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Terminemos con lamentira de Dios

Offtopic11/5/2016




"Y que cualquiera que no buscase a Jehová el Dios de Israel , muriese, grande o pequeño, hombre o mujer."
- 2 Crónicas 15:13 -

Este pequeño versículo sintetiza todo lo que Jehová desaprueba en la conducta humana (y eso es repudiable.) Podríamos llenar páginas y más páginas citando ejemplos de violencia desaforada que se admiten e incitan en la Biblia. No obstante, el objetivo de este artículo no es enumerar cada caso de instigación a la barbarie que se hace en el libro "sagrado" -esto ya se ha realizado con éxito en más de una ocasión- sino exponer un aspecto especialmente aborrecible de naturaleza del dios de Abraham: él asesina a quienes discrepan, y eso es todo lo que en verdad está dispuesto a condenar.

Es patente que normas pro-esclavistas florecen en el Antiguo Testamento y se revalidan en el Nuevo. Jehová claramente ve con buenos ojos la compraventa de hombres mujeres: si entre las propiedades de un fiel cristiano se contaran unas pocas familias -los hijos de un esclavo podían heredarse- el buen hombre no hubiese cometido el menor delito ante su dios. Si la esclavitud no representa una transgresión moral, ¿podemos afirmar lo mismo del asesinato?

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La homosexualidad (Levítico 20:13 y Romanos 1:24-32), el adulterio (Levítico 21:10), la fornicación (Levítico 21:9), la brujería (Éxodo 22:17), la adivinación (Levítico 20:27), la agresión física (Éxodo 21:15) y verbal (Proverbios 20:20 y Levítico 20:9) hacia los padres y no haber llegado virgen al matrimonio (Deuteronomio 22:20-21) son algunas ofensas que la Biblia castiga con la muerte. A veces se propone, como excusa para justificar estos preceptos, que constituían un medio para asegurar la "pureza" del pueblo de Israel a través de la conflictiva historia del Antiguo Testamento. Me asombra que se utilice este pretexto por la terrible conclusión que naturalmente se desprende de él: Conservar a Israel en consonancia absoluta con sus preferencias personales era suficiente motivo para que Jehová ordenara el exterminio de toda potencial fuente de corrupción (o, para entenderlo mejor, de mera discordancia).

El dios de Abraham posee los rasgos caracterísricos de un psicópata -es cruel e insensible al dolor humano, busca sus prioridades y preferecias personales sin importar las penurias que provoca, está dispuesto a herir, torturar y matar para modelar la conducta de sus víctimas de acuerdo a sus propios parámetros- y de un megalómano -procura ser el centro de antención dando muestras de poder y grandeza, impone su autoridad indiscriminadamente y censura a quienes osen cuestionar su poderío-. Y la demostración más clara de la mostruosidad de la psique divina yace en la capital condena que impone a quien aparte sus ojos de Él. La incredulidad -el mero acto de dudar- es castigado con la muerte:

En Éxodo 22:20 se condena a los seguidores de cualquier religión alternativa. En Deuteronomio 17:12 se ordena el asesinato de quienes discrepen de la opinión de un sacerdote. En Zacarías 13:3 se decreta que los "falsos profetas" deben ser "traspasados". La blasfemia (Levítico 24:10-16) y la difusión de otros cultos (Deuteronomio 13:7-12 y 17:2-5) merecen igual pena. Estas leyes presiguen el solo propósito de preservar la exclusividad del culto a Jehová -de repeler el menor atisbo de "contaminación"- y, si consideramos que la fuente inspiradora de tales normas es el propio Jehová, se hace evidente lo patéticamente desesperada e infantil que es la demanda de amor y alabanza del sombrío dios.

Las medidas bíblicas de depuración ideológica alcanzan niveles demenciales cuando la amenaza de contaminación proviene del contacto con otras culturas. En Deuteronomio 13:12-16 se lee:

"Si oyes decir que en alguna de las ciudades que Jehová, tu Dios, te da para vivir en ellas, han salido de entre los tuyos hombres impíos que han instigado a los habitantes de su ciudad , diciendo: “Vayamos y sirvamos a dioses ajenos”, que vosotros no conocisteis, tú investigarás, buscarás y preguntarás con diligencia. Si resulta ser cierto que en medio de ti se ha cometido tal abominación, irremisiblemente herirás a filo de espada a los habitantes de aquella ciudad , destruyéndola con todo lo que haya en ella, y también matarás sus ganados a filo de espada. Juntarás todo su botín en medio de la plaza y prenderás fuego a la ciudad con todo su botín, todo ello como holocausto a Jehová, tu Dios. Quedará convertido en un montón de ruinas para siempre; nunca más será edificada."

¿Lo escuché bien? ¿Destruir toda una ciudad -hasta los animales- porque un puñado de hombres predicó la doctrina equivocada? La desproporción del castigo divino es palpable si tomamos en cuenta que, cuando Jehová sufre sus arranques de ira -un versículo después se aconseja que "No te apropies de nada que haya sido consagrado a la destrucción. De ese modo, el Señor alejará de ti el furor de su ira"- no distingue entre culpables e inocentes. Basta recordar la matanza de los infantes de Canaán, perpetrada por las tropas de Israel , que "destruyeron a filo de espada todo lo que en la ciudad había; hombres, mujeres, jóvenes y viejos, hasta los bueyes, las ovejas, y los asnos" (Josué 6:21) cuando su dios ordenó la destrucción de la ciudad y la exterminación absoluta de sus habitantes.

Consideremos que tal carnicería se realizó "para que ellos [los canaanitas] no les enseñen a ustedes [los israelitas] a imitar todas las abominaciones que ellos han hecho con sus dioses y no pequen contra el Señor su Dios" (Deuteronomio 20:18): el motivo de la masacre fue una mera discrepancia respecto a qué dioses adorar. De igual modo, la razón para destruir una ciudad entera por la transgresión de unos pocos no-creytenes no es otra que la de proteger una mal llamada "pureza" espiritual. Una pureza manchada con sangre, un "justo camino" que se retuerce entre cadáveres; las prioridades del dios de Abraham parecen girar en torno a una constante inmutable: él mismo. Los otros, los impíos, los abominables, pueden -deben- apartarse o perecer.

La paranoia divina no conoce límites en su vano proyecto de profilaxis espiritual. En Números 25:1-9, 1 Samuel 15:2-3, Jueces 18:27-29, 1 Reyes 18:36-40 y Jeremías 50:21-22 se narran cruentas historias de similar barbarie. Otro episodio que ilustra muy bien el encarnizamiento xenofóbico de Jehová se da, curiosamente, en una visión profética narrada en el libro de Ezequiel:

Estas son palabras de un genocida inclemente que exige sumisión completa; de un ser lleno de odio que demanda amor incondicional. La similitud entre Jehová y los tiranos que pueblan las páginas más oscuras de nuestra historia es chocante. En 1934, Rudolf Hess se expresó así sobre los fundamentos del nazismo: "El Nacional Socialismo de todos nosotros está anclado en la lealtad sin críticas, en el sometimiento al Fuhrer que no pregunta el porqué en casos individuales, en la silenciosa ejecución de sus órdenes. Nosotros creemos que el Fuhrer obedece a un llamado más alto para dar forma a la historia alemana. No puede haber críticas a esta creencia."

El fanatismo y la sinrazón típicos del fascismo tienen singular parangón en la Biblia. En Lucas 11:23 Jehová declara que "El que no es conmigo, contra mí es; y el que conmigo no recoge, desparrama" y en Isaías 55:8-9 afirma: "Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos... Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos". En estos versículos entrevemos el espíritu absolutista que desborda en las palabras de Hess: "...lealtad sin críticas... no pregunta el porqué... en la silenciosa ejecución de sus órdenes... un llamado más alto... no puede haber críticas". La primitiva mentalidad de los totalitarismos modernos es, en cierto modo, heredera del concepto bíblico de una divinidad de propósitos inescrutables y mandatos incuestionables.

Al respecto, el blog ateo Su Nombre en Vano publicó una pequeña entrada en la que compara al dios cristiano con el villano de la película Los Vengadores (The Avengers), Loki. La semejanza entre las exigencias de sumisión total que hacen ambas deidades es francamente notable.

Como hemos visto, la cólera divina se parece a la rabieta de un niño malcriado: al no poder ubicar bien una pieza, destroza todo el rompecabezas, quiebra lo que sus brazos furiosos logran alcanzar, y no detiene el berrinche hasta que su frustración amaina. Bajo esta perspectiva, es fácil entender por qué los castigos del dios cristiano suelen dilatarse a través de las generaciones, afectando no solo a los responsables originales de la "infracción", sino también a sus hijos y nietos. Jehová, en Isaías 14:21, demanda: "Preparad sus hijos para el matadero, por la maldad de sus padres; no se levanten, ni posean la tierra, ni llenen de ciudades la faz del mundo" y, en Levítico 26:21-22, amenaza "Si anduviereis conmigo en oposición, y no me quisiereis oír, yo añadiré sobre vosotros siete veces más plagas según vuestros pecados. Enviaré también contra vosotros bestias fieras que os arrebaten vuestros hijos, y destruyan vuestro ganado, y os reduzcan en número, y vuestros caminos sean desiertos." Nada extraordinario si tomamos en cuenta que, en el antiguo Israel , los niños eran considerados prácticamente propiedad de los padres, al punto de que podían vender impunemente a una hija como esclava (Éxodo 21:7).

El homicidio de niños no es tomado solo como una forma de consumar venganza ante los infractores de la ley divina; se trata de un medio brutal de propagar el terror entre la personas, asegurando de tal modo su rendición definitiva. Así, en Éxodo 12:29-30 se narra "Y aconteció que a la medianoche Jehová hirió a todo primogénito en la tierra de Egipto, desde el primogénito de Faraón que se sentaba sobre su trono hasta el primogénito del cautivo que estaba en la cárcel, y todo primogénito de los animales. Y se levantó aquella noche Faraón, él y todos sus siervos, y todos los egipcios; y hubo un gran clamor en Egipto, porque no había casa donde no hubiese un muerto" y en Isaías 13:15-18 se establece que "Cualquiera que sea hallado será alanceado; y cualquiera que por ellos sea tomado, caerá a espada. Sus niños serán estrellados delante de ellos; sus casas serán saqueadas, y violadas sus mujeres. He aquí que yo despierto contra ellos a los medos, que no se ocuparán de la plata, ni codiciarán oro. Con arco tirarán a los niños, y no tendrán misericordia del fruto del vientre, ni su ojo perdonará a los hijos."


Si demostraciones tan impactantes de salvajismo no son condenadas -sino permitidas y promovidas- por el dios de Abraham, es lógico concluir que el infanticidio, la limpieza étnica, la carnicería y la esclavitud no son, para este particular dios de pesadilla, sancionables por sí mismas. Muy por el contrario, son plenamente justificables si se realizan en Su nombre. Así, el egocentrismo paranoide y psicopático de Jehová lo convierte en el arquetipo de autócrata genocida que la sociedad ha luchado por extirpar de su historia durante los últimos siglos.


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