
Carta para mi futura esposa
Si lees estas líneas es por qué te conocí y me cansé. Me cansé de buscar a alguien que me entendiera, que me hiciera compañía, alguien a quien llamar mía. Me cansé de la vida errante de soltero, de las baladas que nunca terminan, de las resacas físicas y morales, de no saber el nombre de la mujer a mi lado cuando me despertaba.

Me cansé del juego previo, del éxito de la conquista, de las cosquillas en la barriga en el primer beso. Por qué es fácil cansarse de la soledad, del sexo pasajero y de los preservativos. Difícil es cansarse de la abundancia de las mujeres más jóvenes con todo el deseo encima, de no satisfacer a nadie y de la libertad que yo tenía. Tú lograste que me cansara de aprovechar la vida en solitario y me hiciste querer aprovecharla aún más acompañado.

Si lees esta carta es porqué te encontré. Encontré a alguien que se ríe de las estupideces fuera de lugar que hago. Encontré a alguien que me hizo olvidar que un rozón de piernas mal depiladas en una noche de 30 grados me hace sudar aún más. Encontré a alguien que sabe que si hago ejercicio todo el santo día, además de estar cuidando mi salud, es porqué quiero llegar a los 40 y no formar parte del grupo de maridos gordos y descuidados que se ven por ahí. Encontré a alguien que entiende que si me quedo hasta tarde en el trabajo es porque anhelo un mejor futuro para mí, para ti y para nuestros hijos y no por qué la secretaria ande tras de mí. Encontré a alguien que se enorgullece de lo que soy y del esfuerzo que hago para seguir adelante.

Si estás leyendo esta carta es por qué dejó de importarme. Dejó de importarme quedar descubierto por qué siempre te llevas todo el edredón para tu lado de la cama. Dejó de importarme el no de tener razón porque lo único que quiero es hacer las paces contigo. Dejó de importarme cuando cambias el cepillo dental y usas el mío sin querer. Dejó de importarme cuando uno de mis calzoncillos desaparece misteriosamente y se convierte en trapeador. Dejaron de importarme las faldas y su contenido, porque ya conocí algunos y ninguno de ellos llega siquiera a los talones de la mujer que eres.

Si nunca quise alejarme de ti es porque, solo de imaginarlo, ya puedo sentir tu falta. La falta de cómo esquivas tu aliento matinal para poder tener sexo un domingo en la mañana. La falta de ver tu sonrisa cuando ocasionalmente llevo el desayuno hasta la cama. La falta de escucharte avisar que llegaste a casa cuando sales desde muy temprano. Tengo deseos que nunca imaginé que tendría. Deseos de despertarme todos los días al lado de la misma persona. Deseos de compartir mi pasado, darte mi presente y apostar mi futuro a tu lado.

Si hoy te llamo esposa es porque tengo la certeza de la elección que hice. Porque para mí, “Te Amo” no es “Buen Día”. Porque si cada elección exigiera una renuncia, casarme contigo sería la excepción a la regla. Porque contigo aprendí que dar es lo opuesto a herir, aprendí que compartir es más que un botón en Facebook y nunca más tuve miedo de cancelar un viaje de aquí a 8 meses por el miedo de no tener un acompañante hasta esa fecha. Y porque cuando hablo de valores, no piensas en una bolsa nueva, ni en unos ahorros que (no) tengo guardados, sino en la unión, el afecto, el cariño y el respeto.

Y desde que te conocí pase a contar la vida en momentos, no en minutos. El tiempo dejó de importar. Y yo, que siempre dije que prefería morir joven y lucido antes que viejo y senil, ahora quiero vivir cada segundo de nuestra vida hasta que la muerte decida separarnos.
Un beso, de tu eterno esposo.
