Las cosas sin sentido suelen perder actualidad; las absurdas, nunca.
Stanislaw Jerzy Lee.
Despista y gana
Si no puedes combatirlos, desconciértalos
Cornelia tenía su déspota personal. Era su cuñada. Nunca se habían apreciado. Por suerte, no se veían muy a menudo. Pero, cada vez que coincidían, Cornelia se llevaba un chasco. Generalmente se encontraban en reuniones familiares. El marido de Cornelia tenía una familia muy grande y extensa, que celebraba muchas fiestas. En ellas, Cornelia coincidía con su odiada cuñada. Y ésta no dejaba pasar ninguna oportunidad de martirizarla. La cuñada aprovechaba la ventaja de que tenía gracia tomando el pelo y burlándose de la gente. Toda la familia temía su labia. Y Cornelia era la víctima preferida. Porque no sabía defenderse: era la más débil. Cornelia no era aguda ni tenía una lengua afilada. Generalmente era callada y solícita. Era como Bambi, y su cuñada se comportaba como el gran lobo malo.
En una gran fiesta de cumpleaños sucedió de nuevo. Después de la cena, la cuñada se puso a criticar la ropa de Cornelia delante de todo el mundo.
—Conny, guapa, tengo que decirte una cosa, de mujer a mujer. Con esos pantalones pareces un hámster depresivo con dos patas.
Cornelia notó que todas las miradas se centraban en ella y que todos esperaban que respondiera algo. Pero sólo se puso roja como un tomate y dijo algo así como:
—¿Qué les pasa a mis pantalones?
—A tu edad deberías tapar las zonas problemáticas en vez de exhibirlas.
Cornelia se fue de la sala echando chispas. Y no sirvió de nada que su marido la consolara después.
Lo que ocurrió en aquella ocasión ya había pasado otras veces de un modo más o menos similar. Siempre siguiendo la misma pauta. La cuñada hacía un comentario malicioso sobre la ropa de Cornelia, sobre su peinado o sobre su maquillaje. Siempre hacía los comentarios ofensivos en voz bien alta para que los oyera toda la familia. Cornelia era humillada ante toda la tropa. Y siempre acababa pareciendo que Cornelia no soportaba las bromas. Que era muy susceptible y enseguida saltaba cuando alguien hacía un chiste. El juicio colectivo de toda la familia era: «La pobre Cornelia es tan sensible».
El refrán inadecuado es una estrategia descarada. Y su principio es el siguiente: crear confusión. Con esta estrategia, contestas a un ataque verbal con un refrán. Y eliges un refrán que no se ajuste para nada a lo que ha dicho tu interlocutor. Es decir, un refrán que no tenga sentido en ese contexto.
Por ejemplo, alguien te dice: «Hablas como si no tuvieras estudios».
Y tú contestas: «Sí, mi abuela siempre decía: “A quien madruga, Dios le ayuda”».
¿Te das cuenta de lo que intenta hacer ahora tu mente? Se está esforzando por comprender la respuesta. Intenta relacionar el comentario de los estudios con el hecho de madrugar y que Dios te ayude. Déjalo. La respuesta no tiene sentido. Así es como funciona el refrán inadecuado.
Esta estrategia se basa en un acto reflejo de nuestro cerebro. Somos buscadores de sentido. Cuando alguien nos habla en nuestro idioma, automáticamente intentamos descubrir el significado de sus palabras. Queremos entender lo que nos ha dicho. Se trata de una reacción automática del cerebro. Confía en esa reacción automática de todo cerebro. Todos tenemos en la cabeza una máquina buscadora de sentido.
Pondrás sin problema contra las cuerdas a cualquier impertinente enviando a su cerebro a emprender una búsqueda inútil de significado. Porque en el refrán inadecuado no hay nada que entender. Pero tú no se lo digas a tu interlocutor.
Cómo embrollar la mente del atacante
El refrán inadecuado suena avispado, pero la respuesta es una completa absurdidad. Aquí tienes un par de muestras más. ¿Quieres saber qué contestar a uno de esos comentarios típicos?
Los comentarios: «¡Mujer tenías que ser!» o «¡Típico de hombres!».
Aquí tienes tres respuestas con dichos ingeniosos, pero totalmente desatinados:
¿Mujer tenías que ser? Bueno, sólo puedo decir que «las aguas tranquilas son profundas».
¿Típico de hombres? ¿Cómo era aquello...? La cara te la regalan, pero la sonrisa la pones tú.
Acabo de recordar un refrán que viene muy a cuento: Más vale pájaro en mano que ciento volando.
Estas respuestas sólo causan confusión. Con ellas embrollas la mente de tu interlocutor y lo pones en jaque mate. Sin ser mordaz ni hiriente. Ganas porque pones patas arriba la lógica típica de la comunicación. Y para poder hacerlo, necesitas sobre todo una cosa: la libertad de los locos.
Lee también:
La confusión llega con disimulo
Cornelia probó la estrategia en una fiesta familiar, un bautizo. En aquella fiesta, la cuñada volvía a estar en plena forma. Todos estaban sentados a la mesa comiendo cuando empezó a hacer de las suyas. Como era costumbre, atacó a Cornelia:
—Cornelia, guapa, ese vestido es demasiado largo. Ya no te quedaba bien antes. Pero ahora pareces una chacha. ¿No podrías comprarte un vestido nuevo? ¿No te da dinero tu marido?
Las miradas se concentraron una vez más en Cornelia. Pero, esta vez, estaba preparada. Y respondió muy tranquila:
—Seguro que conoces el dicho: No por mucho madrugar amanece más temprano.
Todos se quedaron en silencio. Las palabras de Cornelia consiguieron que el corro entero frunciera el ceño. La cuñada no contaba con que Cornelia reaccionaría tan tranquila. Se había quedado perpleja.
—¿No por mucho madrugar amanece más temprano? No lo entiendo. ¿Quieres decir que tú no madrugas o algo por el estilo?
Cómo contestar a una tontería con una tontería culta
Cornelia continuó con su táctica para confundir:
—No, no, has entendido mal el dicho. En el fondo, sólo quería decirte que el mar es traicionero.
La cuñada meneó la cabeza.
—No entiendo nada. ¿De qué me estás hablando?
Cornelia no pudo evitar que se le escapara una sonrisita.
—Piénsalo bien: El mar es traicionero. Algo tiene que ver.
La cuñada volvió a menear la cabeza. Los demás pensaron que era una gran verdad. El mar es realmente traicionero. No sabían qué tenía que ver eso con el vestido. Pero a nadie parecía importarle, excepto a la cuñada. Mientras los demás seguían comiendo y charlando, lo intentó de nuevo:
—Conny, además de llevar ropa anticuada, no dejas de decir tonterías.
Cornelia siguió con el refrán inadecuado.
—Sí, ¿cómo era aquello? Quien del trabajo huye, su porvenir destruye.
La cuñada se estaba enfadando. Cornelia, en cambio, cada vez estaba de mejor humor. Se lo pasaba en grande cada vez que respondía con un refrán desatinado. Y, ante los meneos de cabeza de su cuñada, replicaba:
—Piénsalo con calma. Seguro que acabarás entendiéndolo.
Luego acabó la pesadilla. La cuñada dejó en paz a Cornelia. La fiesta transcurrió sin incidentes, tranquila y divertida. Sólo la cuñada estuvo un poco más callada que de costumbre.
En Cornelia anidó una sensación. Se sintió orgullosa de sí misma. Se había defendido sin mala uva y sin provocar una riña en plena celebración. Ella había quedado por encima. Y a partir de entonces estaría bien escudada. Sabía cómo arreglárselas con su cuñada sin enfadarse. La tiranía había acabado.
Así neutralizarás la fuerza del ataque
El refrán inadecuado es similar a la acción de agarrar al contrincante en el judo o el aikido. Sujetamos al atacante de manera que no pueda proseguir con el ataque.
En su libro sobre el aikido, André Protin afirmaba que el principio básico de ese arte marcial consiste en no enfrentarte nunca a la fuerza del adversario con tu propia fuerza, en evitar medir las fuerzas y aprovechar la energía del ataque para neutralizar el ataque y dominar al atacante.
Con el refrán inadecuado, el ataque se neutraliza mediante la táctica de la confusión. Y sujetamos y dominamos al atacante gracias a su confusión.
Mientras tu adversario intenta averiguar si el refrán inadecuado es una ofensa o una respuesta ocurrente, puedes sentarte cómodamente y examinar su rostro. ¿Cuánto tiempo pasa hasta que te pregunta? En el momento en que oigas: «¿Qué quieres decir con eso?», sabrás que la búsqueda de significado por su parte ha resultado infructuosa. Con la ayuda de esa pregunta, quiere volver a poner su mente en orden. Y, claro, tú, muy amablemente, se lo impedirás. Respóndele: «Piénsalo con calma. Seguro que lo entenderás». O contéstale: «Yo también tardé mucho en comprenderlo. Tú también lo conseguirás».
Sólo te hacen falta unos cuantos refranes típicos para disponer de un buen escudo
Pero ¿qué ocurre si, después de mucho cavilar, tu adversario exclama contento: «¡Ya lo tengo! Ya sé qué querías decir con ese refrán»?
Bueno, la cosa se pone interesante. Dile que te lo explique. ¿Qué supuesto sentido le ha encontrado al refrán inadecuado? Date el gusto y escucha atentamente. ¿Cómo explica alguien un significado que no existe? Seguro que eso es más interesante que mirar la tele. Así pues, asiente con la cabeza y enarca bien las cejas.
Cuando tu adversario haya acabado con sus explicaciones, tienes varias opciones. Si quieres ser clemente, dile simplemente: «Sí, eso es». Si no tienes piedad, puedes soltarle otro. Dile que no ha entendido bien el refrán. Que, en el fondo, tú sólo querías decir: «El uno por el otro, la casa sin barrer». Evidentemente, este segundo refrán tampoco tiene sentido y enseguida podrás pasártelo en grande otra vez con la confusión de tu interlocutor.
Lo único que necesitas son unos cuantos refranes típicos y, como ya he comentado, la libertad de los locos que tú también tienes. En el siguiente resumen de la estrategia encontrarás buenos refranes. Elige los que te sean más fáciles de recordar.
Estrategia de autodefensa: el refrán inadecuado
Reacciona a un comentario chocante haciendo un comentario aún más chocante. Responde con un refrán que no encaje para nada en lo que acaba de decir tu interlocutor.
Aquí tienes una pequeña selección de refranes tradicionales:
- Una golondrina no hace verano.
- Quien del trabajo huye su porvenir destruye.
- El uno por el otro, la casa sin barrer.
- A quien madruga, Dios le ayuda.
- Querer es poder.
- A caballo regalado, no le mires el dentado.
- Hay más días que longanizas.
- Puedes introducir el refrán desatinado con unas cuantas palabras que le den estilo:
- Como siempre decía mi abuela: «No hay que echar las campanas al vuelo antes de tiempo».
- Sólo puedo decir una cosa: Quien tiene oficio tiene beneficio.
- Como dice el refrán: Quien bien te quiere te hará llorar.
- Mejor reír que llorar.
- A falta de pan, buenas son tortas.
- No hay peor sordo que el que no quiere oír.
- Ni son todos los que están ni están todos los que son.
- Al mal tiempo buena cara.
- Quien algo quiere algo le cuesta.
- Vísteme despacio que tengo prisa.
- Más sabe el diablo por viejo que por diablo.
- Vence con el absurdo más puro
Más que ninguna otra estrategia, el refrán inadecuado tiene la enorme fuerza de cambiar sentimientos. Tus sentimientos. Te reirás al responder con ellos. En vez de enfadarte, pondrás en juego tu buen humor. Dejarás de sentirte como una víctima y te sentirás como alguien que se enfrenta con mucha gracia a un tirano. Vencerás con el absurdo más puro. Y lo mejor de esta estrategia: te defenderás sin rebajarte al nivel de tu rival. Al contrario: con el refrán causarás una impresión de sabiduría.
Lee también:
¿Se dará cuenta tu adversario de que sólo utilizas refranes inadecuados?
Espero que sí, puesto que eso sería una señal de inteligencia por su parte. Y, en ese caso, aún hay esperanzas. Esperanzas de que puedas hablar razonablemente con tu interlocutor. Al pronunciar un refrán desatinado, indirectamente le estás diciendo: «Me has atacado y eso es absurdo. Y yo te contesto con una absurdidad culta». Si contestas diciendo «Una golondrina no hace verano», ojalá el otro entienda qué está ocurriendo. Así sabrá que tú prefieres reír a llorar.
Mientras el éxito sea nuestro objetivo no podremos liberarnos del miedo, porque el deseo de tener éxito Inevitablemente genera el miedo al fracaso.
Jiddu Krishnamurti.
GRACIAS POR OCUPAR TU TIEMPO EN LEER ESTE POST