InicioSalud BienestarEstoy muerto, Pero soy taringuero



Puede que al leer el título de este post te hayas sentido profundamente intrigado. ¿Personas que se ven a sí mismas como auténticos zombies, cadáveres andantes sin vida e incluso sin alma? En efecto, es posible. Según nos dicen los médicos, es la enfermedad más extraña que existe, pero también la más desesperante y triste.

Te pondremos el ejemplo de una persona. Un hombre de poco más de 50 años taringuero que un buen día, sin razón aparente, tuvo la firme convicción de que había muerto. Así se lo indicó a su familia y a sus médicos. Ningún estímulo tenía interés para él, ya no necesitaba comer ni shoutear ni postear ni hacer bardo y veía como su cuerpo, poco a poco, iba corrompiéndose. ¿Por qué seguía en el mundo de los vivos, si todo él era ya un amasijo de carne sin vida?

Tampoco encontraba sentido alguno a seguir el tratamiento que le ofrecían los médicos. ¿Qué tratamiento podían darle a su cerebro si “ya no tenía cerebro”? Como ves, realidades así, a pesar de ser sorprendentes, nos ofrecen el reflejo de la más desesperante de las tristezas. El “no ser” y, a pesar de ello, seguir existiendo. Almas vacías de cualquier estímulo, de cualquier emoción… ¿Puede haber algo peor?



El extraño Síndrome de Cotard


Este síndrome fue descrito por primera vez en el siglo XIX. Fue un neurólogo francés llamado Jules Cotard (1840-1889), quien aportó al mundo de la medicina y la psiquiatría el asombroso caso de una de sus pacientes. La llamó “Mademoiselle X”, tenía 43 años y afirmaba con total convicción que no tenía ningún órgano en su interior.

Ni cerebro, corazón, ni estómago, ni intestinos… su cuerpo era como un vestido infecto descomponiéndose día tras día, ahí donde solo los huesos y un poco de piel, daban forma a lo que quedaba de ella. Pero si su devastación alcanzaba todo su plano físico, también el plano emocional y espiritual estaba desfragmentado en esta mujer. Decía que carecía de alma, que no le hacía falta, ya que ni Dios ni el Demonio tenían que juzgarla. Mademoiselle X no era nada….






Cuando el doctor Cotard le preguntó de qué modo podría encontrar descanso, su paciente se lo dijo con claridad: quemándola. Puesto que ya estaba muerta solo el fuego haría desaparecer lo que quedaba de ella. Simplemente terrible.

Pero, ¿qué es lo que les ocurre a las personas aquejadas por el síndrome de Cotard? Fue en los años 90 cuando esta enfermedad fue analizada con detalle para establecer tres categorías muy claras:



Un primer tipo se caracterizaría por una forma muy particular de depresión psicótica, incluyendo además una gran ansiedad, delirios melancólicos de culpabilidad y alucinaciones visuales y auditivas.

Un segundo tipo está relacionado con delirios hipocondríacos y nihilistas, pero no con depresión.

El último presenta nuevamente una clara depresión, graves episodios de ansiedad, delirios de inmortalidad, delirios nihilistas y comportamientos suicidas.





Cada subtipo requerirá un tipo de tratamiento determinado, ahí donde combinar los fármacos (antidepresivos y antipsicóticos, sobre todo) con la intervención psicológica y la terapia. ¿Se logra curar por completo? La verdad es que rara vez se consigue hacer desaparecer por completo este síndrome. Se tratan los síntomas, eso sí, pudiendo llevar una vida más o menos integrada, pero lo normal es que las personas aquejadas por el síndrome de Cotard deban recibir tratamientos de por vida.

¿Recuerdas el caso del que te hablábamos al inicio del artículo? Bien, este hombre empezó a evidenciar los síntomas unas semanas después de haber intentado suicidarse. Lo hizo introduciendo un aparato eléctrico en su bañera. Y sobrevivió, pero tiempo después, despertó una mañana con el convencimiento de que había muerto.





Que tras su suicidio había perdido la vida. Sin embargo, por alguna razón, seguía formando parte del mundo de los vivos. Cuando médicos como el doctor Steven Laureys, de Bélgica lo trató, se le realizó una tomografía por emisión de positrones (PET), descubriendo algo increíble: la actividad metabólica del cerebro de nuestro protagonista estaba como anestesiada, como si viviera en estado vegetativo en lugar de despierto.

Simplemente asombroso.



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