¿Hay algo que yo pueda hacer, que podamos hacer?
Resulta legítimo que las personas se sientan indignadas y omnipotentes ante los hechos de violencia explícita sobre las mujeres (feminicidio), que cada tanto se instala ferozmente en nuestra sociedad. Pero es claro que no es la única violencia que viene sufriendo, ya que existe toda una historia de dominación sobre ella. Y esto no solo ha sido negándoles derechos, sino también una subyugación a nivel psicológico. La psicóloga argentina Eva Giberti en sus textos sobre género femenino, explica como la subjetividad femenina fue construida sobre dos pilares: la obediencia y la vergüenza; considerando a la mujer inferior intelectualmente y asignándole una fragilidad emocional lo cual la convertía en alguien necesitada de guía y protección masculina. La mujer fue primero violentada desde adentro, desde su psiquismo.
La mujer hoy de continuo se sigue enfrentando a grandes mandatos sociales que tienden a disminuirla y limitar su expresión y su libre elección de cómo quiere vivir. Es común encontrar en la práctica diaria del consultorio mujeres disminuidas en su autoestima, atrapadas entre lo que “deben” hacer y lo que quieren vivir. La “culpa” es el dispositivo interno que más la castiga y aprisiona.
Siguiendo en sus hipótesis al psiquiatra chileno Claudio Naranjo, entiendo que el tema de la violencia en general es mucho más complejo, y todos colaboramos, de una u otra manera en esa violencia, si no nos hacemos consciente de cómo se reproduce y nos corremos de esa reproducción de la violencia. El eje de la Violencia es la Cultura Patriarcal.
La Cultura Patriarcal es la hegemonía, la prioridad, la preponderancia que tiene lo masculino por sobre lo femenino. Y es así que se enaltecen e idolatran todos aspectos que tienen que ver con lo masculino, como la competencia que anula al otro, la racionalidad a ultranza, el poder económico, la fuerza, la acción, la posesión, el progreso, la jerarquía, la conquista, el perfeccionismo, el ganar, el éxito, la lucha, la guerra. Y se desvalorizan todos aspectos que se relacionan con lo femenino, como la afectividad, el amor, la cooperación, la creatividad, la reflexión, la compasión, el juego, la paz interna, el saber perder, la ternura, el perdonar, el placer, la comprensión, la madurez, la amistad.
La Cultura patriarcal es observable en la vida cotidiana, en las relaciones en la familia, en la pareja, con los hijos/as, en las organizaciones, en la educación, en la política, en la explotación de los animales y el medio ambiente, en las religiones y hasta en la relación con nosotros mismos.
Como decía: la desvalorización que se hace históricamente de la mujer, es producto de este fenómeno patriarcal (que lleva siglos), que no solo está instalado y reproducido por los hombres, sino también por las mismas mujeres. Muchas mujeres se exponen por ejemplo en programa de televisión como objetos de mercancía adoptando el rol “mujer tonta”, o se escucha decir a las mismas mujeres: “viste que nosotras somos mucho más complicadas que los hombres”, “en un lugar en donde hay muchas mujeres seguro que hay conflicto”- Lo cual es otro mito, porque el conflicto es parte de las relaciones humanas, y en espacios en donde hay solo hombres, también se cuecen habas. Solo observen los equipos de fútbol masculino, en donde también hay chismes, competencias, alianzas, egos susceptibles, críticas, piñas y descalificaciones.
Es la Educación la principal reproductora del modelo Patriarcal, porque sigue favoreciendo lo intelectual (lógico/racional) por arriba de otro tipo de aprendizaje. Lengua y matemática siguen siendo el eje, y todo gira en tener el cuerpo quieto, reprimido, dominado atrás de un banco y en fila (el estilo militar continúa). Nada se brinda desde el aprendizaje afectivo, desde el juego, desde el arte, desde el autoconocimiento (y cuando es así, es solo algo alternativo). Esto se repite en todos los niveles educativos.
Resulta legítimo que las personas se sientan indignadas y omnipotentes ante los hechos de violencia explícita sobre las mujeres (feminicidio), que cada tanto se instala ferozmente en nuestra sociedad. Pero es claro que no es la única violencia que viene sufriendo, ya que existe toda una historia de dominación sobre ella. Y esto no solo ha sido negándoles derechos, sino también una subyugación a nivel psicológico. La psicóloga argentina Eva Giberti en sus textos sobre género femenino, explica como la subjetividad femenina fue construida sobre dos pilares: la obediencia y la vergüenza; considerando a la mujer inferior intelectualmente y asignándole una fragilidad emocional lo cual la convertía en alguien necesitada de guía y protección masculina. La mujer fue primero violentada desde adentro, desde su psiquismo.
La mujer hoy de continuo se sigue enfrentando a grandes mandatos sociales que tienden a disminuirla y limitar su expresión y su libre elección de cómo quiere vivir. Es común encontrar en la práctica diaria del consultorio mujeres disminuidas en su autoestima, atrapadas entre lo que “deben” hacer y lo que quieren vivir. La “culpa” es el dispositivo interno que más la castiga y aprisiona.
Siguiendo en sus hipótesis al psiquiatra chileno Claudio Naranjo, entiendo que el tema de la violencia en general es mucho más complejo, y todos colaboramos, de una u otra manera en esa violencia, si no nos hacemos consciente de cómo se reproduce y nos corremos de esa reproducción de la violencia. El eje de la Violencia es la Cultura Patriarcal.
La Cultura Patriarcal es la hegemonía, la prioridad, la preponderancia que tiene lo masculino por sobre lo femenino. Y es así que se enaltecen e idolatran todos aspectos que tienen que ver con lo masculino, como la competencia que anula al otro, la racionalidad a ultranza, el poder económico, la fuerza, la acción, la posesión, el progreso, la jerarquía, la conquista, el perfeccionismo, el ganar, el éxito, la lucha, la guerra. Y se desvalorizan todos aspectos que se relacionan con lo femenino, como la afectividad, el amor, la cooperación, la creatividad, la reflexión, la compasión, el juego, la paz interna, el saber perder, la ternura, el perdonar, el placer, la comprensión, la madurez, la amistad.
La Cultura patriarcal es observable en la vida cotidiana, en las relaciones en la familia, en la pareja, con los hijos/as, en las organizaciones, en la educación, en la política, en la explotación de los animales y el medio ambiente, en las religiones y hasta en la relación con nosotros mismos.
Como decía: la desvalorización que se hace históricamente de la mujer, es producto de este fenómeno patriarcal (que lleva siglos), que no solo está instalado y reproducido por los hombres, sino también por las mismas mujeres. Muchas mujeres se exponen por ejemplo en programa de televisión como objetos de mercancía adoptando el rol “mujer tonta”, o se escucha decir a las mismas mujeres: “viste que nosotras somos mucho más complicadas que los hombres”, “en un lugar en donde hay muchas mujeres seguro que hay conflicto”- Lo cual es otro mito, porque el conflicto es parte de las relaciones humanas, y en espacios en donde hay solo hombres, también se cuecen habas. Solo observen los equipos de fútbol masculino, en donde también hay chismes, competencias, alianzas, egos susceptibles, críticas, piñas y descalificaciones.
Es la Educación la principal reproductora del modelo Patriarcal, porque sigue favoreciendo lo intelectual (lógico/racional) por arriba de otro tipo de aprendizaje. Lengua y matemática siguen siendo el eje, y todo gira en tener el cuerpo quieto, reprimido, dominado atrás de un banco y en fila (el estilo militar continúa). Nada se brinda desde el aprendizaje afectivo, desde el juego, desde el arte, desde el autoconocimiento (y cuando es así, es solo algo alternativo). Esto se repite en todos los niveles educativos.