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El canibal que vivió en Venezuela

Paranormal7/3/2016
Exactamente el 18 de mayo de 1995, Antonio López se presentó ante la delegación local de la Policía Técnica Judicial (PTJ) para formular una escalofriante denuncia: Dorancel Vargas Gómez, natural de Mérida y sin oficio conocido, había dado muerte a su amigo Cruz Baltazar Moreno para luego proceder a comérselo. Lo primero que pensaron los funcionarios fue que el denunciante o era un bromista o era un loco; sin embargo, ante la insistencia del hombre procedieron a tomar su declaración. Unas horas después se presentaron al sitio donde pernoctaba el denunciado y efectivamente dieron con restos humanos, concretamente pies y manos, que según las experticias posteriores resultaron ser de Cruz Baltazar Moreno.

El canibal que vivió en Venezuela

En 1997, luego de que una evaluación psicológica determinara que el hombre no significaba una amenaza se le dejó en libertad. Una vez afuera se fue a buscar a Antonio López Guerrero al que consiguió confiado pues no sabía que Vargas estaba en la calle. Con frialdad lo mató para luego darle el mismo destino que al finado Cruz Baltazar Moreno: servírselo de almuerzo.

Consumada la venganza, Dorancel Vargas consideró que ya no tenía nada que hacer en aquel pueblo y decidió trasladarse a San Cristóbal donde buscaría la manera de ganarse la vida. En la niñez había compartido sus estudios con labores agrícolas en la pequeña granja de sus padres; pero cuando tuvo que abandonar la escuela por falta de recursos económicos pensó que lo mejor era dedicarse al delito, luego de varias detenciones opto por mudarse de su pueblo natal.

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Antes de irse a la capital del estado Táchira buscó a Manuel, su antiguo compañero de celda y le propuso que lo acompañara, aquel que al igual que Dorancel era de espíritu nómada no lo pensó mucho; en la ciudad siempre hay más oportunidades, incluso para los descarriados. No sabía el pobre Manuel con quien emprendía viaje.

En San Cristóbal ambos hombres se instalaron en las cercanías del río Torbes, donde compartían una vida sencilla con otros vagabundos. Dorancel se posesionó de un rancho abandonado que usaba solo en las horas diurnas pues para dormir prefería un estrecho túnel ubicado bajo el puente Libertador. Los primeros días se les veía merodear juntos por las márgenes del río y en las inmediaciones del cercano parque recreacional 12 de Febrero. Una mañana cualquiera Dorancel invitó a sus vecinos a degustar unas empanadas que había preparado, todos los presentes alabaron la buena mano que el recién llegado tenía para la cocina, – La carne tiene un sabor exquisito – le dijeron. Dorancel halagado les prometió que siempre que pudiera les invitaría a comer:

– Así lo recomienda la Biblia, compartir el pan con nuestros semejantes – Acotó Dorancel – . Ninguno de los presentes reparó en la ausencia de Manuel.

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En los días siguientes, se veía a Dorancel errar de un sitio a otro, ahora andaba siempre con un tubo metálico puntiagudo, parecido a una lanza. Nadie preguntó por Manuel, al fin y al cabo entre los vagabundos la estabilidad no es precisamente una virtud.

Los vendedores del mercado municipal pronto se acostumbraron a la extraña figura de aquel hombrecillo de piel apergaminada y sucia barba que iba con frecuencia a recoger del piso restos de verduras y vegetales. Por esos días andaba solo, mirando en torno a sí con ojos vidriosos, siempre con el tubo en una mano a modo de báculo patriarcal. A veces desaparecía por largas temporadas pues su hoja de ruta era bastante extensa; hasta que reaparecía en las riberas del Torbe para repetir ante sus asombrados congéneres el milagro de la multiplicación de la carne.

La desaparición de personas se convirtió pronto en motivo de alarma, casi cada semana alguien se agregaba a la lista que manejaba la policía, entre noviembre de 1998 y enero de 1999 diez personas parecían haberse evaporado. Los detectives conjeturaron que podía tratarse de algún asesino serial, aunque en Venezuela nunca hubo ninguno. La razón de la sospecha estaba en un aparente patrón en las desapariciones: todos eran hombres de edad y contextura mediana, ninguna mujer, ningún niño, ningún anciano, ninguna persona obesa; mas todo aquello no pasaba de conjeturas pues hasta el momento no aparecía cuerpo alguno.

Así fue hasta el viernes 12 de febrero de 1999, cuando dos jóvenes excursionistas que caminaban por el parque 12 de Febrero se encontraron de pronto con algo macabro: en las inmediaciones del puente colgante “Libertador”, estaban ocultos entre escombros y maleza, varios pies y manos humanos. Aterrados ante aquella visión corrieron a llamar a las autoridades; a través del número de emergencias pidieron comunicación con Defensa Civil Táchira cuyos funcionarios contactaron con la PTJ y la Policía Montada. Al rato sendas comisiones llegaron al lugar del hallazgo y comenzaron a rastrear las cercanías, pronto encontraron el rancho de Dorancel, entraron a investigar y lo que vieron los dejó helados, por doquier había recipientes con carne humana y vísceras preparadas para el consumo, contaron tres cabezas y varios pies y manos, algunos de los cuales estaban en franco proceso de descomposición.

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En ese preciso momento Dorancel venía llegando a su precaria vivienda y cuando se percató de la presencia policial ya era muy tarde, dos agentes le cortaron el paso; al identificarse como propietario de la casucha los detectives le detuvieron para trasladarlo a la más cercana casilla policial. Allí fue sometido a un rápido interrogatorio por el sargento Gumersindo Chacón quien no daba crédito a lo que oía.

Aquel extraño sujeto sin mostrar un mínimo ápice de arrepentimiento comenzó a relatar la manera en que asesinó y cocinó a sus víctimas, entre las que había obreros de las areneras, excursionistas y mendigos.

“No me arrepiento de lo que he hecho, – declaró Dorancel – porque me gusta la carne y no soy el único, en diciembre compartí al vecino Manuel que era muy buena persona y yo me dije, si es tan buen vecino tiene que estar bien sabroso. Total que hice unas empanadillas con él y las compartí con los conocidos que en todo momento alabaron la sabrosura del relleno. Quizá ahora piensen mal de mi, pero yo lo hice con la mejor buena voluntad del mundo, como recomienda la iglesia yo compartí mi pan, bueno en este caso al bueno de Manuel, pero al caso le hace lo mismo con otros tan necesitados como yo y ahora me veo prisionero. Yo por necesidad me veo metido en esta vaina, por todo cuanto robaron en esta nación que nos han llevado al hambre a miles de venezolanos, pero no me arrepiento”


Luego agregó lo siguiente:

“Con las manos y los pies cuando más me apuraba el hambre yo me hacia una sopita para no desaprovechar nada, lo único que no me daba apetito eran las cabezas por eso las desechaba. Los hombres saben mejor que las mujeres, saben recio como cochino salado, como jamón, da gusto comer un buen macho, las mujeres saben dulce como quien come flores y te dejan él estomago flojo como si no hubieses comido. Nunca maté hombres gordos, tienen mucha grasa y eso tiene mucho colesterol. Lo más delicioso de un cuerpo se encuentra en la zona del vientre, carne que cociné siempre con hierbas exóticas. Con la lengua se puede hacer un guisado muy bueno y los ojos son buenos ingredientes para hacer una sopa”.


Para matar a sus víctimas hacía uso del tubo en forma de lanza que cargaba siempre consigo, luego procedía a descuartizarlas en un improvisado matadero que construyó fuera del rancho, como no tenía nevera debía desechar una buena cantidad de carne y por eso tenía que asesinar tan seguido.

Los funcionarios de la medicatura forense procedieron a la clasificación e identificación de los restos hallados, se estableció que los de la casa pertenecían por lo menos a 6 personas diferentes y el resto colectado en las inmediaciones a 4 individuos más. Dorancel fue puesto a la orden de la Juez Alba López y luego de un sonado juicio y fallidos intentos de reclusión en diversos sitios (ni en la cárcel de Táchira ni en el Instituto de Rehabilitación Psiquiátrica de Peribeca lo querían) Terminó como huésped sempiterno de la cárcel de Politáchira, un recinto que no reúne las más mínimas condiciones ni de atención al enfermo ni de seguridad pues se trata de un sitio a los que se lleva a presos en tránsito que luego son puestos a la orden de los tribunales.

Dorancel Vargas Gómez pasó a la historia criminal como el primer asesino serial de Venezuela y sigue generando mitos y leyendas urbanas.


Aquí podemos observar una entrevista de este personaje el cual declara parte de todo lo que hizo


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