Siendo médico personal de Abbas II, jedive de Egipto; entre mis funciones estaba el cuidado de los eunucos que custodiaban los harenes. Al obervarlos detenidamente comprobé que la extirpación de sus testículos producía en ellos un decaimiento físico comparable solo a la vejez. Esto me llevó a considerar que el implante, de al menos un testículo, podría ser un tratamiento adecuado contra el envejecimiento en general.
El problema inicial al regresar a Francia fue disponer de un donante humano. Pese a la búsqueda todo intento por conseguir uno fue inútil y me vi obligado a experimentar con el animal que más se nos parece, esto es: el mono.
No sería hasta 1920 y luego de 162 intervenciones con estos animales, que realizaría mi primer transplante de testículo animal a un hombre. El sujeto había perdido ambas glándulas a causa de una ridícula operación de la época que pretendía curarlo de la tuberculosis.
Admito que este primer injerto al igual que el siguiente no funcionó, produciéndose necrosis en ambos casos. El éxito vino con la tercera intervención, aceptando el paciente numerosos fragmentos de testículo de mono. La noticia se propagó por toda Europa, no sin una buena cuota de espectacularidad que yo mismo en parte propicié.
Más tarde; ingenio, trabajo y un gran golpe de suerte se conjugan para elevarme a la categoría de celebridad. Para fortuna mía el gran dramaturgo Anatole France termina convertido en uno de mis pacientes. Cuando se presenta tiene 61 años y un aspecto lamentable: mejillas caídas, profusas arrugas, ojos mortecinos y sin brillo, fatiga y rechazo a todo esfuerzo físico. Carece además de apetito y se queja de frío incluso aquellos días cuando el calor es insoportable.
Al intervenirlo le he injertado - como corresponde a una figura de tal notoriedad- los testículos de un enorme mono cinocéfalo, los que he dividido en 8 partes alrededor de sus propios testículos. A los 23 días el escritor me relata su primera erección tras 10 años de impotencia. Las que se repetirían luego con increíble frecuencia sumiéndolo en un júbilo que solo recordar me emociona:
“Se produjo en él un cambio completo y sorprendente. Su cuerpo se enderezó, los músculos del rostro recobraron su fuerza, el ojo se hizo vivaz y muestra un asombroso aire de juventud, de vigor y de energía”
Justo hoy he presentado el caso de un paciente inglés ante un público atónito. Por medio de la comparación de fotografías tomadas al sujeto antes de la intervención, las diferencias se presentan como indiscutibles. Su aspecto para tener 75 años es excelente: el pecho alto, el pelo tupido y negro, las arrugas menos pronunciadas. Todo esto contrasta de modo casi trágico con las imágenes en las cuales aparece retratado meses antes: escaso pelo, expresión de cansancio, encorvado, en suma: senil.