correspondía a su rango y nobleza, a Quentyn Martell se le habían otorgado aposentos dentro de la Gran Pirámide, dos plantas más abajo – Un hermoso conjunto de habitaciones con su propio inodoro y terraza descubierta. Quizá fuera por eso que él y sus acompañantes se retrasaron, esperando a que la presa se hubiera aflojado para comenzar su caminata hacia los peldaños. Ser Barristan les observó, pensativo. «¿Qué querría Daenerys?» Se preguntó. Creía que lo sabía. El viejo caballero caminó por el salón, su larga capa blanca haciendo un frufrú detrás suya. Alcanzó a los Dornienses al principio de la escalera. –La corte de vuestro padre nunca fue tan vivaracha– Oyó bromear a Drinkwater. –Príncipe Quentyn– llamó Selmy –¿Puedo pediros unas palabras? Quentyn Martell se giró. –Ser Barristan. Por supuesto. Mis aposentos están una planta más abajo. «No». –No es mi lugar el aconsejaros, Príncipe Quentyn… Pero si yo fuera vos, no volvería a mis aposentos. Vuestros amigos y vos deberíais seguir bajando los escalones y marcharos. El Príncipe Quentyn le miró. –¿Dejar la pirámide?–Dejar la ciudad. Volver a Dorne.Los Dornienses intercambiaron una mirada.–Nuestras armas y armaduras están en nuestros aposentos– dijo Gerris Drinkwater – Sinmencionar la mayoría del dinero que nos queda.–Las espadas se pueden reemplazar– dijo Ser Barristan –puedo daros el dinerosuficiente para pasajes de vuelta a Dorne. Príncipe Quentyn, el Rey se ha fijado en voshoy. Ha fruncido el ceño.Gerris Drinkwater se rió.–¿Deberíamos tener miedo de Hizdahr zo Loraq? Acabáis de verle. Se ha achantadofrente a los hombres de Yunkai. Le han enviado una cabeza, y no ha hecho nada.Quentyn Martell asintió, mostrando su acuerdo.–Un Príncipe hace bien en pensar antes de actuar. Este rey… No sé qué pensar de él. Lareina me previno contra él también, es cierto, pero…–¿Os previno?– Selmy se extrañó - ¿Por qué estáis aún aquí?El Príncipe Quentyn se sonrojó.–El pacto de matrimonio…– …Fue firmado por dos hombres muertos y no contenía ni una palabra sobre la reina o vos. Prometía la mano de vuestra hermana al hermano de la reina, otro hombre muerto. No tiene validez. Hasta que aparecisteis aquí, Su Alteza no conocía de vuestra existencia. Vuestro padre guarda bien sus secretos, Príncipe Quentyn. Demasiado bien, me temo. Si la reina hubiera sabido de este pacto en Qarth, nunca se había vuelto hacia la Bahía de los Esclavos, pero llegásteis demasiado tarde. No deseo echar más sal en vuestras heridas, pero Su Alteza tiene un nuevo marido y un antiguo amante, y parece preferirlos a los dos antes que a vos. La rabia apareció en los ojos oscuros del príncipe. –Ese señoritingo Ghiscari no es un consorte apropiado para la reina de los Siete Reinos. –Vos no sois quién para juzgar eso– Ser Barristan se detuvo, pensando en si había hablado de más. «No. Cuéntale el resto». – Aquel día en el foso de Daznak, parte de la comida de la caja real estaba envenenada. Sólo fue por suerte que Belwas el fuerte se la comió toda. Las Gracias Azules dicen que sólo su tamaño y su fuerza inusitada le han salvado, pero estuvo cerca. Podría haber muerto. La sorpresa se mostró clara en el rostro de Quentyn. –Veneno… ¿Destinado a Daenerys? –Para ella o para Hizdahr. Quizá para los dos. Sin embargo, la caja era de él. Su Alteza hizo todos los preparativos. Si el veneno fue cosa suya… Bueno, necesitará un cabeza de turco. ¿Quién mejor que un rival de una tierra lejana que no tiene amigos en esta corte? ¿Qué mejor que un pretendiente que la reina haya desdeñado? Quentyn Martell palideció. –¿Yo? Yo nunca podría… No podéis pensar que yo tomé parte en nada de… «Dice la verdad, o es un maestro titiritero» –Otros podrían pensarlo – dijo Ser Barristan – La Víbora Roja fue vuestro tío. Y tenéis buenas razones para querer muerto al Rey Hizdahr. –Hay más gente que las tiene – Sugiró Gerris Drinkwater – Naharis, para empezar. Es su… –… Amante – Terminó Ser Barristan, antes de que el caballero Dorniense pudiera decir algo que embarrara el honor de la reina– así es como los llamáis allí en Dorne, ¿No? – No esperó respuesta – El Príncipe Lewyn era mi Hermano Juramentado. En aquellos días había pocos secretos entre la Guardia Real. Sé que él tenía una amante. No creía que hubiera nada avergonzante en ello. –No – Dijo el Príncipe Quentyn, colorado – Pero… –Daario mataría a Hizdahr en un santiamén si se atreviera – continuó Ser Barristan – Pero no con veneno. Y Daario no estaba allí, de todas formas. Hizdahr estaría encantado de culparle por las langostas igualmente… Pero el rey puede tener aún necesidad de los Cuervos de la Tormenta , y los perdería si provocara la muerte de su capitán. No, mi príncipe. Si Su Alteza necesita un envenenador, mirará hacia vos – Había dicho todo lo que consideraba seguro decir. En unos días más, si los Dioses les sonreían, Hizdahr zo Loraq no reinaría en Meereen… Pero de nada bueno serviría el involucrar al Príncipe Quentyn en el derramamiento de sangre que se avecinaba – Si debéis permanecer en Meereen, haríais bien en permanecer lejos de la corte y esperar que Hizdahr os olvide – Terminó Ser Barristan – Pero un barco hacia Volantis sería la opción más sabia, mi príncipe. Sea lo que sea lo que elijáis, os deseo lo mejor. Antes de que hubiera dado tres pasos, Quentyn Martell le llamó de nuevo. –Barristan el Bravo, os llaman. –Algunos sí. Selmy se había ganado ese nombre cuando tenía diez años, un escudero recién nombrado, y aún así tan vanidoso, orgulloso y estúpido que tenía dentro de la cabeza la idea de que podría justar con caballeros hechos y derechos. Así que, había tomado prestado un caballo de guerra y algo de armadura de la armería de Lord Dondarrion y se había registrado en las listas de Blackhaven como un caballero misterioso. «Incluso el heraldo se rió. Mis brazos eran tan flacos que cuando bajé mi lanza no pude hacer más que evitar que la punta arara el suelo». Lord Dondarrion habría estado en su derecho de bajarle del caballo y azotarle, pero el Príncipe de las Libélulas había sentido lástima por el muchacho de la armadura desparejada y suelta, y había respetado y aceptado su desafío. Un lance fue todo lo que hizo falta. Después, el Príncipe Duncan le ayudó a ponerse en pie y a quitarse el yelmo. –Un niño – Había proclamado hacia la multitud – Un niño bravo. «Hace cincuenta y tres años. ¿Cuántos hombres quedarán vivos de los que estuvieron allí, en Blackhaven?» –¿Qué apodo creéis que me pondrán, si volviera a Dorne sin Daenerys? – Preguntó el Príncipe Quenyn. –¿Quentyn el Cauto? ¿Quentyn el Cobarde? ¿Quentyn el Aterrorizado? «El Príncipe que llegó demasiado tarde», pensó el caballero… Pero si hay algo que un caballero de la Guardia Real aprende, es a controlar su lengua. - Quentyn el sabio – Sugirió. Y esperaba de veras que fuera verdad.
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