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Esta vez vamos a hablar de estos 5 países que están en guerra
Siria e Irak
En este fin de año, la guerra de Siria es el conflicto más grave, con consecuencias que afectan a toda la región y a las grandes potencias. Más de un cuarto de millón de sirios han muerto y casi 11 millones -la mitad de la población del país- han tenido que desplazarse dentro o fuera de sus fronteras. El ascenso del Estado Islámico, que controla ya una gran franja del este de Siria y el noroeste de Irak, ha provocado la intervención de potencias como Estados Unidos, Francia, Reino Unido y Rusia. Sin embargo, ninguno de estos países ha elaborado una estrategia coherente para derrotar a Daesh.
Es más, Rusia y las potencias occidentales han demostrado tener objetivos encontrados: los aviones rusos bombardean a rebeldes enemigos del Estado Islámico a los que Washington considera aliados contra el grupo yihadista. El régimen del presidente sirio Bashar al Assad sigue recurriendo a los bombardeos aéreos indiscriminados y otros métodos de castigo colectivo que producen en las zonas de mayoría suní muchas más victimas civiles de las que provoca la violencia del Estado Islámico. Las tácticas de Al Assad impulsan ciclos continuos de radicalización, sobre todo en Siria pero también en el resto de la región, porque alimentan las llamas sectarias y el sentimiento victimista suní del que se aprovecha el Estado Islámico.
El ritmo de la acción diplomática se ha acelerado, en parte debido a la intervención militar rusa en Siria en septiembre y los atentados terroristas patrocinados por Daesh en París en noviembre. Aunque la internacionalización del conflicto plantea muchos peligros, también puede crear nuevas posibilidades para la diplomacia. En diciembre, el Consejo de Seguridad aprobó por unanimidad una resolución que exigía el alto el fuego y una solución política en Siria. La resolución propone un calendario ambicioso, con negociaciones entre el Gobierno y la oposición que deben comenzar en enero; un proceso político dirigido por Siria que permita establecer un “gobierno creíble, integrador y no sectario” en el plazo de seis meses y elecciones antes de año y medio. De las dudas sobre el futuro de Al Assad -que suscitan las mayores discrepancias entre las grandes potencias en el Consejo de Seguridad, las potencias regionales rivales y las distintas facciones sirias- no se habla.
A pesar de que existen muchos motivos para ser escépticos, hay que confiar en que esta última iniciativa sea el comienzo de un esfuerzo significativo para resolver el conflicto. La reunión celebrada en diciembre en Riad superó las expectativas al lograr reunir a una variedad sin precedentes de facciones armadas y políticas de la oposición, que acordaron crear un equipo negociador. Los participantes se comprometieron a trabajar para un futuro pluralista en Siria y mostraron su voluntad de contribuir, con condiciones, al proceso de paz. Sin embargo, para que pueda haber un alto el fuego nacional debe existir una estrategia sobre qué hacer con otros grupos, en particular el Frente Al Nusra, afiliado a Al Qaeda, que desde el punto de vista geográfico -y a menudo desde el operativo- forma parte de la oposición no yihadista en gran parte del oeste de Siria.
En Irak, por su parte, la estrategia de Occidente para derrotar al Estado Islámico se basa sobre todo en ofensivas militares de los kurdos iraquíes, un Ejército iraquí de mayoría chií y las milicias chiíes apoyadas por Irán. El peligro es que todo esto alimente el resentimiento de los árabes suníes en las zonas que hoy controla Daesh. El Gobierno del primer ministro, Haider al Abadi, sufre presiones de las facciones chiíes rivales por diversos motivos, como la indignación por la corrupción, la incapacidad del Estado para garantizar los servicios básicos y la seguridad, la resistencia a su programa de reformas y las luchas internas por el poder. Las milicias chiíes no sólo combaten contra el Estado Islámico, sino que se han organizado para llenar el vacío de seguridad y defender Bagdad y los lugares santos chiíes. Sus éxitos parciales encuentran público receptivo en muchos jóvenes sin trabajo, que han encabezado las protestas callejeras. Daesh gobierna mediante una coacción brutal, pero también aprovechando el miedo al Gobierno de predominio chií y dando poder a segmentos marginados de la comunidad suní. Las fuerzas iraquíes han pasado meses tratando de reconquistar Ramadi, la capital de la provincia de Anbar, de la que tuvieron que retirarse de forma humillante en mayo, y en la última semana del año consiguieron recuperar el control. La próxima prioridad será expulsar a los yihadistas de Mosul, la ciudad septentrional en la que está, tal vez, más atrincherado.
Yemen
La guerra de Yemen, orquestada por los saudíes con el respaldo de Estados Unidos, Gran Bretaña y los aliados del Golfo, se prolonga desde marzo de 2015 sin que el fin se vea cerca. Las conversaciones de paz auspiciadas por la ONU en Suiza a mediados de diciembre no lograron más que el acuerdo de reanudarlas el 14 de enero. Se habla de casi 14.000 muertos, de los cuales cerca de la mitad son civiles. Más de dos millones han tenido que abandonar sus hogares y otros 120.000 han huido del país. La guerra ha destruido las ya débiles infraestructuras, han ahondado las divisiones políticas y han introducido un elemento de sectarismo hasta ahora casi inexistente. El conflicto pone en peligro la seguridad de la Península Arábiga, en especial Arabia Saudí, puesto que fomenta el desarrollo de redes terroristas como Al Qaeda y Daesh.
La violencia tiene su origen en una transición política muy mal hecha tras la marcha del histórico presidente Alí Abdullah Saleh, que tuvo que dimitir en medio de protestas en 2011. Después de años de indecisión sobre el futuro político del país, las milicias hutíes se hicieron cargo de la situación y capturaron la capital, Saná, en septiembre de 2014. Los hutíes -un movimiento con mayoría de chiíes zaidíes, arraigado en el norte de Yemen- empezó a avanzar hacia el sur después de aliarse con las fuerzas leales a Saleh. El 25 de marzo de 2015 se apoderaron de una base militar estratégica próxima a Adén y tomaron como rehén al ministro de Defensa. Al día siguiente, Arabia Saudí puso en marcha una gran campaña militar -Operación Tormenta Decisiva- para hacerlos retroceder y restablecer el Gobierno del presidente Abed Rabbo Mansur Hadi. Los hutíes tienen gran parte de la responsabilidad de haber desencadenado la guerra, pero la campaña de los saudíes sólo ha servido para intensificar la violencia y, hasta ahora, ha sido contraproducente.
Arabia Saudí considera que los hutíes son marionetas de Irán. Aunque el papel de los iraníes ha sido mínimo, Teherán no ha vacilado en sacar provecho político a los triunfos hutíes, lo cual ha agravado una situación ya volátil. La intromisión ha alarmado a los saudíes, que piensan que Irán está en ascenso y tiene ambiciones hegemónicas. Para lograr una solución pacífica a la guerra de Yemen es muy posible que sea necesario antes un acuerdo entre estas dos superpotencias regionales, una posibilidad hoy por hoy remota.
Colombia
En los últimos meses, las negociaciones de paz celebradas en La Habana entre el Gobierno colombiano y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) han hecho grandes avances y han despertado esperanzas de que en 2016, tal vez, esté próximo el final de un conflicto que ha durado 51 años. Se calcula que la guerra ha costado la vida a 220.000 personas, ha hecho que haya 50.000 desaparecidos y nada menos que 7,6 millones que se declaran víctimas del conflicto.
En diciembre, las dos partes anunciaron un acuerdo histórico sobre la justicia de la transición, uno de los temas más delicados de la agenda. Previamente habían alcanzado pactos sobre desarrollo rural, participación política y política de drogas, con algunos cabos abiertos.
El presidente, Juan Manuel Santos, se ha fijado un plazo ambicioso, el 23 de marzo, para lograr el acuerdo definitivo, pero ha aplazado la fecha para el alto el fuego bilateral. Hay varios aspectos delicados que siguen dificultando el desarme y la reintegración de las fuerzas rebeldes, así como los mecanismos de vigilancia para garantizar la aplicación de los acuerdos. Otros asuntos complejos son cómo confirmar el acuerdo de paz: el Gobierno se ha comprometido a someterlo a votación popular, mientras que las FARC llevan mucho tiempo reclamando una asamblea constituyente. También debe incorporarse al proceso de paz otro grupo rebelde más pequeño, el Ejército de Liberación Nacional (ELN). Y queda por delante el inmenso reto de sanar las heridas dejadas por décadas de guerra en un país aún lleno de grupos armados ilegales. Con todo, existen señales positivas de que el conflicto armado más prolongado del continente, y uno de los pocos que aún existe, va a llegar pronto a su fin.
Sudán del Sur
Una vez más, el país más joven del mundo está en peligro de caer en una guerra civil declarada. El acuerdo de paz firmado entre el Gobierno y el mayor grupo de la oposición en agosto, después de una intensa labor de mediación encabezada por países africanos, está a punto de venirse abajo. Mientras tanto, proliferan los grupos armados ajenos al acuerdo.
Las raíces del conflicto están en la rivalidad interna entre varias facciones durante la larga lucha de Sudán del Sur por la independencia. El país se separó de Sudán, pero poco después, el 15 de diciembre de 2013, estalló una guerra civil cuando las divisiones dentro del Movimiento de Liberación Popular, que gobernaba en Sudán, llevaron a luchas y asesinatos selectivos con criterios étnicos en la capital, Juba. Horas después de estallar el conflicto, decenas de miles de personas buscaron refugio en las bases de la ONU para huir de las masacres étnicas y la violencia sexual. Hoy, casi 200.000 personas están bajo protección directa de las fuerzas de paz de la ONU.
En los dos últimos años, se han visto desplazadas más de 2,4 millones de personas y han muerto decenas de miles. Un informe hecho público por la Unión Africana en octubre contaba con detalle atrocidades cometidas por las dos partes, incluidos asesinatos en masa y violaciones. Ahora son más de 24 grupos armados los que no se alinean ni con el Gobierno ni con las principales fuerzas de oposición. Se materializa la perspectiva de una guerra multilateral. Los países de la región interesados, en especial los miembros de la Autoridad Intergubernamental de Desarrollo (IGAD), que medió para lograr el acuerdo de paz , y las potencias internacionales, entre las que figuran socios de la IGAD como China, Noruega, Estados Unidos y Reino Unido, deben emprender acciones urgentes y unidas para obligar a los líderes de Sudán del Sur a respetar su compromiso con el acuerdo de paz y evitar un catastrófico regreso a la guerra.
Afganistán
Fuerzas de Seguridad afganas vigilan una prisión en Kuduz donde se encuentran recluidos líderes turcos. (Nasir Waqif/AFP/Getty Images)
El objetivo supremo del presidente estadounidenses, Barack Obama, en Afganistán parece cada vez más remoto, dado que el país permanece envuelto en un conflicto desde hace más de 14 años, después de que Estados Unidos interviniera para expulsar a los talibanes y destruir Al Qaeda. Hoy en día, los talibanes, pese a sus divisiones internas, siguen siendo una fuerza temible, Al Qaeda aún tiene cierta presencia y Daesh ha establecido un punto de apoyo.
Un breve triunfo alcanzado en julio en las negociaciones de paz conducidas por Pakistán acabó frustrado cuando los que se oponían a las conversaciones revelaron que el inaccesible líder de los talibanes, el mulá Mohammed Omar, había muerto en 2013. Los talibanes acabaron por confirmar la noticia y anunciaron que su histórico número dos, el mulá Akhtar Mohammed Mansur, le había sucedido. Mansur, que al parecer está estrechamente vinculado a los servicios de inteligencia paquistaníes, consolidó su liderazgo gracias a una sucesión de victorias militares, incluida la captura temporal de Kunduz a finales de septiembre. No obstante, la existencia de facciones sigue siendo un problema para el movimiento talibán. A principios de diciembre corrieron informaciones no contrastadas sobre la posibilidad de que el mulá hubiera resultado herido, o incluso muerto, en un intercambio de disparos con grupos rivales en Pakistán. A lo largo del año, varios comandantes declararon su lealtad al Estado Islámico.
Los combates en varias provincias continúan provocando un gran número de bajas civiles; de ahí que Afganistán sea uno de los lugares de los que huyen más refugiados, sólo superado por Siria. La corrupción generalizada y los abusos de poder de las autoridades locales siguen siendo los mayores impulsores del apoyo a los rebeldes. Estados Unidos dice ahora que va a mantener alrededor de 9.800 soldados durante la mayor parte de 2016 y la misión Apoyo Resuelto de la OTAN se ha comprometido a proporcionar ayuda económica a las fuerzas afganas de seguridad hasta 2020. Ahora bien, dada la fuerza de los rebeldes, está claro que no existe una solución militar para el conflicto. Y la división y la proliferación de grupos combatientes es una amenaza para los futuros intentos de negociar la paz. Los esfuerzos del presidente Ashraf Ghani para reanudar las negociaciones con los talibanes están rodeados de polémica y ponen en peligro la cohesión de su Gobierno de unidad nacional. Para que las conversaciones obtengan resultado, deben ser los propios afganos quienes las dirijan y las controlen, y su centro de atención tiene que ser el interés del pueblo, no el de las potencias externas como Pakistán y Estados Unidos.
Gracias por pasar!