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En busca de Cleopatra


Los arqueólogos intentan resolver uno de los grandes enigmas de la arqueología: la localización de la tumba de la última reina del Egipto faraónico. Los indicios sugieren que ésta podría hallarse bajo las aguas del antiguo puerto de Alejandría, o bien oculta en las arenas del desierto, junto al templo de Taposiris Magna.



Y sin embargo, a pesar de su omnipresencia, Cleopatra está también ausente, oscurecida por lo que el biógrafo Michael Grant ha llamado «la niebla de ficción y vilipendio que ha rodeado su personalidad ya desde su propia época». Su célebre poder de seducción no impide que echemos en falta una imagen fiable de su rostro. Las pocas que existen se basan en efigies numismáticas poco halagüeñas. En un templo de Dandara hay un relieve de seis metros de alto que apenas revela nada, y en los museos se exponen unos cuantos bustos de mármol, la mayoría de los cuales es posible que ni siquiera sean de Cleopatra.

Los historiadores de la Antigüedad loaron su atractivo, no su belleza. Es innegable que supo inflamar las pasiones de dos romanos poderosos: Julio César, con quien tuvo un hijo, y Marco Antonio, su amante durante más de diez años y el padre de otros tres hijos. Pero su belleza, cuenta el historiador griego Plutarco, «no era tal que deslumbrase o dejase parados a los que la veían; pero su trato tenía un atractivo inevitable, y su figura, ayudada de su labia y de una gracia inherente a su conversación, parecía que dejaba clavado un aguijón en el ánimo. Cuando hablaba, el sonido mismo de su voz tenía cierta dulzura, y con la mayor facilidad acomodaba la lengua como un órgano de muchas cuerdas al idioma que se quisiese».


La ubicación de la tumba de Cleopatra es un misterio desde que se viese a la reina egipcia por última vez en su mausoleo, protagonizando la legendaria escena de su muerte, ataviada con las galas reales y la diadema y tumbada en lo que Plutarco describe como un lecho de oro. Tras el asesinato de César, el heredero de éste, Octavio, se disputó con Marco Antonio el control del Imperio romano durante más de una década; tras la derrota en Actium de Marco Antonio y Cleopatra, las fuerzas de Octavio entraron en Alejandría en verano del año 30 a.C. Cleopatra se atrincheró tras las gigantescas puertas de su mausoleo, entre acopios de oro, plata, perlas, obras de arte y otros tesoros que juró incendiar antes que dejar en manos romanas.
A ese mausoleo fue trasladado el primero de agosto Marco Antonio, agonizante tras clavarse su propia espada, para que pudiese morir en brazos de Cleopatra. Y tal vez fue en el mausoleo donde, unos diez días después de morir Antonio, la propia Cleopatra escapó a la humillación de verse derrotada y prisionera al suicidarse a los 39 años, supuestamente con el veneno de un áspid. El historiador romano Dion Casio dejó escrito que Cleopatra fue embalsamada al igual que Marco Antonio, y Plutarco apunta que, por orden de Octavio, la última reina de Egipto recibió sepultura junto a su consorte, el romano derrotado. Dieciséis siglos después Shakespeare proclamaba: «No habrá en la tierra un sepulcro que guarde / a una pareja tan célebre».


Y sin embargo ignoramos la ubicación de ese sepulcro. La atracción que Cleopatra ha ejercido sobre los artistas es inversamente proporcional a las exiguas aportaciones de la arqueología. Alejandría y sus inmediaciones han gozado de menos atención que otros enclaves más antiguos del curso del Nilo, tales como las pirámides de Gizeh o los monumentos de Luxor. Y no es de extrañar: terremotos, maremotos, un nivel del mar en ascenso, subsidencia del terreno, conflictos civiles y la reutilización de la piedra procedente de los antiguos edificios han aniquilado el que durante tres siglos fuera el hogar de Cleopatra y de sus antepasados. Casi la totalidad de la gloriosa Alejandría de entonces yace hoy bajo el mar, a unos seis metros de profundidad.
En las últimas décadas la arqueología se ha propuesto resolver el misterio, embarcándose de una vez en la búsqueda de la última morada de Cleopatra. Las excavaciones iniciadas en 1992 por el explorador francés Franck Goddio y su Instituto Europeo de Arqueología Submarina han permitido a los investigadores cartografiar las zonas sumergidas de la Alejandría antigua, sus muelles y explanadas, el terreno hundido que otrora ocupaban los palacios reales. Los hallazgos que han salido a la superficie (enormes esfinges de piedra, gigantescas losas de caliza, columnas y capiteles graníticos) avivan el deseo de comprender mejor el mundo de Cleopatra.

«Mi sueño es encontrar una estatua de Cleopatra, con su cartucho»

, declara Goddio. Pero hasta la fecha, la labor submarina no ha fructificado en el descubrimiento de tumba alguna. Los únicos rastros de Cleopatra son las cajetillas vacías de los cigarrillos homónimos que flotan en el agua mientras los buzos trabajan.

Más recientemente, un templo del desierto próximo a Alejandría se ha convertido en el segundo escenario de la búsqueda, guiada por la posibilidad de que una reina tan calculadora y visionaria como Cleopatra se hubiese procurado una tumba en un lugar con una significación espiritual más profunda que el centro urbano de Alejandría, un lugar sagrado donde sus restos momificados pudiesen reposar en paz junto a su amado Marco Antonio.
En noviembre de 2006 Zahi Hawass, a la sazón secretario general del Consejo Superior de Antigüedades de Egipto, sacó de un cajón en su despacho cairota una hoja con el membrete del hotel Nile Hilton. En ella había esbozado los elementos principales de un yacimiento arqueológico que él mismo y un equipo de científicos y excavadores habían estado explorando el año anterior. «Buscamos la tumba de Cleopatra –dijo, entusiasmado–. Es la primera vez que se emprende la búsqueda sistemática de la última reina de Egipto.» Ese rastreo en concreto empezó cuando una dominicana de nombre Kathleen Martinez contactó con Hawass en 2004 y acabó compartiendo con él una tesis de su autoría: Cleopatra podría estar enterrada en los restos de un templo próximo a Taposiris Magna, la actual Abusir, una ciudad del desierto costero, 45 kilómetros al oeste de Alejandría.

Situada entre el Mediterráneo y el lago Mareotis, la milenaria Taposiris Magna fue una floreciente ciudad portuaria en la época de Cleopatra. Sus viñedos eran famosos por el caldo que producían. El geógrafo Estrabón, quien visitó Egipto en el año 25 a.C., escribe que en Taposiris se celebraba un gran festival, seguramente en honor del dios Osiris. En las cercanías había una playa rocosa, cuenta, «donde se congregan en todas las estaciones del año multitudes en la flor de la vida».
«Antes de que empezáramos a excavar creía que Cleopatra estaría enterrada mirando hacia el palacio de Alejandría, en la zona de las tumbas reales», explicó Hawass. Pero los razonamientos de Martinez terminaron por convencerlo de que valía la pena explorar otra hipótesis: que Cleopatra tuviese la perspicacia de procurar ser enterrada con Marco Antonio en un lugar secreto donde nadie turbase su unión eterna.
Licenciada en derecho a los 19 años, Kathleen Martinez era profesora de arqueología en la Universidad de Santo Domingo, pero jamás había estado en Egipto ni manejado una paleta.
Desde que era muy joven, Martinez se propuso descubrir todo lo posible sobre la reina. Se empapó de los textos canónicos, en especial la crónica plutarquiana de la alianza entre Marco Antonio y Cleopatra. Saltaba a la vista que los romanos se habían propuesto presentarla (en el peor de los casos) como una déspota hedonista y libidinosa y (en el mejor) como una política manipuladora que había sembrado la cizaña entre las facciones rivales de la potencia romana emergente en su desesperado intento de preservar la autonomía de Egipto. También existía la posibilidad de que los investigadores modernos hubiesen pasado por alto indicios importantes de la ubicación de la tumba de Cleopatra.

«En las fuentes antiguas no se dice ni una sola palabra de dónde está enterrada –explica Martinez–, pero yo creo que ella misma lo dispuso todo a su manera, desde cómo vivir hasta cómo morir, e incluso la forma en que quería que descubriesen su cadáver.»

En 2004 envió un email a Hawass. No obtuvo respuesta. Como no estaba en su mano colarse en el despacho del egiptólogo oculta en una alfombra (cuenta la famosa leyenda que de este modo se las ingenió Cleopatra a los 21 años para acceder a Julio César en 48 a.C.), Martinez lo inundó de correos electrónicos, más de un centenar, calcula ella. Pero seguía sin obtener respuesta. Finalmente tomó un avión a El Cairo y consiguió entrevistarse con Hawass por mediación de un guía que había trabajado en el Consejo Superior de Antigüedades.
«¿Quién es usted y qué quiere?», le preguntó Hawass cuando ella se presentó en su despacho en otoño de 2004. No le explicó que estaba buscando a Cleopatra, temiendo que él la metiese en el mismo saco que a los lunáticos convencidos de que las pirámides son construcciones alienígenas. «Acceder a zonas vedadas al público», le contestó. Hawass la autorizó a visitar diversos yacimientos de Alejandría, Gizeh y El Cairo.
Martinez regresó a Egipto en marzo de 2005, y acudió a Hawass para comunicarle que la República Dominicana acababa de nombrarla embajadora cultural. Él se echó a reír y le contestó que era demasiado joven para ser embajadora. Kathleen le dijo que el año anterior había estado en Taposiris Magna y que deseaba volver. En las ruinas había restos de una iglesia copta, y los dominicanos estaban interesados en la historia del cristianismo. Hawass accedió de nuevo.

Después de fotografiar y recorrer el yacimiento, Martinez volvió a presentarse en el despacho de Hawass. «Tiene dos minutos», le concedio él. Había llegado el momento de mostrar sus cartas. Martinez le expuso su deseo de excavar en Taposiris. «Tengo una teoría», dijo, y por fin le confesó que creía que en Taposiris Magna podía estar enterrada Cleopatra.
«¿Qué?», exclamó Hawass, aferrándose a la silla. Un grupo de arqueólogos húngaros acababa de concluir una excavación en el yacimiento, y otro equipo francés había explorado las termas romanas al otro lado del muro del templo. Se proyectaba convertir Taposiris Magna en una atracción turística.
«Deme dos meses –contraatacó Martinez–. Verá cómo la encuentro.»
Cleopatra VII nació en Egipto, pero era descendiente de una estirpe de monarcas griegos que reinaba en el país del Nilo desde hacía casi tres siglos. Los Ptolomeos macedónicos son una de las dinastías más apasionantes de la historia, famosos no sólo por su riqueza y sabiduría, sino también por los cruentos desenlaces de sus rivalidades, el incesto y el fratricidio.

La dinastía de los Ptolomeos llegó al poder cuando Egipto cayó en manos de Alejandro Magno, quien en un avance fulminante iniciado en el año 332 a.C. barrió el Bajo Egipto, desalojó a los odiados persas invasores y fue aclamado por los egipcios como libertador divino. Lo proclamaron faraón en la capital, Menfis. En una franja de terreno comprendida entre el Mediterráneo y el lago Mareotis trazó los cimientos de Alejandría, que haría las veces de capital egipcia durante casi un milenio.
Tras la muerte de Alejandro en 323 a.C., Egipto pasó a manos de Ptolomeo, uno de sus generales de confianza, quien, en una hábil maniobra, secuestró la carroza fúnebre que devolvía el cuerpo de Alejandro a Grecia y lo preservó en un santuario de la ciudad epónima. Ptolomeo fue coronado faraón en 304 a.C., en el aniversario de la muerte de Alejandro. Hizo ofrendas a los dioses egipcios, adoptó un nombre de entronización egipcio y se hizo retratar con los atributos de un faraón.
El mayor legado de la dinastía fue la propia Alejandría, con su avenida principal de 32 metros de ancho, sus refulgentes columnatas de caliza, sus palacios y sus templos portuarios dominados por el faro colosal de la isla de Faro, una de las Siete Maravillas del mundo antiguo. Alejandría no tardó en convertirse en la urbe más grande y sofisticada del planeta. Era un bullicioso crisol cosmopolita de egipcios, griegos, judíos, romanos, nubios y otros pueblos. Lo más granado del mundo mediterráneo acudía a estudiar en el Museion, la primera academia del mundo, y en la gran biblioteca de Alejandría.

Allí fue donde, 18 siglos antes de la revolución copernicana, Aristarco postuló su modelo heliocéntrico del sistema solar y Eratóstenes calculó la circunferencia de la Tierra. En Alejandría se tradujo por primera vez al griego la Biblia hebrea y el poeta Sotades el Obsceno descubrió los riesgos de la libertad de expresión al cometer la imprudencia de componer unos versos insidiosos sobre el matrimonio incestuoso de Ptolomeo II y su hermana. Lo lanzaron al mar dentro de un ataúd revestido de plomo.
El talento de los Ptolomeos para la intriga sólo era superado por su gusto por el boato más espectacular. Si las descripciones del primer festival dinástico que celebraron los Ptolomeos hacia 208 a.C. son verídicas, hoy aquellos fastos habrían costado millones de euros. El desfile era una parafernalia de música, incienso, nubes de palomas, camellos cargados de canela, elefantes con botines de oro y toros con los cuernos revestidos con pan de oro. Entre las carrozas se contaba un Dioniso de cinco metros que vertía una libación desde un cáliz de oro.

¿Qué otro destino podía aguardar a aquella estirpe sino un declive estrepitoso? Para cuando en 51 a.C. ascendió al trono Cleopatra VII con 18 años, el imperio ptolemaico se desmoronaba. Se habían perdido Chipre, Cirene (en el este de Libia) y partes de Siria; el ejército romano no tardaría en acuartelarse en la misma Alejandría. Y aun así, pese a la sequía, el hambre y el estallido de conflictos civiles, Alejandría seguía siendo una ciudad rutilante comparada con la provinciana Roma. Cleopatra estaba resuelta a reavivar su imperio, pero no a costa de frenar el poder creciente de los romanos, sino haciéndose útil para ellos, surtiéndolos de naves y grano y sellando su alianza con el general romano Julio César mediante un hijo en común, Cesarión.

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