Breve historia del Peronismo Combativo y Montoneros(2)
POST CONTINUACIÓN DEL ANTERIOR, QUE POR CANTIDAD DE CARACTERES NO PERMITE EL EDITOR DE T.
Perón, dijo el Canca, nunca estuvo más fuerte que en Puerta de Hierro: débiles eran Onganía, la Revolución Argentina y las variantes pseudodemocráticas inventadas por el Partido Militar. Coincido con Gullo en que Perón tuvo su máxima fortaleza mientras vivió fuera de la Argentina pero: cuando Dios baja a la Tierra... En todo caso, para 1960, existía un sindicalismo emergente de la relativa legalidad democrática que, de una u otra manera, hostigaba al Poder y tenía la capacidad de negociar con él. La táctica, para Perón, ahora pasaba por utilizar esas piezas las cuales, jugadas con prudencia y sabiduría, le posibilitaban definir una nueva estrategia de poder.
Al margen de Perón, lo cual era imposible para cualquier peronista que entendiese el protagonismo del Viejo como sinónimo de Revolución, el Peronismo de la Resistencia jamás se había planteado ser un interlocutor con el Poder, con el stablishment. No se puede ser interlocutor de alguien cuando el único y excluyente objetivo de uno es aniquilarlo. Al menos, cuando no existe la más remota posibilidad de concretar su aniquilación.
Y por último, lo más importante. Más importante que cualquiera de las circunstancias que condicionaron la derrota del Peronismo de la Resistencia, más importante aún que la suma de todas ellas: el Peronismo de la Resistencia carecía de una teoría revolucionaria, de una estrategia para la toma del poder. Y ello, tal como sucedió desde Espartaco en adelante, más tarde o más temprano, habría acabado con la Resistencia.
Precisamente, la gran diferencia, el hito que separa al Peronismo de la Resistencia del Peronismo Revolucionario, fue la construcción de una teoría revolucionaria.
En síntesis, en 1960 se extinguió el Peronismo de la Resistencia como tal. Esto es, como conjunto, como sector político, como opción de lucha para la toma del poder. Los que no se extinguieron, ni mucho menos, fueron los cuadros formados en su práctica. Esos cuadros, que ya no eran tantos y estaban, en cuanto grupos, bastante atomizados, analizaron, cuestionaron, hicieron autocríticas y abrevaron su pensamiento en mùltiples y diversas fuentes. Argelia y Fanon, Castro y Cuba, el Che.
Paradojalmente, en este momento de debilidad del peronismo en cuanto potencial poder revolucionario, sectores de izquierda -por ejemplo, el Vasco Bengochea, desde el trotskismo o algunos grupos “izquierdizados” del nacionalismo católico, de Tacuara en particular-comenzaron a mirar al peronismo con cariño. Surgió también, el Movimiento de Liberación Nacional, liderado por Ismael Viñas el cual, desde el marxismo, se planteó una revisión de lo nacional, la necesidad de tener en cuenta al peronismo (al pueblo peronista, en realidad) para la construcción de una estrategia revolucionaria. Y, casi no hace falta mencionarlo, el triunfo de la revolución cubana y su radicalización, su definición anti-imperialista a escasos metros del imperio y el romanticismo revolucionario que ello implicaba.
A las exequias del Peronismo de la Resistencia, en 1960, se sucedió el nacimiento del Peronismo Revolucionario, en 1961. Cuyo mojón simbólico fue la toma de un cuartel aeronáutico en Ezeiza por parte de un grupo dirigido por Gustavo Rearte, paradigma militante, si los hay, de la revolución peronista. O de gozar y sufrir, y también morir, en el intento.
El peronismo Revolucionario...
En política, la voluntad para la toma del poder, resulta imprescindible. Pero, por sí misma, la voluntad nunca alcanza: es necesario que las circunstancias históricas posibiliten el ejercicio eficaz de esa voluntad. Cuando en 1961, el grupo integrado por Rearte, El Kadri, Spina y Caride, entre otros, tomaron el cuartel de guardia establecido por la Aeronáutica para custodiar unos monobloques en Ezeiza, les sobraba voluntad. Pero tenían en contra las circunstancias históricas: aún no se daban las condiciones ni para la lucha armada ni para la construcción de un partido u organización revolucionaria con peso propio para disputar el Poder. Disputarlo hacia el interior del peronismo y, menos aún, hacia afuera.
El Peronismo Revolucionario era, en lo esencial y en sus inicios, una idea: no existe Revolución sin partido revolucionario. Una teoría y una práctica, que no descartaba la lucha armada, pensadas e impulsadas, de diferente manera, por diversos grupos caracterizados por desconfiar los unos de los otros cuando, directamente, no estaban enfrentados entre sí.
Sin embargo, no fueron su debilidad numérica ni su incapacidad para unirse y organizarse, quienes condicionaron el rol secundario -que desempeñaron tanto dentro del movimiento peronista como en la política argentina-entre 1961 y 1967. Su opacidad se debió al rol protagónico que jugó el sindicalismo durante ese período. Rol que no siempre, ni mucho menos, fue antipopular o contra-revolucionario. Hasta 1965. Y después, no nos confundamos, no existió un solo sindicalismo. Existió, después, un importante sector del sindicalismo que colaboró, sin quejas ni penas, con la dictadura de Onganía: sus máximos dirigentes lo pagaron con la vida. Y otro sector del sindicalismo que apostó todas sus fichas a la Revolución: muchos de sus dirigentes, también lo pagaron con la vida. Fue, también y precisamente, un ex-dirigente de los obreros metal-mecánicos, Sabino Navarro, quien orientó el destino de Montoneros en el peor momento de su historia. Y murió en la patriada.
En el capítulo anterior vimos como durante el gobierno de Frondizi, los dirigentes sindicales recuperaron sus organizaciones y se fortalecieron.
Al punto que, a inicios de los '60, fueron hegemónicos en el Movimiento: no sólo planteaban reivindicaciones concretas en favor de los trabajadores que representaban; además, en su propio nombre y en el de Perón, negociaban con el gobierno y las otras fuerzas partidarias o, llegado el caso, movilizaban o amenazaban con la movilización de las bases peronistas. Y obtenían resultados concretos, visibles: indudable manantial de prestigio e influencia en relación al conjunto del peronismo. Constituían una herramienta imprescindible en la estrategia política del General de quien, sólo hasta cierto punto, podían ser independientes en tanto manejaban sus propios recursos económicos y organizacionales. Como sólo hasta cierto punto eran independientes en relación a los alcances de sus objetivos, reivindicaciones y la forma de luchar por ellos.
Hasta cierto punto: los objetivos o reivindicaciones gremiales y sus luchas tenían un límite intrínseco: el Partido Militar seguía vigilante detrás de cualquier gobierno de turno. Y, si bien existían controversias al interior del Partido Militar, los militares estaban indisolublemente unidos frente a la más mínima posibilidad de que el peronismo conquistara el gobierno o de que Perón pisara suelo argentino. Vigilantes respecto de cualquier posibilidad que hiciera a una distribución más justa de la riqueza o de cualquier actitud de independencia en relación a Norteamérica.
Y, hasta cierto punto independientes de Perón porque, en última instancia, la contradicción política principal pasaba por peronismo versus antiperonismo en un país donde, para la clase trabajadora, el prestigio y liderazgo de Perón no sólo se mantenía sino que se había acrecentado. En última instancia, la fuente de poder del sindicalismo -tal como una década después ocurrió con Montoneros-abrevaba en la figura de Perón. Más allá de cualquier mérito, era un poder prestado.
Daniel James escribe14: "Cuando la independencia de los dirigentes sindicales se acentuaba demasiado y estos empezaban a usar sus poderes en formas que Perón reprobaba, él no dejaba de recordarles la índole relativa de ese poder (...) Uno de los resultados de tal situación fue el frecuente fenómeno de que, forzado Perón por las circunstancias a utilizar y promover la rama sindical del movimiento, cuando ésta parecía a punto de alcanzar alguna expresión formal él se volviera deliberadamente contra ella y provocara su deposición". Entendamos que esas "expresiones formales" a las que se refiere James, son las que apuntaban a la integración del peronismo al sistema, a la subordinación de los trabajadores a los intereses políticos y económicos del stablishment, al peronismo sin Perón.
En todo caso, el espacio controversial que se abría alternativa y sistemáticamente entre Perón y los dirigentes sindicales, era el que ocupó, en los primeros '60, el Peronismo Revolucionario. Además, los dirigentes sindicales, más allá de lo reivindicativo y de buscar la unidad en el seno de una Confederación General del Trabajo con identidad peronista, carecían de un pensamiento y de una política homogéneos. No eran lo mismo Vandor y Alonso -pragmáticos y posibilistas-, que Di Pascuale y Amado Olmos -identificados con el Peronismo Revolucionario-, o Andrés Framini y Avelino Fernández quienes, sin identificarse con el Peronismo Revolucionario, entendían que para lograr el bienestar de los trabajadores no había otra salida que la política y ésta pasaba por el retorno de Perón al país y del Peronismo al poder. Sin embargo, durante el primer lustro de los '60, tanto los dirigentes sindicales como los peronistas revolucionarios, coincidieron en los dos principales hitos que, desde el peronismo, marcaron el período. Con diferencias e idas y vueltas, así como con sus propias formas de acumulación política, coincidieron en el "Plan de Lucha" y en el "Operativo Retorno".
En 1962, fueron anuladas las elecciones que, con diferentes denominaciones, había ganado el peronismo y un golpe militar volteó a Frondizi: el presidente del Senado, Guido, fue puesto a cargo del Poder Ejecutivo, e implementó medidas económicas anti-populares, intervino los sindicatos más combativos y encarceló a unos cuantos cuadros peronistas.
Las elecciones realizadas en 1963 incluyeron la proscripción del peronismo.
Entre 1963 y 1964, Gustavo Rearte fundó el Movimiento Revolucionario Peronista con la propuesta de "que esclarezcamos nuestros objetivos, nos organicemos para la acción y dominemos y pongamos en práctica todas las formas de lucha. Para ello el pueblo deberá oponer al ejército de ocupación del régimen, sus propias fuerzas armadas...". Jorge Rulli, en el marco del Movimiento Revolucionario Peronista, organizó la primera versión de las Fuerzas Armadas Peronistas, las cuales realizaron pequeños operativos armados que no firmaron. Surgió a la luz pública, con el asalto al Policlínico Bancario, el Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara. Se implementó el Plan de Lucha de la C.G.T. en cuyo contexto, durante mayo y junio del '64, se tomaron miles de fábricas.
El general De Gaulle visitó la Argentina y los homenajes en su honor fueron copados por la militancia peronista al grito: "Degól, Perón, Tercera Posición". Y, por último, en diciembre, Perón fue obligado a descender en Brasil del avión que lo traía a la Argentina.
Las luchas del '63 y el '64 se caracterizaron por la visualización de un peronismo que accionó en conjunto más allá de los diferentes pensamientos que existían en su seno. Pero el fracaso del retorno de Perón, impuso una línea divisoria -esta vez sin retorno-en el peronismo. Los diarios argentinos reprodujeron la opinión de la revista "Time", según la cual el fracasado retorno de Perón terminaba con su carrera política. Y no faltaron quienes adjudicaron a Vandor la responsabilidad de haber embarcado a Perón en una aventura sin destino con el único objeto de heredarlo.
Durante el '65, el peronismo se volcó sobre sí mismo. Fue una etapa de luchas intestinas, caóticas, en las cuales se armaron y desarmaron alianzas y bandas cuyos protagonistas, a su vez, se pasaron de un lado a otro con la misma frecuencia que se cambiaban la camiseta. En este período, y hasta un año después del golpe de estado de Onganía, 1967, existieron sólo dos hechos destacables.
Uno de ellos fue que los cuadros que se identificaban con el Peronismo Revolucionario, abandonaron la tutela que hasta ese momento ejercían sobre ellos ciertas organizaciones sindicales. Y, el Peronismo Revolucionario en su conjunto, aún desorganizado como estaba y siempre estuvo, comenzó a sumar, en cantidad (mlitantes, cuadros y grupos, tanto territoriales como universitarios y sindicales) y en calidad: debate, definiciones políticas e ideológicas, perspectivas estratégicas. A esta sumatoria no fue ajeno Perón. En parte por sus definiciones teóricas de carácter combativo y renovador. Pero, sobre todo, con la nominación de Bernardo Alberte como su delegado personal quien -desde su lugar, el segundo luego de Perón en el movimiento-apoyó sin vacilaciones la construcción del Peronismo Revolucionario en su conjunto.
El otro: el advenimiento del onganiato encontró al peronismo conciliador a los abrazos con la dictadura, champán en mano. Brindis inolvidable que protagonizaron Alonso y Vandor. Nada tenía de contradictoria tal actitud. La propuesta de Onganía, en sus inicios, consistía en reemplazar la democracia representativa por acuerdos entre corporaciones: entre otras, la Iglesia, las Fuerzas Armadas y, ¿porqué pensar que no?, la C.G.T. Y esto en un contexto, si no de apoyo, de confusión y expectativa popular. Los argentinos habían sido bombardeados, mediática e ideológicamente, por aviones negros y por aviones blancos. Después de la Libertadora y a lo largo de diez años de lucha, los peronistas demostramos la inviabilidad de la democracia representativa para restablecer la justicia y los plenos derechos de los trabajadores. Los aviones blancos, el liberalismo vernáculo, por su parte, tiró las bombas de siempre. Además... ¿alguien dijo que los pueblos nunca se equivocan?.
La Tendencia Revolucionaria del Peronismo...
A fines de 1968 y en enero de 1969 se realizaron dos Congresos del Peronismo Revolucionario. El tema central que cruzaba a ambos pasaba, en primer lugar, por la metodología de lucha para enfrentar a la dictadura de Onganía. Y, secundariamente, hacia el interior del movimiento peronista, cómo imponerse o desplazar a los sectores proclives a conciliar con el Poder para lograr espacios políticos y convivir con dicho Poder sin cuestionarlo como tal.
En el Congreso del ’68 participaron el recién destituído delegado de Perón -Bernardo Alberte-, el máximo referente y teórico del Peronismo Revolucionario -Cooke-, el fundador del Movimiento Revolucionario Peronista y de la Juventud Revolucionaria Peronista -Gustavo Rearte-, varios dirigentes de la Confederación General del Trabajo de los Argentinos y algunos futuros montoneros como Sabino Navarro, Hobert y Gustavo Lafleur. Todos los participantes coincidían en que al estar cerradas las vías legales de expresión política había que desarrollar la lucha armada.
Ello, con excepciones, estaba fuera de discusión. Lo que se discutía era en qué condiciones desarrollar esta lucha. Si era o no el momento de tomar las armas, si estaban dadas las condiciones, si no era menester desarrollar previamente una fuerte organización popular que diera sustento -político e infraestructural-a la lucha armada, o si la misma lucha armada generaría las condiciones para desarrollar la organización popular.
Al finalizar el Congreso quedaron establecidas dos posiciones: una postulaba que, aunque la lucha armada iba a ser imprescindible en el futuro y había que tenerla presente en cualquier desarrollo estratégico, las condiciones objetivas y el nivel de organización popular no eran todavía suficientes para implementarla. La otra sostenía que las condiciones objetivas estaban dadas. En todo caso, no lo estaban las subjetivas, las cuales consistían en la adhesión anímica del pueblo y, consiguientemente, su apoyo y compromiso con quienes protagonizaran la lucha armada. Pero, esas condiciones subjetivas se iban a generar, precisamente, a partir de iniciar la lucha armada. El Congreso no logró unificar o sintetizar las posiciones encontradas, y concluyó en la necesidad de realizar una nueva convocatoria para saldar la discusión pendiente. Ello se plasmó en el Congreso del ’69.
Al respecto del Congreso de 1969, Carlos Hobert, en agosto de 1974 escribió15: “En enero de 1969 se hace otro Congreso en Córdoba. Pero ese ya fue más amplio, incluso quiso asistir Brito Lima pero lo sacamos a patadas porque ya en aquel entonces era un elemento policial. De este Congreso salen tres posiciones. Una que sustentaba fundamentalmente el Movimiento Revolucionario Peronista y que sostenía la necesidad de profundizar la organización de la clase trabajadora y que mientras esas condiciones no estuvieran dadas no se podía iniciar la lucha en el plano militar. La segunda posición sostenida por los sindicalistas que proponían el fortalecimiento de la estructura sindical, fundamentalmente de la CGT de los Argentinos que en aquel entonces era el único foco de resistencia real que había en el seno del movimiento peronista y la clase trabajadora, pero más allá de eso nada... La tercer posición sostenida por el Negro Sabino Navarro, era que se hacía necesario lanzar la lucha armada para crear esas condiciones de conciencia y organización del pueblo peronista.
Luego, de todos estos sectores unos se fueron por la derecha y otros por la izquierda. La posición del Negro fue la de la mayoría. Pero si bien se estaba de acuerdo con llevarla adelante, no se hacía. Entonces nosotros sacamos una consigna que provenía del peronismo que decía mejor que decir es hacer”.
Y así fue: durante este Congreso se pusieron de acuerdo Sabino Navarro y Gustavo Lafleur y se organizó el grupo armado después conocido como “grupo Sabino”, el cual constituyó una de las pequeñas organizaciones originales que dio lugar a la existencia de Montoneros.
Destaquemos la escueta mención que Hobert hizo en su texto a la CGTA: cuando escribió el párrafo antes transcripto -después de la muerte de Perón, durante el segundo semestre de 1974-, Montoneros se hallaba en pleno proceso de militarización y la Organización se cerraba sobre sí misma. Lo cual incluia a su propia historia y, por lo tanto, minimizaba una serie de hitos organizativos y sucesos políticos sin cuya existencia Montoneros, probablemente, no hubiera surgido. Tal vez sí como Organización PolíticoMilitar. Pero no como fenómeno generacional masivo, como fenómeno de masas.
Para que los montoneros existiéramos, tuvo que existir primero la Tendencia Revolucionaria del Peronismo, afirmación controvertida ya que no pocos afirman que fue al revés. Lo cierto es que, al margen de los Congresos y del surgimiento de las pequeñas organizaciones armadas, el hito fundamental que dio existencia a la Tendencia Revolucionaria del Peronismo -en cuyo contexto político nació la organización Montoneros-, pasó por la creación y el funcionamiento de la CGT de los Argentinos.
En marzo de 1967, el Gobierno, entre una serie de medidas de neto corte liberal que favorecían al capital concentrado, prohibió la libre discusión de los Convenios Colectivos de Trabajo, aumentó la edad de la jubilación, disminuyó el monto indemnizatorio por despidos y decretó el congelamiento de salarios. La Confederación General del Trabajo, en el mismo mes de marzo, reaccionó tibiamente con un Plan de Acción que no dio ningún resultado. La mayor parte de la dirigencia sindical -la cual, hasta ese momento, apoyaba o era neutral respecto del gobierno militar-se encontró paralizada, sin respuesta frente a las necesidades y demandas de los trabajadores que vieron avasalladas sus conquistas.
Es entonces cuando bajo el impulso del sindicalista Amado Olmos -apoyado por el mayor Bernardo Alberte quien en ese momento era delegado de Perón-, una serie de dirigentes sindicales (azucareros, ferroviarios, plásticos, gráficos, prensa, portuarios, químicos, farmacia, telefónicos, etc.) organizó una corriente interna en la CGT que se propuso ganar su conducción para ponerla al servicio de los intereses de los trabajadores. De más está mencionar que la mayoría de ellos eran cercanos o se sentían identificados con el Peronismo Revolucionario de cuyos grupos, a su vez, tuvieron pleno apoyo.
Una serie de maniobras vandoristas de dudosa legalidad dejó fuera de la CGT a esta corriente interna y se apoderó de su sede -a partir de allí fueron conocidos como la CGT Azopardo-. Por su parte, la corriente interna expulsada por el vandorismo y, bajo la conducción de Raimundo Ongaro (Amado Olmos había muerto en un accidente), se instalaron en la sede del sindicato gráfico y formaron la CGT de los Argentinos. Cuyo periódico fue dirigido por Rodolfo Walsh quien posteriormente fue el responsable del mal llamado “servicio de inteligencia” de Montoneros, Organización de cuya conducción supo ser un lúcido crítico pero de la cual nunca pudo separarse.
Al respecto de la CGTA, Oscar Anzorena escribe: “ La CGT de los Argentinos (CGTA) surge con connotaciones que superan ampliamente el marco reivindicativo. Tiene un claro contenido antiburocrático y antidictatorial. Revaloriza la conducta moral y ética de los dirigentes sindicales. El Programa del 1º de mayo, de neto corte progresista, levanta banderas de liberación nacional y social y cuestiona la esencia misma del sistema capitalista (...) Si bien Ongaro y la mayoría de los dirigentes de la CGTA tienen una clara definición peronista, impulsan el pluralismo político y la unidad de los trabajadores en torno a sus objetivos e intereses (...) La CGTA hace converger a toda la militancia progresista y revolucionaria y abre una perspectiva en sectores medios y estudiantiles que comienzan a participar junto a los obreros en los actos y movilizaciones organizados en las principales ciudades del país (...) Se da un hecho de real importancia. Es la primera vez, desde el surgimiento del peronismo, que los estudiantes se movilizan junto a los obreros. Del 45 al 55, toda actividad política universitaria había tenido un neto corte antiperonista. Ser estudiante universitario era prácticamente inaccesible a los sectores populares y por esto había surgido un resentimiento hacia los estudiantes y una incomprensión de éstos al proceso político de los trabajadores”.
En la CGT de los Argentinos confluyeron desde el Partido Comunista hasta la Democracia Cristiana, desde el Frente Estudiantil Nacional de Grabois (nueva izquierda en proceso de peronización) y la Federación Universitaria Argentina presidida por Salvarredy (de hegemonía marxista) hasta la Unión Nacional de Estudiantes de Julio Bárbaro (social cristiana), desde los curas del Tercer Mundo hasta los “francotiradores” remanentes del anarquismo de los años treinta. Cuadros de todo origen, tanto político como social, tomaron contacto, debatieron, articularon, se formaron, se reprodujeron y se ampararon en la CGTA. Por su parte, la CGTA aprobó, explícitamente, a la lucha armada como uno de los más importantes métodos para lograr las conquistas populares e, indirectamente, reconoció las limitaciones del sindicalismo al respecto.
Fueron claros los conceptos que, en un reportaje de febrero o marzo de 1969 realizado por la revista Cristianismo y Revolución, expresó Raimundo Ongaro: “Todos admiten ya que ciertas formas de lucha, para responder a la violencia con la violencia, van a ser muy necesarias... Si acá hoy estuvieran los auténticos próceres de nuestra nacionalidad, estarían dando batalla con los cañones que habrían sacado al enemigo. No estarían dando la batalla desde los sindicatos”16 Podría afirmarse que la CGTA fue el espacio político más importante -en el cual y desde el cual-se incorporaron los jóvenes provenientes de la clase media a un emergente proceso revolucionario y asumieron, con o sin contradicciones, al peronismo como expresión política representativa de los intereses de los trabajadores y movimiento potencialmente revolucionario.
Este conjunto humano, y sus posteriores consecuencias políticas y organizativas, fue llamado Tendencia Revolucionaria del Peronismo. La Tendencia, tuvo expresiones político-militares y expresiones no armadas. Y albergó a la totalidad del Peronismo Revolucionario muchos de cuyos miembros protagonizaron ásperas disputas con las organizaciones políticomilitares.
Tendencia que se diferenció del Peronismo Revolucionario -en términos sociológicos-por la masiva incorporación de jóvenes con o sin tradición peronista previa y en su mayoría proveniente de la clase media.
Tendencia Revolucionaria, por último, en cuyo contexto nacimos los montoneros, como Organización y como fenómeno político-cultural.
La expresión “Tendencia Revolucionaria” se escuchó por primera vez en el Plenario Nacional de Consulta a las Bases, tal el nombre del Congreso realizado en Córdoba en enero del ’69, posterior a la publicación -1 de mayo de 1968-del “Programa de la Confederación General del Trabajo de los Argentinos”. Del mismo, uno de los tres últimos miembros de la conducción nacional de Montoneros, dice: “Sus banderas fueron la base de todas nuestras propuestas programáticas. Al mismo tiempo se constituyeron en la propuesta política opositora a los gobiernos de turno y al sindicalismo de tinte ‘vandorista’ hegemonizado por la Unión Obrera Metalúrgica”17.
Notas
1 Las principales excepciones son los libros “Organizaciones político-militares” de Carlos Flaskamp, quien desde las ciencias políticas aborda críticamente el fracaso de Montoneros, y "La creencia y la pasión" de Matilde Ollier. Otro libro importante es "La otra historia" de Roberto C. Perdía quien, como miembro de la conducción de Montoneros desde 1972 hasta su final, escribe sus memorias acerca de la Organización. Si bien critica aspectos políticos y funcionales, más allá de ciertas actitudes auto justificatorias -comprensibles por el rol que le tocó actuar en la historia montonera-omite relatar y / o explicar hitos fundamentales en el fracaso montonero, entre los cuales no son un tema menor el asesinato de Rucci, la competencia con Perón sustentada más en ambiciones y desbordes personales que en razones políticas, y las diferencias internas existentes en los más importantes niveles de conducción. Aún así, el libro de Perdía es una obra importante para el debate.
2 Diferencio el concepto moderno de Nación, cuya entidad integra política y culturalmente a todos quienes habitan en su territorio, del concepto de País como territorio. Los principales intentos de construir una Nación -morenismo y artiguismo-fueron frustrados. La generación del '80 consolida un país -aquella nación frustrada de la cual se excluyen indígenas, gauchos, etc.-, de cuyo territorio se apropió y estructuró un Estado al servicio de sus intereses.
3 Mario Wainfeld, P12, 5/1/05.
4 Julio Bárbaro, Pasiones razonadas, Biblos, 2003.
5 Horacio González, P12, 25/5/03.
6 Ver en la Primera Parte el capítulo "Lecciones acerca de Perón..."
7 Ricardo Sidícaro, “Los tres peronismos”, Siglo XXI Editores, Bs. As., 2002.
8 “Entre la equidad y el crecimiento”, citado por Julio Nudler en P12, 18/04/04.
9 Ricardo Sidícaro, op. cit.
10 Ernesto Salas ha escrito dos libros -La Resistencia Peronista, La toma del Frigorífico Lisandro de la Torre y Uturuncos: el origen de la guerrilla peronista-que constituyen un obligado material de consulta para aquellos que quieran conocer con amplitud acerca de la Resistencia. Los materiales extractados aquí corresponden a “Uturuncos: el origen de la guerrilla peronista”, Editorial Biblos, 2003.
11 “Conintes” significa “Conmoción Interna del Estado” y se trataba de un plan represivo basado en una ley, la 13.234, sancionada durante el gobierno de Perón pero que recién se aplicó a partir de los primeros meses de 1960. El plan consistía en otorgar a las fuerzas armadas el manejo total de las operaciones represivas así como el juzgamiento y condena de las personas acusadas de terrorismo. Durante el mes de marzo de 1960, al amparo del Conintes, se realizaron miles de allanamientos a domicilios particulares y fueron detenidos una gran parte de los dirigentes de los Comandos de la Resistencia.
12 “De Taco Ralo a la Alternativa Independiente”, Eduardo L. Duhalde y Eduardo M. Pérez, Editorial “de la campana”, 2003.
13 “De taco Ralo a la Alternativa Independiente”, Eduardo L. Duhalde y Eduardo M. Pérez, Ediciones De la Campana, 2003.
14 Daniel James, "Resistencia e integración. El peronismo y la clase trabajadora argentina, 1946-1976". Editorial Sudamericana, 1990.
15 "Volverás en brazos de tu pueblo", La Causa Peronista, Nº 4, agosto de 1974.
16 “Crsitianismo y Revolución”, Nº 13, Bs. As. Marzo de 1969.
17 Roberto Cirilo Perdía, op. cit.
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