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Se cumplen 66 años de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki


El minuto de silencio ritual con que los japoneses recuerdan la hora exacta de la caída de la primera bomba atómica lanzada sobre población civil (las 8.15 de la mañana), se cumplió el pasado sábado, 66 años después que la aviación de los Estados Unidos materializara la decisión que en un soplo de fuego mató a más de 140.000 personas.

Tres días después –un día como hoy- fue el turno de Nagasaki; 70.000 muertos en el acto y diversas secuelas sirvieron para justificar el fin de la segunda guerra mundial, y para encubrir la disuasión de la que fue objeto Josef Stalin, que avanzaba hacia Japón por el norte.

La guerra estaba ganada, pero la masacre produjo la rendición incondicional de los nipones (y la retirada de los soviéticos). Sin embargo, aunque la misión se cumplió con "éxito", los efectos en la cultura -y en los cuerpos- todavía se hacen sentir.

Dos libros clave vuelven a las librerías: "Hiroshima", de John Hershey, una crónica extraordinaria escrita por un reportero de la revista New Yorker, que llegó a Hiroshima un mes después de la explosión ordenada por el presidente norteamericano Harry Truman y coordinada por su hombre fuerte, Robert McNamara.

Y el otro, "El piloto de Hiroshima: más allá de los límites de la conciencia", el epistolario entre Claude Eatherly y el filósofo alemán Gunther Anders, esposo de Hannah Arendt, la amante de Martin Heidegger y autora de "Eichmann en Jerusalén".

Extraña combinación: Anders cruzó 71 misivas con Eatherly, el único de los pilotos que se desestabilizó al regresar a los Estados Unidos, y por lo cual estuvo 30 años preso.

El pensador teutón es una de las referencias sobre los efectos colaterales de la ciencia aplicada, y tuvo a su cargo el cuidado de Eatherly, sin mayor éxito. Sus escritos, como los del novelista y Premio Nobel Kenzaburo Oe, no han dejado de leerse y traducirse.

En esos escritos, donde la nostalgia por un edén terrenal está completamente ausente, el hombre piensa si es posible un uso pacífico de la energía nuclear, pero sus conclusiones son más bien desoladoras: la idea de extención u obsolescencia de la especie humana sobrevuela sus meditaciones.

Eatherly, entretanto, que tenía 30 años el 6 de agosto de 1945, pasó poco más de 29 en una suerte de reformatorio-prisión donde falleció a los 60 años, sin poder sacar de su cabeza las imágenes de los espectros que se derretían en las ciudades japonesas.

Sus compañeros de aventura, en cambio, sólo hablaron de cumplir órdenes.

El piloto de Hiroshima representó -tal vez sin quererlo- el malestar con una cultura criminal que no impidió el crecimiento de la investigación nuclear, y que este mismo año, en Japón, se cobró su libra de carne cuando un terremoto destrozó una central nuclear en el norte del país, el accidente más grave después de la catástrofe de Chernobil, en la ex URSS.



Hiroshima y Nagasaki [Recuerdos]





El 6 de agosto de 1945, cuando la Segunda Guerra Mundial había terminado en Europa, en el Pacífico se seguía luchando contra el Imperio del Japón. La Guerra del Pacífico seguía siendo encarnizada y aunque Estados Unidos ganaba terreno, el coste en vidas muy alto porque se luchaba contra un enemigo que no se rendía y luchaba hasta la muerte por tierra, mar y aire. Después de 6 meses de intensos bombardeos americanos contra 67 ciudades japonesas, el presidente Harry Truman dio la orden de usar una nueva arma que se había gestado en secreto en Los Álamos, Nuevo México, la bomba atómica de Hiroshima.






Los orígenes de la bomba atómica
El 12 de septiembre de 1933, siete meses después del descubrimiento del neutrón, el físico húngaro Leó Szilárd descubrió que era posible liberar grandes cantidades de energía mediante reacciones de neutrones en cadena, algo que registró en una patente al año siguiente introduciendo el concepto de bomba nuclear y masa crítica (cantidad mínima necesaria de material capaz de provocar una reacción en cadena). De hecho, pensando en su aplicación bélica, patentó la idea con el fin de que nadie lo usase con fines destructivos y la cedió al Almirantazgo Británico, pensando que así nunca sería utilizada.

En noviembre de 1938, la física alemana Lise Meitner encontró trazas de bario en una muestra uranio, algo que tan sólo se podía explicar asumiendo que provenía de una fisión nuclear. Dado que Lise Meitner era de origen judío y abandonó Alemania, su descubrimiento fue publicado por Otto Hahn, su compañero de equipo. En enero de 1939, Niels Bohr impartió una conferencia sobre la fisión en Estados Unidos a la que asistió Julius Robert Oppenheimer, un físico de Harvard que vio como la fisión podría ser el principio que haría posible la bomba atómica que Szilárd había descrito. Ese mismo año, Oppenheimer le envió una carta al Presidente Franklin Delano Roosevelt avisándole de lo que podría pasar:

En el curso de los pasados cuatro meses, se ha hecho posible —a través del trabajo de Joliot en Francia y de Fermi y Szilard en América— provocar una reacción nuclear en cadena en una gran masa de uranio, que produciría grandes cantidades de energía y nuevos elementos del tipo del radio, en el futuro inmediato […] Una sola bomba de este tipo, transportada en un barco y detonada en un puerto, podría muy bien destruir el puerto entero junto con una buena parte del territorio circundante […] Alemania ha dejado de vender mena de uranio de las minas checoslovacas […] y el hijo del subsecretario de estado von Weizsächer ha sido contratado por el Instituto Kaiser-Wilhelm de Berlín donde se está repitiendo parte del trabajo americano sobre el uranio

Además, la comunidad científica convenció a Albert Einstein para que enviase una carta al Presidente de Estados Unidos que lo alertase de las investigaciones nucleares y lo que podrían provocar:

Recientes trabajos realizados por Enrico Fermi y Leo Szilard, cuya versión manuscrita ha llegado a mi conocimiento, me hacen suponer que el elemento uranio puede convertirse en una nueva e importante fuente de energía en un futuro inmediato[…] se ha abierto la posibilidad de realizar una reacción nuclear en cadena en una amplia masa de uranio mediante lo cual se generaría una gran cantidad de energía. […] Este nuevo fenómeno podría conducir a la fabricación de bombas y, aunque con menos certeza, es probable que con este procedimiento se pueda construir bombas de nuevo tipo y extremadamente potentes.

Einstein, después del horror de Hiroshima y Nagasaki, se arrepentiría el resto de su vida de haber enviado esta carta.




El Proyecto Manhattan
Con el ataque japonés a Pearl Harbor, el 7 de diciembre de 1941, los esfuerzos por conseguir material que permitiese realizar una fisión nuclear aumentaron en el Laboratorio de Metalurgia de la Universidad de Chicago, el Laboratorio de Radiación de la Universidad de California y el Departamento de Física de la Universidad de Columbia.

La coordinación científica estaba al cargo del físico Oppenheimer y la seguridad y las operaciones militares corrían a cargo del general Leslie R. Groves, del cuerpo de Ingenieros. La investigación estaba distribuida en múltiples centros de investigación y universidades, si bien se construyó un centro especial cuyo nombre siempre estaría ligado al desarrollo de la bomba atómica, el Distrito de Ingeniería Manhattan que actualmente es el Laboratorio Nacional de Los Álamos, en Nuevo México y que, en esa época, era una ciudad con fuertes medidas de seguridad y tomada, literalmente, por el ejército.

Este proyecto movilizó a todas las eminencias científicas que residían en Estados Unidos (tanto estadounidenses como refugiados que habían huido de una Europa en guerra) de los campos de la física, la química o la computación que bien por patriotismo o por oposición al régimen nazi, se unieron al proyecto para conseguir la bomba atómica antes que los nazis. ¿Y quiénes formaban este equipo de científicos? Además de Oppenheimer, el premio Nobel Arthur Holly Compton, Hans Bethe, John Van Vleck, Edward Teller, Felix Bloch, Emil Konopinski, Wisam Ankah, Robert Serber, Stanley S. Frankel y Eldred C. Nelson.

Después de 2 años 3 meses y 16 días de intenso trabajo, el primer prototipo de bomba atómica estaba listo, sin embargo, sin una prueba era imposible determinar si todo el trabajo había dado sus frutos y, por parte de los militares, determinar el poder destructivo de esta creación.






link: http://www.youtube.com/watch?v=watch?v=OT3N6R59WzU&feature=player_embedded




El 6 de agosto de 1945
Hiroshima fue un objetivo que los militares estadounidenses seleccionaron porque era una ciudad de más de 3 millas de diámetros con objetivos distribuidos en la ciudad, por lo que la explosión causaría bastante daño y éste sería visible, provocando un gran efecto psicológico en la población civil japonesa que vería cómo quedaría arrasada una ciudad en la que vivían 255.000 personas.

El 6 de agosto de 1945, a las 8:15 de la mañana, el B-29 Enola Gay, comandado por el Coronel Paul Tibbets, lanzó sobre la ciudad de Hiroshima la bomba Little Boy que, tras 55 segundos de caída, explotó a 600 metros sobre la ciudad (que era la altura a la que había sido programada) si bien erró su blanco en 244 metros (el puente Aioi), detonando justo encima de la Clínica quirúrgica Shima.

Sus 13 kilotones elevaron la temperatura de la zona a más de un millón de grados, provocando que se incendiase el aire circundante y se generase una bola de fuego de 256 metros de diámetro que, en menos de un segundo, se expandió a 274 metros.

El copiloto del bombardero, el Capitán Robert Lewis, comentó:




Dios mío ¿Qué hemos hecho?




Las consecuencias del lanzamiento
La explosión hizo estallar los cristales de las ventanas de edificios situados a 16 km del impacto y pudo sentirse la explosión hasta 59 km de distancia. A los 30 minutos del lanzamiento comenzó a caer una lluvia radioactiva con polvo, hollín y partículas radioactivas que extendieron la contaminación más allá del lugar del bombardeo. El radio de destrucción fue de 1,6 km, provocando incendios en 11,4 kilómetros cuadrados, destruyendo el 69% de los edificios de la ciudad y dañando el 7% de los mismos.

La población civil nunca fue avisada del bombardeo (a pesar que en bombardeos tradicionales, Estados Unidos había lanzado pasquines avisando a la población civil), así que un 30% de la población civil, entre 70.000 y 80.000 personas, murieron en el acto, mientras que 70.000 personas resultaron heridas. El caos fue total porque el 90% del personal sanitario (que se encontraba en el centro de la ciudad) había muerto o resultado heridas. Si bien las muertes no terminarían ahí porque, a causa de la radiación, 5 años más tarde, habrían muerto 200.000 personas (la mayoría por cáncer o leucemia, enfermedades que aún sigue siendo una de las mayores causas de mortandad en la zona).










Dieciséis horas después del lanzamiento, el Presidente Truman realizó una declaración en la que confirmó el uso de la bomba atómica:

Los japoneses comenzaron la guerra desde el aire en Pearl Harbor. Ahora les hemos devuelto el golpe multiplicado. Con esta bomba hemos añadido un nuevo y revolucionario incremento en destrucción a fin de aumentar el creciente poder de nuestras fuerzas armadas. En su forma actual, estas bombas se están produciendo. Incluso están en desarrollo otras más potentes. […] Ahora estamos preparados para arrasar más rápida y completamente toda la fuerza productiva japonesa que se encuentre en cualquier ciudad. Vamos a destruir sus muelles, sus fábricas y sus comunicaciones. No nos engañemos, vamos a destruir completamente el poder de Japón para hacer la guerra. […] El 26 de julio publicamos en Potsdam un ultimátum para evitar la destrucción total del pueblo japonés. Sus dirigentes rechazaron el ultimátum inmediatamente. Si no aceptan nuestras condiciones pueden esperar una lluvia de destrucción desde el aire como la que nunca se ha visto en esta tierra.

Japón no se rendiría, así que tres días más tarde, el 9 de agosto, se lanzó la segunda bomba nuclear sobre la ciudad de Nagasaki, haciendo que Japón capitulase el 14 de agosto de 1945, poniendo fin a la Segunda Guerra Mundial.

Las Armas Nucleares en la actualidad
La Cúpula Genbaku, hoy en día situada en el Memorial de la Paz de Hiroshima, fue la estructura más próxima al impacto de la bomba que resistió a la explosión (a 150 metros). Hoy en día es un memorial por la paz y por la desaparición de las armas nucleares.



hiroshima











Las armas nucleares marcaron la segunda mitad del siglo XX, las grandes potencias comenzaron una escalada armamentística para contar en sus arsenales con bombas nucleares que los situasen como “iguales” ante Estados Unidos. Aunque Hiroshima y Nagasaki fuesen las dos únicas bombas atómicas utilizadas en conflictos bélicos, no serían las únicas bombas que se lanzarían, durante más de 50 años se realizaron pruebas de bombas cada vez más potentes, convirtiendo el armamento nuclear en una pieza más de la disuasión y el temor de la Guerra Fría (acuñándose el concepto de Destrucción mutua asegurada).

En la conmemoración celebrada hoy en Japón, la energía nuclear ha vuelto a estar presente en el discurso del primer ministro japonés, Naoto Kan expresó su pesar por haber confiado tanto en la energía nuclear tras los incidentes de Fukushima:

Japón revisará su política energética desde la base para reducir su nivel de dependencia de las centrales atómicas […] Japón, como único país que ha sufrido la bomba atómica, tiene la responsabilidad de transmitir a toda la humanidad la amenaza que suponen las armas nucleares

Cada año, en el Memorial de la Paz de Hiroshima, se guarda un minuto de silencio que es roto por una campana que suena para recordarnos lo que pasó hace ya 66 años y para pedirle al mundo que se deshaga de estas armas.
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