Diálogo ficticio con un defensor del veganismo.
¿Puede existir un vegano perfecto? Estudiando un poco las creencias y doctrinas de los creadores, predicadores y defensores de este modo de vida, elaboré un diálogo entre una persona promedio no vegetariana y un vegano declarado. Conocido soy entre mis amigos y compañeros por oponerme a las pseudociencias, religiones, dogmas y cualquier cosa que se aparte de una realidad racional y objetiva. Se me pidió que opinara sobre el veganismo, así que disparé sin pensar esta polémica mediante la conversación que ahora transcribo.
—Che, Susana, este domingo, asado en mi casa. ¿Te prendés?
—¡Ja! Cómo se nota que hace tiempo no me das bolilla, Rolo. Me hice vegana.
—Ah, sí, algo escuché en Infinito. ¿O sea que sos vegetariana?
—Más que eso, Rolo —responde Susana con suficiencia— No consumo nada que sea de origen animal…
—Vegetariana, por eso digo…
—¡No, nene! No sólo no como carne. Al ser vegana no como huevos, leche, miel, gelatina, nada que venga de los pobres animalitos.
–Bueno, Susy, me parece que se te fue la mano. O sea ¿Qué corno hace si comés miel?
—Sos un obtuso, igual que mi mamá y mi papá. Están en un escalón muy por debajo, yo pasé a otra etapa, de más consciencia, de más respeto por la Naturaleza —hasta cuando lo dijo sonaba con mayúsculas. Esta Susy siempre fue un hueso duro de roer —. La miel, para que sepas, se obtiene del sufrimiento de las abejas.
—Bueno, no creo que un insecto «sufra», en el sentido que le damos habitualmente a la palabra. Ellas hacen miel, le sacamos un poco, ellas hacen más, no creo que sean conscientes de que estamos «vulnerando sus derechos».
—Mirá, ese es un argumento facilista. Las abejas son ahumadas para sacarles la miel. Si les gustara que un tipo se las robara, decime ¿para qué el apicultor se pone ese traje protector? ¡Porque lo cagan picando, las abejitas se defienden, boludo!
—Bueno, ponele que tenés razón.
—Claro que la tengo. Además no uso cosas de piel, cueros, pelo, cerda, lana.
—¿No usás pulóver? Decí que ahora hace calor, pero en unos meses te cagás de frío.
—Para algo está la lana sintética, ¿no? Y el hilo, y el poliéster, y los buzos frizados, y…
—Sí, sí, sí —la interrumpió Rolo—, ya te entendí, no hace falta que me nombrés todas las fibras desde el nylon en adelante ¿Y por qué tanto cuidado en eso de no usar ni plumero?
—Porque los animales sufren, querido. Ya no más al tenerlos en un corral, al hacerlos comer lo que queremos, al atarlos, al esquilarlos, al agarrarles las tetas a las pobres vacas las hacemos sufrir.
—Y bueno, ponele, ¿y qué?
—¿Cómo y qué? Ese sufrimiento se transmite a todo lo que obtenés de los animales. Si tomás leche, tomás sufrimiento; si te ponés zapatos de cuero, te vestís con sufrimiento; ni hablar de las pieles; si usás almohadas de plumas dormís con sufrimiento. Y eso se transmite todo a vos, y nutrirse y vivir de sufrimiento ajeno es cruel, es inhumano y ciertamente no es el modo de vida que yo elegiría.
—Bueno, pero exagerás un poco ¿no? O sea, un animal puede morir de muerte natural
—Igual sufre, o sea, si la muerte fuera algo tan natural, ¿por qué lloramos cuando se nos muere alguien? Es un hecho doloroso, siempre.
—Bueno, pero ponele que estás perdida en el Sur y te encontrás una oveja muerta. Le sacás el cuero, y te hacés unos zapatos tipo patagón para no gangrenarte y morirte. La oveja capaz que murió de frío y sufrió, pero su muerte natural sirve para que vos no sufras ni tengas frío.
—¡No entendés nada! ¡Está mal igual! Es una falta de respeto hacer eso. Es preferible morir dignamente antes que salvarse de una manera tan cruel —a Rolo no le parecía ni un poquito digno morirse de frío, pero se calló la boca. Siguió por la tangente.
—Bueno, muñeca, está bien. Por ahora voy a suponer que tenés razón. Pero tengo otra pregunta. Ponele que un animal murió de viejo hace una década. Un labriego encuentra un precioso hueso que ya no sirve para nada. Se lo lleva y en sus ratos libres lo agujerea, le da forma, y saca una flauta con la que enriquece su vida tocando música. ¿También está mal?
—Yo no lo haría. Podría hacerse su bendita flauta con una rama. O con otra cosa ¿Por qué tiene que usar hueso?
—Quizá por la sonoridad…
—Ninguna sonoridad lo vale —dijo, poniendo una carita de conchuda que por poco Rolo no la acogota.
—¿Así la vaca tenga cien años muerta?
—Así tenga mil. No cambia nada, está igual de mal.
—Bueno, ¿y un millón de años?
—Sos un pelotudo con título y diploma. Cinco minutos, cien millones de años, eso no importa.
—Che, vos me estás jodiendo ¿no? Hace media hora que te lavás la boca con eso del veganismo y tenés unas botas de cuero hasta la rodilla. Muy lindas, eso sí, pero no son muy veganas que digamos…
El aire de suficiencia apareció de nuevo, sazonado con importantes dosis de superioridad:
—Cuero sintético, nene, para algo lo inventaron.
—A tu modo de ver siguen sin ser veganos.
—¿De qué carajo me hablás? Son de plástico.
—El plástico no es vegano, m’ija. Sale del petróleo. Que es un conglomerado de hidrocarburos proveniente de la descomposición de animales hace millones de años. Animales que probablemente sufrieron más que las vacas en un matadero. Imaginate. Los enormes dinosaurios con las patas clavadas en el barro de los pantanos hasta el cuadril, muriendo lentamente de hambre, de sed, sufriendo como condenados, hasta que se empezaron a pudrir… hasta que salieron tus lindas botas…
—Bueno, no sé, no lo había pensado…
—Y eso no es nada Susanita. El petróleo dio el gasoil que impulsa la maquinaria agrícola que procesa todos esos sanos vegetales que comés. Y ni hablar de los fertilizantes. Todos productos indirectamente animales que te metés entre pecho y espalda todos los días.
—¡Para que te lo sepas yo soy re cuidadosa, todos mis alimentos provienen de siembra orgánica!
—¡Peor! ¡Pero recontra peor! Esas huertas y sembrados, abonan con BOSTA de animales de corral. ¡Estás comiendo vegetales nutridos con caca de animales sufrientes según tu concepto! —el gozo de Rolo era mayúsculo, sin embargo lo disfrazaba con un rostro que translucía auténtica preocupación.
—No estoy segura. Nunca averigüé. Igual hay muchos que fertilizan con compost 100% vegetal.
—Es una posibilidad. ¿Pero vos acaso sos tan inocente que pensás que en las huertas orgánicas todo es de origen vegetal? ¿Vos comés trigo?
—Sí, harina integral, que viene de una huerta orgánica. No usan maquinaria agrícola tampoco. El kilo de harina cuesta treinta pesos, pero según leí en el folleto, utilizan el método tradicional, de la era preindustrial.
—Eso es con arado. ¿Te pensás que aran a pedal? No señorita, hay que uncir un caballo o un burro —o una yegua como vos, lo pensó pero no lo dijo— para tirar del arado. Otro animal que sufre.
—Quizá tire una persona…
—Qué bonito, como que la gente no sufre cuando tira de un arado. Quizá prefieras la esclavitud. Supongo que tu ropa de algodón viene de Carolina del Sur. Pero hace doscientos años…
—Bueno, vos te estás yendo por las ramas, Rolo.
—A mi modo de ver, vos te fuiste primero. Pero más que por las ramas, por la vía de la exageración.
—Bueno no sé, con todas las cosas que me dijiste me dejaste re confundida.
—No sé si te dije que este domingo hago un asado en mi casa.
—¡Ay, sí, cierto! ¿Querés que lleve algo…?
FIN
Espero que les haya gustado. Opinen. Critiquen. Pero no insulten. Sé que el tema es polémico, pero pretende exponer algunos puntos flacos que tienen estos sistemas tan estrictos y aparentemente absolutistas. Un abrazo a tod
¿Puede existir un vegano perfecto? Estudiando un poco las creencias y doctrinas de los creadores, predicadores y defensores de este modo de vida, elaboré un diálogo entre una persona promedio no vegetariana y un vegano declarado. Conocido soy entre mis amigos y compañeros por oponerme a las pseudociencias, religiones, dogmas y cualquier cosa que se aparte de una realidad racional y objetiva. Se me pidió que opinara sobre el veganismo, así que disparé sin pensar esta polémica mediante la conversación que ahora transcribo.
—Che, Susana, este domingo, asado en mi casa. ¿Te prendés?
—¡Ja! Cómo se nota que hace tiempo no me das bolilla, Rolo. Me hice vegana.
—Ah, sí, algo escuché en Infinito. ¿O sea que sos vegetariana?
—Más que eso, Rolo —responde Susana con suficiencia— No consumo nada que sea de origen animal…
—Vegetariana, por eso digo…
—¡No, nene! No sólo no como carne. Al ser vegana no como huevos, leche, miel, gelatina, nada que venga de los pobres animalitos.
–Bueno, Susy, me parece que se te fue la mano. O sea ¿Qué corno hace si comés miel?
—Sos un obtuso, igual que mi mamá y mi papá. Están en un escalón muy por debajo, yo pasé a otra etapa, de más consciencia, de más respeto por la Naturaleza —hasta cuando lo dijo sonaba con mayúsculas. Esta Susy siempre fue un hueso duro de roer —. La miel, para que sepas, se obtiene del sufrimiento de las abejas.
—Bueno, no creo que un insecto «sufra», en el sentido que le damos habitualmente a la palabra. Ellas hacen miel, le sacamos un poco, ellas hacen más, no creo que sean conscientes de que estamos «vulnerando sus derechos».
—Mirá, ese es un argumento facilista. Las abejas son ahumadas para sacarles la miel. Si les gustara que un tipo se las robara, decime ¿para qué el apicultor se pone ese traje protector? ¡Porque lo cagan picando, las abejitas se defienden, boludo!
—Bueno, ponele que tenés razón.
—Claro que la tengo. Además no uso cosas de piel, cueros, pelo, cerda, lana.
—¿No usás pulóver? Decí que ahora hace calor, pero en unos meses te cagás de frío.
—Para algo está la lana sintética, ¿no? Y el hilo, y el poliéster, y los buzos frizados, y…
—Sí, sí, sí —la interrumpió Rolo—, ya te entendí, no hace falta que me nombrés todas las fibras desde el nylon en adelante ¿Y por qué tanto cuidado en eso de no usar ni plumero?
—Porque los animales sufren, querido. Ya no más al tenerlos en un corral, al hacerlos comer lo que queremos, al atarlos, al esquilarlos, al agarrarles las tetas a las pobres vacas las hacemos sufrir.
—Y bueno, ponele, ¿y qué?
—¿Cómo y qué? Ese sufrimiento se transmite a todo lo que obtenés de los animales. Si tomás leche, tomás sufrimiento; si te ponés zapatos de cuero, te vestís con sufrimiento; ni hablar de las pieles; si usás almohadas de plumas dormís con sufrimiento. Y eso se transmite todo a vos, y nutrirse y vivir de sufrimiento ajeno es cruel, es inhumano y ciertamente no es el modo de vida que yo elegiría.
—Bueno, pero exagerás un poco ¿no? O sea, un animal puede morir de muerte natural
—Igual sufre, o sea, si la muerte fuera algo tan natural, ¿por qué lloramos cuando se nos muere alguien? Es un hecho doloroso, siempre.
—Bueno, pero ponele que estás perdida en el Sur y te encontrás una oveja muerta. Le sacás el cuero, y te hacés unos zapatos tipo patagón para no gangrenarte y morirte. La oveja capaz que murió de frío y sufrió, pero su muerte natural sirve para que vos no sufras ni tengas frío.
—¡No entendés nada! ¡Está mal igual! Es una falta de respeto hacer eso. Es preferible morir dignamente antes que salvarse de una manera tan cruel —a Rolo no le parecía ni un poquito digno morirse de frío, pero se calló la boca. Siguió por la tangente.
—Bueno, muñeca, está bien. Por ahora voy a suponer que tenés razón. Pero tengo otra pregunta. Ponele que un animal murió de viejo hace una década. Un labriego encuentra un precioso hueso que ya no sirve para nada. Se lo lleva y en sus ratos libres lo agujerea, le da forma, y saca una flauta con la que enriquece su vida tocando música. ¿También está mal?
—Yo no lo haría. Podría hacerse su bendita flauta con una rama. O con otra cosa ¿Por qué tiene que usar hueso?
—Quizá por la sonoridad…
—Ninguna sonoridad lo vale —dijo, poniendo una carita de conchuda que por poco Rolo no la acogota.
—¿Así la vaca tenga cien años muerta?
—Así tenga mil. No cambia nada, está igual de mal.
—Bueno, ¿y un millón de años?
—Sos un pelotudo con título y diploma. Cinco minutos, cien millones de años, eso no importa.
—Che, vos me estás jodiendo ¿no? Hace media hora que te lavás la boca con eso del veganismo y tenés unas botas de cuero hasta la rodilla. Muy lindas, eso sí, pero no son muy veganas que digamos…
El aire de suficiencia apareció de nuevo, sazonado con importantes dosis de superioridad:
—Cuero sintético, nene, para algo lo inventaron.
—A tu modo de ver siguen sin ser veganos.
—¿De qué carajo me hablás? Son de plástico.
—El plástico no es vegano, m’ija. Sale del petróleo. Que es un conglomerado de hidrocarburos proveniente de la descomposición de animales hace millones de años. Animales que probablemente sufrieron más que las vacas en un matadero. Imaginate. Los enormes dinosaurios con las patas clavadas en el barro de los pantanos hasta el cuadril, muriendo lentamente de hambre, de sed, sufriendo como condenados, hasta que se empezaron a pudrir… hasta que salieron tus lindas botas…
—Bueno, no sé, no lo había pensado…
—Y eso no es nada Susanita. El petróleo dio el gasoil que impulsa la maquinaria agrícola que procesa todos esos sanos vegetales que comés. Y ni hablar de los fertilizantes. Todos productos indirectamente animales que te metés entre pecho y espalda todos los días.
—¡Para que te lo sepas yo soy re cuidadosa, todos mis alimentos provienen de siembra orgánica!
—¡Peor! ¡Pero recontra peor! Esas huertas y sembrados, abonan con BOSTA de animales de corral. ¡Estás comiendo vegetales nutridos con caca de animales sufrientes según tu concepto! —el gozo de Rolo era mayúsculo, sin embargo lo disfrazaba con un rostro que translucía auténtica preocupación.
—No estoy segura. Nunca averigüé. Igual hay muchos que fertilizan con compost 100% vegetal.
—Es una posibilidad. ¿Pero vos acaso sos tan inocente que pensás que en las huertas orgánicas todo es de origen vegetal? ¿Vos comés trigo?
—Sí, harina integral, que viene de una huerta orgánica. No usan maquinaria agrícola tampoco. El kilo de harina cuesta treinta pesos, pero según leí en el folleto, utilizan el método tradicional, de la era preindustrial.
—Eso es con arado. ¿Te pensás que aran a pedal? No señorita, hay que uncir un caballo o un burro —o una yegua como vos, lo pensó pero no lo dijo— para tirar del arado. Otro animal que sufre.
—Quizá tire una persona…
—Qué bonito, como que la gente no sufre cuando tira de un arado. Quizá prefieras la esclavitud. Supongo que tu ropa de algodón viene de Carolina del Sur. Pero hace doscientos años…
—Bueno, vos te estás yendo por las ramas, Rolo.
—A mi modo de ver, vos te fuiste primero. Pero más que por las ramas, por la vía de la exageración.
—Bueno no sé, con todas las cosas que me dijiste me dejaste re confundida.
—No sé si te dije que este domingo hago un asado en mi casa.
—¡Ay, sí, cierto! ¿Querés que lleve algo…?
FIN
Espero que les haya gustado. Opinen. Critiquen. Pero no insulten. Sé que el tema es polémico, pero pretende exponer algunos puntos flacos que tienen estos sistemas tan estrictos y aparentemente absolutistas. Un abrazo a tod