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Una historia que duele

Info4/3/2008
El crucero llevaba a dos cantineros que eran hermanos: los santiagueños Heriberto y Leopoldo Avila. Eran los únicos civiles a bordo.


Al momento de desatarse el conflicto bélico, en pleno febril alistamiento del Crucero para ir a la guerra, el comandante de la nave les comunica a los Avila que deben desalojar su lugar de trabajo, ya que militares por él designados se harán cargo de la cantina durante lo que duren los combates.
Ambos hermanos resistieron con firmeza la decisión del jefe. Ellos querían ir a la guerra, querían seguir con sus tareas dentro del buque aún en su condición de civiles. Lo entendían como una obligación y un servicio.
Frente a la férrea determinación de los cantineros, el comandante los autorizó a zarpar como parte de la dotación, por supuesto que bajo su exclusiva y propia responsabilidad.
Los Avila siguieron entonces atendiendo la cantina del Belgrano en altamar, en plena guerra, como lo hacían en tierra, como lo hicieron siempre.

Cuenta el Almirante Bonzo sobre la tarde de la fatídica explosión:...Luego fui hasta mi balsa. Me dieron el parte, pero éramos muy pocos, faltaban por lo menos cinco o seis. Allí fue donde vi al cantinero Ávila que estaba desesperado.
Era como si su piel gritara. Yo lo conocía de mis viajes en el buque escuela, en donde él estaba como ayudante de cantinero. Le pregunté qué le pasaba. Él me miró pero no me contestó, fue otra persona la que me dijo al oído ”el hermano no salió”.
Entonces ahí sí me habló Ávila -balbuceando, porque estaba verdaderamente desesperado-, y me dice “lo quiero ir a buscar”.
Le contesto que ni se le ocurra. Pero él repitió, “¡déjeme ir a buscarlo!.
“¡Ni se le ocurra!, le vuelvo a responder, agregándole:¡no sabe lo que es eso, es el infierno! Usted va para allí y no vuelve”.
En ese momento, Ávila respiró profundamente y miró el horizonte. Y era rarísimo que Ávila no te mirara a los ojos. Una cosa que siempre me gustó de él era que cuando te miraba, te taladraba con su ojos. Era un hombre franco, un hombre derecho.
Lo agarré de los hombros y lo sacudí. Lo llamé por el nombre : “Heriberto ni se le ocurra bajar!”. Míreme por favor -y el miraba para otro lado-. Ni se le ocurra. Se lo ruego”. Sin embargo ,lo fue a buscar,varios combatientes lo alcanzaron a ver zambulléndose desesperadamente en el infierno de las llamas y los hierros retorcidos. Buscaba a su hermano que allí había quedado atrapado. Ninguno de los dos regresó, se hicieron inmortales junto al Belgrano. En su puesto de trabajo. En su hogar.


Y asi hay tantas historias mas de coraje, amor y hermandad, espero que algun dia puedan sanar estas heridas que duelen cada vez mas. No condemos al olvido a nadie, porque solo sabiendo lo que paso podremos saber adonde queremos ir.

http://www.tiempofueguino.com.ar/main/modules.php?name=News&file=article&sid=129


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