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"Señor taxista, anoche no llegué a darle un beso a mi hija"

Offtopic11/8/2016
"Señor taxista, anoche no llegué a darle un beso a mi hija"
Lunes, 8 de la noche. Estoy en la sala de espera de un sanatorio de Palermo esperando que me atiendan. Pienso en que hoy casi no voy a ver a mi hija. Me pierdo la cena con ella. ¿Acaso el taxista que me chocó y escapó ya habrá terminado su jornada o aún tiene tiempo para poner en riesgo otras vidas como lo hizo con la mía?

Aprendemos a quedar encerrados entre colectivos que abusan de su inmensidad y hacen lo que quieren en la calle. Convivimos con motoqueros que se cruzan sin reparos, te miran desafiantes y raramente usan casco (nunca vi un policía que se inmute por ello). Toleramos a los papis que dejan el auto en doble fila en los colegios. Y nos acostumbramos a los camiones de carga y descarga en cualquier horario y en cualquier lugar. Nos resignamos, sobre todo las mujeres, a que los trapitos tengan tarifas fijas exorbitantes y a que los limpiavidrios te pateen y escupan el auto si no les abrís tu ventana (y tu billetera). Pero también aprendimos que si tenés un choque te bajás del auto, ves cómo está el otro, intercambiás los datos del seguro y te ponés a disposición. Bueno, sólo a veces.

Este lunes, cerca de las 11 de mañana, llegué a la redacción y me dediqué a la misión imposible de conseguir un lugar para estacionar en Palermo. Tuve mucha suerte: en Fitz Roy al 1400 había un auto que estaba saliendo. Paré en doble fila, prendí las balizas y esperé. Error. Treinta segundos más tarde veo a un taxi que se viene hacia mí. Estaba circulando marcha atrás. Rápido. Muy rápido. Toqué bocina pero no hubo tiempo de nada. Me chocó.

El impacto fue fuerte. Me asusté. Seguí tocando bocina. Al taxista pareciera que mucho no le importó. Nunca se bajó del auto. Ni siquiera me miró. No le importó si yo estaba bien o si necesitaba algo. Puso primera y arrancó a toda velocidad.

Un poco indignada y otro poco por impulso lo seguí para exigirle que pare. No le importó acelerar y pasar el semáforo en rojo. A mí sí (menos mal). Respiré, reflexioné y comprendí: ¿qué iba a ganar peleándome en la calle? Una se la pasa escuchando y diciendo que la gente está muy loca y que no hay que reaccionar. En algún lugar del inconsciente había quedado guardado todo eso. Respiré, atiné a sacarle algunas fotos y volví a mi trabajo.

taxi


Más allá de la ilegalidad, el señor que me chocó demostró poca inteligencia al escaparse de un choque sabiendo que hoy la foto está al alcance de cualquier celular. Por ejemplo, cuando revisé las imágenes me di cuenta que el auto pertenecía a Radio Taxi Alo.
Llamé. Quizás por mi enojo o quizás porque soy periodista me atendieron y me pidieron que les enviase un e-mail con todos mis datos y las fotos del móvil 542, patente OOZ 034. Me prometieron que me van a responder con la información del vehículo luego de explicarme que ellos "no tienen nada que ver" porque son una empresa a la que la mandataria contrata. Señor Ernesto, diez horas más tarde sigo esperando los datos del auto. Ojalá me cumplan.
Se me ocurrió tuitear la foto contando qué había pasado. Ahí sí: la colaboración de la gente se vuelve masiva ante la impunidad de quienes hacen y deshacen a su antojo como dueños de la calle. La publicación se viralizó. Gente enojada, gente que opina y gente con información.
El taxi pertenece a la mandataria Russelcarr, me indicó Rodrigo Palacios. Llamé, hablé con Natalia -fue muy amable- y me dijo que se iba a comunicar con el taxista. "Si la historia es como vos contás, nosotros mismos vamos a hacer la denuncia", prometieron.
Mientras sigo esperando que me atiendan en el Sanatorio, me pregunto por qué tengo que suponer que un irresponsable que me chocó, escapó y cruzó en rojo va a decir la verdad. Pero demasiado no me importa lo que diga a esta altura. Sigo sin saber quién me chocó y dónde está asegurado su auto pese a haberme contactado con las dos empresas con las que tiene relación contractual.
No estoy grave. Mi auto no está destruido y mi hija -gracias a Dios- no estaba conmigo. ¿Pero qué tiene que pasar? ¿Por qué nos acostumbramos a festejar que las desgracias son con suerte? La chapa de un auto se arregla, el celular que te roban en una esquina se vuelve a comprar y casi sin darnos cuenta agradecemos al Espíritu Santo cuando a un familiar le pusieron un revólver en la cabeza para robarle sin que "pase a mayores". Es raro cómo nos alegramos de las cosas que están mal. Debemos ser optimistas por naturaleza.
Gracias a las redes sociales y a la solidaridad de los colegas, me escribió Juan José Menéndez, secretario de Transporte de la Ciudad de Buenos Aires. Me dijo que tomarán las medidas del caso. Otro seguidor me hizo notar las multas de la joyita que me chocó: casi $23.000 sólo en Capital en el último año. Luz roja, exceso de velocidad, mucho celular; ¿por qué una persona con ese historial está manejando un transporte público?
Este señor maneja. Este señor tiene registro profesional. Este señor, aunque a mí no me lo mostró, me aseguran que tiene seguro para transporte de pasajeros. Este señor cumple con todos los requisitos que exige la ley, y que tanto les preocupa a los taxistas que se oponen al desembarco de servicios como UBER…. Este señor también lleva chicos en su auto y maneja un vehículo con una licencia que es responsabilidad del Estado administrar.
Son las nueve y media de la noche. Sigo en la guardia esperando una placa que horas después confirmará que tengo una rectificación cervical. Nada grave. Nada que indigne, nada por lo que los taxis vayan a cortar mañana la 9 de Julio. Mi hija se quedó dormida y no llegué a darle un beso.
tatiana schapiro
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